sacerdote

Luis Ponte

El sacerdocio ministerial a la luz del Magisterio del Concilio Vaticano II y post-conciliar

La constitución dogmática Lumen Gentium constituye el documento central del Vaticano II, que pone las bases de la eclesiología y es referente fundamental del decreto Presbyterorum Ordinis. En el capítulo I de la Lumen Gentium se parte de la dimensión mistérica trinitaria de la Iglesia,[1] que confluye privilegiando la imagen del Cuerpo Místico: organismo espiritual visiblemente social, cuya articulación interna se configura en analogía con la unión hipostática del Verbo Encarnado.[2] En consecuencia, la estructura institucional de la Iglesia sirve de instrumento a la acción real y eficaz del Espíritu Santo que la constituye.

El Cuerpo Místico, constituido por Cristo Cabeza y sus miembros los bautizados, tiene una presencia y protagonismo histórico como Pueblo de Dios.[3] Este Pueblo de Dios ha sido constituido como pueblo real, sacerdotal, y profético, por la consagración e incorporación a Cristo efectuada en el bautismo.[4] De este modo, el sacerdocio único de Cristo es participado por todos los miembros del Pueblo de Dios. Para la vivencia existencial cristiana del sacerdocio de Cristo, este Pueblo está estructurado en Jerarquía[5] y Laicado,[6] cuya común universal vocación es la santidad.[7] En ambos estamentos están los religiosos, o consagrados, adornando con sus carismas fundacionales y por medio de la profesión de los consejos evangélicos la vida de la Iglesia; constituyendo un signo escatológico de la común vocación universal a la santidad.[8] El sacerdocio de Cristo se perpetúa en la historia por medio de la Iglesia, y ésta se estructura visiblemente por medio del sacramento del orden, que perpetúa el envío apostólico de Cristo para anunciar el Evangelio y celebrar el Sacrificio Eucarístico.[9] El episcopado es la plenitud del sacramento del orden, y el presbiterado es la colaboración con el episcopado en la participación subordinada de dicho sacramento.[10] Por lo tanto, el sacerdocio ministerial en la Iglesia en sus grados de obispo y presbítero, está al servicio de la vivencia existencial del sacerdocio común de todos los fieles; como participación del único Sacerdocio de Cristo en el espacio y el tiempo, hasta la consumación final de la historia en la Parusía.[11]

Así el decreto PO subraya el carácter ministerial del presbiterado al servicio del sacerdocio común de los fieles.[12] Siguiendo esta línea teológica del Vaticano II, se sigue subrayando hasta nuestros días, por parte del Magisterio Pontificio, la índole ministerial del presbiterado. Esta acentuación tiene como consecuencia la señalización de la ontología mistérico-sacerdotal (sacramental) de la Iglesia como Pueblo de Dios. La celebración del sacrificio eucarístico, perpetuado en la historia hasta el fin de los tiempos, es la garantía de la presencia y acción del sacerdocio de Cristo que hace a la Iglesia, constituyéndola Su Cuerpo Místico. Habiéndose puesto el énfasis en el carácter espiritual y apostólico de todo el Pueblo de Dios, como participación de la única misión que es la evangelización,[13] el Magisterio Pontificio resalta el presbiterado como ministración representativa y visible de Cristo Cabeza de Su Cuerpo. El presbítero está en la Iglesia, al frente de ella, en el servicio ministerial (“in persona Christi Capiti”). Por otro lado, esta representatividad visible de la Gracia Capital de Cristo en la Iglesia, que constituye al ministerio presbiteral, se configura con la imagen bíblica de Cristo Pastor.[14] De ahí el término acuñado de “caridad pastoral”, como modo específico de santificación del presbítero en la unificación interna de su actividad ministerial.[15] Para condensar el carácter intrínseco-místico, y al mismo tiempo inseparable, de la doble representatividad y relación del presbítero con Cristo y con la Trinidad, y su relación con la Iglesia, se utiliza la palabra “comunión”.[16] La comunión (koinonía) es la mejor síntesis de la espiritualidad cristiana, que hace alusión a la doble dimensión vertical y horizontal; y alude a la realidad eclesiológica, como necesidad significativa e instrumental de la salvación en Cristo.

La cuestión que surge es cómo entender la espiritualidad del ministerio presbiteral desde esta perspectiva post-conciliar, en el contexto más amplio de una espiritualidad del sacerdocio de Cristo. En otras palabras, la espiritualidad sacerdotal no es la espiritualidad de un ministerio extrínseco de la persona del ministro, o de determinadas funciones en la Iglesia institucional. Debo explicitar el sacerdocio ministerial, como configuración ontológica con el sacerdocio de Cristo; y por ende la espiritualidad sacerdotal, como realidad intrínseca a la espiritualidad del ministro, que afecta a la misma naturaleza de la Iglesia. Aquí resulta necesario, acudir a la imagen de la Iglesia como Esposa de Cristo,[17] en la que el sacerdocio ministerial se inserta con propiedad por medio de lo que la teología llama el carácter sacerdotal.[18] El sacerdote es ministro de la mediación única de Cristo, y está configurado ontológicamente por el sacramento del orden, con Cristo Sacerdote y Esposo de la Iglesia.[19] Por eso, la espiritualidad del sacerdocio ministerial es una espiritualidad específica que tiene sus contenidos propios. Me refiero a la dimensión sacrificial y pastoral santificante, que corresponde más que ninguna a lo sacerdotal. El sacerdocio cristiano es sacerdocio pleno; pero tiene la particularidad de ser participado de la unicidad de la mediación de Cristo en la redención y salvación. Los ministros ordenados son sacerdotes, en cuanto están configurados ontológicamente con Cristo Sacerdote, y reciben su potestad santificadora simultáneamente en vicariedad y representación: “alter Christus et ipse Christus.” Por lo tanto, el sacerdocio ministerial en la Iglesia se ubica en el misterio del desposorio de Cristo con Su Iglesia. El sacerdocio ministerial vive su espiritualidad en este punto de unión, y por lo mismo, es puente entre Cristo y los hombres en la Iglesia Esposa.

La espiritualidad del sacerdocio de Cristo

Ya he dicho que lo más propiamente sacerdotal es la dimensión santificante, que conlleva la capacidad de lo sacrificial y pastoral de Cristo. Habiendo ubicado el sacerdocio ministerial en el contexto de la conciencia eclesiológica actual, es ahora el momento de discernir el concepto de sacerdocio como factor determinante del “ser” más que del “hacer”. La triple “munera” sacerdotal, real y profética de Cristo queda aglutinada en la función sacerdotal a la hora de interpretar en qué consista la esencia del sacerdocio de Cristo; y por ende, del sacerdocio del ministro ordenado. El sacerdocio de Cristo consiste en el ofrecimiento voluntario de sí mismo en obediencia al Padre, como víctima de propiciación por el pecado del mundo, a favor de la salvación de todos los hombres. Este ofrecimiento continuo de su vida, llamado “oblación”, se consuma en la inmolación de la propia vida en el altar de la Cruz, como satisfacción plena de la justicia divina en reparación de la injusticia perpetrada por el pecado. La obediencia se consuma en la muerte, como testimonio supremo de cumplimiento de la Voluntad divina, para la efusión del Espíritu de comunión en la humanidad. De este modo, el fin último del sacrificio se alcanza en el fruto del mismo sacrificio: la comunión con Dios. Cristo consumó el sacrificio redentor de los hombres al morir en la cruz, y posibilitó la comunión con Dios, por la efusión de Su Espíritu santificador sobre toda carne. Este sacrificio redentor y santificador es único y eterno; y se perpetúa en el tiempo por medio del sacrificio eucarístico.

Jesucristo, en la última cena, instituyó el sacerdocio ministerial ligado a la institución del sacrificio eucarístico, como modo de perpetuar el único sacrificio redentor y santificador; y así prolongar su representatividad sacerdotal significante a lo largo del espacio y del tiempo. El carácter sacerdotal conferido por la ordenación sacerdotal, convierte al ministro en “alter ego” de Cristo Sacerdote, y al mismo tiempo le hace actuar en Su persona como “ipse ego”. El sacerdote, en cierto modo, es co-redentor por medio de su existencia entregada al servicio ministerial. En consecuencia, la espiritualidad auténticamente sacerdotal no surge del desempeño exterior del ministerio presbiteral, sino que emerge de esta realidad intrínseca de su ser personal. Precisamente, el carácter sacerdotal opera una transformación ontológica de la personalidad del ministro en la personalidad del mismo Cristo; de tal manera que la personalidad del ministro es la quintaesencia de su ministerio sacerdotal, más que su actividad concreta. Hay una primacía del “ser” sobre el “quehacer”, pero no en el orden ético sino en el orden metafísico; de tal modo que el misterio del sacrificio eucarístico es el que determina la eficacia de su ministerio. Esta eficacia es potencial espiritual, y debe actualizarse por medio de la conformación existencial-espiritual de la persona del ministro.

He aquí el meollo de la cuestión. La primacía metafísica, o del ser, no es meramente sustancial sino también accidental. Y ello depende de la plasmación espiritual alcanzada por la persona concreta del ministro. Si bien la objetividad del sacerdocio de Cristo en su obra redentora y santificadora queda salvaguardada; sin embargo, se hace más eficiente por la subjetividad del ministro, en la medida de su existencial configuración crístico-sacrificial. En este punto es donde se pone de manifiesto la espiritualidad sacerdotal emergente del carácter sacramental, como algo intrínseco que exige una asimilación personal responsable.

El carisma de conversación y amistosidad apostólica en Cristo, según la relación arquetípica de Cristo con sus Doce Apóstoles, no radica en un liderazgo personalista carismático, sino en la identificación existencial del sacerdote con la personalidad sacrificial de Cristo. La personalidad sacerdotal está identificada ontológicamente y existencialmente con la de Jesucristo servidor del Padre, Cabeza y Esposo de la Iglesia, Buen Pastor de las personas. Y encuentra en la com-pasión de María el modelo a la medida humana del modo de colaboración a la obra redentora.

Esto es posible si el sacerdote centra su vida espiritual en el itinerario litúrgico, que abarca la totalidad de sus días; desde la conciencia contemplativa de la Acción sacerdotal de Cristo en el mundo. La celebración de la Misa, el rezo del Oficio divino y las actividades ministeriales son hitos de esa contemplación litúrgica de la Acción redentora y santificante de Cristo Sacerdote, a la que el sacerdote intenta secundar y configurarse, poniéndose a la altura de tan alta perfección, según la semejanza humana de María.[20]

La espiritualidad del sacerdocio ministerial como animación del sacerdocio espiritual de los fieles

Adentrándome en la espiritualidad sacerdotal, me pregunto cómo se sitúa el servicio ministerial sacerdotal, al interior de las relaciones entre los mismos miembros de la Iglesia. Para establecer los términos de la relación entre la jerarquía sacerdotal y el laicado, se impone el desarrollo eclesiológico correspondiente. La jerarquía viene determinada por el sacramento del Orden en sus tres grados: episcopado, presbiterado y diaconado; cuya finalidad es mantener la capitalidad de Cristo en el gobierno, enseñanza y santificación de todos los fieles cristianos. La estructuración jerárquica de la Iglesia resalta el aspecto de Cristo Cabeza de la Iglesia. Pero para no reducir la Gracia Capital de la jerarquía eclesiástica a la mera organización, estructuración y administración eclesiástica extrínseca, es necesario agregar la imagen de Cristo Esposo de la Iglesia-Templo del Espíritu.

En esta imagen eclesiológica de la Iglesia Templo del Espíritu y Esposa de Cristo, se comprende mejor el sacerdocio ministerial; no desde la perspectiva externa de funciones a desempeñar, sino desde la perspectiva de la vida interior. Si bien el sacerdocio ministerial cumple funciones concretas y visibles de servicio docente, santificante y regente para la vida espiritual de los fieles, no se agota en una acción externa, sino que implica la vivencialidad visible de una Acción intrínseca invisible. En la Iglesia Templo de Dios, cada bautizado es una piedra viva de ese Templo, que la edifica mediante los sacrificios espirituales ofrecidos a diario en el altar del corazón humano; y que mediante el único sacrificio redentor de Cristo se hacen aceptables al Padre. En este punto, el sacerdocio ministerial está al servicio de ese sacerdocio espiritual de todos los fieles, posibilitando que, mediante el sacrificio eucarístico, se haga eficaz la propiciación y satisfacción debidas, que den acceso a la plena comunión entre Dios y el hombre, por medio de la oración y los sacramentos.

El sacerdocio ministerial implica el sacerdocio espiritual del ministro, que permite que su ministerio sea existencialmente el ministerio visible del sacerdocio invisible de Cristo Resucitado. La espiritualidad sacerdotal es existencialidad cristiforme, que suscita y guía el sacerdocio espiritual de los fieles como pastor y guía, y atrae a la participación existencial del sacrificio eucarístico. La espiritualidad que emerge del carácter sacramental del orden es esplendente y animadora, en cuanto provoca la emulación y atracción a la vivencia espiritual profunda del misterio sacrificial eucarístico.

Lo más importante del sacerdocio ministerial es su ser sacrificial cristiforme, que, redundando en beneficio de la santificación de la persona del ministro, se desborda fecundamente hacia los demás como fuente santificante, por medio de sus acciones ministeriales. Pero más aún, la existencialidad sacrificial del ministro como soporte teologal de su espiritualidad, le convierte no solamente en un mediador de Cristo y de su Iglesia, sino también en un intercesor eficiente por medio de su oración por los demás. En efecto, la personalidad sacerdotal impresa por el carácter sacramental del Orden sagrado hace que la oración y oblación vital del ministro tenga la eficacia de la oración del mismo Cristo ante el Padre. El misterio eucarístico regenera permanentemente el sacerdocio ministerial, y es también la fuente y el culmen de la vida cristiana de todos los fieles. De ahí que el sacerdocio ministerial, emergiendo de su ser íntimo por medio del carácter sacramental, es la fuente santificante existencial más excelente y eficiente, para la vida de toda la Iglesia.

La mutua dependencia y relacionalidad de los miembros de la Iglesia se realiza sobre la base de ser el pueblo sacerdotal, en el que algunos son configurados ontológicamente para actuar ministerialmente para los demás “in persona Christi Capiti”. El sacerdocio espiritual es el sólido fundamento de toda auténtica espiritualidad católica, en la que el fiel se identifica con Cristo en su camino de ofrecimiento sacrificial obediencial al Padre. Los presbíteros, para engendrar la verdadera comunión espiritual entre los fieles cristianos, han de fundar su sacerdocio ministerial en la imitación existencial de Cristo Esposo y Pastor de su Iglesia; cuyo precio es la vivencia participada del sacerdocio eterno de Cristo: ofrenda inmolada para la comunión humano-divina a lo largo del tiempo hasta la consumación de la historia.

Una existencia espiritual sacerdotalizada engendra naturalmente comunión humano-divina. El ser íntimo del sacerdote se fragua en esta sacerdotalidad existencial, cuya Gracia fundante proviene del carácter sacramental del Orden sagrado; correspondida por el cuidado constante por integrar su ministerialidad al modelo de Cristo Servidor y Pastor de los fieles. La espiritualidad sacerdotal se proyecta en la Iglesia Esposa y Templo. La misión presbiteral es prolongación de la raíz apostólica de los Doce, como colaboración del episcopado con el Papa a la cabeza; de acuerdo al mandato recibido de evangelizar y santificar a todos los hombres, según el designio divino de salvación universal. De este modo el ministro ordenado con su inmolación en Cristo, actualiza y visibiliza la inmolación de Cristo Esposo por la santificación de Su Esposa la Iglesia, Su verdadero Cuerpo Místico.

La auténtica espiritualidad presbiteral no postula una clericalización de la espiritualidad y del apostolado propio de los laicos, sino que potencia la sacerdotalidad existencial que ha de fundamentar toda espiritualidad católica. Se potencia la comunión con Dios por medio de la comunión con Cristo sacramental, y así preserva de cualquier espiritualismo desencarnado. La comunión sacramental con Cristo, animada de un espíritu sacrificial (crístico-eucarístico), es garantía de comunión divina y eclesial; que integra la vida y actividad social-secular del laicado, como sacrificio agradable y acepto para la gloria de Dios y salvación de los hombres. La liturgia es la conciencia de fe sacerdotal de la vida de los bautizados, asociándolos en su pertenencia a y por medio de la Iglesia, a Jesucristo. El sacerdocio ministerial, vivido desde una espiritualidad que emerge de la objetividad del carácter sacramental del Orden sagrado, anima y acompaña existencialmente la espiritualidad laical, entendida como sacerdocio espiritual cotidiano en medio del mundo, que tiene su fuente y culmen en el misterio eucarístico. La espiritualidad presbiteral genuina es atractiva y aliciente de una vida laical-secular en pertenencia afectiva y efectiva al misterio de la Iglesia.[21]


[1] Ver Lumen Gentium, nn. 1-4.

[2] Ver Lumen Gentium nn. 7-8.

[3] Ver Lumen Gentium cap. II.

[4] Ver Lumen Gentium n. 10.

[5] Ver Lumen Gentium cap. III.

[6] Ver Lumen Gentium cap. IV.

[7] Ver Lumen Gentium cap. V.

[8] Ver Lumen Gentium cap. VI.

[9] Ver Lumen Gentium nn. 18-21.

[10] Ver Lumen Gentium n. 28.

[11] Ver Lumen Gentium n. 11.

[12] Ver Presbyterorum Ordinis   n. 2.

[13] Aunque el Vaticano II no utiliza la palabra “evangelización”, la idea es la misma al referirse a la única misión de la Iglesia de la que cada miembro participa a su modo y según su estado; Ver Ibid. n. 17.

[14] Ver Pastores dabo Vobis nn. 13-15.

[15] Ver Presbyterorum Ordinis nn. 14, 43; Pastores dabo Vobis nn. 21-23.

[16] Ver Directorio para la vida y ministerio de los Presbíteros, nn. 20-25.

[17] Ver Ibid. n. 13.

[18] Ver Ibid. n. 8.

[19] Ver Presbyterorum Ordinis nn. 2, 12-13.

[20] En mi libro señalo este punto de la semejanza mariana del sacerdocio de Fabro, al tratar el tema de la caridad sacerdotal en referencia al misterio de Cristo redentor. Ver Cap. V, 2.4 del libro. || EL AUTOR: El Padre Luis Ponte nació en Montevideo en 1967 y es sacerdote desde 1993. Licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana desde su Instituto agregado en Montevideo en 1995, cursó la Licenciatura en Derecho Canónico en la Pontificia Universidad de Comillas en Madrid en 1997-1998, y obtuvo el Doctorado en Espiritualidad en Roma en 2004 por la Pontificia Universidad Gregoriana. Ha sido miembro de la Asociación Católica Internacional de Misionología y colaboró como asesor del Departamento de Misiones de la Conferencia Episcopal y de las Obras Misionales Pontificias de Uruguay (1993-1996, 1999-2000) y de España (1997-1998). Su docencia se desarrolla en el Instituto Teológico del Uruguay (1993-1994, 2007), en la Universidad Francisco de Asís de Maldonado-Punta del Este (1995-1996), en el Instituto de Ciencias Familiares de Montevideo (1996), en la Escuela de Enfermería de la Universidad Católica del Uruguay (1993-1996, 1999-2001). En el año 2002 pasa a residir en el Seminario Mayor Interdiocesano de La Plata, Buenos Aires, siendo profesor de la Universidad Católica. Actualmente reside en Montevideo. Correo: plponte@adinet.com.uy.

[21] Luis Ponte, Sacerdocio y Experiencia Cristiana – Un paradigma actual a la luz del Beato Pedro Fabro, primer Sacerdote de la Compañía de Jesús, Ediciones Ágape, Buenos Aires 2005, pp. 539-549.