trece-preguntas

Daniel Iglesias Grèzes

En el presente trabajo recopilo algunas cuestiones teológicas planteadas por Eugenio Grant, un lector de Costa Rica y mis respuestas a esas cuestiones. Agradezco profundamente a Eugenio que haya querido compartir con otras personas las dudas e inquietudes religiosas planteadas por él hace ya varios años. Ambos tenemos la esperanza de que nuestro diálogo pueda resultar iluminador y útil para quienes pasan por situaciones similares. La Parte 1 de este trabajo incluyó las primeras siete preguntas y respuestas.

  1. San Pedro y San Pablo

Pregunta: Leyendo los Hechos de los Apóstoles y las cartas de Pablo, me di cuenta de que Pablo se dedicó a predicar e introducir el cristianismo en diversas regiones; mientras tanto, casi no se hace mención de Pedro. Incluso se nota que Pablo era mucho más apasionado y creyente en Cristo, aún cuando nunca lo conoció. Pedro se concentra más en predicar a los judíos, mientras Pablo—que parece haber captado mejor el mensaje—entiende que el mensaje de Cristo no era sólo para el pueblo judío, sino para todos.

¿Por qué, entonces, si podemos decir con certeza que sin Pablo el mensaje cristiano iba destinado a quedar en el olvido o en el mejor de los casos a convertirse en una de muchas de las sectas de la época, tiene más relevancia Pedro, considerado el primer Papa, pasando Pablo a ser una figura secundaria?

Respuesta: En cierto modo todos los pecadores se parecen, pero los santos son muy diferentes unos de otros, debido a sus diferentes dones y carismas; pero no por esto todos ellos dejan de ser santos y de trabajar unidos para el bien de la Iglesia, es decir para la salvación de los hombres.

Los pensamientos de Dios van mucho más allá de los pensamientos de los hombres. Jesús, la Palabra de Dios hecha carne, eligió a Pedro como Cabeza de Su Iglesia, le prometió que los poderes del infierno no prevalecerán contra Ella y le dio las llaves del Reino de los Cielos. Por un lado, ¿quiénes somos nosotros para cuestionar esa elección de Jesucristo?; por otro lado, vistas las consecuencias, resulta claro que fue una excelente elección.

Pedro no era menos creyente que Pablo, aunque es cierto que Pablo fue un teólogo más profundo y un evangelizador más audaz. Pero el Papa y los Obispos no tienen por qué ser los mejores cristianos de su tiempo o de su comarca en todos los sentidos posibles. Como suele decir el Arzobispo de Montevideo (Mons. Nicolás Cotugno), los Pastores de la Iglesia no tienen la síntesis de los carismas, sino el carisma de la síntesis, para guiar al Pueblo de Dios.

No fue Pablo, sino Pedro, el primero que admitió a los gentiles en la Iglesia.[1] Fue Pedro quien decidió la discusión del Concilio de Jerusalén a favor de la tesis de Pablo y Bernabé sobre la no necesidad de exigir el cumplimiento de todas las normas y ritos judíos a los cristianos de origen pagano.[2] Los Hechos de los Apóstoles aluden apenas al apostolado de Pedro entre los paganos de Antioquía y no refieren su apostolado en Roma, porque Lucas, su autor fue siguiendo el rastro de Pablo, a quien conoció y trató de cerca.

San Pedro y San Pablo, unidos en Cristo hasta el fin, murieron mártires en Roma, ambos víctimas de la misma persecución de los cristianos impulsada por el emperador Nerón.

  1. Dios reina en Jesucristo

Pregunta: El Evangelio de hoy me pareció sumamente valioso y coherente, pero termina con una frase que no comprendo: “Yo les aseguro que hay algunos aquí presentes que no probarán la muerte sin haber visto primero llegar al Hijo del hombre como rey.”

Me parece que esto no sucedió. Creo que Jesús hace referencia a la Parusía, pero ésta todavía no ha llegado. Indudablemente todos los que estaban presentes en ese momento ya han muerto. La frase se parece a otro mensaje de Jesús que aún no se ha cumplido: “El fin de los tiempos está cerca”.

¿Por qué un mensaje tan bueno termina con una predicción que parece errónea?

Respuesta: ¡Verdaderamente Cristo ha resucitado! ¡Y los apóstoles son testigos de esta realidad! La Pascua de Cristo obra la salvación del hombre. Es un acontecimiento escatológico: ocurre en el tiempo, pero lo trasciende y alcanza a la eternidad. Desde entonces un hombre verdadero reina junto al Padre en un reino que no tendrá fin. Al resucitar a su Hijo Jesucristo, que pasó haciendo el bien y murió en la Cruz para redimirnos, Dios Padre lo exaltó y manifestó su gloria y su reinado de amor. El reinado de Cristo coincide con el reinado de Dios.

Todo el cristianismo se concentra en este punto. Por eso San Pablo escribió: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe, y somos los más desgraciados de los hombres”; pero Cristo resucitó…

La otra frase de Jesús que cuestionas no dice que el fin de los tiempos está cerca, sino: “El Reino de Dios está cerca”. Es un serio error decir que Jesús se equivocó al profetizar que el Reino de Dios llegaría durante su generación. Tanto llegó el Reino de Dios, que el mismo Jesús en persona es el Reino de Dios en plenitud. Un estudio sereno de los Evangelios muestra que Jesús relacionó siempre el Reino de Dios con su persona y que Él era consciente de su especial relación con Dios Padre y de estar implantando el Reino de Dios en el mundo. ¿Quién es si no el sembrador de la parábola, que esparce generosamente la semilla del Reino por doquier?—y hay muchos otros textos evangélicos que vienen al caso—Por eso Jesús llegó a decir: “El Reino de Dios está en medio de vosotros”. No se equivocaba, porque se refería a sí mismo.

La teoría de que Jesús fue sólo un profeta apocalíptico fracasado no da cuenta de la inmensa desproporción que, bajo esa hipótesis, existiría entre la causa—un falso profeta—y el efecto: la Iglesia cristiana, el fenómeno religioso más extraordinario de todos los tiempos. Los prejuicios impiden a muchos reconocer la verdadera grandeza de Jesús.

  1. El anuncio del Evangelio

Pregunta: El Evangelio de hoy me dejó algunas dudas. El texto es el siguiente:

“En aquel tiempo, envió Jesús a los Doce con estas instrucciones: ‘Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente. No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven morral para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias ni bordón, porque el trabajador tiene derecho a su sustento. Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, pregunten por alguien respetable y hospédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar, saluden así: ‘Que haya paz en esta casa’. Y si aquella casa es digna, la paz de ustedes reinará en ella; si no es digna, el saludo de paz de ustedes no les aprovechará. Y si no los reciben o no escuchan sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacudan el polvo de los pies. Yo les aseguro que el día del juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos rigor que esa ciudad.’”[3]

Mis dudas son las siguientes:

  • “Ya se acerca el Reino de los Cielos”. ¿A qué se refiere Jesús con esto? Parece que anuncia algo que nunca llegó, algo que seguimos esperando. ¿Jesús se refiere a su muerte? El Evangelio de Mateo menciona en algunos versículos que se acerca el “fin de los tiempos”, el cual—como podemos constatar—nunca estuvo cerca.
  • ¿La parte de “Vayan y proclamen” hace referencia a todos, o sólo a los Apóstoles (y hoy día a los Obispos y Sacerdotes)?
  • ¿El deber de evangelizar consiste necesariamente en tratar de convencer a la gente de la verdad de la fe cristiana o es más bien una forma de vida? Es decir, ¿el cristiano debería tratar de explicar de la mejor manera posible el mensaje de Cristo o se trata más bien de dar ejemplo con nuestras actitudes y hechos?
  • Por otra parte, este texto contiene un mensaje muy fuerte de austeridad que no veo que hoy se aplique en ningún lado, exceptuando a algunos misioneros en países pobres, que realmente viven con lo mínimo.

Entonces, ¿cómo se deben interpretar estos pasajes?

Respuesta: El Reino de los Cielos llegó a la tierra con la persona de Jesús. Él mismo es el Reino de Dios en plenitud. Su Encarnación y su Pascua inauguran el fin de los tiempos, la última etapa de la larga historia de la humanidad. Esta etapa—en la que ahora estamos—puede ser corta o larga (eso sólo Dios lo sabe) pero ya está en marcha, orientada hacia su culminación en la Parusía o Segunda Venida de Cristo. Ésta marcará el fin del mundo presente y su transformación en “los cielos nuevos y la tierra nueva” en los que Dios será “todo en todos”, como dice la Sagrada Escritura.

El deber de evangelizar afecta a todo cristiano, aunque de modo diverso según su vocación particular (sacerdote, religioso, laico, etc.). La Iglesia es misionera por naturaleza.

El testimonio cristiano abarca hechos y palabras, ligados indisolublemente entre sí. Las palabras sin hechos son hipócritas; los hechos sin palabras son mudos: pierden buena parte de su eficacia, porque fácilmente pueden ser incomprendidos.

También los consejos evangélicos—pobreza, castidad y obediencia—obligan a todo cristiano, aunque de distintos modos, según su vocación y estado de vida.

La pobreza evangélica no es un elogio de la miseria, sino más bien austeridad, sobriedad, abnegación, desprendimiento de las cosas materiales, libertad frente a las riquezas, generosidad. No es renuncia a la eficacia de las modernas tecnologías, sino una puesta de confianza absoluta en la fecundidad intrínseca de la Palabra de Dios. No nos obliga a renunciar a todo lo que tenemos y a vivir en la carencia total de bienes materiales, sino más bien a un desapego de esos bienes y a una voluntad de compartirlos. Lo que nos sobra—si nos sobra de veras, sin atenuantes—nos pertenece jurídicamente, pero no moralmente. La propiedad privada es un derecho natural, pero no un derecho absoluto, porque está gravada por el destino universal de los bienes de la tierra, querido por el Creador. Lo que tenemos no nos ha sido dado para nuestro disfrute egoísta, sino para el bien de todos. Esto se da dentro de un cierto orden: uno no puede resolver por sí mismo todos los problemas del mundo; es natural que uno se dedique más a su familia, sus amigos y conocidos, su barrio, su país, etc.; pero debemos estar atentos a las necesidades de todos.

Los tres consejos evangélicos tienen una estructura común:

  • la pobreza es liberación del afán desordenado de riqueza, contra la tentación del mundo.
  • la castidad es liberación del afán desordenado de placer, contra la tentación de la carne.
  • la obediencia es liberación del afán desordenado de libertad o auto-determinación, contra la tentación del demonio.

Parece claro que, de los tres consejos evangélicos, la pobreza es el más fácil de practicar y la obediencia el más difícil. Pero contamos siempre con el auxilio de la gracia de Dios, para quien nada es imposible. Como escribió San Pablo, “todo lo puedo en Aquel que me conforta.”[4]

  1. La reverencia debida a las cosas santas

Pregunta: Habiendo leído el Evangelio de ayer y un comentario que le hace un sacerdote, ese comentario me ha dejado muchas dudas. No veo el sentido de referir este pasaje a la santidad de la Eucaristía. A continuación reproduciré el texto del Evangelio y el comentario referido.

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No den a los perros las cosas santas ni echen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes y los despedacen. Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. En esto se resumen la ley y los profetas. Entren por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y amplio el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por él. Pero ¡qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que conduce a la vida, y qué pocos son los que lo encuentran!’”[5]

“Aunque, como reconoce la mayoría de los estudiosos, es difícil la interpretación del versículo 6 de este capítulo, la gran mayoría de los exégetas está de acuerdo en que es probable que esté referido a la santidad de la Eucaristía, y a aquellos que no reconocen la presencia real de Cristo en ella, y que en un momento dado su incredulidad los lleva a recibirla sin la fe y sin la piedad que ésta requiere. Debemos recordar que en la primera comunidad había un gran celo y un gran respeto por la Eucaristía–y en general por las cosas santas—de manera que de la Eucaristía sólo podían participar los bautizados, lo cual significaba haber aceptado la vida concorde al Evangelio y vivirla conforme a éste. Los catecúmenos, así como los paganos, no eran admitidos. Quizás hoy valdría la pena el reflexionar en la santidad de lo que recibimos los domingos, a manera de hacernos más conscientes de que se nos da “una cosa Santa”, es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo. Piensa hoy un poco en cuál es tu actitud al ir a recibir la Comunión… ¿Eres verdaderamente consciente de la santidad de lo que recibes? Permite que el amor de Dios llene hoy tu vida. Ábrele tu corazón.”

Respuesta: De las mismas palabras de Jesús se deduce que hay un paralelismo entre las “cosas santas” y las “perlas”. Las segundas simbolizan a las primeras.

Ahora bien, en la Iglesia hay muchas “cosas santas”, pero nada es más Santo que Dios mismo. La Eucaristía es el Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, en cuerpo, sangre, alma y divinidad, es decir en toda la realidad de su persona divina en dos naturalezas, divina y humana. De modo que la interpretación eucarística de la frase en cuestión me parece muy correcta.

Como bien dice el comentario que citaste, los cristianos de los primeros siglos tenían una viva conciencia de la reverencia debida a lo sagrado en general, y particularmente a la Eucaristía. De ahí que la Iglesia estableciera una “disciplina del arcano”, que prohibía la participación de los no creyentes—e incluso de los catecúmenos—en la liturgia de la Eucaristía (los catecúmenos podían participar de la liturgia de la Palabra). Hoy esa antigua disciplina se ha relajado mucho y nuestra sensibilidad espiritual se ha embotado bastante, a tal punto que nos cuesta percibir adecuadamente la maldad del sacrilegio, que nuestros antepasados sentían intensamente en tiempos no muy lejanos.

También me parece correcta y complementaria con la anterior, una interpretación espiritual o catequética de la frase de Jesús: las “perlas” representan además a la Palabra de Dios, otra “cosa santa” íntimamente ligada a la Eucaristía. La frase analizada es entonces un consejo parecido a aquel otro que dio Jesús a los discípulos que envió a misionar: ofrezcan su saludo y su paz a todos; pero si alguien no quiere recibirlos, sacudan hasta el polvo de esa casa de sus pies y márchense a otro lugar.

Dado que, lamentablemente, hemos perdido bastante el sentido de lo sagrado, por lo común no tenemos grandes dificultades para entretenernos hablando de cosas santas con personas que tienen hacia ellas una actitud irreverente o hasta blasfema. Eso es casi siempre una pérdida de tiempo y un error. Que el Señor nos ayude a tener el debido respeto a su Santo Nombre—según ordena el segundo mandamiento del Decálogo—y a todo lo sagrado. Amén.

  1. El amor al enemigo

Pregunta: Me impacta mucho el mandamiento cristiano del amor al enemigo. ¡Qué difícil es “ser perfectos” como Dios! Es un ideal difícilmente alcanzable…

En mi país, últimamente los crímenes violentos se han incrementado. Hace un mes un comercio cercano a mi casa fue asaltado y la policía mató a uno de los asaltantes. La verdad es que me alegré de que eso sucediera. Siento repulsión por los criminales. A menudo se trata de gente que ni siquiera está sufriendo hambre o miseria. Me parece que todo debe tener un límite y que no se puede tener consideraciones con las personas que no tienen consideración con uno.

¿Cómo practicar íntegramente el mensaje de Cristo? ¿Cómo se puede pedir a la gente que ame a su enemigo—como manda el Evangelio—cuando estamos a merced de criminales que no tienen ningún reparo en hacernos daño? ¿Cómo sentir compasión por quien mata para robar un reloj o quien arrebata a otro el fruto de mucho tiempo de trabajo porque no quiere esforzarse para obtener sus propias cosas? ¿Cómo se nos puede pedir que amemos a nuestros enemigos, si ellos amenazan nuestra integridad física? ¿No debería haber un límite a la tolerancia? ¿Cómo llenar el corazón de piedad ante ese tipo de personas? Uno no debe vivir odiando permanentemente a sus enemigos, pero ¿cómo justificar a alguien que mata a otra persona para robarle algo, dañando gravemente a una familia? ¿Esos delincuentes merecen caridad? Me parece saludable para uno mismo tratar de no vivir odiando para siempre a los malhechores, pero ¿cómo orar por ellos cuando han provocado un daño innecesario? En caso de agresión puedo orar con devoción por las víctimas u ofrecerles mi ayuda para mitigar su dolor; incluso puedo orar por el que me envidia o me desea el mal, pero ¿cómo orar por el que viola o mata a uno de mis familiares? ¿Cómo tener compasión de una persona para quien incluso la muerte es poco castigo? ¿Cómo explicar que hay gente que va a las cárceles a ayudar a los presos cuando aun hay víctimas suyas sufriendo?

Respuesta: Creo que la respuesta a la pregunta sobre la posibilidad del amor cristiano al enemigo debe ante todo subrayar que el amor cristiano (la caridad) no es un amor romántico o sentimental sino una voluntad deliberada y firme de hacer el bien al otro, sea quien sea. Yo diría que es humanamente imposible sentir un cálido afecto por un injusto agresor, al menos durante la agresión. Sin embargo sí es posible y humanamente enaltecedor renunciar al odio y a la venganza y procurar vencer al mal con el bien en toda circunstancia.

Es justo practicar la legítima defensa contra una injusta agresión. El Catecismo de la Iglesia Católica, en los números 2263-2267, explica bajo cuáles condiciones puede darse esa legítima defensa, individual o social. También es correcto alegrarse de que una injusticia no se haya consumado; pero no es correcto alegrarse por el mal ajeno. La alegría por el mal ajeno es un pecado parecido a la envidia, pero al revés: la envidia es tristeza por el bien ajeno. Los cristianos debemos orar por nuestros enemigos y estar dispuestos a perdonarlos. Claro que nuestra oferta de perdón no afecta íntimamente al enemigo si éste no se convierte.

Agrego otras breves consideraciones:

  • El crimen nunca puede ser verdaderamente justificado.
  • Todo verdadero pecado es innecesario. Si un acto es necesario, entonces no es libre y por lo tanto no puede ser pecado. Por consiguiente allí no hay nada que perdonar.
  • Los criminales no merecen la caridad cristiana, pero la necesitan; así como nosotros no merecemos ser amados infinitamente por Dios, pero igualmente Dios nos ama de esa manera, porque Él es infinitamente bueno.
  • Jesús oró en la cruz por los que estaban asesinándolo mediante una tortura atroz. El cristiano debe ser otro Cristo.
  • Visitar a los presos es una de las “obras de misericordia corporal” practicadas tradicionalmente por los cristianos. Esa obra de misericordia no se refiere sólo a los presos inocentes, sino también a los presos culpables. El testimonio del verdadero amor puede lograr la conversión incluso de los peores criminales. Pero esa conversión no se produce de un modo automático, sino que depende siempre del misterio de la libertad humana.
  • Debemos pedir ayuda a Dios para que nos enseñe a amar a nuestros enemigos, en el sentido de responder al mal con el bien, no en el sentido sentimentalista.
  • Sin la gracia de Dios, vivir el Evangelio de Cristo en su integridad es una tarea humanamente imposible. Pero contamos con la ayuda divina; y nada es imposible para Dios.
  1. La búsqueda de la verdad

Pregunta: Estoy haciendo un curso de introducción a la teología católica. Uno de los temas del curso, titulado “La búsqueda de la verdad”, me ha dejado muchas dudas. Me parece que la verdad última que todos buscamos es la existencia de Dios y que las consecuencias lógicas de esta verdad son sumamente importantes.

Sin embargo, el Profesor del curso, un sacerdote, dijo que eso es hacer “una lectura religiosa de la verdad”. Yo creo que eso llevaría a pensar que la “verdad” de los ateos es que Dios no existe, lo cual me parece un error—con esto no niego que los ateos puedan ser personas de buena voluntad. Si la verdad depende del tipo de lectura que se haga de ella o de la realidad, entonces se puede decir que la verdad es relativa y que cada uno tiene su verdad, lo cual no me parece muy católico.

Yo pienso que la verdad es una sola y que debe ser absoluta, independiente de lo que cada uno piense. Dios no existe o deja de existir porque creamos o no en Él, así como la Tierra no deja de ser redonda porque alguien crea que es plana.

Los ateos piensan que los seres humanos somos una especie de accidente cósmico destinado a existir brevemente y desaparecer, por lo cual muchos de ellos se inclinan a buscar el mayor placer o disfrute posible en esta vida. Por el contrario, el cristiano cree en la vida eterna, lo cual le hace ver todas las realidades de esta vida desde la perspectiva de la eternidad.

Si en definitiva la verdad no se puede conocer, ¿cómo saber qué actitud tomar ante la vida? ¿Será que la fe es una opción libre pero irracional, emotiva o sentimental? ¿Qué lleva entonces a muchos grandes intelectuales a creer en Dios?

Respuesta: No sé qué habrá querido decir exactamente tu profesor de teología, pero sospecho que la expresión “lectura religiosa de la verdad” (o de la realidad) puede provenir de una tendencia relativista. En una palabra, “relativista” es quien sostiene que “En este mundo traidor, nada es verdad, ni mentira. Todo es según el color del cristal con que se mira.”[6] La filosofía es una ciencia que tiene cierto grado de autonomía respecto a la teología, pero la fe cristiana tiene consecuencias muy precisas en filosofía. Dicho de otro modo, hay filosofías incompatibles con la fe cristiana. Hoy el mayor enemigo de la fe cristiana es la filosofía relativista, que ha impregnado la mentalidad de no pocos cristianos. El relativismo (filosófico, moral, religioso o cultural) es la versión moderna del antiguo escepticismo. En definitiva, niega la capacidad de la razón humana para conocer la verdad.

La filosofía cristiana sólo puede ser realista. La filosofía realista sostiene que existe una realidad objetiva, independiente de mí y de ti y que tú y yo podemos conocer la verdad de lo real. La verdad es la correspondencia o adecuación entre el pensamiento y la realidad. Si mi pensamiento coincide con la realidad objetiva, es verdadero; si no, es falso. O sea, la verdad es absoluta o no es verdad. El realismo es la filosofía del sentido común de la humanidad. No hay que confundir verdad absoluta (universalmente válida) con verdad total. La mente humana no puede llegar a conocer la totalidad de la verdad, pero sí aspectos parciales de la realidad, verdades parciales, interrelacionadas entre sí en foma coherente, no contradictoria. Esta estructura general se aplica también a la verdad religiosa y a la verdad de la existencia de Dios. Es verdad que Dios existe. Es falso que no exista. No hay una verdad para el gusto de cada uno. Cada uno tiene sus propias creencias u opiniones, pero cada una de ellas sólo puede ser verdadera o falsa (para todos). Es un dogma de fe católica, definido por el Concilio Vaticano I y reafirmado por el Concilio Vaticano II, que el hombre, mediante la sola luz natural de la razón, puede conocer la existencia de Dios. O sea, existen pruebas racionales (filosóficas) de la existencia de Dios. He escrito con más detalle sobre estos temas en mi blog Verdades de Fe. [7]


[1] Ver Hechos 10: Cornelio y su familia.

[2] Ver Hechos 15.

[3] Mateo 10,7-15.

[4] Filipenses 4:13.

[5] Mateo 7,6.12-14.

[6] Ramón de Campoamor, Humoradas.

[7] Te invito a leer los siguientes artículos: Programa Nº 2 – El conocimiento de Dios y Programa Nº 8 – La existencia de Dios.