pureza-paulina

Miguel Antonio Barriola

Es sabido que, con gran frecuencia, la oposición a Dios, a la fe, la Iglesia no procede tanto de la inteligencia, cuanto de los bajos instintos. Así fue el testimonio de San Agustín. Había ya adherido casi totalmente al Evangelio, sus objeciones habían ido desapareciendo una tras otra y sentía como cada vez más apremiante la voz de Dios. Pero había algo que le impedía dar el último paso: el miedo a no poder vivir en castidad. Justamente, cuando oyó el misterioso llamado: “Tolle et lege” (toma y lee), abrió al azar la carta de Pablo a los Romanos en 13,12-14, donde se exhorta a dejar atrás “lujuria y libertinaje”, pero se le seguían presentando inconvenientes, que describirá así: “Eran patrañas y más patrañas, vanidad de vanidades las que me retenían, viejas amigas mías… me estiraban hacia abajo mi vestido de carne y en voz baja me decían: ‘¿Nos despides?’ y ‘¿Ya no estaremos nunca más contigo?’ ¡Y qué no era lo que me insinuaban, Dios mío!”[1]

Entre esas actividades de la carne, Pablo destaca el desenfreno sexual, como lo hizo al pintar un panorama tan negro, pero realista, de la situación del mundo pagano[2] y lo venía apuntando ya desde su primera carta:[3] “Dios quiere… que sepa cada uno controlar su propio cuerpo con sentido y respeto, sin dejarse arrastrar por la pasión”.

¿Qué motivos impulsan al Apóstol para insistir en estas advertencias? Contraponiendo “las obras de la carne” (en plural, como indicando su dispersión), con “el fruto del Espíritu” (en singular, aunque enumere después varios efectos, pero todos estrechamente unidos), indica como primera a la pornéia y como su contrapartida la enkratéia. Son dos términos clave. El segundo viene de: enkratéuomai, o sea ser dueño de sí mismo; krátos significa fuerte. Pornéia deriva de pérnemi, que significa: “me vendo”, en el caso: enajeno mi propio cuerpo. Pablo, pues, viene a decir que, respecto al cuerpo, se dan dos actitudes contrapuestas: una, fruto del Espíritu, que consiste en permanecer siendo dueño de uno mismo. La otra equivale a disponer de la sexualidad para el propio placer, en vistas a finalidades distintas a aquella para la que ha sido creada. En una palabra, hacer del acto sexual un comercio, una venta, aunque no haya dinero de por medio, bastando para ello un intercambio, como en el mercado: lo que está destinado hacia un objetivo es desviado, para lograr beneficios de otro tipo. Aquí el goce egoísta.

Si nos quedáramos en estos términos, todavía no sintonizaríamos con nada propiamente bíblico y cristiano. En efecto, también los moralistas paganos exaltaban el dominio de uno mismo, aunque sólo en función de la paz interior. El Evangelio, en cambio, concede un contenido completamente nuevo a estos términos. Esto es evidente ya en nuestro texto,[4] donde la disolución sexual se opone, no sólo a una mesura estoica, sino al “revestirse de Jesucristo.”[5]

Es la principal razón que emerge en toda la doctrina paulina para exigir la pureza en este aspecto. Así lo vemos en 1Corintios 6,12-20. Los cristianos, en aquella comunidad, habían sacado torcidas conclusiones de la libertad que Pablo proclamara respecto al yugo de la ley, entendida según algunos judíos. Andaban, entonces repitiendo el slogan: “Todo me es lícito.” Pablo amonesta que no está permitido darse a la lujuria, vendiéndose al propio gusto. La razón reside en el simple hecho de que ya no somos nuestros, sino de Cristo y no es posible disponer de lo que es dominio ajeno. “¿Han olvidado que son miembros de Cristo y no se pertenecen?”[6] La motivación filosófica pagana se encuentra dada vuelta, porque el valor supremo a salvaguardar ya no es el señorío sobre sí, sino el “no dominio de uno mismo”. “¡El cuerpo no es para la lujuria sino para el Señor!”[7] La motivación última de la pureza es, entonces: Jesús es mi dueño y señor. Se da un salto de cualidad infinito entre las dos perspectivas: en la primera hipótesis, la castidad está en función de sí mismo: mi serenidad y apathéia (ausencia de pasión). En el segundo caso, Jesús es la finalidad. Es cierto que hay que trabajar, luchar, para conseguir el dominio sobre uno mismo, pero sólo para cederlo luego a Cristo.

Motivación que se vuelve todavía más imperiosa por lo que revela el propio Pablo, en este mismo texto. No somos sólo genéricamente “de” Cristo, como propiedad o cosa suya. Además y sobre todo ¡somos el cuerpo mismo de Cristo, sus miembros! Lo cual lo vuelve todo más complicado, pues significa que, cayendo en la impureza, prostituyo el cuerpo de Cristo, realizo una especie de odioso sacrilegio. “¿Voy a quitarle un miembro a Cristo, para hacerlo miembro de una prostituta?”[8]

A esta motivación cristológica se le une enseguida la pneumatológica: “Saben muy bien que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en ustedes.”[9]

También apunta Pablo a una razón escatológica: “Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros con su poder.”[10] Nuestro cuerpo está destinado a la resurrección, con lo cual es patente que la pureza cristiana no es un desprecio del cuerpo, sino, al contrario, la valoración de su gran dignidad. El Evangelio (decían los Padres a los gnósticos) no predica la salvación “respecto a la carne”, sino la “salvación de la carne.” “No digamos que la vestimenta corporal es algo extraño, sino respetémosla como algo que pertenece a nuestra persona. De todo lo que hayamos hecho por medio de nuestro cuerpo deberemos rendir cuenta a Dios.”[11]

El Apóstol concluye su exposición sobre la pureza con la apasionada invitación: “¡Glorifiquen a Dios con sus cuerpos!”[12] El cuerpo humano es, pues, para la gloria de Dios, cuando el hombre vive su propia sexualidad y toda su corporeidad en obediencia al sentido de la misma, que no es venderse, sino darse. Tal glorificación de Dios no exige la renuncia al ejercicio de la propia sexualidad. De hecho, en el capítulo 7, explica Pablo cómo esa glorificación de Dios se expresa de dos formas, o según dos carismas diferentes: matrimonio y virginidad. Bajo esta luz nueva, la pureza ocupa un lugar privilegiado en toda la perspectiva moral cristiana.

Casi no hay una carta de Pablo donde no le dedique a la cuestión un espacio, al describir la nueva vida en el Espíritu.[13]

Afinando más y yendo a las raíces, Pablo hace notar que hay una pureza del cuerpo, pero también está la del corazón, que no se reduce a actos externos, sino llega hasta los deseos y pensamientos.[14] También recomendará una pureza de la boca, que consiste, negativamente, en abstenerse de palabras obscenas, vulgaridades y torpezas[15] y, positivamente, en la sinceridad y la franqueza.

Hoy día, entre los cristianos, se tiende a contraponer las faltas contra la pureza y las que van contra el prójimo, considerando verdadero pecado el que daña a los demás. A veces se ironiza sobre el culto excesivo concedido en el pasado a la castidad. Se ha de conceder que hubo exageraciones, pero ahora se ha pasado al extremo opuesto, con la tendencia a minimizar los desórdenes contra la pureza, a favor (a menudo de labios para afuera) de la atención al prójimo. La palabra de Dios, lejos de contraponer castidad y caridad, las une estrechamente. Baste leer 1 Tesalonicenses 4,3-12: “Dios no nos llamó a la impureza, sino a la santidad… Acerca del amor fraterno, no es necesario que os escriba.”[16] El fin único de pureza y caridad es poder llevar una vida “llena de decoro,”[17] o sea, íntegra en todas sus relaciones, tanto respecto a sí mismo como en lo que toca a los demás. ¿Cómo puedo darme en el amor, si no me poseo y más bien soy esclavo de mis pasiones? Es ilusorio creer que se puede poner juntos un auténtico servicio a los hermanos, que siempre requiere abnegación, altruismo, olvido de sí y generosidad, con una vida personal desordenada, dedicada a complacerse a uno mismo y a las propias inclinaciones. Inevitablemente se acaba instrumentalizando a los otros, como se lo hace con el propio cuerpo. Difícilmente dirá “sí” a los hermanos, quien no sabe decir “no” a su egoísmo.

Otra excusa, que tiende a descargar de consecuencias al pecado de impureza, es que, según argumentan, con el placer sexual no se hace daño a nadie, no se violan los derechos de la libertad ajena.

Sin embargo, aparte del hecho de que se pisotea el derecho fundamental de Dios, esta escapatoria es falsa incluso en relación al prójimo, porque no es verdad que el pecado de impureza termina en el que lo comete. Hay una solidaridad entre todos los vicios, como la hay entre las virtudes. Cada transgresión contamina el ambiente moral. Hasta los malos pensamientos, que se depositan en el interior, envenenan al hombre y, por lo tanto, al mundo. “Del corazón salen las malas ideas, los homicidios, adulterios, inmoralidades, robos, testimonios falsos, calumnias. Eso es lo que mancha al hombre.”[18] La pureza no sólo equilibra los propios desórdenes, haciéndonos entrar en una correcta relación con los demás, es también necesaria para una íntima relación con Dios, ya que es muy difícil rezar, si se pacta con un corazón impuro. San Pedro pedía “calma y sobriedad para poder orar.”[19] Y si San Pablo aconseja a los mismos esposos abstenerse alguna vez de sus relaciones íntimas, siendo legítimas y santas, para poder dedicarse más intensa y libremente a la oración,[20] ¿qué se ha de decir del obstáculo evidente, que son los actos sexuales desordenados? Estos vuelven prácticamente imposible la oración, a menos que no haya una sincera voluntad de luchar y de vencer las propias debilidades, con el auxilio de la divina gracia.

También en la actualidad se ha debilitado toda mesura. Las mujeres “autoconvocadas” en defensa del aborto, escriben—sobre todo en los muros de los templos—graffiti como: “Yo soy mía. Mi cuerpo me pertenece. Hago con él lo que quiero.” Exactamente lo contrario a la fe cristiana, expuesta por Pablo. Pero, lo más inquietante es que tal permisivismo se ha infiltrado en algunos pastores, bajo una pseudocompasión: “Dios –suelen decir– te ama tal como eres; Dios quiere sobre todo tu realización; por eso, si eres ‘así’, si sientes que tal conducta te realiza, sigue adelante y no te atormentes. Dios es Padre”. Se cae en la plena “filosofía del tango”: “Si soy así, ¿qué voy a hacer?”

Como si uno pudiera “realizarse” al margen de la voluntad de Dios, en el pecado, porque se falta también por la ausencia de fe en el poder de Dios. En lugar de decir al débil: “Dios te ama y es más fuerte que tu fragilidad”, se acaba admitiendo que el pecado y la enfermedad son más poderosos que Dios.

De los antídotos que nos ha recomendado este médico del espíritu, recordemos especialmente la mortificación de los ojos, que son las ventanas del alma. (Ya la filosofía clásica explicaba que: “Nihil est in intellectu, quod prius non fuerit in sensu,” nada hay en la inteligencia, que no haya pasado antes por los sentidos). El que ha creado el ojo, hizo también el párpado, para protegerlo. Y hoy no podemos silenciar el gran peligro que es la Televisión. Raniero Cantalamessa, poniendo al día el consejo evangélico,[21] nos insta: “¡Si tu televisión te resulta ocasión de escándalo, tírala! Es mucho mejor aparecer como un hombre poco informado de los últimos acontecimientos y espectáculos del mundo, que, informadísimo de todo, perder la amistad con Jesús y echar a perder el corazón.”[22]

La oración es el otro gran recurso, comprobado por el mismo Pablo[23] y la unanimidad de los santos. Valga por todos San Agustín, con el que comenzamos estas reflexiones. En el mismo contexto arriba aludido, recuerda: “En mi inexperiencia creía que la continencia dependía de las propias fuerzas y yo era consciente de no tenerlas. Era tan necio que ignoraba que está escrito, que nadie puede ser continente, si tú no se lo concedes[24] … Tú me ordenas la pureza: pues bien, ¡concédeme lo que mandas y luego mándame lo que quieras! (da quod iubes et iube quod vis).”[25] Y nos asegura que de ese modo obtuvo la pureza.


[1] Confesiones, VIII, 11.

[2] Romanos 1,26 ss.

[3] 1 Tesalonicences 4,3-8.

[4] Romanos 13,12 ss.

[5] Romanos 13,14.

[6] Romanos 13,15.19

[7] Romanos 13,13.

[8] Romanos 13, 15.

[9] Romanos 13,19.

[10] Romanos 13, 14.

[11] San Cirilo de Jerusalén, Cathecheses, XVIII; Pratristica Græca 33, 1041.

[12] 1 Corintios 6,20.

[13] Efesios 4,12-5,33|| Colosenses 3,5-12; Pastorales.

[14] Ya lo había enseñado Jesús: Mateo 5,8.27-28; Romanos 13,14; Efesios 2,13; 2 Timoteo 2,22.

[15] Efesios 5,4; Colosenses 3,8.

[16] 1 Tesalonicenses 4, 7.9.

[17] Romanos 13,13.

[18] Mateo 15,19-20.

[19] 1 Pedro 4,7.

[20] 1 Corintios 7,5.

[21] Mateo 6,23.

[22] La vida en el señorío de Cristo, Valencia; 1991; p. 278.

[23] 2 Corintios 12,8-9.

[24] Sabiduría 2,21.

[25] Confesiones, VI, 11; X, 29.