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Daniel Iglesias Grèzes

Actualmente la versión más popular de la teoría de la evolución es el neodarwinismo. Éste pretende explicar la evolución biológica con base en dos y sólo dos elementos: las mutaciones genéticas aleatorias y la selección natural. Nótese que en este sistema sólo el primero de estos dos elementos cumple un rol positivo o creativo, generando nuevas variantes biológicas. En cambio, el rol de la selección natural es solamente negativo o destructivo, limitándose a hacer desaparecer las variantes menos aptas. En la visión neodarwinista, pues, la evolución avanza únicamente en función del azar.

Quisiera plantear brevemente una idea que encontré en un libro del filósofo católico Claude Tresmontant, cuyo objetivo es refutar estadísticamente la teoría de que la única causa de la evolución biológica es el azar. Dice Tresmontant que sostener esa teoría es creer en “el milagro de los monos literatos”.

Supongamos que un mono inmortal ha sido adiestrado para escribir a máquina. Como no es inteligente, la mayor parte del tiempo escribirá cosas sin ningún sentido. Sin embargo, según el cálculo de probabilidades, después de un período de tiempo suficientemente largo, el mono acabará por escribir, por puro azar, una novela, por ejemplo “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Pero se plantean dos graves dificultades:

  • En primer lugar, la bajísima frecuencia de aciertos. Por cada éxito (o texto inteligible) habría una multitud innumerable de fracasos (textos ininteligibles).
  • En segundo lugar, el larguísimo tiempo requerido. Sólo para escribir la primera frase del Quijote nuestro pobre mono necesitaría muchos siglos de intentos fallidos; y para escribir toda la obra precisaría un tiempo inconcebiblemente prolongado.

Una evolución biológica guiada sólo por el azar se parece bastante a la tarea de este mono literato. Cada mutación genética aleatoria se asemeja a la escritura de una letra elegida al azar. La transformación de una especie viable en otra especie viable se asemeja a la escritura completa de una formidable obra literaria. Implica una sucesión enorme de mutaciones y un lapso de tiempo suficientemente largo entre cada par de mutaciones, para permitir el funcionamiento del mecanismo de selección natural.

Ahora bien, si la evolución biológica funcionara de este modo, debería producir una inmensa cantidad de “basura biológica” (con perdón de la expresión; con ella nos referimos a plantas o animales muy defectuosos, no a personas) equivalente a la “basura literaria” que produciría el mono en cuestión. Por cada ser vivo normal debería haber trillones de monstruos: aves sin cabeza, mamíferos de tres o cinco patas, peces con plumas, etc. Pero en realidad no es así. Tanto en el origen de cada especie como en el de cada individuo, la evolución avanza de acierto en acierto, de invención genial en invención genial, como dirigida por la mano maestra de un artista supremo. Cada especie es una maravilla en sí misma, y cada órgano de cada especie, y cada función de cada órgano de cada especie, etc.

De aquí surge una grave objeción contra el neodarwinismo: no existe evidencia empírica de esa enorme producción de “basura biológica”. Para contrarrestar este hecho, habría que suponer que la selección natural actúa con una eficiencia infinita, eliminando perfectamente todo rastro de esa ingente cantidad de “basura”. Esa suposición es muy difícil de hacer, ya que, por definición, la selección natural es un mecanismo muy lento, que requiere a menudo el paso de muchas generaciones para desempeñar su rol destructivo.

Además, si la evolución biológica estuviera dirigida sólo por el azar, habría llevado trillones de años alcanzar un solo resultado coherente (una nueva especie viable), puesto que habría que “escribir” aleatoriamente una sucesión de millones de mutaciones aleatorias magníficamente coordinadas entre sí. Pero el tiempo disponible está acotado, ya que la vida en la Tierra tiene sólo unos pocos miles de millones de años de existencia.

Multiplicar los monos literatos no resuelve el problema. En efecto, cuanto mayor sea la cantidad de monos, menor será el tiempo requerido para escribir por azar una gran obra literaria; pero, a igual tiempo, una mayor cantidad de monos producirá una mayor cantidad de “basura literaria”. La multiplicación de los monos resuelve una de las dos objeciones, pero al precio de hacer insoluble la restante objeción.

En conclusión, la evolución biológica no es guiada sólo por el azar, sino que es la ejecución de un diseño inteligente. Es la creación misma, desarrollándose ante nuestros ojos. No es tanto una “evolución creadora”, como decía el gran filósofo Henri Bergson (convertido al catolicismo al final de sus días), cuanto una “creación evolutiva”.

Negar esto implica acumular milagro de mono literato sobre milagro de mono literato, en una sucesión vertiginosa de improbabilidades cada vez más inadmisibles. Aceptarlo significa entrever la sabiduría de la obra creadora de Dios.

Por último, me anticipo a responder dos posibles objeciones:

  1. El argumento de Tresmontant es una analogía y toda analogía implica a la vez una semejanza y una desemejanza. Es cierto que en la metáfora del mono literato no está representado el elemento “Selección Natural”, pero justamente esa metáfora está orientada a mostrar cuán pasmosa e improbable sería la tarea que debería desempeñar la selección natural en un esquema neodarwinista.
  2. El argumento de Tresmontant no cuantifica las probabilidades involucradas, sino que apunta a mostrar cualitativamente que en la teoría neodarwinista los números simplemente “no cierran”. Científicos como Fred Hoyle y William Dembski han desarrollado objeciones matemáticas parecidas contra el neodarwinismo. En particular, Dembski ha desarrollado el concepto de “complejidad especificada” para demostrar matemáticamente que la evolución biológica es el producto de un diseño inteligente.
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