monos-literatos

Daniel Iglesias Grézes

Continuación de: Un argumento contra el neodarwinismo. El milagro de los monos literatos.

Para comenzar, recordemos la primera frase de la gran novela de Miguel de Cervantes, “Don Quijote de la Mancha”:

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.”

Esta frase consta de 177 caracteres, contando los espacios en blanco. Considerando únicamente las 27 letras simples del idioma español, más el espacio en blanco, el punto y la coma (y sin considerar, por ejemplo, los tildes), tenemos un conjunto de 30 caracteres.

El número de textos distintos que es posible formar combinando al azar 177 de esos caracteres es 30177. Dado que log 30 = 1,477 (aproximadamente), 30177 = 101,477 x 177 = 10261 (aproximadamente).

Podemos hacernos una idea de la enormidad de este número si tomamos en cuenta que la cantidad total estimada de partículas subatómicas (protones, neutrones y electrones) del Universo es del orden de 1080. Véase por ejemplo: http://www.portalplanetasedna.com.ar/cien03.htm

Esto significa que la probabilidad de que un mono dotado de una máquina de escribir tipee al primer intento la frase citada es muchísimo menor que la de que alguien, eligiendo al azar una de entre todas las partículas subatómicas del Universo, acierte a dar con una determinada arbitrariamente (la versión cósmica de “encontrar una aguja en un pajar”).

Más aún. Imaginemos, por puro afán especulativo, que existiese un mega-universo (o “universo de segundo orden”) formado por tantos “universos de primer orden” (semejantes al nuestro) como partículas subatómicas hay en nuestro universo. Dentro de ese imaginario mega-universo, nuestro universo sería relativamente tan pequeño como lo es un protón dentro del universo conocido. Pues bien, la cantidad total de partículas subatómicas en ese mega-universo sería del orden de 1080 x 1080, es decir 10160. Este número enormísimo es todavía mucho menor a la cantidad de textos posibles con 177 caracteres. Por lo tanto, aunque extendiéramos la “lotería cósmica” al nivel de ese imaginario macro-universo, la probabilidad de escoger la partícula subatómica correcta sería aún mucho mayor que la probabilidad de acierto de nuestro pobre “mono literato”.

Y si, dejando volar aún más nuestra imaginación, supusiéramos la existencia de un “universo de tercer orden”, formado por 1080 “universos de segundo orden”, la cantidad total de partículas subatómicas sería 10240, todavía muy inferior a la cantidad de permutaciones posibles de la primera frase de “Don Quijote de la Mancha”.

Ésa es la poderosísima razón que hace que cualquier ser humano, al ver un texto como el citado, adquiera en forma intuitiva e inmediata una certeza total de que dicho texto es el producto de un agente inteligente, no de ningún proceso puramente aleatorio, como el del “mono literato”. Por lo mismo, y con mayor razón aún (si cabe hablar así en este caso), esa certeza inconmovible es válida también ante el texto completo de “Don Quijote de la Mancha”, novela compuesta de miles de frases, de las cuales la citada es sólo la primera.

Pasemos ahora del ámbito de la información literaria al de la información biológica. Ésta está contenida fundamentalmente en las moléculas de ADN (Ácido Desoxirribo-Nucleico). El ADN almacena información –las instrucciones para ensamblar proteínas, que constituyen el principal componente de las células- bajo la forma de un código digital de cuatro caracteres: A, G, C y T, que corresponden respectivamente a la adenina, la guanina, la citosina y la timina, cuatro sustancias llamadas apropiadamente “bases” (cf. Lee Strobel, The Case for a Creator, Zondervan, Grand Rapids, Michigan, 2004, C. 9 – The Evidence of Biological Information: The Challenge of DNA and the Origin of Life).

El genoma de un virus puede estar compuesto, por ejemplo, por unas 20.000 bases. La cantidad total de permutaciones posibles de 20.000 bases es 420.000. Dado que log 4 = 0,60206 (aproximadamente), resulta que 420.000 = 100,60206×20.000 = 1012.041 (aproximadamente). Este número es tan enorme que la probabilidad de que esta información biológica (tan genial como la información contenida en una obra maestra literaria) sea únicamente producto del azar (por ejemplo, de mutaciones genéticas aleatorias) es tan abismalmente baja que debe ser despreciada.

Si, finalmente, consideramos que el genoma humano está compuesto por unos tres mil millones de bases, por lo cual la cantidad total de permutaciones posibles es 43.000.000.000 = 101.806.180.000 (aprox.), podemos tomar conciencia de que la credulidad requerida para aceptar que el azar es la única causa del origen del genoma humano, como quiere el neodarwinismo, es realmente abismal, inconcebiblemente mayor que la requerida para creer en el “milagro de los monos literatos”.

La reflexión acerca de estos datos de la ciencia contemporánea es la razón fundamental que ha impulsado a Antony Flew, el filósofo ateo más famoso del mundo, a cambiar de idea y anunciar que ahora cree en la existencia de Dios, el Creador del mundo, de la vida y de la información genética contenida en los seres vivientes.

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