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Revista 30 Días

En el siglo XIV la Iglesia vivió una gran crisis. Un hecho simboliza esa crisis: desde 1304 la cristiandad no veía al Papa en la cátedra de San Pedro, en Roma. A partir de Clemente V, el Papa se estableció en Aviñón, donde estaba políticamente sometido al rey de Francia. Para enfrentar esa profunda crisis, la Providencia eligió a una joven analfabeta, Catalina.

En 1348 la epidemia de peste negra devastó Toscana. La ciudad de Siena perdió la mitad de sus habitantes. En ese año terrible nació en la familia Benincasa (tintoreros de Fontebranda) la hija número 24: Catalina.

La historia de Catalina muestra tangiblemente la acción del Espíritu Santo, capaz de tocar el corazón de cada uno y regenerar la vida cristiana.

Catalina nunca fue a la escuela. Le costó ser admitida en la Tercera Orden dominica, compuesta de seglares, pues era demasiado joven (16 años) y muy bella. Su madre, con gran tenacidad, intentó hasta último momento que Catalina se casara.

La fe de Catalina fue una fe sencilla, centrada en el “dulce Jesús”, la oración, el ayuno y la caridad vivida entre los enfermos, los leprosos y los presos. En torno a Catalina se reunió un grupo de persona (en su mayoría jóvenes) que la seguían a todas partes. Le llamaban “la hermosa cuadrilla”.

El 30 de diciembre de 1370 subió al trono pontificio el Papa Gregorio XI, quien no fue santo ni muy docto. Coaccionado por el rey de Francia y por el Colegio Cardenalicio (francés en su mayor parte), el Papa se encontraba atemorizado. Temía ser envenenado.

Catalina viaja a Aviñón para hablar con el Papa y le escribe centenares de cartas, exhortándolo a volver a Roma. Ella, que venera al sucesor de Pedro (lo llama “el dulce Cristo en la tierra”), también lo reprende, lo corrige y lo instruye con un vigor y una seguridad sorprendentes. A Catalina el Papa Gregorio XI le parece timorato y se le presenta como un hijo que confía sus cosas a su madre. A pesar de su poder absoluto, Gregorio XI reconoce que debe obedecer a Catalina. En esta historia sale a relucir la paradójica relación que existe, en la Iglesia, entre autoridad y santidad.

Catalina interviene en la elección de los cardenales y trata acuerdos políticos por cuenta del Papa. Lo guía: “Os ruego y os obligo… Venid Padre y no hagáis esperar más a los siervos de Dios que se afligen por el deseo. Venid y no pongáis resistencia a la voluntad de Dios que os llama” (a Roma).

Catalina pone en guardia al Papa contra los “consejeros del demonio” y los “lobos feroces que os pondrán la cabeza en el regazo como mansos corderos”. Le da consejos de alta política enseñándole un “santo engaño” para sustraerse al poder del Colegio Cardenalicio. Pero cuando ve temblar al Papa por miedo de que lo maten, lo exhorta: “Poneos como objeto este Cordero desangrado. En su sangre perderéis todo temor; os volveréis y seréis Pastor bueno que daréis la vida por vuestras ovejas”.

Ante los últimos obstáculos, Catalina se muestra dura con Gregorio XI: “Puesto que ello os ha dado autoridad y vos la habéis aceptado, debéis usar vuestra virtud y potencia; y no queriéndola usar sería mejor renunciar a la que habéis tomado: más honor para Dios y para vuestra alma sería… Yo en vuestro lugar temería que el Divino juicio cayese sobre mí”.

Por fin, la victoria: el Papa salió hacia Roma el 16 de septiembre de 1376, poniendo fin al funesto “cautiverio de Aviñón”. Dos años después murió y la Iglesia debió enfrentar el Cisma de Occidente; pero Catalina ha cumplido su misión. Extenuada por las enormes responsabilidades que el Papa le da, llamándola a Roma, muere el 29 de abril de 1380, llevando en su carne los estigmas del Crucificado: “He consumido mi vida y la he dado en la Iglesia y por la Iglesia.”[1]


[1] Publicado originalmente en: Revista 30 Días en la Iglesia y en el Mundo, Año 1992. Resumido para Fe y Razón por Daniel Iglesias Grèzes.