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Horacio Bojorge

El 31 de mayo de este año 2009, domingo de Pentecostés, por la mañana, me llegó un correo electrónico del Ingeniero Daniel Iglesias Grèzes, en que me anunciaba el proyecto de publicar este libro del Padre Miguel Antonio Barriola, y me decía: “Él me pidió que lo consulte para ver si usted podría hacerse cargo de escribir una presentación del libro, que se antepondría al prólogo del autor”. ¿Puede ser casual que un pedido como éste llegue, no en un día cualquiera, sino en Pentecostés? A mí me pareció, casi inmediatamente, que no. Y así vencí la tentación de excusarme.

A una petición de Miguel Barriola ninguno que se honre con el don de su amistad puede negarse, por más incapaz que se sienta para la tarea a la que se lo invita. Por deber de amistad, y porque me comunican su deseo en Pentecostés, voy a intentar lo que me pide el Padre Miguel Barriola, consciente de que la calidad de sus escritos merecerían un presentador más calificado.

Aunque el Padre Miguel Barriola haya pensado en mí para presentar este libro, me perdonará que diga algunas palabras sobre él. Aunque en nuestro medio eclesial no necesite de presentación, me parece de justicia, por exigirlo, de alguna manera, la presentación de un volumen que considero de homenaje al autor.

Tengo al Padre Miguel Antonio Barriola como el más grande escriturista católico que el Señor haya suscitado en Uruguay. Alguien me dirá que esto no es mucho decir, porque son bien pocos. Aclararé, entonces, que es el único escriturista nacido en Uruguay, que haya sido hallado digno de recibir reconocimiento internacional tan vasto. Y por eso no he dicho que es “el más grande escriturista del Uruguay”; sino que es, entre los pocos escrituristas nacidos en Uruguay, el que ha logrado mayor reconocimiento internacional. Pero sobre todo, y es lo que considero de mayor peso, el mayor reconocimiento de la Iglesia romana, que preside en la caridad a todas las iglesias locales. Me refiero a que es el primer uruguayo que integra la Pontificia Comisión Bíblica. Me refiero a que es consultado en asuntos doctrinales y de Sagrada Escritura por la Congregación para la Doctrina de la Fe y por señores Obispos. Con todo fundamento y razón.

Una y otra vez, leyendo sus escritos, me asalta el gozoso asombro ante su erudición no sólo en Sagrada Escritura sino también filosófica, teológica, literaria y musical. La cita exacta y oportuna, a veces humorística, que acude a su memoria y a su pluma, como si estuvieran abiertos ante él, en acto, todos los libros que ha leído. Un verdadero don del Espíritu Santo para la Iglesia católica en estas tierras y en el mundo. Los trabajos contenidos en este volumen dan testimonio de que lo que afirmo es objetivo y no una exageración suscitada por el afecto de la amistad.

Como suele suceder con grandes talentos, el P. Miguel Barriola puede elencarse en la larga lista, casi mitológica, de “los uruguayos que triunfaron en el extranjero”. Y también en la lista de los que han sido exiliados por razones ideológicas o por acedia ante el talento.

Algún reconocimiento notable tuvo, sin embargo, dentro del Uruguay, aunque no proveniente de los medios eclesiásticos. Fue el de la Academia Nacional de Letras, en la que, como Académico de número, ocupó el Sillón “José Manuel Pérez Castellano”, en el que sucedió a Mons. Antonio María Barbieri y en el que estuvo desde el 19 de noviembre de 1979 hasta su renuncia el 23 de noviembre de 1989.

Vengamos ahora al libro que publica en Fe y Razón.

Este libro del P. Miguel Antonio Barriola se ubica, como dije más arriba, dentro del género de los así llamados Volúmenes de Homenaje. Lo publican sus amigos de la página web Fe y Razón como parte de las celebraciones de los diez años de la existencia de la página. Pero resulta, a la vez, un volumen de homenaje a este asiduo colaborador, que la ha prestigiado internacionalmente con sus escritos, y que cumple este año 2009 sus 75 años de edad. ¡Es justicia!

Se agrupan en este volumen catorce trabajos que habían ido publicándose en Fe y Razón. El volumen se cierra con una entrevista que es como un retrato interior y biográfico del autor.

El volumen se titula “En tu palabra echaré la red”. Son palabras de Pedro a Jesús, en el Evangelio de Lucas 5,5, que ubican esta obra en la perspectiva de un mandato de Jesús. Un mandato que ha cobrado particular actualidad histórica, pues lo recogió su Vicario en la tierra, Juan Pablo II, al comienzo de su Encíclica inaugural del tercer milenio cristiano:

“Al comienzo del nuevo milenio, mientras se cierra el Gran Jubileo en el que hemos celebrado los dos mil años del nacimiento de Jesús y se abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino, resuenan en nuestro corazón las palabras con las que un día Jesús, después de haber hablado a la muchedumbre desde la barca de Simón, invitó al Apóstol a “remar mar adentro” para pescar: “Duc in altum,”[1] Pedro y los primeros compañeros confiaron en la palabra de Cristo y echaron las redes. “Y habiéndolo hecho, recogieron una cantidad enorme de peces.”[2]

El título de este volumen sitúa así en nuestra circunstancia histórica y religiosa, no solamente esta selección de escritos del P. Miguel Barriola que hoy se nos ofrecen impresos, sino, de alguna manera, toda su labor de investigación, de predicación y de docencia académica.

Expresa este título, algo que interpreta el sentido espiritual de la carrera docente y sacerdotal del querido amigo; algo que habría podido escribirse, con toda verdad y justicia, como lema o como gracia, en el escudo episcopal que, amistades aparte, estimo que habría merecido.

“En tu palabra echaré la red”. En tu palabra, Señor, –me parece entender que nos dice Barriola con esta frase– volveré a echarla una y otra vez, cuantas sean necesarias, sin desánimo por haberme fatigado tanto y muchas veces aparentemente en vano. En tu palabra vuelvo a salir a alta mar para arrojar la red. Porque Tú me lo pides. Porque Tú me lo mandas, como Tú sabes que lo he hecho, con tu gracia, durante toda mi vida.

Toda la obra del P. Miguel Barriola nace de ese imperativo interior, religioso. Nace de su adhesión a Cristo y de su obediencia al Maestro de la Verdad, y a la Verdad del Maestro. Nace de docilidad a su vocación y a su carisma.

En tu palabra, es la respuesta de quien ha escuchado -como hecho a sí mismo- el llamado de Cristo por la boca de Juan Pablo II: duc in altum: navega mar adentro… in verbo tuo: ¡en tu palabra!

Entendido así el sentido del título “En tu palabra echaré la red”, el subtítulo se ilumina y aparece especialmente significativo: “Reflexiones sobre Dios en la Historia”. Estamos ante el programa vital de cumplir, esforzadamente -con la laboriosidad infatigable de la que es capaz el P. Miguel Barriola-, el mandato de internarse en alta mar, es decir, en el mar profundo, de cuyos abismos hay que arrancar a los hombres, hundidos en la lejanía de Dios y en las honduras de la desemejanza.

Estos estudios habrían podido pasar por una miscelánea de estudios dispares. Título y subtítulo nos muestran cuál es el hilo que enhebra las perlas y les da su unidad espiritual y aún temática.

Todos ellos tienen que ver con preguntas del creyente hoy y aquí, en su historia. Algunos de ellos tienen que ver con la Palabra de Dios en las Sagradas Escrituras, a las que inspira; con intérpretes de la Palabra como San Jerónimo, el Padre Lagrange, nuestro Santo Padre Benedicto XVI, maestro de intérpretes y -en particular- con San Pablo, de cuyos escritos el Padre Barriola es gran conocedor y maestro. Otros con la proclamación actual o la escucha actual, meditativa y orante, de esa palabra en la historia.

Agradezco, pues, al Padre Miguel Barriola, que me haya invitado a presentar este volumen de homenaje. Un volumen que sus amigos en el Señor le ofrecen -y creo que me autorizan a decir: le ofrecemos- como un abrazo, como una ofrenda de gratitud por su trabajo, por la fiel e insobornable administración de sus talentos, por su fe y su docilidad en obedecer, una y otra vez, a la palabra que lo envía a alta mar, a echar la red.

En la solemnidad de Pentecostés
Montevideo, 31 de mayo de 2009.


[1] Lucas 5,6
[2] Lucas 5,4 ||Tertio Millennio Adveniente, n. 1