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S. S. Juan Pablo II

¿Cómo nacieron, pues, las ideologías del mal? ¿Cuáles son las raíces del nazismo y del comunismo? ¿Cómo se llegó a su caída?

Las cuestiones propuestas tienen un profundo significado filosófico y teológico. Hay que reconstruir la “filosofía del mal” en su vertiente europea, aunque no sólo europea. Esto nos lleva más allá de las ideologías. Nos impulsa a adentrarnos en el mundo de la fe. Hay que afrontar el misterio de Dios y de la creación y, especialmente, el del hombre. Son los misterios que he querido expresar en los primeros años de mi servicio como Sucesor de Pedro mediante las Encíclicas Redemptor hominis, Dives in misericordia y Dominum et vivificantem. Este tríptico se corresponde en realidad con el misterio trinitario de Dios. El contenido de la Encíclica Redemptor hominis lo traje conmigo desde Polonia. También las reflexiones de la Dives in misericordia fueron fruto de mis experiencias pastorales en Polonia y especialmente en Cracovia. Porque en Cracovia está la tumba de santa Faustina Kowalska, a quien Cristo concedió ser una portavoz particularmente inspirada de la verdad sobre la Divina Misericordia. Esta verdad suscitó en sor Faustina una vida mística sumamente rica. Era una persona sencilla, no muy instruida y, no obstante, quien lee el Diario de sus revelaciones se sorprende ante la profundidad de la experiencia mística que relata.

Digo esto porque las revelaciones de sor Faustina, centradas en el misterio de la Divina Misericordia, se refieren al período precedente a la Segunda Guerra Mundial. Precisamente el tiempo en que surgieron y se desarrollaron esas ideologías del mal como el nazismo y el comunismo. Sor Faustina se convirtió en pregonera del mensaje, según el cual la única verdad capaz de contrarrestar el mal de estas ideologías es que Dios es Misericordia, la verdad del Cristo misericordioso. Por eso, al ser llamado a la Sede de Pedro, sentí la necesidad imperiosa de transmitir las experiencias vividas en mi país natal, pero que son ya acervo de la Iglesia universal.

La Encíclica Dominum et vivificantem, sobre el Espíritu Santo, se gestó ya en Roma. Maduró, pues, algo más tarde. Surgió de las meditaciones sobre el Evangelio de San Juan, sobre lo que Cristo dijo durante la Última Cena. Precisamente en estas últimas horas de la vida terrena de Cristo tuvo lugar probablemente la revelación más completa del Espíritu Santo. En las palabras pronunciadas entonces por Jesús hay también una afirmación muy significativa sobre la cuestión que nos interesa. Dice que el Espíritu Santo “convencerá al mundo en lo referente al pecado.”[1] Traté de ahondar en estas palabras y esto me llevó a las primeras páginas del libro del Génesis, al episodio conocido con el nombre de “pecado original”. San Agustín, con su extraordinaria perspicacia, describió la naturaleza de este pecado en la siguiente fórmula: Amor sui usque ad contemptum Dei, amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios.[2] Precisamente el amor sui fue lo que llevó a los primeros padres a la rebelión inicial y determinó la propagación en lo sucesivo del pecado a toda la historia del hombre. A eso se refieren las palabras del libro del Génesis: “Seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal,” es decir, decidiréis por vosotros mismos lo que está bien y lo que está mal.

Y esta dimensión original del pecado no podía tener un contrapeso adecuado más que en la actitud opuesta: Amor Dei usque ad contemptum sui, amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo. De este modo nos adentramos en el misterio de la Redención del hombre y, en este paso, nos guía el Espíritu Santo. Es Él quien nos permite llegar a las profundidades del mysterium Crucis. Y también asomarnos sobre el profundo abismo del mal, cuyo causante y víctima a la vez resulta ser el hombre en el comienzo de su historia. A esto precisamente se refiere la expresión “convencerá al mundo en lo referente al pecado”. El objetivo de este “convencer” no es la condena del mundo. Cuando la Iglesia, con la fuerza del Espíritu Santo, llama al mal por su nombre, lo hace únicamente con el fin de indicar al hombre la posibilidad de vencerlo, abriéndose a la dimensión del amor Dei usque ad contemptum sui. Éste es el fruto de la Misericordia Divina. En Jesucristo, Dios se inclina sobre el hombre para tenderle la mano, para volver a levantarlo y ayudarle a reemprender el camino con renovado vigor. El hombre no es capaz de levantarse por sus propias fuerzas; necesita la ayuda del Espíritu Santo. Si rechaza esta ayuda, incurre en lo que Cristo llamó “blasfemia contra el Espíritu Santo”, declarando al mismo tiempo que es imperdonable.[3] ¿Por qué es imperdonable? Porque excluye en el hombre el deseo mismo del perdón. El hombre rechaza el amor y la misericordia de Dios porque él mismo se considera Dios. Presume de valerse por sí mismo.

Me he referido brevemente a tres Encíclicas que me parecen un comentario oportuno a todo el magisterio del Concilio Vaticano II, y también a las circunstancias complejas del momento histórico en que nos toca vivir.

En el transcurso de los años me he ido convenciendo de que las ideologías del mal están profundamente enraizadas en la historia del pensamiento filosófico europeo. A este respecto, debo aludir a ciertos hechos relacionados con la historia de Europa y, sobre todo, con la cultura dominante en ella. Cuando se publicó la Encíclica sobre el Espíritu Santo, algunos sectores en Occidente reaccionaron negativamente e incluso de modo vivaz. ¿De dónde provenía esta reacción? Surgía de las mismas fuentes de las que, hace más de doscientos años, nació la llamada Ilustración europea, especialmente la francesa, pero sin excluir la inglesa, la alemana, la española o la italiana. En Polonia tuvo un sesgo peculiar y Rusia, por su parte, probablemente no sintió tanto la sacudida de la Ilustración. Allí, la crisis de la tradición cristiana llegó por otros derroteros, hasta estallar a comienzos del siglo XX con mayor virulencia aún, como sucedió con la revolución marxista, radicalmente atea.

Para esclarecer mejor este problema, hay que remontarse al período anterior a la Ilustración y, específicamente, a la revolución que supuso el pensamiento de Descartes en la filosofía. El cogito, ergo sum —pienso, luego existo— comportaba una inversión en el modo de hacer filosofía. En la época precartesiana, la filosofía, y por tanto el cogito, o más bien cognosco, estaba subordinado al esse, que era considerado primordial. A Descartes, en cambio, el esse le pareció secundario, mientras estimó que lo principal era el cogito. De este modo, no solamente se producía un cambio de rumbo en el modo de filosofar, sino también un abandono decisivo de lo que había sido la filosofía hasta entonces y, particularmente, para Santo Tomás de Aquino: la filosofía del esse. Antes todo se interpretaba desde el prisma del esse y desde esta perspectiva se buscaba una explicación a todo. Dios, como el Ser plenamente autosuficiente (Ens subsistens), era considerado el fundamento indispensable de todo ens non subsistens, ens participatum, de todos los seres creados y, por tanto, también del hombre. El cogito, ergo sum supuso la ruptura con este modo de pensar. Lo primordial era ahora el ens cogitans. Así pues, a partir de Descartes, la filosofía se convierte en la ciencia del puro pensamiento: todo lo que es esse —tanto el mundo creado como el Creador— permanece en el campo del cogito, como contenido de la conciencia humana. La filosofía se ocupa de los seres en la medida en que son contenidos de la conciencia y no en cuanto existentes fuera de ella.

Llegados a este punto, conviene detenerse un poco en la tradición de la filosofía polaca, particularmente en lo que sucedió tras la llegada al poder del Partido Comunista. En las universidades se puso todo tipo de obstáculos a cualquier forma de pensamiento filosófico que no respondiera al modelo marxista. Y se hizo de un modo simple y radical, actuando contra los que seguían otras corrientes de pensamiento filosófico. Es muy significativo que entre los destituidos de sus cátedras estuvieran sobre todo los representantes de la filosofía realista, incluidos los seguidores de la fenomenología realista, como Roman Ingarden e Izydora Dambska, esta última de la escuela de Lvov-Varsovia. La operación era más difícil con los representantes del tomismo, porque enseñaban en la Universidad Católica de Lublín, en las facultades de Teología de Varsovia y Cracovia, así como en los seminarios mayores. No obstante, en un segundo momento, el sistema tampoco fue condescendiente con ellos, aunque fuera con otros medios. Se recelaba también de otros prestigiosos profesores universitarios que mantenían posturas críticas respecto al materialismo dialéctico. Recuerdo en particular a Tadeusz Kotarbinski, Maria Ossowska y Tadeusz Czezowski. Naturalmente, no se podían quitar del Ordo académico cursos como los dedicados a la lógica y la metodología de las ciencias; pero se podía obstaculizar de muchas formas a los profesores “disidentes”, limitando con cualquier medio su influjo en la formación de los estudiantes.

Lo ocurrido en Polonia tras la subida al poder de los marxistas tuvo consecuencias similares a las provocadas anteriormente en Europa occidental por los procesos desarrollados a partir de la Ilustración. Se hablaba, entre otras cosas, del “ocaso del realismo tomista”, entendiendo con ello también el abandono del cristianismo como fuente de un pensamiento filosófico. En definitiva, se cuestionaba la posibilidad misma de llegar a Dios. En la lógica del cogito, ergo sum, Dios se reducía sólo a un contenido de la conciencia humana; no se le podía considerar como Quien es la razón última del sum humano. Por ende, no se podía mantener como el Ens subsistens, el “Ser autosuficiente”, como el Creador, Quien da la existencia, más aún, como Quien se entrega a sí mismo en el misterio de la Encarnación, de la Redención y de la Gracia. El Dios de la revelación dejaba de existir como el “Dios de los filósofos”. Quedaba únicamente la idea de Dios, como tema de una libre elaboración del pensamiento humano.

De esta manera se desmoronaban también los fundamentos de la “filosofía del mal”. Porque el mal, en su sentido realista, sólo puede existir en relación al bien y, en particular, a Dios, Sumo Bien. De este mal habla precisamente el libro del Génesis. Sólo desde esta perspectiva se puede entender el pecado original y también cada pecado personal del hombre. Pero este mal fue redimido por Cristo mediante la cruz. Más propiamente hablando, fue redimido el hombre, quien, por medio de Cristo, ha sido hecho partícipe de la vida de Dios. Todo esto, el gran drama de la historia de la Salvación, desapareció de la mentalidad ilustrada. El hombre se había quedado solo; solo como creador de su propia historia y de su propia civilización; solo como quien decide por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo, como quien existiría y continuaría actuando etsi Deus non daretur, aunque Dios no existiera.

Pero si el hombre por sí solo, sin Dios, puede decidir lo que es bueno y lo que es malo, también puede disponer que un determinado grupo de seres humanos sea aniquilado. Determinaciones de este tipo se tomaron, por ejemplo, en el Tercer Reich por personas que, habiendo llegado al poder por medios democráticos, se sirvieron de él para poner en práctica los perversos programas de la ideología nacionalsocialista, que se inspiraba en presupuestos racistas. Medidas análogas tomó también el Partido Comunista en la Unión Soviética y en los países sometidos a la ideología marxista. En este contexto se perpetró el exterminio de los judíos y también de otros grupos como los gitanos, los campesinos en Ucrania y el clero ortodoxo y católico en Rusia, en Bielorrusia y más allá de los Urales. De un modo parecido se persiguió a todas las personas incómodas para el sistema, como, por ejemplo, a los ex combatientes de septiembre de 1939, a los soldados del Ejército nacional en Polonia al terminar la Segunda Guerra Mundial o a los intelectuales que no compartían la ideología marxista o nazi. Generalmente se trataba del exterminio físico, pero a veces también de una destrucción moral: se impedía más o menos drásticamente a la persona el ejercicio de sus derechos.

A este propósito, no se puede omitir la referencia a una cuestión más actual que nunca, y dolorosa. Después de la caída de los sistemas construidos sobre las ideologías del mal, cesaron de hecho en esos países las formas de exterminio apenas citadas. No obstante, se mantiene aún la destrucción legal de vidas humanas concebidas, antes de su nacimiento. Y en este caso se trata de un exterminio decidido incluso por parlamentos elegidos democráticamente, en los cuales se invoca el progreso civil de la sociedad y de la humanidad entera. Tampoco faltan otras formas graves de infringir la ley de Dios. Pienso, por ejemplo, en las fuertes presiones del Parlamento Europeo para que se reconozcan las uniones homosexuales como si fueran otra forma de familia, que tendría también derecho a la adopción. Se puede, más aún, se debe plantear la cuestión sobre la presencia en este caso de otra ideología del mal, tal vez más insidiosa y celada, que intenta instrumentalizar incluso los derechos del hombre contra el hombre y contra la familia.

¿Por qué ocurre todo esto? ¿Cuál es la raíz de estas ideologías postilustradas? La respuesta, en realidad, es sencilla: simplemente porque se rechazó a Dios como Creador y, por ende, como fundamento para determinar lo que es bueno y lo que es malo. Se rehusó la noción de lo que, de manera más profunda, nos constituye en seres humanos, es decir, el concepto de naturaleza humana como “dato real”, poniendo en su lugar un “producto del pensamiento”, libremente formado y que cambia libremente según las circunstancias. Considero que una reflexión atenta sobre esto podría conducirnos más allá de la fisura cartesiana. Si queremos hablar sensatamente del mal y del bien, hemos de volver a Santo Tomás de Aquino, es decir, a la filosofía del ser. Con el método fenomenológico, por ejemplo, se puede analizar ciertas experiencias, como la moral, la religiosa e incluso la de ser hombre, enriqueciendo así de modo significativo nuestro conocimiento. Pero no se puede olvidar que todos estos análisis admiten en cierto modo, de manera implícita, la realidad de la existencia humana como un ser creado, y también la realidad del Ser absoluto. Si no se parte de tales presupuestos “realistas”, se acaba moviéndose en el vacío.[4]


[1] Juan 16, 8

[2] San Agustín, De Civitate Dei, XIV, 28.

[3] Mateo 12, 31.

[4] Juan Pablo II, Memoria e identidad. Conversaciones al filo de dos milenios, Planeta, Buenos Aires 2005, pp. 16-26