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Daniel Iglesias Grèzes

“Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: ‘La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.’”[1]

“Al oírlo Jesús, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario. En cuanto lo supieron las gentes, salieron tras él viniendo a pie de las ciudades. Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos.”[2]

“Él, entonces, les dice: “Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco.” Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.”[3]

“Por aquellos días, habiendo de nuevo mucha gente y no teniendo qué comer, llama Jesús a sus discípulos y les dice: “Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos.”[4]

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En el sitio web de Misereor, obra de cooperación para el desarrollo de la Iglesia Católica en Alemania, se dice lo siguiente:

Miserereor fue fundada en el año 1958 como entidad de ayuda para “combatir el hambre y la enfermedad en el mundo”. En su carácter de organización de desarrollo de la Iglesia Católica de Alemania, Miserereor ofrece su cooperación a todos los hombres de buena voluntad, para combatir la pobreza a nivel mundial, abolir estructuras de injusticia, promover la solidaridad con los pobres y oprimidos y contribuir a la construcción de “un mundo”. […]

Miserereor llama a los católicos y demás ciudadanos de Alemania a tomar conciencia de la pobreza y la miseria existentes en el mundo, a percibir al mismo desde la perspectiva de los pobres y oprimidos, y a sentir y sufrir con ellos, conforme al ejemplo de Jesús: “Miserereor super turbam” – “Siento compasión de esta gente”.”

Naturalmente, todo esto está muy bien, pero -como se verá a continuación- es de lamentar cierto sesgo unilateral o reduccionista en esta “exégesis alemana”.

En los cuatro textos evangélicos que reproduje más arriba se nos narra que Jesús se compadeció de la multitud. Sin embargo, los cuatro textos difieren en cuanto a la motivación de ese sentimiento de Jesús y en cuanto a la consecuencia inmediata de ese sentimiento.

Me parece que hoy existe una tendencia a olvidar los tres primeros textos y a recordar sólo el cuarto. Allí Jesús siente compasión por la multitud hambrienta en el desierto y en consecuencia la alimenta mediante el prodigio de la segunda multiplicación de los panes. También se tiende a olvidar que este milagro no fue un simple reparto de provisiones, sino un anticipo del banquete mesiánico y un signo del Pan de Vida, que es el mismo Jesucristo.

En el segundo texto no se indica el motivo de la compasión de Jesús por la multitud, pero se dice que Jesús reaccionó curando a sus enfermos. Los milagros de curación realizados por Jesús son signos visibles de su poder para curar las almas heridas por el pecado.

Además, en el primer y el tercer textos, Jesús siente compasión de la gente porque estaban “como ovejas sin pastor”. En el primer caso Jesús reacciona enseñando a los discípulos a rogar a Dios Padre para pedirle “que envíe obreros a su mies”. En el tercer caso, en cambio, la compasión lo mueve a dejar de lado su plan de descansar en un lugar solitario y a ponerse “a enseñarles muchas cosas”.

En este contexto, me parece oportuno citar el discurso que el Cardenal Giacomo Biffi, Arzobispo de Bolonia (Italia), pronunció el viernes 15 de abril de 2005 en una reunión de Cardenales, poco antes del comienzo del Cónclave que eligió al actual Papa, Benedicto XVI.

“Después de haber escuchado todas las intervenciones –justas, oportunas, apasionadas– que aquí han resonado, quisiera expresar al futuro Papa (que me está escuchando) toda mi solidaridad, mi simpatía, mi comprensión y también un poco de mi fraterna compasión. Pero quisiera sugerirle también que no se preocupe demasiado por todo aquello que aquí ha escuchado y no se asuste demasiado. El Señor Jesús no le pedirá resolver todos los problemas del mundo. Le pedirá que lo quiera con un amor extraordinario: ‘‘¿Me amas más que éstos?’[5] En una ‘tira’ y ‘caricatura’ que nos llegaba de Argentina, la de Mafalda, he encontrado hace varios años una frase que en estos días me ha venido a la mente frecuentemente: ‘Ahora entiendo; –decía aquella terrible y aguda muchachita– el mundo está lleno de problemólogos, pero escasean los solucionólogos.’”

Quisiera decir al futuro Papa que preste atención a todos los problemas. Pero primero y más todavía que se dé cuenta del estado de confusión, de desorientación, de descarrío que aflige en estos años al pueblo de Dios, y que aflige sobre todo a los ‘pequeños’ [énfasis agregado por mí].

Hace unos días escuché en la televisión a una religiosa anciana y devota que respondía así al entrevistador: ‘Este Papa, que ha muerto, ha sido grande sobre todo porque nos ha enseñado que todas las religiones son iguales’. No sé si a Juan Pablo II le hubiese gustado mucho un elogio como ése.

En fin, quisiera señalar al nuevo Papa el caso de la Dominus Iesus: un documento explícitamente de acuerdo y públicamente aprobado por Juan Pablo II; un documento por el cual me gusta expresar al cardenal Ratzinger mi vibrante gratitud. Que Jesús es el único necesario Salvador de todos es una verdad que en veinte siglos –a partir del discurso de Pedro después de Pentecostés– no se había escuchado la necesidad de reclamar jamás. Esta verdad es, por decir así, el grado mínimo de la fe; es la certeza primordial, es entre los creyentes el dato simple y más esencial. En dos mil años no ha sido jamás puesta en duda, ni siquiera durante la crisis arriana y ni siquiera con ocasión del descarrilamiento de la Reforma protestante. El haber tenido que recordarla en nuestros días nos da la medida de la gravedad de la situación hodierna. Sin embargo este documento, que reclama la certeza primordial, más simple, más esencial, ha sido contestado. Ha sido contestado en todos los niveles: en todos los niveles de la acción pastoral, de la enseñanza teológica, de la jerarquía.

Me contaron de un buen católico que propuso a su párroco hacer una presentación de la Dominus Iesus a la comunidad parroquial. El párroco (un sacerdote por lo demás excelente y bien intencionado) le respondió: ‘Olvídalo. Ése es un documento que divide’. ‘Un documento que divide’. ¡Gran descubrimiento! Jesús mismo ha dicho: ‘Yo he venido a traer la división.’[6]

Pero demasiadas palabras de Jesús resultan hoy censuradas por la cristiandad; al menos por la cristiandad en sus partes más locuaces.”[7]

Tres días después, en la mañana del lunes 18 de abril de 2005, el Cardenal Joseph Ratzinger, Decano del Colegio Cardenalicio, pronunció una memorable homilía en la Santa Misa Pro eligendo Romano Pontifice, presidida por él y concelebrada por los 115 purpurados electores en la Basílica de San Pedro. Al día siguiente el mismo Cardenal Ratzinger fue elegido Papa y adoptó el nombre de Benedicto XVI. Reproduzco a continuación parte de dicha homilía, según el texto publicado en su momento por Zenit.

“Pasemos a la segunda lectura, la carta a los Efesios. Afronta esencialmente tres argumentos: en primer lugar, los ministerios y los carismas en la Iglesia, como dones del Señor resucitado y elevado al cielo; a continuación, la maduración en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, como condición y contenido de la unidad en el cuerpo de Cristo; y, por último, la participación común en el crecimiento del Cuerpo de Cristo, es decir, la transformación del mundo en la comunión con el Señor.

Detengámonos en dos puntos. El primero es el camino hacia la “madurez de Cristo”, como dice, simplificando, el texto en italiano. Más en concreto tendríamos que hablar, según el texto griego, de la “medida de la plenitud de Cristo”, a la que estamos llamados a llegar para ser realmente adultos en la fe. No deberíamos quedarnos como niños en la fe, en estado de minoría de edad. Y, ¿qué significa ser niños en la fe? Responde san Pablo: significa ser “llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina.”[8]

¡Una descripción muy actual!

Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas, cuántas corrientes ideológicas, cuántas modas del pensamiento… La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos con frecuencia ha quedado agitada por las olas, zarandeada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinismo; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir en el error.[9] Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, es etiquetado con frecuencia como fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, el dejarse llevar y “zarandear por cualquier viento de doctrina”, parece ser la única actitud que está de moda. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que sólo deja como última medida el propio yo y sus ganas.

Nosotros tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo. “Adulta” no es una fe que sigue las olas de la moda y de la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da la medida para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad.

Tenemos que madurar en esta fe adulta, tenemos que guiar hacia esta fe al rebaño de Cristo. Y esta fe, sólo la fe, crea unidad y tiene lugar en la caridad. San Pablo nos ofrece, en oposición a las continuas peripecias de quienes son como niños zarandeados por las olas, una bella frase: hacer la verdad en la caridad, como fórmula fundamental de la existencia cristiana. En Cristo coinciden verdad y caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, verdad y caridad se funden. La caridad sin verdad sería ciega; la verdad sin caridad, sería como “un címbalo que retiñe.”[10]

Por lo tanto, sintamos compasión de la multitud y -como nos enseña Jesús- pidamos a Dios, Padre rico en misericordia, “que envíe obreros a su mies”, que envíe muchos buenos pastores a sus ovejas confundidas, dispersas y descarriadas; pastores que se preocupen, sí, de alimentarlas con el pan material, pero también y sobre todo de curarlas de sus enfermedades espirituales, de enseñarles “muchas cosas”, muchas verdades de orden religioso y moral, de alimentarlas día tras día con el pan de la Palabra de Dios y con el Pan de Vida de la Eucaristía, con Jesucristo, pan vivo bajado del cielo para dar al mundo la vida eterna. […]

Para concluir, cito una parte del Mensaje de Su Santidad Benedicto XVI para la Cuaresma 2006:

“Hoy, en el contexto de la interdependencia global, se puede constatar que ningún proyecto económico, social o político puede sustituir el don de uno mismo a los demás en el que se expresa la caridad. Quien actúa según esta lógica evangélica vive la fe como amistad con el Dios encarnado y, como Él, se preocupa por las necesidades materiales y espirituales del prójimo. Lo mira como un misterio inconmensurable, digno de infinito cuidado y atención. Sabe que quien no da a Dios, da demasiado poco; como decía a menudo la beata Teresa de Calcuta: “la primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo”. Por esto es preciso ayudar a descubrir a Dios en el rostro misericordioso de Cristo: sin esta perspectiva, no se construye una civilización sobre bases sólidas.”[11]


[1] Mateo 9,36-38.

[2] Mateo 14,13-14

[3] Marcos 6,31-34

[4] Marcos 8,1-3

[5] Juan 21,15.

[6] Lucas 12,51.

[7] Giacomo Biffi, Memorie e digressioni di un italiano cardinale [Memorias y digresiones de un italiano cardenal], Cantagalli, Siena, 2007, pp. 614-615

[8] Efesios 4,14.

[9] Efesios 4,14.

[10] 1 Corintios 13,1.

[11] Daniel Iglesias Grèzes, Sintió compasión de ellos. Escritos teológico-pastorales, Montevideo 2008.