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Revista 30 Días

En el siglo VII Europa estaba devastada por la acción de las nuevas poblaciones bárbaras, paganas o semi-heréticas, con costumbres brutales y primitivas, a menudo sin una mínima civilización (ni siquiera la escritura). Pero de entre las murallas de los monasterios benedictinos, pequeños oasis que florecían en Italia y en muchas regiones de Europa, salió un puñado de hombres que cambió el destino del mundo, bautizando a las hordas de bárbaros y transformándolos en pueblos civilizados.

Bonifacio, el evangelizador del pueblo alemán, es uno de estos hombres. Su nombre originario es Winfrido. Nació hacia el 673 en Crediodunum, en el sudoeste de Inglaterra, y creció desde muy pequeño en las abadías de Exeter y Nhutschelle. El joven Winfrido encontró en el monasterio a hombres enamorados de Dios y apasionados por todo lo verdadero y lo hermoso (la música, la literatura clásica, la medicina, etc.). Winfrido se convirtió en profesor de gramática, autor de tratados y poeta.

En el año 716 Winfrido dejó Inglaterra para anunciar a Cristo a los pueblos germanos. No existían carreteras en Europa, sino sólo selvas y territorios llenos de peligro. La primera expedición a Frisia fue un completo fracaso. Dos años más tarde emprendió el camino en dirección a Roma. Los monasterios ingleses estaban muy unidos al Papa (los anglos habían aceptado el bautismo hacia el 650 de manos de monjes italianos mandados a la isla por el Papa Gregorio) y Winfrido quiso construir sobre la roca de Pedro. En mayo de 719 se encontró con el Papa Gregorio II, quien le confió la “misión entre los paganos” y le dio por escrito muchos consejos. Winfrido tomó entonces el nombre de un mártir romano, Bonifacio.

Después de esto Bonifacio regresó a Frisia. Trabajando durante dos años en compañía de San Willibrordo (otro monje inglés) logró conquistar esa tierra. En el 721 Bonifacio predicó en Assia y en Turingia, bautizando a miles de paganos y guiando nuevamente hacia la fe católica a muchos cristianos que habían retornado a los antiguos cultos paganos. Fundó un monasterio en Amöneburg.

En noviembre del 722 Bonifacio viajó otra vez a Roma, donde el Papa lo consagró obispo. A pesar del apoyo del rey franco Carlos Martel a la obra de Bonifacio, el clero franco se opuso al monje inglés, a quien consideraban un intruso. En el 723 Bonifacio realizó un gesto que simbolizó el reto que lanzaba a las tribus germánicas: abatió el roble sagrado dedicado al dios Tor y con su madera construyó una capilla consagrada a San Pedro.

En el año 732 el Papa consagró arzobispo a Bonifacio, confiriéndole la potestad de consagrar obispos en la orilla derecha del Rin. En los monasterios de su tierra natal no sólo se oraba por su misión sino que además se enviaban ayudas materiales. Además muchos grupos de hombres y mujeres jóvenes acudieron donde él para ayudarlo y fundaron unos cuantos monasterios. Bonifacio estuvo unido por fuertes lazos de amistad espiritual con estos monjes jóvenes e intrépidos que se encaminaron hacia la “santa peregrinación” inflamados de amor por Cristo: Vigberto, los hermanos Willibald y Wunibald, su hermana Valburga y otras muchachas extraordinarias como Lioba, Tecla y Cunitrude (todas fueron proclamadas santas por la Iglesia).

Durante el tercer viaje de Bonifacio a Roma (737-738), el Papa le encomendó la misión de instituir las iglesias de Baviera, Alemania, Assia y Turingia. Después de la muerte de Carlos Martel (741), Bonifacio venció otra batalla: la reforma de la Iglesia franca, que sobrevivía casi secularizada. Por esa época Bonifacio tomó posesión de su cargo como obispo de Maguncia. En el 744 fundó la abadía de Fulda, que llegó a ser posteriormente el corazón de la fe católica en Alemania.

En el 753 Bonifacio, ya anciano, deja la diócesis de Maguncia a Lullo y emprende su última aventura: la evangelización de Sajonia. En torno a él se reúnen unos 50 monjes. Juntos bajan por el Rin en una flotilla de barcas. Desembarcan al este de Zuiderzee y se encuentran con los paganos habitantes de esas tierras. Es la primavera del 755. El 5 de junio una gran multitud de hombres y mujeres convertidos por Bonifacio se prepara para recibir el sacramento de la confirmación. Repentinamente son asaltados por una horda de bandidos. Bonifacio es asesinado junto con todos sus compañeros de viaje. Lullo logra rescatar su cuerpo y lo hace enterrar en la abadía de Fulda, tal como Bonifacio deseaba.[1]


[1] Resumido por Daniel Iglesias Grèzes de un artículo de la revista 30 Días en la Iglesia y en el Mundo, Junio de 1990.