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Jorge Novoa

Sólo en Dios reside la sabiduría perfecta. Israel, en su literatura sapiencial, ha sostenido tal afirmación, destacando especialmente su riqueza doctrinal para con la vida de los hombres. Los sabios son reconocidos como maestros, dado que la sabiduría divina los capacita para ello; ésta se expresa bajo la forma de máximas o consejos. La sabiduría que el Señor comunica a Israel, crece y se desarrolla en un diálogo de fe, “por ello, el “temor del Señor”, es decir, la orientación religiosa y vital hacia Él, fue considerado el “principio”, el “fundamento”, la “escuela” de la verdadera sabiduría.[1]

La sabiduría se manifiesta como luz que todo lo ilumina, como Palabra reveladora de la verdad sobre el camino que conduce a la verdadera felicidad, y como amor que lleva a plenitud el verdadero sentido orientador de las decisiones. Con las motivaciones profundas del amor, la Sabiduría invita al hombre a la comunión con ella y, en consecuencia, a la comunión con el Dios vivo. Ella es revelación de esta luz única que tiene su origen en Dios y que conjuga admirablemente el binomio amor y verdad con relación a la existencia humana. Manifestado en plenitud en las palabras y obras de Jesús de Nazaret, quien es personalmente la Sabiduría de Dios.

“Hijo, si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba.”

Resulta interesante constatar como los que “deciden” acercarse a servir al Señor, al poco tiempo, se enfrentan personalmente a un cuestionamiento que les resulta inexplicable. “Yo antes gozaba de ciertos reconocimientos familiares o de mis amistades, e incluso en medio de mis decisiones frívolas, y ahora que me he acercado al Señor, a vivir en la fe, a tratar de cumplir sus mandamientos, he comenzado a ser blanco de muchas incomprensiones, críticas desproporcionadas y en muchos casos de los que más me aman y me son más cercanos. ¿Qué pasa?” Algunos se realizan esta pregunta, sintiéndose un tanto desconcertados.

La Sagrada Escritura viene en nuestra ayuda, con este texto tomado del Capítulo 2 del Eclesiástico. Hay una constatación; algo ha marcado en nuestra existencia un antes y un después, y esto tiene su origen en una decisión. Nuestra voluntad nos dispone en una dirección que afecta toda nuestra vida: “servir al Señor”.

Entre “servir al Señor” y la “prueba” se establece una relación de causa-efecto. ¿Por qué se establece esta consecuencia irremediable? ¿Cómo debemos comprenderla?

Tratando de sintetizar, digamos que la decisión de “servir al Señor” comporta conformar la propia vida con Su voluntad. Servirlo supone “hacer su voluntad”, conformar la voluntad humana a la voluntad divina, según el modelo del Hijo. Jesús, nuestro Maestro repite en el Huerto: “que no se cumpla mi voluntad sino la tuya”. Esta decisión no supone la alienación personal, y menos aún la imagen de un Dios que arbitrariamente nos impone caprichos. Se establece el diálogo entre el hombre y Dios, dos amores y dos libertades, uno con capacidad para revelar y el otro para creer.

Siguiendo a San Agustín, digamos que conformar la voluntad propia con la voluntad de Dios comporta un cierto itinerario, que podría presentarse así: conocer, amar y seguir. Así lo expresa este gran maestro de la fe: “a Cristo es imposible conocerlo y no amarlo, amarlo y no seguirlo”. El conocer y el amar están íntimamente compenetrados, y en ellos se da la acción misteriosa y fecunda del Espíritu Santo; incluso primero puede encontrarse el amor y luego el conocer, debido a que hay un modo de conocer que nos viene únicamente del amor. Hay muchos ejemplos que verifican este camino: “estoy conociendo al que amo”. Y de hecho, el camino que realizan los niños en tantas familias cristianas tiene también esta afirmación: “han comenzado por amar al que luego irán conociendo”.

Este itinerario de fe tiene la particularidad de ponernos en relación con alguien que está Resucitado, al que queremos conocer, amar y servir. Él ha vencido la muerte y vive. Por ello, puede presentarse como “camino, verdad y vida”. Y esta presencia suya es luz para mi existencia, revelación de mi verdad e invitación a “conformar mi voluntad a la suya”. Su luz es amable incluso cuando purifica mi existencia y es amigable incluso cuando ilumina mis oscuridades.

Su luz permite descubrir en nuestras vidas la desproporción entre lo que soy y lo que estoy llamado a ser, y ello sin sumirme en la desesperanza, porque según el apóstol Pablo “todo lo puedo en Aquel que me conforta”. El poder vislumbrar, aunque sea imperfectamente, este abismo entre lo que soy y lo que estoy llamado a ser, se traduce para mí en el “camino de la conversión”. Todo camino de “conversión” conlleva la prueba como lugar de posibilidad de crecimiento. En la prueba se purifica nuestro conocimiento de Dios y se adquiere un conocimiento más perfecto de nosotros mismos.

El Señor nos advierte para prepararnos e instruirnos, por medio de la sabiduría divina, sobre cómo debemos comportarnos en tales situaciones. En las inevitables pruebas y dificultades de la existencia, como en los momentos de alegría y entusiasmo, confiarse al Señor infunde paz en el ánimo, induce a reconocer el primado de la iniciativa divina y abre el espíritu a la humildad y a la verdad.

“Endereza tu corazón, sé firme, y no te inquietes en el momento de la desgracia. Únete al Señor y no te separes, para que al final de tus días seas enaltecido. Acepta de buen grado todo lo que te suceda, y sé paciente en las vicisitudes de tu humillación. Porque el oro se purifica en el fuego, y los que agradan a Dios, en el crisol de la humillación. Confía en él, y él vendrá en tu ayuda, endereza tus caminos y espera en él.”

Desde el versículo 2 hasta el 6 inclusive, el escritor inspirado nos da una serie de recomendaciones, que debemos asumir para no sucumbir en la prueba. Divido la perícopa en cuatro partes, todas destinadas al creyente, para que obre conforme a estas recomendaciones.

La primera parte[2] tiene como sujeto el “corazón” del creyente, y está orientada a las disposiciones profundas, a las opciones y decisiones que se han de vivir y confirmar en las “adversidades”. Éste parece ser el sentido que tiene la expresión “desgracia”, como traducen algunas ediciones de la Biblia; expresa las circunstancias adversas en las que viven los creyentes. La “prueba” puede asumir distintos rostros, entre ellos el del sufrimiento u otros, distintos modos de experimentar desdicha o desventura.

Hay tres recomendaciones que se dan a los que se encuentran en tal situación. La primera queda expresada por el verbo “enderezar”. La “adversidad” provoca un sacudón. Parece que no encontramos un lugar de donde agarrarnos; todo se vuelve movedizo. El corazón siente el peso de sus inclinaciones, de las pasiones desordenadas, y puede entrar en diálogo con las cosas que le propone la tentación. Enderezar el corazón es tomar el timón de la nave, reafirmando las decisiones profundas en medio de las adversidades. Ellas no se aplacarán si cambiamos nuestras decisiones. Sé hacia donde me dirijo y no debo cambiar, aunque me encuentre en medio de las adversidades. San Ignacio de Loyola recomienda “no mudar” en desolación. La segunda exige el ejercicio de la fortaleza, de allí la recomendación “sé firme”; hay que alejar los pensamientos dubitativos que nos debilitan para enfrentar la tentación. Estas dos recomendaciones ayudan a superar la inquietud que viene como consecuencia. Aquí nos da la tercera recomendación: la prueba genera cierta inquietud, experiencia interior que debilita y confunde.

La segunda parte[3] manifiesta la presencia del Señor en medio de las adversidades. En estas situaciones hay una sensación de ausencia del Señor; parece que estamos librados a nuestras fuerzas y, aunque clamamos, nos cuesta percibir cercana la presencia del Señor. El foco que nos guía es la fe, que nos impulsa a unirnos al Señor y no separarnos de Él. La fe nos revela la presencia del Señor y, aunque estén ausentes los consuelos sensibles, ella encuentra en la Iglesia la palabra que nos conduce al puerto seguro.

¿Cómo puedo unirme al Señor en estas circunstancias adversas? Me fortalecerá perseverar recibiendo la Eucaristía y escuchando su Palabra. Aunque sensiblemente no experimente los consuelos habituales, debo perseverar en la unión con el Señor. La Iglesia es la que me indica dónde lo encuentro. Ella es la que lo señala presente. El Resucitado está en medio de su Pueblo, “allí donde dos o tres se reúnen en su nombre”. No es una decisión acertada apartarse de la comunidad eclesial cuando atravesamos adversidades.

Adorar al Señor siempre fortalece. Y así como nuestros rostros expuestos al sol no perciben inmediatamente su acción, sino luego que transcurre el tiempo, y podemos percibir cuánto nos ha quemado, la adoración eucarística produce en nosotros un efecto análogo, que con el tiempo se percibe: estamos bajo su acción y Él en la adoración nos modela lentamente.

La tercera parte[4] nos devela el valor de aceptar en la prueba la humillación. Dice Jesús en el Evangelio, “el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”. La prueba deja en evidencia nuestra debilidad, experimentamos la fuerza que muchas veces tienen las tentaciones, y la “falsa seguridad” espiritual en la que nos creíamos encontrar. De allí emergen expresiones de asombro: ¿Cómo me pudo ocurrir a mí esto? Esta vivencia nos hace desconfiar de nuestras posibilidades. El que actúa humillándose, dobla su rodilla ante Aquél que todo lo puede, para implorar su auxilio.

La prueba es una escuela de humildad. Benedicto XVI nos hace reparar en la experiencia del apóstol Pedro: “La escuela de la fe no es una marcha triunfal, sino un camino salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y fidelidad que hay que renovar todos los días. Pedro, que había prometido fe absoluta, experimenta la amargura y la humillación del que reniega: el orgulloso aprende, a costa suya, la humildad. También Pedro tiene que aprender que es débil y que necesita perdón. Cuando finalmente se le cae la máscara y entiende la verdad de su corazón débil de pecador creyente, estalla en un llanto de arrepentimiento liberador. Tras este llanto ya está listo para su misión.”[5]

“Aceptar y ser paciente” son las palabras orientadoras de estos versículos. La aceptación no es mera pasividad, es la posibilidad de descubrir y vivir cumpliendo la voluntad de Dios, en la situación adversa que debo enfrentar. Para ello, es necesario el ejercicio de la virtud de la paciencia. Éste es el binomio que la sabiduría divina presenta como insustituible en las adversidades: humildad y paciencia. En la prueba se acrisola la virtud, y la humillación es el lugar elegido por Dios.

La cuarta parte[6] parece ser un consejo presentado a modo de síntesis perfecta, con los tres desafíos que deben enfrentar los creyentes en estas circunstancias: confiar, enderezar y esperar, contra sus consiguientes tentaciones, que son: desconfiar, “tomar atajos” y desesperar. El tiempo de la prueba es propicio para crecer en la confianza, la esperanza y la determinación del camino emprendido. Las dos primeras de las tres acciones a realizar me enseñan a disponerme en la relación con Dios, asegurándome sobre la viabilidad y la posibilidad del camino emprendido. Allí está el fundamento. Aunque experimentemos la debilidad y la limitación, si confiamos y esperamos, Dios vendrá en nuestro auxilio, y nos socorrerá en la hora de la tribulación.


[1] Proverbios 1,7; 9,10; 15,33 Juan Pablo II, Catequesis, 22 de abril de 1987.

[2] v. 2.

[3] v. 3.

[4] vv. 4-5.

[5] Papa Benedicto XVI, Intervención durante la Audiencia General dedicada al tema “Pedro, el apóstol”.

[6] v. 6.