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Revista 30 Días en la Iglesia y en el Mundo

Era una mañana fresca y luminosa de primavera del año 1112. La gran abadía de Citeaux, donde apenas doce años antes había comenzado la aventura de los cistercienses, quienes pretendían renovar el monaquismo benedictino, estaba en decadencia. Pues bien, esa mañana el monje portero se encontró ante un espectáculo extraño: un joven de unos veinte años, de apariencia tímida, (Bernardo) y con él un grupo de unos treinta jóvenes. Todos querían hacerse monjes.

Bernardo había nacido en 1090 en Fontaines, en una familia aristocrática. En esa época la juventud aristocrática se dedicaba a las armas y a los caballos. Bernardo era un auténtico conquistador: llevó consigo a Citeaux a sus jóvenes amigos, que estaban ocupados en el asedio del castillo de Grancey. Con el correr del tiempo también su padre, sus seis hermanos, sus tíos y sus sobrinos seguirían sus pasos y se harían monjes. Los hombres que le seguían a Citeaux se sentían fascinados por su personalidad. Bernardo llegó a ser “la columna de la Iglesia”. Toda la cristiandad contempló su figura durante décadas.

Antes de esa mañana de primavera, el abad Esteban pensaba cerrar la abadía y marcharse. Después de la llegada de Bernardo, las paredes de Citeaux no bastaban para contener a todos los nuevos monjes. Esteban mandó construir dos nuevas abadías. En 1114 eligió a Bernardo para dirigir una nueva fundación, a pesar de su juventud, su falta de experiencia y su mala salud. Bernardo se estableció con un grupo de monjes en un valle solitario y luminoso, Clairvaux (Claraval), al sudeste de París. La vida de los monjes era difícil: a la severidad de la regla se añadían el frío y el hambre. El trabajo era mucho más duro que en Citeaux. Bernardo, pese a su frágil salud, no evitaba ninguna fatiga. Casi no se ocupaba de la organización; se preocupaba sobre todo de las personas que le habían sido confiadas. La dulzura y los bríos de su amistad sostuvieron desde sus comienzos la fundación de Claraval. Bernardo sobresalía “en la capacidad de penetrar los estados de ánimo de los otros, para consolar y confortar”.

Un día, mientras los monjes de Claraval estaban rezando, vieron llegar desde las colinas a una multitud de personas: gente de toda condición social, de diferentes edades y lugares de procedencia. Así comenzó el gran florecimiento cisterciense. En 1153, cuando murió Bernardo, había 350 monasterios cistercienses diseminados en los valles, bosques y montañas de Europa, desde Escandinavia hasta Italia. “En los monasterios admitimos a todos, con la esperanza de que lleguen a ser mejores”, escribió Bernardo en De consideratione.

Bernardo dice en los Sermones: “Dios ofreció la carne a seres que gozan de la carne para que aprendan, a través de ella, a gozar del mismo modo del Espíritu”, es decir, de la presencia de Jesús, Dios hecho hombre. El motivo dominante de sus Sermones es precisamente “la historia del Verbo” y, en el interior del maravilloso misterio de la Encarnación, la grandeza de María y su maternidad universal. Bernardo no tenía dudas: sólo vale la pena vivir para gustar la presencia de Cristo.

La palabra clave para comprender a San Bernardo es “experiencia”. Lo repitió incansablemente: “Sólo quien lo experimenta puede comprender qué significa amar a Jesús”. Y en el De diligendo Deo insiste: “Amamos a Dios porque hemos experimentado y sabemos cuán dulce es el Señor”. Todo lo que Bernardo hizo y dijo, las cosas importantes que dejó en la historia de la Iglesia, se comprenden como defensa, incentivo y ayuda para la experiencia de la amistad con Cristo. San Bernardo intervino en el nombramiento de obispos, solicitó la deposición de algunos otros, recorrió Europa predicando contra la herejía cátara, corrigió con vehemencia a los cistercienses y a los monjes de otras órdenes que vivían las reglas de manera muy relajada; pero por encima de todo está su invitación apasionada a atesorar la experiencia de la dulzura de Jesús.

No por su voluntad, sino por obediencia, Bernardo se vio implicado en la disputa con Abelardo, el gran doctor cuya dialéctica prevalecía en aquel entonces en París. El 2 de junio de 1140 Bernardo leyó sólo las proposiciones heréticas y absurdas de Abelardo y le pidió que renegara de ellas y se corrigiera o, de lo contrario, que diera una prueba de sus afirmaciones. Abelardo se marchó enfurecido, con sus seguidores, y apeló al Papa; pero también en Roma sus tesis fueron condenadas.

Muchas otras cosas hizo Bernardo: evitó un cisma, predicó una cruzada, aconsejó a Eugenio III, uno de sus monjes, elegido Papa en 1145, etc. Tuvo la gracia de vivir una intimidad mística con el Señor y la Virgen. En su monasterio de Claraval (que era como una antesala del Paraíso) murió humildemente el 20 de agosto de 1153.

Resumido por Daniel Iglesias Grèzes de Revista 30 Días en la Iglesia y en el Mundo