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Jean Guitton

Voy ahora a exponerte las grandes reglas de la vida tal como los filósofos y los cristianos las han fijado. Suele decirse que hay siete cualidades: cuatro llamadas cardinales y que son la templanza, la fortaleza, la prudencia y la justicia, y tres llamadas teologales porque nos ponen en comunicación con Dios, y que son la fe, la esperanza y la caridad.

La templanza

Empezaré por hablar de la templanza. La regla de la templanza es la de no hacer jamás nada con exceso. Tú conoces este exceso en el arte de comer las cosas buenas, que se llama glotonería. Es difícil privarse de una pequeña cosa que nos apetece. Y sin embargo, si no ganáramos estas batallas ocultas, no seríamos jamás unos verdaderos hombres. Cuando hayas llegado a la edad de hombre, verás que muchos de tus compañeros no tienen voluntad y son desgraciados. ¿Por qué? Es que no aprendieron nunca cuando eran niños a privarse de cosas en ocasiones pequeñas. A tu edad es cuando se aprende la templanza. Ten templanza, y como dicen “sé sabio”, y obtendrás grandes alegrías.

Muchas veces oirás pronunciar la palabra pureza. ¿Qué quiere decir ser puro? El agua pura es un agua sin mezcla, el cielo puro es un cielo sin nubes; un alma pura es un alma que es transparente y en la cual se reflejan todas las cosas como en un espejo. Una mirada pura es profunda como el agua de un pozo. Los niños son puros con más facilidad que los hombres; éste es el motivo por el que los hombres envidian a los niños. Jesús dijo: “Bienaventurados los que tienen el corazón puro porque ellos verán a Dios.”

La pureza se pierde a veces en un día; a menudo hace falta una vida entera para volver a encontrarla.

La pureza del alma se llama el honor. Un hombre de honor es aquel que es fiel a su palabra una vez dada, aunque esto le cueste la vida. Los primeros cristianos preferían morir que renegar de la palabra por la que se habían entregado a Dios. El hombre de honor mantiene sus promesas por encima y en contra de todo. Incluso vencido, es vencedor.

La fortaleza

Ser fuerte es ser sólido, firme, aunque el viento sople de tempestad.

La fortaleza ayuda a vencer el miedo. Hay que aprender desde la infancia a no tener miedo. Esto no quiere decir: no temblar. Cuando Turenne temblaba, le decía a su cuerpo: “¿Tiemblas, viejo esqueleto? ¡Más temblarías si supieras adónde te voy a llevar!”

A menudo se tiembla por temor a la opinión de los demás. Este temor al “qué dirán” se llama “respeto humano”. Es muy difícil de vencer. Y con frecuencia aquellos que no han tenido miedo a morir en una batalla, tienen miedo a que se burlen de ellos si dicen que son cristianos.

Un hombre fuerte no es un hombre duro. Cuando veas que alguien monta en cólera, dite a ti mismo que no es fuerte. Nada es más dulce que el rostro de una madre: y sin embargo nada es más fuerte. La verdadera dulzura es la plenitud de la fuerza.

Cuando ya no podemos actuar, la fuerza se llama paciencia. La paciencia es más difícil que el valor, porque el valiente elige su hora, su empeño, su enemigo. No pasa lo mismo con el que es paciente; él no escoge su contratiempo y tiene que soportar su mal en todo instante.

La unión del valor y la paciencia se llama perseverancia. El que persevera hasta el fin, a pesar de los obstáculos, está seguro de su éxito. El esfuerzo para ser cristiano no cesa más que con la muerte.

La prudencia

Después de la fortaleza y la templanza, te voy a hablar de la prudencia. Ser prudente es pensar en el porvenir.

La prudencia no consiste solamente en evitar las imprudencias, por ejemplo cuando se va a esquiar o se conduce un coche. La prudencia nos enseña a distinguir siempre en una opinión lo que importa y lo que no importa, a ver lo esencial. Por ejemplo, un alpinista prudente guarda en su mochila los objetos que le son indispensables para alimentarse, para luchar contra el frío. Piensa sin cesar en el porvenir, prevé lo peor. Ser prudente es saber economizar, a fin de reservarse para los momentos en que se tendrá necesidad de toda la fuerza.

La prudencia es el arte de utilizar bien el tiempo. Es difícil llegar a la hora, ni con retraso ni con antelación. Dite a ti mismo: “mañana a las ocho haré esto”; y hazlo a las ocho. Cuida de cada minuto. En una hora tienes tiempo de perderlo todo o de salvarlo todo. Haz lo que haces. Cuando te ríes, ríete. Cuando trabajes, trabaja. Cuando juegues, juega. Preguntaron a un niño, Luis de Gonzaga, qué es lo que haría si le dijeran que el mundo se iba a acabar. Respondió: “Continuaría jugando a la pelota.”

La prudencia en los juicios y en las palabras aconseja no tomarlo todo al pie de la letra. Si Soledad te dice: “Ya no hay nada más que hacer”, traduce: “Soledad es una perezosa.” Si Francisco te dice: “No tengo suerte”, traduce: “No ha reflexionado bastante.”

La justicia

La justicia es una costumbre del alma que lleva a dar a cada uno lo que le es debido.

Cuando tú tienes que repartir algo, la justicia te manda que hagas las partes bien iguales.

Los hombres no son justos: porque cada uno piensa en sí mismo y no piensa en los demás. Y como los bienes materiales que debemos compartir no son infinitos, sino finitos (al modo de un pastel), cada uno busca poseer la parte mayor, sin preocuparse del vecino. De modo que los unos tienen demasiado; y los otros no tienen bastante. Muchos pueblos no tienen lo necesario para vivir, mientras que otros pueblos poseen grandes riquezas.

Esta desigualdad se debe a la ausencia de justicia. Crea los conflictos y las guerras. Es el gran mal de la tierra. Hay que hacer todo lo posible para restablecer la justicia lo más que se pueda, evitando sin embargo los medios injustos como el robo y la violencia.

La justicia más difícil de practicar es la de la lengua. La lengua no debe mentir. No debe decir lo que está mal sin necesidad. Cuando le falta un ojo a tu amigo, míralo de perfil. Cuando hables de los otros, trata de disimular sus defectos y de poner de relieve sus cualidades. La calumnia consiste en inventar una acusación que se sabe a ciencia cierta que es falsa. La maledicencia consiste en decir lo que de verdad es malo, pero sin estar obligado a ello. Llamamos juicio temerario a un juicio dado a la ligera y sin que pueda ser probado. Al ir avanzando por la vida verás que es muy difícil no hacer juicios temerarios.

No tenemos fácilmente conciencia de nuestras faltas contra la justicia.

Hay ricos y pobres. Aquellos que han recibido más deben poner esto que tienen de más a disposición de aquellos que tienen menos. Debes por tanto pasar revista a todo lo que tú tienes y que los demás no tienen. Así, tú tienes más salud, más saber, más fe, más dinero. Esto que tienes de más no te pertenece. Tienes que hacer que los otros se aprovechen de ello. Ésta es la alegría que da la justicia, la cual prepara para el amor.[1]


[1] Jean Guitton, Mi pequeño catecismo. Diálogo con un niño, Editorial Herder, Barcelona, 1983, pp. 42-50.