limosna

Daniel Iglesias Grèzes

Dentro del orden natural, el proceso de desarrollo humano atraviesa tres fases que podemos denominar asistencia, promoción y auto-promoción. Ilustraré esta idea extendiendo un conocido ejemplo: la asistencia consiste en dar a un hombre hambriento un pescado, la promoción consiste en enseñarle a pescar y la auto-promoción en que él mismo monte su propia compañía pesquera.

Durante muchos siglos la enorme acción social de la Iglesia Católica tuvo un carácter principalmente (aunque no exclusivamente) asistencial. En nuestra época, una mayor reflexión acerca de la importancia de la promoción humana para el desarrollo ha impulsado a la Iglesia a replantear en parte la metodología de su acción social, para darle un cariz más promocional.

Sin embargo, el nuevo énfasis puesto en el enfoque promocional ha sido exagerado por muchos cristianos hasta el extremo de despreciar la acción social “al estilo antiguo”, anatematizada mediante el mote de “asistencialismo”. La asistencia no es promoción –sostienen ellos- y por lo tanto necesariamente mantiene al pobre en un estado de dependencia, o incluso lo agrava. En opinión de estos cristianos, la limosna es el caso más flagrante de “asistencialismo”, la demostración más clara de su inutilidad. Por eso ellos sienten por la limosna un rechazo visceral, que racionalizan de varias maneras. Algunos dicen que “dar no es compartir”.

Se podría citar muchísimos textos de la Biblia y de los Padres de la Iglesia que destacan el valor religioso y moral de la limosna, concebida como un acto de caridad (moralmente obligatorio en ciertas circunstancias) y como un signo de penitencia. ¿Acaso debemos resignarnos a que hoy día esta tradicional obra de misericordia sea considerada inútil o dañina? Creo que no. Cabe hacer sobre la limosna un juicio mucho más matizado que el de los cristianos antes mencionados.

El proceso de desarrollo es como una escalera con varios escalones. Cada escalón cumple una función imprescindible en su nivel. No sería sensato quitar el primer escalón (la asistencia) antes de que el sujeto haya pasado al segundo. Aunque el objetivo de la acción social cristiana sea la promoción (y la auto-promoción), siempre habrá muchos casos en los cuales se requerirá realizar una labor asistencial. La oportunidad, la modalidad y el alcance de la asistencia requerida dependen de muchos factores, que el cristiano debe aprender a discernir con sabiduría y generosidad. En muchos casos convendrá seguir recurriendo a la limosna para atender o aliviar situaciones de necesidad urgente.

No obstante, la importancia de la limosna trasciende el plano asistencial. Todas las organizaciones y todos los proyectos de promoción social, para ser viables, deben ser financiados. En la Iglesia esa financiación (al menos la inicial) corre normalmente por cuenta de los fieles. La contribución monetaria a las obras de caridad de la Iglesia no merece ser menospreciada, como si fuera una forma hipócrita de acallar la propia conciencia. Es preciso afirmar que, supuesta la buena intención del donante, dar dinero es una forma válida de compartir, y no de las menos audaces y comprometedoras.

Quizás con cierta frecuencia las argumentos aducidos contra la limosna estén dictados por un egoísmo que busca auto-justificarse.

Es un hecho evidente que la Iglesia Católica en Uruguay es pobre. Sin duda nuestra Iglesia es una de las más pobres de América. Algunos cristianos piensan que eso es positivo. Sin embargo, no debemos apresurarnos a aplaudir la pobreza de la Iglesia uruguaya: esa pobreza podría ser un producto de nuestra falta de generosidad.

Supongamos que el 5% de los 3,3 millones de uruguayos (es decir, más o menos los que concurren a la Misa dominical con cierta regularidad) donara el 1% de sus ingresos para las obras sociales de la Iglesia Católica. Dado que el ingreso anual per capita promedio en el Uruguay es de unos US$ 6.000, se recaudaría en total unos US$ 10.000.000 por año. ¡Suficiente para fundar una Agencia Católica Uruguaya para el Desarrollo y financiar cada año muchos proyectos de viviendas, educativos, sanitarios, empresariales, etc.!

Es cierto que nuestros hermanos europeos y norteamericanos tienen en general una responsabilidad mayor que la nuestra en este campo, debido a su mayor riqueza material. Pero ellos deben dirigir su ayuda preferentemente hacia países mucho más pobres que el Uruguay (países de Asia, de África e inclusive de América Latina). También nosotros, los católicos uruguayos, estamos llamados a dar una respuesta generosa a la difícil situación de nuestros compatriotas más necesitados y de los pobres del mundo entero.

A consecuencia de su pobreza, nuestras iglesias locales prestan actualmente a los pobres un servicio insuficiente en el plano material. Los católicos uruguayos deberíamos tomar conciencia de esto, como primer paso hacia una actitud más solidaria. Debemos ser más generosos, no sólo con nuestro tiempo y nuestras palabras, sino también con nuestro dinero.