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Néstor Martínez Valls

La adopción por parejas homosexuales es una medida perjudicial para el menor, atentatoria contra la familia fundada sobre la unión de un varón y una mujer, inconveniente para la sociedad–que está basada en la familia según la Constitución de la República–y además altamente impopular, como demuestran los recientes sondeos de opinión.

Existen abundantes estudios científicos que muestran los gravísimos inconvenientes de la adopción por parejas homosexuales. Por ejemplo, leemos que “la Asociación Mundial de Psiquiatría manifiesta que “un núcleo familiar con dos padres o dos madres es claramente perjudicial para el armónico desarrollo de la personalidad y adaptación social del niño.”[1]

Además, existe una gran cantidad de estudios médicos, psicológicos y sociológicos que muestran que las personas homosexuales tienen una tendencia mucho mayor a enfermedades físicas y psíquicas y a problemas de convivencia. La actividad homosexual es mucho más proclive a la trasmisión de enfermedades infecciosas y virales, por ejemplo el SIDA; el promedio de parejas que una persona homosexual tiene a lo largo de la vida es mucho más grande que el de una persona heterosexual; la duración de esas uniones es menor, de un promedio de 18 meses; la frecuencia de enfermedades síquicas y adicciones a drogas es mayor; y por ello la conflictividad en esas uniones, incluida la violencia doméstica, es también mayor. Todo ello sería obviamente en perjuicio del niño o la niña dados en adopción.

No es lo mismo no tener padre o no tener madre que tener dos padres o dos madres. En un caso hay solamente una carencia, en el otro se agrega un elemento positivamente distorsionante de la sexualidad natural humana, lo cual es peor en términos de la influencia educativa y moral que se ejerce sobre el menor de edad. Una cosa es no tener padre o no tener madre, y otra cosa, mucho peor, es tener dos “papás” o dos “mamás”, con las consecuencias señaladas arriba, además.

El amor que necesita el niño o la niña no es cualquier amor: es el amor específicamente paterno y materno. Así es el ser humano y así necesita ser criado para desarrollarse armónicamente.

Sin duda, en la familia heterosexual también pueden darse fallas y fracasos, pero una cosa es que algo bien diseñado salga luego mal por alguna razón, y otra que se lo diseñe mal desde el principio. Como dice el refrán, “una cosa es estrellarse y otra nacer estrellado”. No estrellemos por ley a tantos niños y niñas que ya han tenido la desgracia de quedarse sin padres.

Es absurdo pretender que no existe la normalidad en lo humano. Es normal tener dos brazos, dos piernas, dos ojos, un corazón y un hígado. Perder esas cosas por algún accidente, es una lesión; nacer con un solo brazo o con dos cabezas es una anormalidad. Y en cuanto al uso de los órganos, es normal que los ojos se utilicen para ver y los oídos para oír, pero es posible también un uso anormal de los mismos, como si quisiéramos masticar hierro o andar todo el tiempo caminando con las manos.

Se dice que se quiere atender al derecho de los niños que, al no criarse en un matrimonio, no tienen todos los derechos de que gozan los que sí están en esa situación. Eso muestra ante todo la importancia del matrimonio y la necesidad de defenderlo y vigorizarlo, en vez de atacarlo con leyes que lo privan de significado.

Respecto de esos niños, sin duda hay que acudir en su ayuda, pero se debe buscar medios jurídicamente viables de hacerlo sin desfigurar el instituto de la adopción, que es tan importante y fundamental en toda sociedad humana, y sin desdibujar todavía más la noción de la familia, de lo cual sólo puede seguirse, en el futuro, que aumente el número de niños que no tienen contemplados todos sus derechos.

Además, el alcance real de esta medida, en términos de algún beneficio para algún niño, va a ser muy pequeño: hasta el presente han sido reconocidas legalmente sólo 20 uniones concubinarias, la mitad de las cuales son parejas homosexuales. Eso era lógico y previsible, y así se dijo en su momento, desde que el concubinato por definición implica el rechazo a la regulación legal de la unión. Pero sólo los concubinos registrados podrán acogerse a esta norma si es aprobada.

Frente a esto, es muy grande la cantidad de matrimonios que quieren adoptar niños. Una de las dificultades que tienen para hacerlo es la gran cantidad de exámenes y de exigencias a las que se los somete, naturalmente buscando dar garantías al que va a ser adoptado. ¿Y luego vamos a conceder un niño en adopción a una pareja del mismo sexo? ¿Ese detalle no forma parte de ningún examen previo?

Este proyecto implica además un notable desprecio por la mujer, que es más notable aún en estos tiempos de feminismo que corren. Resulta que el aporte de la mujer a la familia, como esposa y madre, puede ser realizado perfectamente por un varón homosexual. La mujer es descartable, sustituible, no imprescindible, en el fondo no necesaria. ¿Esa mentalidad es la que queremos que impregne nuestras relaciones sociales? Obviamente, lo mismo se puede decir del varón y de su función de esposo y padre, si miramos las parejas homosexuales femeninas.

¿Qué es lo que se busca, entonces? Lógicamente, la mayoría de la población está en contra. No es que la mayoría de por sí sea un criterio de verdad, pero en este caso es la voz del sentido común y de la naturaleza humana. ¿Es prioritario en nuestro país, y en tiempos electorales, contrariar el sentir de la mayoría de los uruguayos, para atender, no –realmente- los derechos del adoptado, sino los reclamos de una minoría activista, perjudicando además positivamente a los menores de edad?


[1] El País del 23 de agosto de 2009.