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Miguel Antonio Barriola

Los aniversarios sirven para ubicarnos, apreciar las raíces de donde provenimos, ser agradecidos, zafar de la tendencia muy frecuente, y en el fondo egoísta, de creernos que “todo empieza conmigo”, “con mis camaradas o contemporáneos”.

De ahí el saludable consejo del Eclesiástico 44,1-2.15: “Elogiemos a los hombres ilustres, a los antepasados de nuestra raza. El Señor los colmó de gloria… Los pueblos proclamarán su sabiduría y la asamblea anuncia su alabanza”.

Así ha transcurrido el Año Paulino, pero casi enseguida, Benedicto XVI abre para toda la Iglesia otro período de memoria y reflexión, a raíz de los 150 años de la muerte del Santo Cura de Ars.

A la verdad que las recientes circunstancias no acompañan adecuadamente el objetivo de las celebraciones, ya que no se presentan como muy halagüeñas para el “gremio”, después de casos tan bochornosos, que han salido a la luz pública (Lugo, Cutié y otro caso en nuestra propia patria uruguaya).

Con todo, estos sucesos han de servirnos de advertencia para evitar extremos: ni caer en un derrotismo, ni agrandarnos en triunfalismos. En una palabra, la triste realidad, leída a la luz de la Palabra eterna de Evangelio, nos invita a situarnos en lo que somos: evaluar nuestro “barro”, pero no por eso echar por la borda el “tesoro” que Dios mismo ha colocado en nuestras “manos vacías.” [1]

Ayudará mucho, sin duda alguna, seguir el magisterio del Papa, que, así como para el jubileo paulino ha brindado tanta reflexión enjundiosa, ya también lo viene haciendo para este nuevo ciclo de renovación eclesial, enfocando a uno de sus factores decisivos y vitales: el ministerio sacerdotal.

Simplemente, podríamos considerar algunas pistas a tener en cuenta, principalmente, ante las ansias de protagonismo que a todos nos asaltan, como ya lo indicaba J. Ratzinger: El sacerdote es un hombre “desazonado,”[2] fuera de estación. Porque “la misma condición del sacerdote es muy singular y resulta extraña a la sociedad actual. Parece incomprensible una función, un papel, que no se base en el consenso de la mayoría, sino en la representación de “otro”, que hace partícipe de su autoridad a un hombre. En estas condiciones sobreviene una gran tentación de pasar de aquella sobrenatural “autoridad representativa”, que caracteriza al sacerdocio católico, a un mucho más natural “servicio de coordinación del consenso”, es decir, a una categoría comprensible por ser meramente humana y además a tono con la cultura actual.”[3]

Tales ansias de “popularidad” no son propias sólo de estos tiempos; siempre han amenazado a todo individuo o comunidad humanos. Así, en décadas inmediatamente anteriores al nacimiento del futuro Cura de Ars, Mons. Gobel, arzobispo de París, declaraba ante la Convención: “La voluntad popular me elevó a la silla episcopal de París… el pueblo me eligió, el pueblo me despide, es la suerte del doméstico a las órdenes de su dueño… Deponemos sobre esta mesa el nombramiento de sacerdote… ¡Viva la República!” Entre aplausos y aclamaciones entusiastas, el ex-obispo depositó su cruz y anillo, para cubrir enseguida su cabeza con la boina roja que se le ofrecía.[4]

No fue así el Cura de Ars. Navegó contracorriente a lo largo de toda su vida. En medio de una Francia en ruinas, política, cultural y religiosamente, confiando únicamente en el carisma recibido por la imposición de manos, consciente de su incapacidad intelectual, supo hacer renacer un potentísimo foco de renovación espiritual.

Fue ordenado después de haber realizado a pie, en completa soledad, un viaje de 100 km. En una diócesis distinta de la suya (Grenoble), teniendo que peregrinar a través de una Francia invadida por los austríacos, cuyos militares lo detuvieron, burlándose ampliamente de él. Y todavía, no bien llegó, los curiales le observaron al obispo (Mons. Simon), que lo habían molestado por muy poca cosa: una sola ordenación y de aquel diácono, al que nadie acompañaba, ni un familiar, ni un solo amigo. El obispo, con todo, replicó: “No es un gran trabajo ordenar a un buen sacerdote”.

Bien comenta el mejor biógrafo del Santo Cura: “Desde el momento de su ordenación, se consideró en cuerpo y alma como un vaso sagrado destinado exclusivamente a Dios.”[5] Nada hubo de agasajos en torno a aquella ordenación. Se trató de una ceremonia sobria, donde lo principal fue únicamente la consagración total a Dios y el carisma administrado por la Iglesia, recibido de Cristo. No se dieron efusiones sentimentales, pero lo que vivió entonces Juan Bautista María lo fue desglosando progresivamente en sus catequesis: “¡Qué cosa grande es el sacerdote! Si lo comprendiera, moriría… Dios le obedece: él dice dos palabras y Nuestro Señor desciende del cielo a su voz y se encierra en una pequeña hostia.”[6] Y justamente, porque no estaba pendiente de exterioridades, tampoco se quedó con aquel día tan importante, pero que fue sólo punto de partida, para proseguir sin aburguesarse. Por lo cual advertirá también, con un realismo siempre actual: “La causa del relajamiento del sacerdote es que no se pone atención a la Misa. ¡Qué pena, mi Dios! ¡Cómo hay que lamentar, cuando un cura hace esto como una cosa ordinaria!”[7]

Tal denuncia es mucho más a tener en cuenta hoy en día, porque todos, queramos o no, nos vemos asediados por la manía de “lo divertido”, “lo novedoso”, espíritu que se cuela también en el ámbito más sagrado, por el afán de volverlo “más atractivo”.

Por lo cual nunca estará de más recordar otra muy justa observación del entonces Cardenal Ratzinger: “La liturgia no es un show, no es un espectáculo que necesite directores geniales y actores de talento. La liturgia no vive de sorpresas “simpáticas”, de ocurrencias “cautivadoras”, sino de repeticiones solemnes. No debe expresar la actualidad, el momento efímero, sino el misterio de lo sagrado. Muchos han pensado y dicho que la liturgia debe ser “hecha” por toda la comunidad para que sea verdaderamente suya. Es ésta una visión que ha llevado a medir el “resultado” de la liturgia en términos de eficacia espectacular, de entretenimiento. De este modo se ha dispersado el proprium litúrgico, que no proviene de lo que nosotros hacemos, sino del hecho de que aquí acontece algo que todos nosotros juntos somos incapaces de hacer.”[8]

Ahora bien, admiremos la comunión permanente, a través de los siglos, que se da entre los santos y los teólogos fieles a lo esencial. Porque el Cura de Ars, denunciaba lo siguiente: “Lo que hace mal son estas noticias mundanas, estas conversaciones, esta política, estos chismeríos… Uno se llena la cabeza con esto y después va a decir la Santa Misa, el Breviario.”[9] “Lo que nos impide ser santos a nosotros los curas, es la falta de reflexión. No entramos en nosotros mismos; no sabemos lo que hacemos. Nos falta la reflexión, la oración, la unión con Dios.”[10] Y una vez más, volviendo del pasado al presente, comprobamos constantes: “El sacerdote –continuaba el Card. Ratzinger—a través del cual pasa el poder del Señor, ha tenido siempre la tentación de habituarse a esta grandeza y de convertirla en una rutina. Y en la actualidad podría sentir esta grandeza como un peso y desear (aunque inconscientemente) librarse de ella, rebajando el misterio hasta su propia estatura humana, en lugar de entregarse él, con humildad, pero con confianza, para dejarse elevar hasta su grandeza.”[11]

Esta verdadera grandeza ocasiona, por otra parte, y no raras veces, una trampa para nuestra existencia sacerdotal, si no nos precavemos de ella. Porque los buenos cristianos aprecian a sus sacerdotes y sus elogios pueden con facilidad subírsenos a la cabeza. Ante lo cual deberemos siempre recordar que, si algo valemos, es para gloria de Dios y nada tenemos que desviar hacia nuestro propio beneficio. El gran teólogo protestante Karl Barth, al ser homenajeado en su 80mo aniversario, se comparaba con el asno que llevaba en su lomo a Jesús. Comentaba con humor: “¿Qué pensar, si el jumento tuviera como dirigidas a él los “hosannas” del pueblo al Mesías?” En consonancia, ya nuestro Santo Cura, expresaba, basado en su experiencia: “Cuando los santos llegan a cierto grado de perfección, son insensibles tanto a los elogios como a las censuras.”[12]

Ese aire común de familia, que se da entre los santos, podemos encontrarlo en el siguiente comentario de San Juan de Ávila.

Para comprenderlo, hemos de situarlo antes en su historia. Habiendo caído en sospechas ante el tribunal de la Inquisición, sufrió la vergüenza de ser encarcelado. Una vez que se descubrió que aquellas habladurías eran falsas, al volver a predicar en público, fue ovacionado por la multitud en el templo. Fue entonces, cuando expresó: “Mayor daño y tentación me han causado las chirimías y los aplausos que las humillaciones de la cárcel.”[13] Es un saludable aviso para tantas ansias de “curitas mediáticos”, que sucumben fácilmente ante un cuarto de hora de fama frente a las cámaras.

Bien podría haberse ufanado el Cura de Ars de sus éxitos. Él, en cambio, meditaba así: “El buen Dios me ha elegido para ser instrumento de las gracias que otorga a los pecadores, porque yo soy el más ignorante y miserable de todos los sacerdotes… Yo soy como los ceros, que no tienen valor sino al costado de otras cifras.”[14] “Se ha hecho mi retrato. Soy yo, sin duda. Tengo un aire de bestia, bestia como una oca.”[15]

Muy diferente y nociva es la difusión hodierna, entre muchos sacerdotes, del ansia de destacarse, de pasar a la historia. Sobre todo después del Vaticano II, se instaló un estilo propio de “vedettes”. Se decía por aquellos años: “La Iglesia es noticia”. Pero, con gran impericia e ingenuidad, muchos se encandilaron con la repentina fama, tal como lo apreciaba Louis Bouyer entonces (aplicable, lamentablemente también en la actualidad): “Se mide la debilidad de los mismos “grandes teólogos”, cuando salen de su aislamiento para exponerse a los reflectores de la televisión, que son para ellos tal vez más peligrosos que los reclamos de la concupiscencia.”[16]

Todo lo cual no quiere decir que hemos de volvernos monjes, que nos despidamos de la prensa, del cine, la televisión, Internet, de auscultar los signos de los tiempos. Pero, sin dejarnos engatusar de lo nuevo por lo nuevo, con el oído siempre atento a la Palabra inmutable, sobre la cual dijo Jesús que “cielos y tierra pasarán”, pero ella no.[17]  


 

[1] 2 Corintios 4,7. || “¡Oh maravilla, que se pueda así hacer presente aquello que uno mismo no posee, oh dulce milagro de nuestras manos vacías! La esperanza, que se moría en mi corazón, ha reflorecido en el suyo… Heme aquí desposeído, Señor, como tú solamente sabes desposeer, porque nada escapa a tu tremenda solicitud, a tu tremendo amor” – Georges Bernanos, Journal d’ un Curé de Campagne, Paris; 1951; p. 198.

[2] Card. Joseph Ratzinger con Vittorio Messori, Informe sobre la Fe, Madrid – BAC, 1985, p. 63 ss.

[3] Ibid., p. 64.

[4] A. Latreille, L’Église Catholique et la Révolution Francaise. 1775-1799, Paris; 1970; vol.I, p. 170.

[5] F. Trochu, El Cura de Ars, Madrid; 1984; p. 129.

[6] Citado en: B. Nodet, Le Curé d’Ars – Sa pensée – Son Coeur, Paris; 1966; p. 96.

[7] Ibid., 105.

[8] Informe…, 139..

[9] Citado por B. Nodet, ibid., 104.

[10] Ibid., 100.

[11] Informe…, 66.

[12] B. Nodet, ibid., 201.

[13] N. González Ruiz, Juan de Ávila, Madrid (1961) 27.

[14] B. Nodet, ibid., 203.

[15] Ibid., 205.

[16] Cattolicesimo in decomposizione, Brescia (1969).

[17] Marcos 13,31.