la-iglesia-de-cristo-subsiste -y-existe

Néstor Martínez Valls

Comentario sobre el artículo de Peter Knauer, La “Iglesia Católica” subsiste en la “Iglesia Católica”, en: Selecciones de Teología, 47, vol. 2008, nro. 186, pp. 111-118.

La tesis del autor es que en el Concilio se afirma que la Iglesia Católica subsiste en la Iglesia Católica, y que tal afirmación no tiene sentido si no se entiende en el primer caso a la Iglesia Católica en sentido “categorial”, como una “iglesia particular”, y en el segundo caso a la Iglesia universal, en sentido “trascendental.”[1]

“… la iglesia universal, designada como católica en el Credo, está plenamente presente en la iglesia particular encabezada por el Papa y los Obispos en comunión con él. Sin embargo, la iglesia católica romana deja de ser la iglesia universal. A partir del cambio del “est” por el “subsistit in”, la iglesia católica romana debe ser entendida como una de las iglesias particulares en las que la Iglesia universal se expresa a sí misma.”[2]

El autor entiende el “subsistit in” como “permanece en” o “está presente en…”[3]

El autor argumenta que las características de la Iglesia (una, santa, católica, apostólica) son también las de la fe, la cual, por tanto, no puede ser más o menos una, santa, católica y apostólica, sino que allí donde se da, se da enteramente, y de lo contrario, no se da. De aquí concluye que nadie que cree de verdad en Jesucristo puede estar en error en lo tocante a su fe, y por tanto, no puede haber error alguno en los cristianos que no creen en la Iglesia Católica (que él llama “romana”), de modo que no hay razón para que en esas comunidades no “subsista” en plenitud la “Iglesia Católica”.

Según el autor, cuando los discípulos le piden al Señor que les aumente la fe, él les responde que “la fe no es algo que pueda ser aumentado, es simplemente una manera de aprehender aquello que uno, de hecho, ya ha recibido.”[4]

Según el autor, el objeto de la fe cristiana es el amor trinitario que se entrega al hombre por la Encarnación del Hijo de Dios, de modo que es algo que trasciende todo lo creado, es uno e indivisible, no puede ser sino aceptado o rechazado en su conjunto, y nada creado fuera de esto puede ser objeto de esa fe. En ese sentido el objeto de la fe no puede ser falso, de modo que nada falso ha de haber en la fe de los que creen en este misterio. Así, ninguna diferencia en torno a, por ejemplo, la Iglesia, los sacramentos o el Papa puede ser una diferencia de fe entre cristianos.

“… sólo podemos entender por afirmaciones de fe en sentido pleno las confesiones que expresen la autocomunicación de Dios, aquellas en que se esté dando de hecho la verdadera realidad de la que se habla: el amor de Dios que se nos da a Sí mismo […] Pretender, entonces, que otras cosas sean materia de fe en el sentido cristiano de la palabra no es una pretensión equivocada, sino una pretensión sin sentido y además ininteligible desde el principio.”[5]

Respecto de las diferencias entre cristianos, el autor dice que se trata de

“… diferentes lenguajes teológicos. Se podría comparar con el uso de los números arábigos o romanos: son distintos, pero se puede contar con unos o con otros.”[6]

También dice que las diferencias entre confesiones cristianas se deben a que las mismas palabras son entendidas en forma diferente. Por ejemplo, respecto del “sola scriptura” de los protestantes, dice que “escritura”, para el católico, es “escritura que ha de ser interpretada correctamente”, lo cual da lugar a la Tradición y el Magisterio, mientras que para el protestante, significa “escritura que ha de ser entendida en el sentido de que es la Palabra de Dios”, lo cual sólo se aplica a los libros sagrados, siendo además la palabra de Dios “la última palabra sobre toda la realidad.”[7]

Luego dice que respecto de la infalibilidad papal lo único que niegan los protestantes es su “posible distorsión”, y que hay que reconocer que “la iglesia católica romana todavía no ha elaborado unos criterios de infalibilidad a los que el papa debería someterse si realmente ha de hablar infaliblemente, y no ininteligiblemente.”[8]

Respecto de la carencia de Magisterio y otras estructuras en las iglesias separadas de Roma, sostiene que son estructuras “posibles”, pero no absolutamente necesarias.

“Pueden permanecer latentes, hasta que una necesidad especial las reactiva. La conciliaridad, por ejemplo, es esencial a la iglesia: durante siglos no ha habido concilios sin que esto signifique que la iglesia ha dejado de existir.”[9]

Finalmente, termina hablando de la Eucaristía. Al igual que la Iglesia Católica (que él llama “romana”) su importancia estaría sobre todo en la capacidad de servir para reconocer la presencia de Dios en otras instancias fuera de ella misma:

“En la sagrada comunión, nosotros nos unimos con Cristo del modo más profundo posible. Pero esta unión no se limita al momento de recibir la comunión. El acto momentáneo de la comunión expresa el vínculo que nosotros tenemos con Cristo y, simultáneamente, expresa también cuán profundo es nuestro vínculo con Él en cada momento. Nuestra fe se alimenta siempre de Él mismo, de la misma manera que nuestra vida física se alimenta con aquello que comemos y bebemos. La dignidad de la eucaristía consiste precisamente en aquello que apunta más allá de ella misma. Y esto sucede también con nuestra iglesia católica romana.”[10]

Hay que empezar reconociendo que efectivamente, el Concilio identifica la Iglesia de Cristo con la Iglesia universal, es decir, con la Iglesia Católica, pues eso significa “católica”: universal.

Dice Lumen Gentium, 8:

“Ésta es la única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica”.

Y también dice ahí mismo que esa Iglesia de Cristo, que es católica, subsiste en la Iglesia Católica:

“Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia Católica gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él.”

Así que, en efecto, se puede decir, en un sentido, que la Iglesia católica subsiste en la Iglesia Católica. El problema es en qué sentido.

La tesis del autor es que la Iglesia Católica subsiste en la “iglesia romana”, al igual que en la luterana, la calvinista, la anglicana, las iglesias ortodoxas, etc.

La Iglesia Católica “romana” sería entonces una Iglesia particular.

Tiene que quedar claro ante todo que esto es contrario a la fe de la Iglesia Católica.

Ante todo, no tiene sentido hablar de “Iglesia particular” si no se habla de “Iglesia Universal”. Y si las “Iglesias particulares” son visibles, ha de serlo también la Iglesia Universal. Pero ¿cuál es la Iglesia Universal visible de la cual las distintas Iglesias y comunidades cristianas visibles serían Iglesias particulares? Una Iglesia visible supone una unidad visible en la fe, y eso es precisamente lo que no hay entre las diversas Iglesias y comunidades cristianas.

Por supuesto, la Iglesia de Cristo es la Iglesia Universal, y por tanto es la Católica. Y eso precisamente debería haber bastado para liquidar la cuestión acerca del verdadero significado del “subsistit in”. Volvemos entonces a lo que ya hemos escrito en otras ocasiones al respecto:

El principio de tercero excluido nos dice que la Iglesia de Cristo es o no es la Iglesia Católica, esa que el autor llama “romana”. Si no lo es, entonces es claro que tampoco lo serán la luterana, la anglicana, etc. Entonces llegamos a la conclusión de que no es ninguna de las que hoy existen. Y entonces llegamos a la desoladora conclusión de que la Iglesia de Cristo, hoy, no existe.

Se puede tratar de evitar esa conclusión desoladora diciendo que la Iglesia de Cristo es el conjunto de las Iglesias cristianas existentes hoy, ya que “subsiste” en cada una de ellas. Pero ese conjunto no es “uno”, y la Iglesia de Cristo, según la fe, y como el autor reconoce, es “una”. Es bastante claro que ese conjunto no es uno: por ejemplo, en el tema de la infalibilidad papal, están los no católicos, que la niegan, estamos los católicos, que la afirmamos y profesamos que es la propiedad de las enseñanzas “ex cathedra” del Papa, con todos los requisitos que el concepto de “ex cathedra” incluye, según el mismo Magisterio y la teología, y está el autor, que dice que los no católicos no la niegan y que la Iglesia Católica no ha definido suficientemente los límites de su ejercicio. Como se ve, tres posturas distintas y contradictorias entre sí.

Para el Concilio, en efecto, la unidad de la Iglesia es también la unidad de la Iglesia única, y esa unidad de la única Iglesia subsiste en la Iglesia Católica.

“… todos los cristianos se congreguen, en la única celebración de la Eucaristía, para aquella unidad de una sola y única Iglesia que Cristo concedió desde el principio a su Iglesia, y que creemos que subsiste indefectible en la Iglesia Católica y esperamos que crezca cada día hasta la consumación de los tiempos.”[11]

La Iglesia Católica de que se habla aquí es la que según Knauer debería ser una Iglesia particular, pues es aquella en la que subsiste la Iglesia de Cristo. Y sin embargo, se dice que en ella subsiste la unidad de la sola y única Iglesia de Cristo.

Y esto no quiere decir de que esa misma unidad de una sola y única Iglesia de Cristo subsista también en las otras comunidades cristianas, porque sería una unidad dividida, lo cual es un contrasentido.

Esto se ve por el mismo documento, en su numeral 3:

“Sin embargo, los hermanos separados de nosotros, individualmente y en sus comunidades e Iglesias, no disfrutan de aquella unidad que Jesucristo quiso otorgar a todos aquellos que regeneró y vivificó para un solo cuerpo y una nueva vida […]”

En la continuación de este pasaje es claro que aquí la expresión “Iglesia Católica” se refiere a la vez a la Iglesia de Cristo y a la “Iglesia romana”, pues son en definitiva lo mismo. En efecto, “la plenitud total de los medios de salvación” (“todos los bienes de la Alianza”), propia de la Iglesia de Cristo, ha sido confiada “a un único Colegio apostólico presidido por Pedro”. Igualmente se habla de “incorporación plena” a ese “Cuerpo de Cristo en la tierra”, lo cual no tiene sentido si no se refiere a la Iglesia “romana”:

“Pues solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de salvación, puede alcanzarse la plenitud total de los medios de salvación. Creemos que el Señor confió todos los bienes de la Alianza a un único Colegio apostólico presidido por Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra, al cual deben incorporarse plenamente todos los que de algún modo pertenecen ya al pueblo de Dios.”

Por este pasaje es claro que el Concilio sí admite grados en la pertenencia a la Iglesia. Hay pertenencia plena y pertenencia no plena, sino “de algún modo”.

Concretamente, esa pertenencia no plena es la de “los hermanos separados de nosotros”, es decir, de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. La plenitud de los medios de salvación se da “solamente… (en) la Iglesia católica de Cristo”, con lo cual se ve que se está hablando de la Iglesia Católica en tanto que distinta de las otras Iglesias y comunidades cristianas, de las cuales, en efecto, se niega que disfruten de “aquella unidad que Jesucristo quiso otorgar a todos”. Y no disfrutan de ella, tanto “individualmente” como “en sus comunidades e Iglesias”.

Esta “Iglesia católica de Cristo” es aquella que el Señor fundó sobre Pedro y sobre el Colegio apostólico presidido por Pedro, más claramente, es el “nosotros” del cual están “separados” los hermanos de las otras comunidades e Iglesias cristianas, y a ella deben incorporarse los que ya de algún modo pertenecen al pueblo de Dios, lo cual muestra a la vez la gradación de la pertenencia a la Iglesia y la plenitud presente en la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

La misma idea de realidad plena y no plena de la Iglesia, de pertenencia plena y no plena a la misma, aparece en la Constitución Lumen Gentium. En el numeral 8, inmediatamente después de usar la expresión “subsistit in”, dice el Concilio:

“Sin duda, fuera de su estructura visible, pueden encontrarse muchos elementos de santificación y verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, empujan hacia la unidad católica”.

Y dedica tres numerales, del 14 al 16, a hablar precisamente de los diversos grados de pertenencia “a la unidad católica del Pueblo de Dios” (n. 13). En el numeral 14 se lee que:

“Están plenamente incorporados a la sociedad que es la Iglesia aquellos que, teniendo el Espíritu de Cristo, aceptan íntegramente su constitución y todos los medios de salvación establecidos en ella y están unidos, dentro de su estructura visible, a Cristo, que la rige por medio del Sumo Pontífice y de los obispos, mediante los lazos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión.”

Luego, en el numeral 15, se dice que:

“La Iglesia se siente unida por muchas razones con todos los que se honran con el nombre de cristianos a causa del bautismo, aunque no profesen la fe en su integridad o no conserven la unidad de comunión bajo el sucesor de Pedro”

Donde es claro que se entiende por “la Iglesia” a la Iglesia de Cristo, Católica, Apostólica y Romana, sin lo cual el pasaje no tiene sentido. Luego, es evidente que existe una “pertenencia no plena” a la Iglesia de Cristo, y que es la pertenencia propia de las comunidades e Iglesias que están visiblemente separadas de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

Igualmente, en este pasaje se dice explícitamente que hay cristianos que no profesan la fe cristiana en su integridad, lo cual rebate la afirmación de Knauer de que la profesión de la fe cristiana no admite grados.

Otra forma de evitar la conclusión desoladora de que la Iglesia de Cristo hoy no existe es decir que la Iglesia de Cristo es puramente espiritual, “trascendental”, como dice el autor, y ésa es una, más allá de las divisiones entre sus concreciones históricas.

Pero eso va contra la fe católica, expresada en el Concilio, que afirma la unidad inseparable, en el ser de la Iglesia de Cristo, entre su dimensión visible e histórica y su dimensión invisible, espiritual y trascendente. Dice la Constitución Lumen Gentium, 8.

“… la sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo, el grupo visible y la comunidad espiritual, la Iglesia de la tierra y la Iglesia llena de bienes del cielo, no son dos realidades distintas. Forman más bien una realidad compleja en la que están unidos el elemento divino y el humano. Por eso, a causa de esta analogía nada despreciable, es semejante al misterio del Verbo Encarnado.”

Luego, sólo queda aceptar que:

  • La Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.
  • Ese “es” no significa que fuera de los límites visibles de la Iglesia Católica no haya “elementos de la Iglesia” e incluso, en algunos casos, verdaderas Iglesias particulares que no están en plena comunión con la Iglesia de Cristo, es decir, con la Católica;
  • Sino que ese “es” significa que en un caso tenemos la Iglesia de Cristo subsistiendo, o sea, en su realización plena, y en los otros casos, tenemos la Iglesia de Cristo no subsistiendo, o sea, en su realización imperfecta, no plena.
  • Porque la “subsistencia”, en la escolástica, es la propiedad de la sustancia, que es el ser en su modo perfecto, mientras que los accidentes, que no “subsisten”, son modos imperfectos de ser. La sustancia es “aquello a lo que compete existir en sí”, el accidente es “aquello a lo que compete existir en otro”. Un hombre es una sustancia; el peso o el tamaño de ese hombre son accidentes. La sustancia es el modo de ser perfecto, pues es lo que ante todo existe: los accidentes sólo existen en y por la sustancia; tienen una existencia participada, por así decir, de la de la sustancia. El “subsistir” indica precisamente eso, el modo de ser perfecto propio de la sustancia, cuando la cosa existe en sí misma y no por participación en otra cosa. Decir que la Iglesia de Cristo “subsiste en” la Iglesia Católica, Apostólica y Romana quiere decir que tiene en ella su modo de existencia perfecto, completo, pleno: fuera de ella sólo pueden darse participaciones en la Iglesia de Cristo, “elementa ecclesiae”, como dice el Concilio.

También se dice de Dios que es el “Ser subsistente”, mientras que las criaturas tienen ser “por participación”. De este último modo se puede entender que las Iglesias y comunidades cristianas no católicas participan del misterio de la Iglesia de Cristo que sólo subsiste en la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

La utilización del “subsistit in” que hace el Concilio no significa la negación del “es”. Porque la única forma de negar el “es” es afirmando el “no es”. No significa tampoco la “sustitución” del “es”, al menos en el plano de los contenidos, porque allí el “es” no se sustituye: se afirma o se niega, como vimos. Significa solamente la sustitución del “es” en el plano de la expresión, para evitar la impresión, que por otra parte sería errónea, de que el “es” implica una ausencia total de “elementos de la Iglesia” fuera de los límites visibles de la Iglesia Católica.

Es evidente que cuando el Concilio utiliza en este contexto la expresión “Iglesia Católica” no está hablando de una Iglesia particular. La contraposición, por así decir, no es entre “iglesia universal” e “iglesia particular”, sino entre “Iglesia de Cristo” e “Iglesia Católica”, y la intención es mostrar la subsistencia de la Iglesia de Cristo, atestiguada en las fuentes de la fe, especialmente en el Nuevo Testamento, en la Iglesia históricamente realizada desde los tiempos apostólicos hasta el día de hoy, aquella que está gobernada por el Sucesor de Pedro como por su Cabeza visible.

No se trata entonces de una mera tautología, como pretende el autor que sería si no se aceptase su torcida interpretación.

Cuando se dice que Jesucristo “subsiste en dos naturalezas, la divina y la humana”, no se dice que Él “esté presente” o “permanezca” en esas dos naturalezas. Igualmente, cuando se dice que la naturaleza divina “subsiste en tres Personas divinas realmente distintas entre sí”, tampoco se quiere decir que “esté” o “permanezca” en ellas. Ni la Persona del Hijo es algo distinto de la naturaleza divina en la que subsiste, ni la naturaleza divina es algo distinto de las Personas divinas en las que subsiste, y por eso, más que “estar” o “permanecer” la una en la otra, la una ES la otra.

Sin duda el objeto de la fe no puede ser lo falso; la fe cristiana no puede tener por objeto nada erróneo. Pero el autor confunde, al parecer, la fe con el creyente. La fe, en tanto es fe teologal, no puede equivocarse, pero el creyente puede equivocarse de muchas maneras, y sobre todo en creer que sus equivocaciones son parte de su fe.

Santo Tomás de Aquino se pregunta en su Summa Theologicæ,[12] si la fe puede tener por objeto lo falso, y responde obviamente que no. Pero la objeción tercera dice:

“… la fe de los antiguos era que Cristo iba a nacer, y esta fe duró en muchos hasta la predicación del Evangelio. Pero una vez que Cristo hubo nacido, y antes de que comenzase a predicar, era falso que iba a nacer. Por tanto, la fe puede ser sobre algo falso.”

A lo que responde Santo Tomás:

“… después del nacimiento de Cristo, lo que pertenecía a la fe era que Él había de nacer alguna vez. Pero aquella determinación del tiempo en la cual se engañaban no venía de la fe, sino de la conjetura humana. Pues es posible que el fiel haga una falsa estimación por conjetura humana. Pero es imposible que haga una falsa estimación a causa de la fe.”

Así, decimos nosotros, el protestante o el ortodoxo no sufren ningún error por causa de su fe cristiana. Son los errores y prejuicios añadidos extrínsecamente a su fe cristiana los que lo hacen rechazar a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana y no creer en ella.

La exégesis bíblica de Knauer es de igual calidad que su exégesis conciliar. El trozo que cita del Evangelio de Lucas dice así:

“Dijeron los apóstoles al Señor; “Auméntanos la fe.” El Señor dijo: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: “Arráncate y plántate en el mar”, y os habría obedecido.”

Allí Knauer encuentra dicho que:

“la fe no es algo que pueda ser aumentado, es simplemente una manera de aprehender aquello que uno, de hecho, ya ha recibido”.

Renunciamos a intentar comprender los métodos exegéticos por los cuales se puede llegar a leer así. Más bien da la impresión de que el Señor no les dice que la fe no puede aumentar, sino que ellos tienen muy poca. Es claro que no tienen la fe del tamaño de un grano de mostaza.

Según Knauer, entonces, no tenían fe ninguna, lo cual es un poco fuerte para decirlo de los Apóstoles. Jesús no les dice que no tienen fe, sino que no la tienen del tamaño de un grano de mostaza, o sea, que tienen poca. Luego, la fe puede aumentar. Más aún, debe aumentar, según el Señor y contra Knauer.

De hecho, Jesús usa varias veces la expresión “hombres de poca fe,”[13] lo cual parece implicar que la fe puede ser poca o mucha, y por tanto puede aumentar. A la sirofenicia le dice “Oh, mujer, grande es tu fe,”[14] y del centurión dice: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande”[15] de lo cual se sigue la misma conclusión.

Según Knauer, en el primer caso deberíamos entender que los Apóstoles no tenían fe ninguna, y en el segundo, que la sirofenicia o el centurión tenían la misma fe que cualquier otro creyente. Lo primero no se compadece, por ejemplo, con la declaración de Pedro: “Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.”[16] Lo segundo deja sin explicar el elogio de Jesús en tanto dirigido particularmente, como es obvio, a esta mujer o a este centurión, cuya fe además es comparada con ventaja con la fe de otras personas.

Pero además, una cosa es que la fe sea poca o mucha, y otra que el creyente mezcle o no errores con su fe, que es lo que realmente ocurre, como ya dijimos, en el caso de los cristianos no católicos. No se trata de que la fe pueda aumentar o no, sino de que la fe no puede ser acerca de lo falso, pero el creyente sí puede agregar falsedades a su fe.

Los cristianos no católicos niegan, además, cosas que sí pertenecen a la fe cristiana, como el primado del Papa, la presencia real de Cristo en la Eucaristía (en algunos casos), etc.

Igualmente, el objeto primario de la fe es Dios, en su misterio trascendente y de autocomunicación al hombre en Jesucristo. Pero eso no quiere decir que otras realidades no puedan ser objeto de fe teologal, ni que nada creado pueda entrar dentro de ese objeto de fe. La naturaleza humana de Nuestro Señor Jesucristo es objeto de una verdad de fe y es creada, y sobre su Madre, María Santísima, que es una creatura, existen verdades y dogmas de fe, por la relación íntima que tiene con el misterio de la Encarnación y por tanto con el de la Redención. Sobre todo es así cuando esas otras realidades, no sólo están conectadas necesariamente con aquel misterio primordial, sino que tampoco se distinguen completa o adecuadamente de él, como sucede en el misterio de la Iglesia. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y por tanto, es parte integrante, intrínseca, de ese misterio de autocomunicación amorosa del Dios Trinitario. Y eso lo es la Iglesia en los dos aspectos, visible e invisible, de su única realidad, pues en esto conecta con la Encarnación del Verbo de Dios, a la cual en cierto modo prolonga, y que es sin duda la parte central del misterio de la autodonación salvífíca de Dios.

Es cierto que ese misterio es uno e indivisible y que, por tanto, la fe, en tanto es fe cristiana teologal, tiene por objeto ese misterio uno e indivisible. Sin embargo, eso no quiere decir que la fe no pueda tener grados en cuanto a la captación de ese único misterio salvífico. La fe de los Padres veterotestamentarios, por ejemplo, tenía una captación imperfecta, germinal, de dicho misterio. La fe del no católico, en tanto es fe teologal, tiene dicho único misterio por objeto, pero está unida en el no católico a errores particulares que le impiden la plena profesión de esa fe que sin embargo está presente en su espíritu desde el bautismo.

La comparación que hace el autor entre las diversas doctrinas cristianas, entendidas como “lenguajes teológicos”, y los diversos sistemas numéricos, falla en dos niveles. En primer lugar, no es lo mismo una diversidad de doctrinas que una diversidad de lenguajes. Diversos lenguajes son, por ejemplo, el lenguaje oral y el lenguaje escrito. También existe diversidad de idiomas dentro del lenguaje. Pero nada de esto implica que un lenguaje y otro, o un idioma y otro, sostengan afirmaciones contradictorias entre sí, que es sin embargo lo que sucede con las diversas doctrinas cristianas, o con las diversas doctrinas filosóficas y teológicas en general, que precisamente por eso son diversas. Y en segundo lugar, lo mismo hay que decir de los sistemas numéricos: no se da que al pasar de un sistema numérico a otro dos más dos dejen de ser cuatro, y precisamente por eso se puede contar con todos ellos.

No es cierto que cuando el protestante afirma la “Sola Scriptura”, lo que está afirmando sea solamente que sólo la Escritura es Palabra de Dios. De lo contrario no se entiende la división entre católicos y protestantes en este punto, pues eso también lo ha afirmado siempre la Iglesia Católica, y así lo expresa en el Concilio Vaticano II en la Constitución Dei Verbum, 9 cuando dice que

“… la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios…”

Si Knauer cree que su interpretación de la “Sola Scriptura” es correcta, y que entre católicos y protestantes no ha habido más que un malentendido en ese punto desde el siglo XVI hasta hoy, debería probar el proponérsela a los teólogos protestantes para ver si están de acuerdo. Es obvio que en el protestantismo, empezando por Lutero, el “Sola Scriptura” significa el rechazo de la Tradición y el Magisterio como instancias interpretativas vinculantes de la Escritura, y en ese sentido la Escritura “interpretada correctamente” según el protestantismo contradice frontalmente la Escritura “interpretada correctamente” según el catolicismo.

En cuanto a que los protestantes no niegan la infalibilidad papal, la enormidad de una tal afirmación exime de la necesidad de refutarla. En cuanto a los criterios para determinar si un pronunciamiento papal es infalible o no, están claramente precisados por la doctrina católica. Que al autor no le parezcan suficientes para garantizar la inteligibilidad de dichos pronunciamientos no pasa de ser una opinión subjetiva suya.

Por lo que tiene que ver con la posibilidad de que algunas estructuras eclesiales, como el Magisterio eclesiástico, sean “posibles” pero no “necesarias”, eso es falso. La estructura jerárquica basada en la sucesión apostólica es un elemento esencial de la Iglesia de Cristo. El hecho de que “durante siglos” no haya habido Concilios (¿ecuménicos, solamente?), lo cual por otra parte habría que matizar, probablemente, si lo contrastamos con la historia de la Iglesia, no habla de ninguna “latencia”, porque por naturaleza el Concilio es una institución “episódica”, por así decir: no forma parte de la constitución de la Iglesia un Concilio permanente. Ni siquiera se puede decir que las estructuras esenciales de la Iglesia que faltan en otras confesiones cristianas, como por ejemplo la Jerarquía o el Magisterio vinculante, estén allí “latentes”, sino que, por el contrario, son positivamente rechazadas, lo cual es algo totalmente distinto.

Finalmente, la concepción de la Eucaristía que trasunta de las palabras del autor hace comprensible que también su concepción de la Iglesia se aparte de la doctrina católica. Lo que allí no aparece es justamente lo que hace que la Eucaristía sea la “fuente y culmen” de la vida cristiana. La Eucaristía no puede limitarse a “apuntar más allá de ella misma”, hacia la “vida cotidiana”, para “expresar”, simplemente, cuán fuerte es nuestro vínculo cotidiano con el Señor Jesús. La Eucaristía contiene la Presencia real y sustancial de Nuestro Señor Jesucristo, que está allí realmente presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de modo que por nuestra recepción del Sacramento Él se une con nosotros de un modo único e irreductible a toda otra presencia suya en nosotros que no sea sacramental-eucarística. Eso que el autor considera “el acto momentáneo de la comunión” es el momento más alto de la vida cristiana en el tiempo, que sólo puede ser superado por la comunión que los bienaventurados tienen en el Cielo con el Señor de la Gloria.

Para terminar: es más que preocupante lo que es innegablemente patente en este escrito y en infinidad de otros pertenecientes a “teólogos” actuales, a saber, que efectivamente no está presente allí la fe católica tal como la profesa y la enseña la Iglesia. Da la impresión de que se piensa de espaldas a la realidad, con la única finalidad de llenar un cometido ideológico que se presenta como “ecumenismo”. Si tenemos en cuenta que esto está publicado en una “revista teológica” perteneciente al Instituto de Teología Fundamental de la Facultad Teológica de Catalunya, Barcelona, entonces, la preocupación debe aumentar aún. ¿Qué formación están recibiendo los que han de ser los pastores del Pueblo de Dios? ¿No tienen nada que decir al respecto las correspondientes autoridades eclesiásticas?


[1] p. 111.

[2] p. 112.

[3] p. 111.

[4] Lucas 17,5-6.

[5] p. 115.

[6] p. 116.

[7] p. 117.

[8] p. 117.

[9] p. 117.

[10] p. 118,

[11] Unitatis Redintegratio, 4.

[12] Summa Theologicæ IIa. IIae, q. 1, a. 3.

[13] Mateo 6,30; 8,26; 16,8; Lucas 12,28.

[14] Mateo 15,28.

[15] Mateo 8,10.

[16] Juan 6,69.

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