cordero-de-dios

Miguel Antonio Barriola

Mors et vita duello conflixere mirando[1]

El tiempo, que vuela inexorable, ha sido sentido siempre como un factor problemático de la realidad, porque de su seno surge tanto la vida y el crecimiento, como la fugacidad y muerte de todo lo que ha sido, es y será.

Lo percibió justamente la antigua mitología griega, concibiendo a Jrónos como al padre de los dioses, que engullía vorazmente a sus propios hijos, por temor de que los sucesores lo defenestraran de su despótico pináculo.[2]

Semejante terror aparece siempre cual telón de fondo en la perspectiva meramente natural de individuos, civilizaciones y culturas.

Repasemos someramente algunas expresiones clásicas: “Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus.”[3] “Tempus edax rerum.”[4] “Eheu fugaces, Postume, Postume, labuntur anni.”[5] Esta trágica realidad, que ni los más sofisticados cosméticos pueden encubrir, ha encontrado albergue también en la Biblia, palabra inspirada por el verdadero Dios, especialmente en el libro tan realista del Qohelet,[6] con su recurrente estribillo: “Vanidad de vanidades y todo es vanidad.”[7]

Así y todo, el ser humano nunca se ha resignado a esta progresiva decadencia, aspirando sin desmayo en pos de auras de eternidad. Es conocida la serenidad de Sócrates antes de beber la mortal cicuta.[8] El mismo ya citado Horacio, entonando su canto a César Augusto, escribía; “Exegi monumentum aere perennius…non omnis moriar.”[9] Igualmente en la Biblia se recogen estas aspiraciones de los hombres de toda edad y cultura hacia la superación de las dentelladas del tiempo: “Dios creó al hombre para que fuera incorruptible y lo hizo a imagen de su propia naturaleza.”[10]

“Tengo las llaves de la muerte y del abismo.”[11]

Si es propio de sabios evitar los extremos, hemos de ubicarnos correctamente ante estas sensaciones que provocan en el alma las hojas que caen del almanaque. Será provechoso saber de dónde venimos y hacia dónde peregrinamos sin abandonarnos a un fatal abatimiento ni al titanismo prometeico.

Para quienes han sido iluminados por la fe del Evangelio, no sin drama, pero lejos de todo derrotismo, se nos ofrece un panorama de ardua armonía, donde el tiempo es despojado de su tiranía disolvente, llegando a transformarse en plataforma de lanzamiento para su propia transfiguración.

Porque el Eterno, quien domina la sucesión de los siglos, se ha trabado en dura lucha con la voracidad temporal, para subyugarla y transformarla.

Es la poderosa paradoja que acuñó San Pablo, cuando nos abrió la perspectiva de la “plenitud de los tiempos.”[12]

¿Cómo unir el concepto y realidad de “plenitud” con aquello que por su esencia es vaciamiento, desmoronamiento irrefrenable?

No se ha de atribuir el cambio a un proceso autónomo, por el que el hombre caería en la cuenta de su estado deplorable, decidiéndose después a revertirlo. La humanidad entera, a través de todas sus generaciones no habría hecho más que acumular ruina tras ruina.

La transformación es debida a un acontecimiento que constituye el punto de llegada y el cumplimiento definitivo de la historia, siendo el protagonista el mismo Dios desde su libre iniciativa, que mandó a su Hijo, ya preexistente en ÉL[13] y como resultado de esa misión hizo también que “el Espíritu de su Hijo”[14] se aposente en los creyentes. O sea, la Trinidad entera se empeña en esta hora decisiva para los anales de la historia.

“Se anonadó a sí mismo.”[15]

Con todo, el Hijo eterno no pretendió deslumbrarnos con su gloria superior, ni apiadarse de nosotros como quien suministra una limosna desde su lugar privilegiado. Resolvió ser presa de ese mismo Jrónos asesino para vencerlo, sin dejarle posibilidad de levantar cabeza nuevamente.

No quiso presentarse con un cuerpo adulto[16] lo cual habría satisfecho mejor a la mentalidad de sus contemporáneos, que esperaban a un salvador glorioso y lleno de poder. Decidió nacer de una mujer para ser auténtico retoño[17] de la estirpe que venía a regenerar. Así, no rescata a los extraviados por medio de un auxilio arrojado desde lo alto, sino a partir de la entraña misma de la historia, compartiendo la condición de quienes eran esclavos.[18] Esto primordialmente significa la expresión “nacido de mujer”, que no quiere aquí poner de relieve las prerrogativas del Hijo de Dios, sino subrayar su abajamiento.

Sólo que Pablo se expresa en un tono paradojal, indicando en el veneno el medio para obtener el antídoto, la salud completa, y en la maternidad humana la condición para la paternidad divina.

Porque, ¿en qué modo alguien sometido a la ley nos podrá desligar de su yugo? ¿Cómo podrá ser que un “nacido de mujer” será capaz de hacernos “nacer de Dios”, hijos, de modo que podamos dirigirnos a ÉL como “Abbá”?[19]

Es posible percibir el anonadamiento extremo del giro “nacido de mujer”, si lo situamos en su trasfondo bíblico. “El hombre, nacido de mujer, breve en sus días y saciado de inquietudes, como una flor aparece y se marchita;”[20] tal como lo daba a entender el mito de Jrónos. Pero la otra expresión: “nacido bajo la ley”, somete todavía más al Hijo de Dios: no sólo se degradó al hacerse hombre, sino que, para más, se presenta como sujeto a una norma exterior. Es verdaderamente extraño. Estas dos humillaciones son el medio inesperado para obtener dos resultados positivos: el Hijo de Dios se volvió sujeto a la ley, para rescatar a los sometidos a la ley, se hizo hijo de una mujer, para que los “nacidos de mujer” llegaran a ser hijos de Dios.

Obediente hasta la muerte

La paradoja ha de tener una clave en ciertos elementos positivos, que son silenciados con el objeto de obtener una afirmación que despierte el asombro. Para la liberación de la ley, tales indicios se encontraban ya en Gálatas 2,19-20: Cristo sujeto a la ley, se sometió a la misma hasta padecer, por nosotros, la pena de muerte.[21] Pero encontró el modo de sufrir en la cruz que ha producido una nueva vida. Su estilo consistió en aceptar la pena capital, infligida por la ley, con perfecta obediencia filial[22] y con extrema caridad fraterna.[23] Así Cristo se liberó de la ley y quien se adhiere a ÉL por medio de la fe se encuentra igualmente exento de la esclavitud. La fecundidad de la ejecución de Cristo resulta, pues, del hecho que él la ha sufrido con una actitud diferente a la de un facineroso, es decir, sin haber cometido crímenes, “sin haber conocido el pecado,”[24] pero “entregándose a sí mismo por nuestros pecados,”[25] hasta el punto de haberse convertido en “maldición.”[26]

La clave de la paradoja restante (el Hijo de Dios que nace de una mujer para obtenernos la adopción divina) no se encuentra expresada por Pablo en otros pasajes de sus cartas. La luz sobre este punto nos viene de los Evangelios de la Infancia, que explican “cómo fue engendrado Jesucristo,”[27] o sea, en un modo totalmente singular: su madre, virgen, “se encontró encinta por obra del Espíritu Santo.”[28] La formulación empleada por Pablo está implícitamente en armonía con esta noticia de los evangelios, ya que presenta a Cristo como Hijo de Dios por una parte y nacido de mujer por la otra, sin hacer la mínima alusión a un padre humano.[29]

Sin pronunciar su nombre, Pablo está indicando en María el punto de inflexión en que la “pobreza” de su niño nos “enriquece,”[30] porque no deja de ser Hijo eterno del Padre Dios. Así como, también discretamente, lo da a entender el autor de Hebreos 10,5-7: “Tú no has querido sacrificio ni oblación; en cambio me has dado un cuerpo.[31] No has mirado con agrado los holocaustos ni los sacrificios expiatorios. Entonces dije: Aquí estoy, yo vengo –como está escrito de mí en el libro de la Ley– para hacer tu voluntad”.

El presente pasaje es el único en la abundante literatura paulina que se refiere a la Madre de Cristo. Pero la exigua cantidad es compensada por su densa calidad. En efecto, no puede pensarse momento más solemne que “la plenitud de los tiempos”, cuando las largas etapas de preparación contemplan su culminación en el punto en que la eternidad se viste de historia. La mujer situada en ese quicio de los siglos, es el filtro por el que el Hijo se convierte en siervo, haciendo también de puente a través del cual los siervos pasan a ser hijos, dotados del mismo Espíritu, entrando como adoptivos en el seno mismo de la Trinidad. Advirtiendo también que esta “adopción” no consiste sólo en una simple decisión jurídica, que no cambiaría interiormente a la persona adoptada, sino que se trata de una intervención divina decisiva, que comunica una nueva vida, participación en la existencia filial de Cristo resucitado: “Vivo no más yo, sino que Cristo vive en mí.”[32] Porque semejante vida está animada por el Espíritu Santo, del que Pablo hablará en la frase sucesiva: “La prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: ¡Abbá!, es decir: ¡Padre! Así ya no eres esclavo, sino hijo y por lo tanto, heredero por gracia de Dios” (Gal 4,6-7).

Cabe, entonces, la iluminada expresión del P. H. Bojorge: “María no es el Evangelio. No hay ningún Evangelio de María. Pero sin María tampoco hay Evangelio.”[33] Ella, criatura del tiempo, se vuelve así punto de partida de una historia inaudita, que no pasará a la manera en que se desprenden las hojas del calendario, sino que viene a ser preludio de la Pascua, que, según bella definición de R. Cantalamessa, es “pasar a donde no se pasa”.

San Efrem ha ilustrado sugestivamente este triunfo del Hijo de María sobre Jrónos. “La muerte lo mató a través del cuerpo que ÉL había asumido; pero con las mismas armas triunfó ÉL de la muerte. La divinidad se escondió bajo la humanidad y se acercó a la muerte, la cual mató y fue muerta. La muerte mató la vida natural, pero fue muerta a su vez por la vida sobrenatural. Por lo tanto, dado que la muerte no podía engullirlo sin el cuerpo, ni el infierno precipitarlo sin la carne, vino ÉL de la Virgen, de la cual tomó el carro que lo pudiese llevar a los infiernos. Con el cuerpo que había asumido entró después en los infiernos, destruyó sus riquezas y disipó sus tesoros… ¡Gloria a ti, que de tu cruz has hecho un puente sobre la muerte, para que, por ella, las almas se trasladaran de la región de la muerte a la de la vida! ¡Gloria a ti, que has revestido el cuerpo del hombre mortal y lo has transformado en fuente de vida para todos los mortales.”[34]

Ante nuestro 10° aniversario

Con todo, el carácter plenificante e insuperable de la venida del Hijo de Dios a nuestra historia no quiere decir que ya todo se haya acabado y nada más reste esperar. En la cabeza, en el logro de salvación, nadie podrá aportar algo sustancialmente nuevo. Sin embargo, queda todavía la tarea de “completar en los propios trabajos y padecimientos lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia.”[35] No porque la obra redentora de Jesús haya sido insuficiente, cosa negada en inmediatos versículos anteriores.[36] O sea: la fuente de gracia sigue siempre inagotable, manando para todos del costado abierto de Cristo. Pero queda el libre acceso de cada uno, de los pueblos y las edades, para beneficiarnos de su frescura hasta que Dios disponga que ya el tiempo está maduro para dar paso a lo imperecedero. Todo esto no quita dramaticidad a nuestras horas. Más bien la añade. Nada hay más concreto, apasionante, como el Dios que se hace hombre. Desde entonces el tiempo no es más solamente nostalgia y miedo, sino esperanza y cumplimiento.

Y esto, ni más ni menos, veo yo en nuestro 10° aniversario de Fe y Razón: el esfuerzo entusiasta en cristianos convencidos de que la perennidad de su fe nunca pasará de moda, que está dotada de luz y energía como para iluminar el sucederse de las vicisitudes históricas, capacitada para dialogar y valorar lo correcto, así como denunciar y desenmascarar todo tipo de sofisma, que se disfraza y maquilla de juventud y actualismo.

La fe, en efecto, nos confirma que “las puertas del averno no prevalecerán,”[37] nos asegura que el supremo Maestro estará con nosotros “hasta el fin de los siglos.”[38] La razón, que no es negada por la fe, sino que la supone, como la gracia, que se enraíza en la naturaleza, se ejercita no menos en armonizar lo humano y lo divino, en alejar incomprensiones y superar estériles altercados.

El esfuerzo ha sido guiado con gran amor al magisterio genuino de la Iglesia y muy especialmente puesto bajo el patrocinio de un genio en semejante faena: Santo Tomás de Aquino.

Lejos de las caricaturas baratas, que se mofan de las “oscuridades medievales”, quien seria y laboriosamente se entregue a profundizar en la obra luminosa de este santo doctor no quedará defraudado. Porque también es saludable aprender a no dejarse embaucar por lo meramente novedoso, ya que diálogo con lo moderno nunca podrá equivaler a encandilamiento ante el último best-seller. El mismo que propuso el lema que nos sirve de programa: “Toda verdad, venga de quien venga, proviene del Espíritu Santo,”[39] no menos sostiene: “Refutar la opinión de un amigo no va contra la verdad, a la cual principalmente buscamos en las ciencias especulativas…Y aunque universalmente la verdad haya de ser preferida a los amigos, puesto que la razón pertenece a todos los hombres, con todo es conveniente hacer esto en especial con los filósofos, que son profesores de sabiduría, que consiste en el conocimiento de la verdad.”[40]

En este sentido, una cosa significativa, que debe hacer pensar, es la facilidad con que autores y teólogos “modernos” acuden como criterio de verdad, justamente a la avidez de Jrónos, al eco que una ideología encuentra en la “sensibilidad actual”. Los filósofos y teólogos de raza se miden más bien con la realidad y la revelación. Y si bien es cierto que las visiones de los pensadores son parte de lo real histórico, no siempre lo son como “último principio”, que se bastara a sí mismo por su mera divulgación y sin ulteriores tamizaciones. También son muy reales el cáncer, la guerra, la pornografía, la droga.

Teniendo en cuenta precisamente esta situación atiborrada de bien y mal, de verdad y falacia, Pablo VI dio una saludable lección de nítida raigambre tomista: “Tememos que las facultades cognoscitivas de la nueva generación se vean fácilmente atraídas y tentadas a quedar satisfechas con la facilidad y afluencia de los conocimientos sensibles y fenoménico-científicos, externos al espíritu humano y desviados del esfuerzo sistemático y comprometido de remontarse a las razones superiores del saber como del ser.”[41]

También Santo Tomás estuvo sujeto a los condicionamientos y limitaciones de toda época, lo cual no significa que se lo tenga que relegar a polvorientos archivos arqueológicos. Cuanto más un pensador se arrima a lo eterno, aparecido en el tiempo, más participa de una indeficiente lozanía. El mismo veía con clarividencia: “Nadie es suficiente para excogitar todo lo que pertenece a la sabiduría y por eso nadie es tan sabio que no necesite ser instruido por otro.”[42] Consciente asimismo de las limitaciones de cada época, enseñó que “el tiempo es un inventor y buen cooperador de los que tienen que circunscribir algo bien.”[43] Es, pues, evidente que ni la especulación filosófica ni la teológica fueron definitivamente clausuradas el 7 de marzo de 1274, con la muerte del santo Doctor.

Con todo, se dan crecimientos, elefantiasis, raquitismos y veces hay en que “desinit in piscem mulier formosa superne.”[44] O sea, no cualquier evolución o maridaje puede resultar fecundo. Pretender que la revelación pueda aliarse con todo posible desarrollo es precisamente dejarse arrollar por el frenesí más estéril.[45]

Por lo cual, siempre será saludable meditar en las advertencias de un conocedor de lo antiguo y lo actual: “Si hay algo imprevisible, es la historia del hombre, que en todo momento de su vida y en toda época de su devenir puede elegir la insipiencia o la menor sabiduría. La sucesión del tiempo no lo preserva de ello en ningún caso. Ésa es la razón por la cual podemos escuchar a algunos ‘maestros’ de hoy y retroceder, mientras que podemos ponernos a la escuela de maestros de ayer y progresar. La verdad —que, como sabemos, Bernardo de Chartres llamaba ‘hija del tiempo’, porque nace y aparece en el tiempo— no está para nada condicionada por él: la Metafísica de Aristóteles o el De Veritate de Santo Tomás contienen atemporalmente verdades, aunque sean obras alejadas de nosotros en centenares de años por su fecha de nacimiento. La seguridad con que son catalogadas y descalificadas, en nombre de la inactualidad, no honra el pensamiento y sus leyes.”[46]

Santo Tomás es un gran espíritu universal, asimilador de todo lo que sirve para manifestar los planes armoniosos del Creador y Redentor, a la vez que avizor centinela que alerta sobre todo lo que atente a corromper la unidad vital.

De ahí la gran confianza que alimenta respecto a la razón natural, ya que concebirla como un término contrario –dialécticamente- de la revelación, iría “en detrimento” de la “virtud” de Dios, pues, sostuvo egregiamente, “rebajar la perfección de las criaturas significa rebajar la perfección del Creador.”[47]

Entre los extremos viciosos, por una parte, de un pietismo teológico que, para honrar más a la revelación, la finge “pura y separada” de todo contacto profano y, por otra, la exaltación altiva de la razón, deformada en “racionalismo”, Tomás invita al diálogo e intercambio fecundo. La fe trae la plenitud al ser finito e inteligente que es el hombre. Pero, ¿dónde colocaríamos tal riqueza, si no hubiera un recipiente, aunque rústico y pobre, pero al fin de cuentas apto para recibirla? Por excelso que sea, este tesoro requiere “vasos de barro.”[48] Sin el humilde ministerio de la razón, la Palabra no se habría traducido en hebreo, ni en griego, ni llegado a “todas las gentes.”[49]

En esta gigantesca empresa para que el tiempo sea plenitud y no Jrónos exterminador, agradezcamos a la Iglesia Católica, a su Magisterio y en su historia al “Doctor común”, que nos ofrecen los tesoros de los siglos: tanto las “semillas del Verbo,”[50] ya sembradas por Platón, Aristóteles y los grandes pensadores precristianos, como las riquezas del Antiguo Testamento, desembocando todo, a través de la humildad de María, en su Hijo “Jesucristo, el mismo ayer, hoy y por los siglos.”[51]

Montevideo, 4 de noviembre de 2009.


[1] “La muerte y la vida pelearon un admirable duelo.” || Himno, Victimae paschali laudes.

[2] El genial pintor español F. de Goya y Lucientes ha ofrecido una espeluznante representación de este personaje.

[3] “Pero, mientras tanto, huye el tiempo irreparable.” || Virgilio, Georgica, III, 284.

[4] “El tiempo devorador de las cosas.” || Ovidio, Methamorphoses, XV, 234.

[5] “¡Ay, Póstumo, Póstumo, qué fugaces huyen los años!” || Horacio, Odae, II, 14, 1..

[6] Eclesiastés.

[7] Eclesiastés 1,2.14, passim. Voz lat.; literalmente ‘por todas partes’. || adv. En las anotaciones de impresos y manuscritos castellanos, aquí y allí, en una y otra parte, en lugares diversos.

[8] Platón, Apología de Sócrates, 40c-41c; y en el mismo Platón: República, Fedón, Fedro, y Timeo.

[9] “Construí un monumento más duradero que el cobre… no moriré del todo.” || Odae, III, 30, 1 y 6.

[10] Sabiduría 2,23.

[11] Apocalipsis 1,18.

[12] tó pléroma toú jrónou: Gálatas 4,4.

[13] Ex – apésteilen: envió desde sí mismo

[14] v. 6.

[15] Filipenses 2,7.

[16] Como podría haber sido en absoluto, a la manera en que fue “creado” Adán: Génesis 1,27; 2,7.

[17] Isaías 11,1.

[18] Gálatas 3,23; 4,3; Filipenses 2,7.

[19] v. 6, ver: Romanos 8,15, al igual que el propio Jesús; Marcos 14, 36.

[20] Job 14,1.

[21] Filipenses 2,8.

[22] Gálatas 1,4

[23] Gálatas 2,20.

[24] 2 Corintios 5,21.

[25] Según el lugar ya citado de Gálatas 1,4.

[26] Gálatas 3,13.

[27] Mateo 1,18.

[28] Mateo 1,18.20.23; Lucas 1,27.35.

[29] Según algunos exegetas: J. Winandy (La conception virginale dans le Nouveau Testament en: Nouvelle Révue Théologique, 100; 1978; p. 716), R. Laurentin (Les Évangiles de l’ Enfance du Christ – Vérité de Noël au–delà des mythes, Paris; 1982; p. 488), se ha de notar que Pablo usa “genómenon (hecho: de gínomai trad. soy hecho) ek gynaikós” y no “gennómenon”(trad. nacido: de gennáo). Según tales autores el cambio de verbo ha de querer significar alguna modalidad especial en cuanto al nacimiento de Cristo, ya que pocos versículos más adelante, el Apóstol acudirá tranquilamente al verbo natural para indicar nacimientos (gennáo: evitado en Gálatas 4,4), al evocar la venida al mundo de Isaac e Ismael: Gálatas 4,25-29. Apunta, pues, seguramente a la paradoja de un nacimiento virginal.

[30] 2 Corintios 8.

[31] Brindado por María, como es fácil añadir sin la más mínima tergiversación del sentido.

[32] Gálatas 2,20.

[33] La Figura de María a través de los evangelistas, Buenos Aires (1975) 90.

[34] Sermo de Domino nostro – Segunda lectura del viernes en la tercera Semana de Pascua.

[35] Colosenses 1,24.

[36] “Plugo al Padre que en ÉL habitase toda la plenitud y por ÉL reconciliar consigo todas las cosas en ÉL, pacificando con la sangre de su Cruz así las de la tierra como las del cielo” (Colosenses 1,19-20).

[37] Mateo 16,18.

[38] Mateo 28,20.

[39] In I Ethicorum, lect. 6, ns. 75 y 76.

[40] “Santo Tomás no siguió la filosofía de Aristóteles porque sus contemporáneos acababan de descubrirla, sino porque era verdadera y abierta a nuevas profundizaciones en el sentido de la verdad y de la revelación cristiana” E. Gilson, Avant Propos a: San TommasoFonti e riflessi del suo pensiero, Città Nuova;1974; p. 8.

[41] Discurso en el Angelicum, 20 de abril de 1974, en: L’Osservatore Romano, ed. esp. 28 de abril de 1974, 6.

[42] In Psalmum 43, n. 1.

[43] In I Ethicorum, lect. 11, n. 132.

[44] “Termina en pez la hermosa mujer -pintada- más arriba” || Horacio, Epistula ad Pisones conocido como Ars poetica, 4.

[45] Así, muchos se han dejado encandilar, pretendiendo alianzas del pensamiento cristiano con los sistemas en boga: kantiano, hegeliano, marxista, existencialista, postmoderno, que si pueden aportar útiles enriquecimientos, también entorpecen con harta frecuencia la solidez de la filosofía y teología clásicas.

[46] Inos Biffi, La Teologia e un Teologo – San Tommaso d ‘Aquino, Casale Monferrato; 1984; pp. 81- 82.

[47] Summa contra Gentiles, III, 69.

[48] 2 Corintios 4,7.

[49] Mateo 28,19.

[50] San Justino, Apología, 2, 10.

[51] Hebreos 13,8.