elecciones

Néstor Martínez Valls

Nuestro país se aproxima a la segunda instancia electoral, en la que se elige el Presidente de la República, luego de que en la “primera vuelta” el partido que tiene en su programa de gobierno la despenalización del aborto ha logrado ya las mayorías necesarias para convertirla en ley, sin que en esta ocasión exista promesa alguna de su candidato a Presidente de vetar dicha ley en caso de ser aprobada sino, al contrario, habiendo éste manifestado su total compromiso con la despenalización.

Lamentablemente y, más aún, incomprensiblemente, estas mayorías, que se han logrado por muy pocos votos, se han debido sin duda al voto de muchos católicos, que eran los que por su condición estaban especialmente llamados a no acompañar semejante programa de gobierno.

La situación actual es que tenemos dos candidatos, uno que –como dijimos– se ha comprometido a promulgar la ley de aborto que seguramente saldrá de las mayorías de que ya goza su partido, y otro que se ha comprometido a vetarla en caso de que sea aprobada por el Parlamento. Para ayudar a tomar una decisión aportamos los siguientes textos del Magisterio, en los cuales se explica también el sentido de este posicionamiento nuestro que a algunos podrá parecerle una ingerencia indebida en lo político.

Pío XI, Encíclica Casti Connubii, 1930:

“Finalmente, no es lícito que los que gobiernan las naciones y promulgan las leyes, echen en olvido que es función de la autoridad pública defender con leyes y penas adecuadas la vida de los inocentes, y eso tanto más cuanto menos pueden defenderse a sí mismos aquellos cuya vida peligra y es atacada, entre los cuales ocupan el primer lugar los niños encerrados aún en el seno materno. Y si los públicos magistrados no sólo no defienden a esos niños, sino que con sus leyes y ordenaciones los abandonan, y, aún más, los entregan a manos de médicos u otros para que los maten, recuerden que Dios es juez y vengador de la sangre inocente, que de la tierra clama al cielo.”[1]

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 424:

“La Iglesia respeta la legítima autonomía del orden democrático; pero no posee título alguno para expresar preferencias por una u otra solución institucional o constitucional, ni tiene tampoco la tarea de valorar los programas políticos, si no es por sus implicaciones religiosas y morales.”

Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los participantes en unas jornadas de estudio sobre Europa organizadas por el Partido Popular Europeo, 30 de marzo de 2006:

“Por lo que atañe a la Iglesia católica, lo que pretende principalmente con sus intervenciones en el ámbito público es la defensa y promoción de la dignidad de la persona; por eso, presta conscientemente una atención particular a principios que no son negociables. Entre éstos, hoy pueden destacarse los siguientes:

  • protección de la vida en todas sus etapas, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural;
  • reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia, como unión entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio, y su defensa contra los intentos de equipararla jurídicamente a formas radicalmente diferentes de unión que, en realidad, la dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su irreemplazable papel social;
  • protección del derecho de los padres a educar a sus hijos.”

Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política (año 2002):

“En tal contexto, hay que añadir que la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral.

Ya que las verdades de fe constituyen una unidad inseparable, no es lógico el aislamiento de uno solo de sus contenidos en detrimento de la totalidad de la doctrina católica.

El compromiso político a favor de un aspecto aislado de la doctrina social de la Iglesia no basta para satisfacer la responsabilidad de la búsqueda del bien común en su totalidad.”

Sobre la cuestión de cómo han de aplicarse estas normas y principios a la realidad concreta de cada país o sociedad, entendemos que son pertinentes los siguientes pasajes del Magisterio:

Pío XI, Encíclica Casti Connubii, 1930:

“No puede surgir dificultad alguna que sea capaz de derogar la obligación de los mandamientos de Dios que prohíben los actos malos por su naturaleza intrínseca.”

Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae, 1995:

“Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre, reconocible por la misma razón, y proclamada por la Iglesia.”

Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, 1993:

“52. […] La Iglesia ha enseñado siempre que nunca se deben escoger comportamientos prohibidos por los mandamientos morales, expresados de manera negativa en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Como se ha visto, Jesús mismo afirma la inderogabilidad de estas prohibiciones: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos…: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso.”[2] […]

“56. Para justificar semejantes posturas, algunos han propuesto una especie de doble estatuto de la verdad moral. Además del nivel doctrinal y abstracto, sería necesario reconocer la originalidad de una cierta consideración existencial más concreta. Ésta, teniendo en cuenta las circunstancias y la situación, podría establecer legítimamente unas excepciones a la regla general y permitir así la realización práctica, con buena conciencia, de lo que está calificado por la ley moral como intrínsecamente malo. De este modo se instaura en algunos casos una separación, o incluso una oposición, entre la doctrina del precepto válido en general y la norma de la conciencia individual, que decidiría de hecho, en última instancia, sobre el bien y el mal. Con esta base se pretende establecer la legitimidad de las llamadas soluciones pastorales contrarias a las enseñanzas del Magisterio, y justificar una hermenéutica creativa, según la cual la conciencia moral no estaría obligada en absoluto, en todos los casos, por un precepto negativo particular. Con estos planteamientos se pone en discusión la identidad misma de la conciencia moral ante la libertad del hombre y ante la ley de Dios. Sólo la clarificación hecha anteriormente sobre la relación entre libertad y ley basada en la verdad hace posible el discernimiento sobre esta interpretación creativa de la conciencia.”

De la mencionada clarificación sobre la relación entre libertad y verdad, hecha en la misma Encíclica, extractamos lo que sigue:

“90. La relación entre fe y moral resplandece con toda su intensidad en el respeto incondicionado que se debe a las exigencias ineludibles de la dignidad personal de cada hombre, exigencias tuteladas por las normas morales que prohíben sin excepción los actos intrínsecamente malos. La universalidad y la inmutabilidad de la norma moral manifiestan y, al mismo tiempo, se ponen al servicio de la absoluta dignidad personal, o sea, de la inviolabilidad del hombre, en cuyo rostro brilla el esplendor de Dios.[3]

El no poder aceptar las teorías éticas “teleológicas”, “consecuencialistas” y “proporcionalistas” que niegan la existencia de normas morales negativas relativas a comportamientos determinados y que son válidas sin excepción, halla una confirmación particularmente elocuente en el hecho del martirio cristiano, que siempre ha acompañado y acompaña la vida de la Iglesia. […]

La Iglesia propone el ejemplo de numerosos santos y santas, que han testimoniado y defendido la verdad moral hasta el martirio o han prefirido la muerte antes que cometer un solo pecado mortal. Elevándolos al honor de los altares, la Iglesia ha canonizado su testimonio y ha declarado verdadero su juicio, según el cual el amor implica obligatoriamente el respeto de sus mandamientos, incluso en las circunstancias más graves, y el rechazo de traicionarlos, aunque fuera con la intención de salvar la propia vida […]

El martirio demuestra como ilusorio y falso todo significado humano que se pretendiese atribuir, aunque fuera en condiciones excepcionales, a un acto en sí mismo moralmente malo; más aún, manifiesta abiertamente su verdadero rostro: el de una violación de la “humanidad” del hombre, antes aún en quien lo realiza que no en quien lo padece. […]

Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que —como enseña san Gregorio Magno— le capacita a “amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno” […]

Más allá de las intenciones, a veces buenas, y de las circunstancias, a menudo difíciles, las autoridades civiles y los individuos jamás están autorizados a transgredir los derechos fundamentales e inalienables de la persona humana. Por lo cual, sólo una moral que reconozca normas válidas siempre y para todos, sin ninguna excepción, puede garantizar el fundamento ético de la convivencia social, tanto nacional como internacional.”


[1] Génesis 4,10.

[2] Mateo 19,17-18.

[3] cf. Génesis 9, 5-6.