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Congregación para la Doctrina de la Fe

La teología moral ha suscitado en la vida de la Iglesia de los últimos decenios un interés que no conocía desde hacía mucho tiempo. Son muchas las causas que explican este fenómeno. La atención concedida por el Concilio Vaticano II a la persona humana y a los problemas que atormentan su corazón; la nueva percepción de la dignidad de la conciencia y del respeto que se le debe; la necesidad de renovar la teología moral según un modelo que se adecue mejor a la Alianza de Dios con su Pueblo, cuyo centro es la persona de Cristo; la consolidación de una antropología de índole más personalista; el redescubrimiento del carácter vocacional del matrimonio cristiano; los grandes desafíos planteados a la ciencia y a la cultura por las conquistas en el campo de la bio-ingeniería. Éstos son algunos de los elementos que han contribuido a concentrar la atención de los teólogos sobre la moral.

Si se consideran los resultados adquiridos en este ámbito, es indiscutible que se ha alcanzado un progreso considerable. Aun sin mencionar las respuestas inéditas —pero no por ello menos conformes a la “mente de Cristo”[1]— ofrecidas tanto a viejos como a nuevos problemas, no es posible ignorar múltiples indicios concretos de renovación. Entre éstos cabe señalar el descubrimiento, por parte de muchos fieles, de la grandeza de la vocación cristiana y de la profunda e inalterable alegría ligada al compromiso pleno y definitivo con ella; un anuncio del Evangelio que no teme proclamar con claridad las más altas exigencias de las ‘Bienaventuranzas’ como camino ordinario de la vida cristiana al servicio de la gloria del Padre y de los hermanos que el Padre atrae hacia Sí;[2] la fortaleza de numerosos cristianos para afirmar la propia identidad, cuando llega el momento de dialogar con personas que no comparten sus convicciones, fortaleza que no rehuye, si es necesario, el martirio, expresión sublime de la moral cristiana; el entusiasmo de las nuevas generaciones de teólogos en el aprendizaje y en el ejercicio de su ‘vocación’.

De este florecimiento y de sus frutos, Juan Pablo II ha dejado constancia en su Encíclica Veritatis splendor: “El esfuerzo de muchos teólogos, alentados por el Concilio, ya ha dado sus frutos con interesantes y útiles reflexiones sobre las verdades de la fe que hay que creer y aplicar a la vida, presentadas de manera más adecuada a la sensibilidad y a los interrogantes de los hombres de nuestro tiempo.”[3]

Hay otro aspecto que conviene considerar. En un clima de efervescencia intelectual, como el que la teología moral ha conocido en el pasado y todavía conoce, se requiere un esfuerzo especial en quien, como el teólogo moralista, se ve implicado en primera persona: el esfuerzo para no perder el sentido del equilibrio y de la mesura inherente a su vocación. Ésta última comporta, en efecto, la referencia a dos polos inseparables: el respeto a la verdad íntegra debido al Pueblo de Dios, y una fuerte unión con el Magisterio de la Iglesia, depositario del deber de mantener, mediante el Espíritu del Resucitado,[4] al Pueblo de Dios en una fidelidad viva a la verdad, a través del tiempo y de las más variadas circunstancias.

Es oportuno detenerse sobre la apenas mencionada vocación del teólogo moralista, para precisar todavía más su contorno. La tarea del teólogo moralista es indispensable para la realidad viva de la Iglesia. A él le corresponde escrutar todo lo que podría hacer la vida según “la verdad con caridad”[5] más limpia, más trasparente y más accesible a los creyentes. Con él comienza el discernimiento entre los verdaderos y los falsos problemas. Él explora “la Palabra de Dios contenida en la Escritura inspirada y transmitida por la Tradición viva de la Iglesia”[6] con objeto de extraer la luz necesaria para resolver las dificultades que se presentan.

Estas líneas generales se podrían completar con las consideraciones más específicas que la Encíclica Veritatis splendor propone al respecto.[7] Sin necesidad de descender a más detalles, es útil recordar que el trabajo de inteligencia de la fe y de las costumbres confiado al teólogo moralista no es un bloque monolítico, cerrado en sí mismo. Es esencialmente un servicio que se propone favorecer tanto el crecimiento del Pueblo de Dios en el bien, cuanto la colaboración con el Magisterio en el ejercicio de su misión de instancia última de la verdad en la Iglesia.

Con respecto a las relaciones entre el teólogo y el Magisterio, se puede constatar la existencia de algunas tensiones. Éstas no deben ser siempre interpretadas necesariamente como expresión de posiciones inconciliables o de latentes rupturas, sino como resultado de modos diferentes de acercarse a una misma verdad, siempre difícil de aferrar en toda su complejidad y riqueza.

Cabría recordar, en la historia reciente de la Iglesia, las tensiones que existieron entre algunos teólogos y el Magisterio en los años 50. Esas tensiones —como ha reconocido el mismo Magisterio— revelaron su fecundidad sucesivamente, hasta el punto de convertirse en estímulo para el Concilio Vaticano II. Admitir las tensiones no significa descuido o indiferencia. Se trata, más bien, de la “paciencia de la maduración,”[8] que la tierra requiere para permitir que la semilla germine y produzca nuevos frutos. Dejando de lado la metáfora, se reconoce la necesidad de dejar que las nuevas ideas se adecuen gradualmente al patrimonio doctrinal de la Iglesia, para abrirlo después a las riquezas insospechables que contenía dentro de sí. El Magisterio adopta prudentemente esta actitud y le concede particular relieve, porque sabe que de ese modo se alcanzan las comprensiones más profundas de la Verdad para el mayor bien de los fieles. Es la actitud de Juan Pablo II cuando, en la Encíclica citada, se abstiene de “imponer a los fieles ningún sistema teológico particular.”[9] Llegará la hora de la poda y del discernimiento, pero nunca antes de que surja y se abra lo que está germinando.[10]

Junto a la tensión, puede surgir por desgracia la oposición. Ésta existe cuando la búsqueda de la verdad se realiza con detrimento del patrimonio doctrinal de la Iglesia y cristaliza en tesis ambiguas o claramente erróneas. La vigilancia realizada en este caso por los Pastores pertenece a la función que el Señor les confió de mantener intacto el “depósito de la fe” para el bien de toda la Iglesia.[11]

En efecto, considerada más de cerca, la actitud de oposición es nociva para todos. Ante todo para el teólogo, el cual, negadas algunas verdades, se expone a caer en otros errores que podrían llevarlo a cerrarse a la Verdad. Además es perjudicial para el Pueblo de Dios, que ve amenazado su acceso a la plena verdad cristiana, a la que tiene un derecho inalienable. Por último, para los Pastores de la Iglesia que, sin una sana teología, se ven privados de una ayuda para cumplir todavía mejor la tarea que el Señor les ha confiado. Cuando vigila sobre el “depósito” revelado,[12] el Magisterio no desea destruir, sino enderezar para edificar. San Pablo lo decía a Timoteo[13] y Juan Pablo II lo reafirma cuando propone a la consideración de los moralistas algunas verdades que pertenecen al ‘patrimonio moral’ de la Iglesia.[14]

El resultado positivo de la vigilancia de los Pastores de la Iglesia se extiende a la comunidad teológica de la que forma parte el P. Marciano Vidal. Lo que se dice ahora constituye, para los demás miembros de esa comunidad, la ocasión de examinar sus contribuciones a la luz de lo que el Magisterio reconoce, en este caso particular, como perteneciente o no al “depósito” confiado a la Iglesia. A este respecto, la presente Notificación contiene preciosas indicaciones, algunas de las cuales son de gran importancia.

La primera de ellas es sin duda el lugar central que ocupa la persona de Cristo en la teología moral católica. Aun reconociendo el valor de la recta ratio para conocer al hombre, Cristo es sin embargo el punto de referencia indispensable y definitivo para adquirir un conocimiento íntegro de la persona humana, que será después el fundamento de un obrar moral integral, en el que no hay dicotomía alguna entre lo que depende del humanum y lo que procede de la fe.

Tras las huellas del Concilio Vaticano II, la Encíclica Veritatis splendor ha sido explícita sobre este punto. A Cristo se acerca el “joven rico” para recibir una enseñanza acerca de sí mismo y de lo que debe hacer para adecuarse a su propia identidad y encontrar el verdadero bien, es decir, el que consiste en realizarse según el designio de Dios.[15]

Una segunda indicación importante, derivada directamente de la anterior, es la dignidad intangible de la sexualidad humana. En un contexto marcado por la exasperada sexualidad prevalente en nuestro mundo, el contorno de su auténtico significado puede fácilmente difuminarse. Por ello, el moralista cristiano puede sentir la tentación de resolver los viejos y nuevos problemas con respuestas que son más conformes a la sensibilidad y las expectativas del mundo que a la “mente de Cristo.”[16] Como sucede frecuentemente en las cuestiones doctrinales objeto de discusión, la solución buena es aquí la lectio difficilior. Como el Magisterio ha demostrado en diversas ocasiones y en diferentes contextos, no es posible aceptar ninguna transacción en este ámbito. La vocación cristiana, en sus diversos estados de vida, encuentra su condición de posibilidad en una sexualidad humana integral.

A la luz de estas observaciones se entiende el motivo por el que la Iglesia considera la masturbación y las relaciones sexuales de tipo homosexual como actos objetivamente graves.[17] Y en la misma óptica la Iglesia invita a los esposos cristianos a la paternidad responsable en el respeto de la “inseparable conexión”, querida por el Creador y Redentor del hombre, entre los dos significados, unitivo y procreativo, del acto conyugal.[18]

Las mismas razones se encuentran en la enseñanza del Magisterio sobre la fecundación artificial homóloga. En efecto, por una parte se trata de los actos propios de los esposos como único lugar digno de la procreación humana y, por otra, de la necesidad de evitar cualquier forma de manipulación del embrión humano.[19] Por lo que se refiere al respeto incondicional debido al embrión, no es suficiente afirmar la inmoralidad global del aborto, para después atenuar confusamente ese principio cuando se trata de aplicarlo a casos concretos particularmente complejos. Sobre este punto, la Iglesia ha reivindicado siempre una absoluta coherencia y continúa haciéndolo con creciente insistencia.[20] Ateniéndose firmemente al principio de la integridad de la sexualidad humana y al del respeto de la vida, conectado con el primero, la Iglesia no oprime al hombre. Más bien, lo valoriza; y lo hace sobre la base de la idea que Jesucristo y la Tradición apostólica han tenido del hombre, a pesar del contexto cultural de su tiempo.

Una Notificación como la que el presente texto se ha propuesto comentar es siempre un evento importante en la vida de la Iglesia. Lo es en primer lugar para la persona inmediatamente interpelada, pero también para el entero Cuerpo eclesial, del cual el teólogo en cuestión es y continúa siendo miembro. En casos semejantes se pueden usar los términos ‘destruir’, pero también ‘construir’, ‘edificar.’[21] A primera vista, el verbo ‘destruir’ puede parecer el más adecuado, pero a largo plazo y a la luz del amor invencible del Señor, el ‘construir’ prevalecerá y suscitará la inalterable alegría de haber perseverado en la verdad hasta el final.[22] En esto consiste la esperanza de la Iglesia: “nosotros sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, los que según su designio son llamados.”[23]

15 de mayo de 2001


[1] 1 Corintios 2, 16.

[2] cfr. Juan 6, 44.

[3] Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor (6 de agosto de 1993), n. 29: Acta Apostolicæ Sedis 85 (1993) 1157.

[4] cfr. Juan 16, 13.

[5] Efesios 4, 15.

[6] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum Veritatis (24 de mayo de 1990), n. 6: Acta Apostolicæ Sedis 82; 1990; 1552.

[7] Cfr. Encíclica Veritatis Splendor, nn. 111-113: Acta Apostolicæ Sedis 85;1993; 1220-1222.

[8] Esta expresión se toma de la Instr. Donum Veritatis, n. 11 (Acta Apostolicæ Sedis 82;[1990; 1555), que la utiliza para describir la actitud que debe adoptar el teólogo si desea que su audaz investigación de la verdad dentro de la fe eclesial pueda dar frutos y “edificar”.

[9] Encíclica Veritatis Splendor, n. 29: Acta Apostolicæ Sedis 85; 1993; 1157.

[10] La reciente Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Dominus Iesus (6 de agosto de 2000) describe bien este proceso, aplicándolo al importante problema del diálogo interreligioso: “En la práctica y en la profundización teórica del diálogo entre la fe cristiana y las otras tradiciones religiosas surgen cuestiones nuevas, las cuales se trata de afrontar recorriendo nuevas pistas de búsqueda, adelantando propuestas y sugiriendo comportamientos, que necesitan un cuidadoso discernimento” (n. 3: Acta Apostolicæ Sedis 92; 2000; 744).

[11] Cfr. Instr. Donum Veritatis, n. 14: Acta Apostolicæ Sedis 82;1990; 1556.

[12] Cfr. 1 Timoteo 6, 20; 2 Timoteo 1, 12.

[13] Cfr. 2 Timoteo 4, 2.

[14] Cfr. Encíclica Veritatis splendor, n. 4: Acta Apostolicæ Sedis 85;1993; 1135-1137.

[15] Cfr. Encíclica Veritatis Splendor, nn. 2. 6-7: Acta Apostolicæ Sedis 85;1993; 1134-1135; Juan Pablo II, Encíclica Redemptor Hominis (4 de marzo de 1979), n. 10: Acta Apostolicæ Sedis 71;1979) 274. || cfr. Mateo 19, 16-21.

[16] Cfr. 1 Corintios 2, 16.

[17] Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana (29 de diciembre de 1975), nn. 8-9: Acta Apostolicæ Sedis 68 ; 1976; 84-87; Carta Homosexualitatis problema (1 de octubre de 1986), nn. 3-8: Acta Apostolicæ Sedis 79 ; 1987; 544-548; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2352. 2357-2359. 2396.

[18] Cfr. Pablo VI, Encíclica Humanae Vitae (25 de julio de 1968), nn. 11-14: Acta Apostolicæ Sedis 60; 1968; 488-491; Juan Pablo II, Exhort. Apost. Familiaris Consortio (22 de noviembre de 1981), n. 32: Acta Apostolicæ Sedis 74 (1982) 118-120; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2370 y 2399.

[19] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum Vitae (22 de febrero de 1987), n. II, B, 5: Acta Apostolicæ Sedis 80 ; 1988; 92-94.

[20] Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae (25 de marzo de 1995), nn. 58-62: Acta Apostolicæ Sedis 87 ; 1995;   466-472.

[21] Cfr. 2 Corintios 10, 8; 13, 10.

[22] Cfr. 2 Juan 2.

[23] Romanos 8, 28.