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Equipo de Dirección

“Y de nuevo (Jesucristo) vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin.”[1]

Culminando el ciclo anual de las fiestas litúrgicas, el domingo pasado la Iglesia Católica celebró en todo el mundo la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, en la cual los fieles cristianos meditamos sobre nuestro encuentro definitivo con Cristo resucitado, Fin de la historia, por quien todo será transfigurado y reconducido hasta Dios Padre. La parábola del juicio final[2] nos enseña que ese encuentro será también un juicio. Al final de nuestras vidas seremos examinados en la fe, la esperanza y el amor. Entonces se pondrá de manifiesto si hemos permanecido fieles a Cristo, amando a Dios y a los hombres con el mismo amor de Cristo, que nos es regalado gratuitamente por Dios.

La Iglesia peregrina en la tierra vive en una situación paradójica: está en el mundo, pero no es del mundo. Mientras espera y ansía la unión consumada con su Rey en la gloria, ella es actualmente el Reino de Cristo en germen, misteriosamente presente en el mundo, Reino que vive y crece por el poder de Dios. Contra las ideologías inmanentistas que conciben a un mundo encerrado en sí mismo, el cristiano ha de dar un testimonio permanente de la trascendencia de su esperanza en el Reino de Cristo, Reino de vida, verdad, justicia y paz.

“Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en Tu Hijo muy amado, Rey del Universo, haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a Tu majestad y Te glorifique sin fin.”[3]

¡Viva Jesucristo, Rey del Universo!


[1] Credo de Nicea-Constantinopla.

[2] Mateo 25,31-46.

[3] Oración de la Misa de la fiesta de Cristo Rey.