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Néstor Martínez Valls

Alan Türing es el fundador de la llamada “inteligencia artificial”, entre otras cosas, por un célebre argumento, llamado la “prueba de Türing”, con el cual intentó probar que no hay diferencia esencial entre una computadora y un ser inteligente.

El argumento de Türing, “puesto en forma” por nosotros, dice así:

“Cuando no hay razón suficiente para distinguir entre la conducta de dos entes A y B, entonces esas conductas son iguales. Pero no hay razón suficiente para distinguir entre la conducta de una computadora que está programada para responder adecuadamente a cualquier pregunta que se le haga, y la conducta de un ser humano inteligente. Luego, la conducta de una computadora así y la de un ser humano inteligente son iguales.”

Prueba de la Menor: Si se coloca en una habitación cerrada a una computadora, con una única abertura por la cual entran y salen hojas de papel escritas a máquina, de modo que se le hagan llegar de ese modo preguntas y de ese modo se devuelvan las respuestas, y en ese supuesto las respuestas de la computadora son indiscernibles de las que daría una persona inteligente, entonces no hay razón suficiente para distinguir entre la conducta de esa computadora y la de una persona inteligente.

Prueba de la última consecuencia: La apariencia corporal no sería razón suficiente para distinguir las máquinas de las personas, porque se podría pensar en autómatas tan perfectos que no pudiesen ser visualmente discernidos de un ser humano real, ni tampoco mediante otro sentido externo ni por el conjunto de ellos (Descartes). Luego, sólo queda el desempeño racional, cuyo ejemplo más claro es el lenguaje, que sin embargo, como vemos aquí, tampoco sería razón suficiente.

Cuenta Chesterton que una vez leyó un libro que sostenía que el cristianismo y el budismo eran en buena medida la misma cosa, especialmente el budismo.

Aquí parece que se sostiene que el hombre y la máquina son lo mismo, especialmente la máquina. O sea, no es que la máquina tenga alma, sino que el hombre no la tiene. Pero ¿cómo se llega a esa conclusión a partir del argumento arriba citado?

Al parecer, se quiere aplicar el principio de “economía”: lo que puede explicarse en forma simple no se debe explicar en forma complicada. Siempre y cuando la explicación simple realmente explique los hechos en cuestión. Es más simple una máquina que un compuesto de alma y cuerpo. Incluso gnoseológicamente, es más simple basarse solamente en datos sensibles, que recurrir además a lo metafísico e inteligible.

Pero como veremos, es el argumento mismo el que no es concluyente.

En este argumento se confunden dos cosas:

  • Que no haya razón suficiente para distinguir entre dos objetos cualesquiera.
  • Que nosotros no encontremos o no podamos encontrar una razón para hacerlo.

Lo segundo no implica, obviamente, lo primero, a no ser que pensemos que nuestra razón es la medida de la realidad. Ese idealismo radical sería bastante incompatible con el materialismo de fondo que supone decir que no hay diferencia esencial entre el pensamiento humano y la actividad de una máquina.

Tampoco se puede decir que las razones suficientes sean algo solamente de nuestra mente, por la misma razón. Cuando decimos que encender el fósforo cerca del barril de pólvora fue razón suficiente de la explosión, no estamos hablando solamente de lo que ocurre en nuestra mente.

Es cierto, entonces, que si en la realidad de las cosas no hay razón suficiente para distinguir a A de B, entonces son idénticos. En efecto, o son idénticos o son distintos, no hay otra posibilidad. Y todo tiene razón suficiente. Luego, o hay una razón suficiente de que sean idénticos, o la hay de que sean distintos, y al no haberla de que sean distintos, la habrá entonces de que sean idénticos, y lo serán.

Pero si somos nosotros los que no encontramos o no podemos encontrar razón suficiente de que A y B sean distintos, entonces pueden pasar dos cosas:

  • Que encontremos o podamos encontrar razón suficiente de que sean idénticos.
  • Que no podamos hacerlo.

En el segundo caso, lo único que podremos hacer es permanecer en la duda acerca de si A y B son idénticos o distintos.

Ahora bien, en el caso de la “prueba de Türing”, lo que sucede es que no encontramos, y tal vez no podamos encontrar, razón suficiente para decir que lo que hay del otro lado de la pared es una máquina y no un ser humano.

Pero no encontramos tampoco, ni podemos encontrar, con esos solos datos, razón suficiente para decir que sí es un ser humano inteligente.

Porque desde el momento en que partimos de la base de que es posible hacer una máquina así, eso mismo hace que una “performance” de ese tipo no pueda ser razón suficiente para decir que estamos ante un ser humano inteligente.

Es como si nos dijeran: “Inventé una máquina que simula perfectamente la conversación de un ser humano”, y luego nos hicieran escuchar la grabación de lo que parece ser una voz humana, y nos pidieran que afirmásemos que se trata de un ser humano.

No se ha podido demostrar entonces, con este argumento, que no haya diferencia esencial entre una computadora y una mente humana.