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Daniel Iglesias Grèzes

De las riberas del Ganges a las orillas del Jordán

Este libro[1] analiza con sentido crítico, desde el punto de vista de la fe cristiana, la ola de técnicas orientales de meditación que ha inundado el Occidente. Muchos ambientes cristianos no han escapado a la admiración general suscitada por esas técnicas. Se empieza a considerarlas como normales; parece que ya no suscitan interrogantes, ni la sombra de una duda.

Esta obra se limita a considerar tres técnicas orientales de meditación: el yoga, el zen y la meditación trascendental. Procurando evitar tanto el sectarismo como el sincretismo,[2] no condena las técnicas citadas en sí misma, sino que plantea el problema de su uso por parte de cristianos: no se trata en verdad de meras técnicas universales o neutrales; ellas hunden sus raíces profundamente en filosofías panteístas, en el contexto de las grandes religiones orientales (hinduismo y budismo).

En el sermón de Benarés, Buda hace constar que todo es doloroso, porque nada es permanente. Por lo tanto, la vida en sí misma es un sufrimiento. El solo hecho de existir es causa de dolor. Por eso el sufrimiento afecta a todos los seres que se manifiestan; pero en realidad toda manifestación es una ilusión: el universo entero es sólo una apariencia engañosa, puesto que no es más que una emanación del Ser único. Para el que se concentra en el único Existente, el mundo se disuelve y deja de existir.

Las técnicas orientales de meditación, basadas completamente en concepciones filosóficas como la descrita, buscan liberar al hombre del dolor por medio de su identificación total con el Absoluto, rompiendo así el círculo de las reencarnaciones. Dichas técnicas procuran destruir la personalidad para disolver al hombre en el todo (el Atman del hinduismo) o en la nada (el Nirvana del budismo).

Las concepciones clásicas de la India acerca de Dios, el hombre y la salvación son incompatibles con la fe cristiana:

  • Dios no es un ser personal (Creador y Padre) distinto de mí, sino el ser de mi ser, el Ser único, un Absoluto indiferenciado.
  • El hombre es de la misma naturaleza que Dios, puesto que él mismo es Dios.
  • La salvación no se alcanza por medio del amor a Dios y al prójimo sino por el simple conocimiento de que uno mismo es Dios. La condición humana y la misma personalidad deben ser rechazadas y sacrificadas, para alcanzar la liberación total del ser en la muerte.

El libro está compuesto por varios artículos de contenidos y estilos muy diversos: cinco testimonios personales, aportes teológicos (de Olivier Clement, Louis Bouyer y Hans Urs von Balthasar) y espirituales (Daniel-Ange[3] y Albert-Marie de Monleon OP), un aporte filosófico (de Etienne Dahler) y un aporte médico y psicoterapéutico (del Dr. Philippe Madre).

En síntesis, esta obra llama la atención de los cristianos sobre los graves peligros del yoga, el zen y la meditación trascendental, y los invita a poner toda su confianza en Jesucristo, el único Salvador, que ha venido a traernos Vida en abundancia.

Termino esta breve reseña citando, a modo de muestra, una parte del aporte de Daniel-Ange.

La cara y las manos

La cara y las manos son los únicos miembros donde se transparenta el alma, se adivina el corazón: traicionan a la persona.

Los demás miembros no revelan nada, proceden de la especie. En una tarjeta de identidad, no se fotografiará ni una rodilla, ni un brazo: son anónimos. Sólo las huellas digitales y la cara son únicos en el mundo, puede ser que hasta únicos en la historia. En todo caso son irreductibles al otro. Son los únicos miembros que no ocultan los vestidos. Si la vergüenza es inseparable de la desnudez, es porque se tiene miedo de no ser mirado ya a la cara, signo de la persona, sino al sexo, signo de la especie.[4] Miedo de ser rebajado al rango de objeto, y por último alienado. La frase patética “vieron que estaban desnudos” quiere decir: no se miraron ya el uno al otro.

Manos y caras son privilegiados por el cristianismo, descuidados por el hinduismo.

Las manos: Los gestos litúrgicos están centrados sobre las actitudes de brazos y manos;[5] las posturas del hatha-yoga, sobre las piernas, la pelvis y la columna vertebral. Buda tiene sus manos delante del pene. Cristo en la cruz abre totalmente sus manos.

La cara: se capta aquí vitalmente la diferencia radical entre la concepción cristiana del hombre y la de las religiones orientales. Es suficiente comparar la cara etérea de Buda y la del Sudario de Turín –compromiso hasta llegar a la desfiguración. Por una parte, fallos camuflados: una máscara conseguida. Por la otra, heridas aceptadas y ofrecidas: un rostro adorable. Una impasibilidad obtenida, una vulnerabilidad acogida. Un silencio replegado sobre sí mismo, un recogimiento abierto al otro. Un “adentro” hermético, una interioridad accesible por sus mismas heridas. Una ausencia, una Presencia: dos mundos.[6]


[1] De las riberas del Ganges a las orillas del Jordán, autores varios. Editorial Desclée De Brouwer, Bilbao 1990.

[2] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Lumen Gentium, n. 16; Declaración Nostra Aetate, n. 2

[3] Daniel-Ange, El cuerpo y la persona, en: AA. VV., De las riberas del Ganges a las orillas del Jordán, Editorial Desclée De Brouwer, Bilbao 1990, pp. 59-60

[4] Daniel Ange: Me inspiro aquí en la notable conferencia de Olivier Clement al Congreso de la juventud ortodoxa, Avignon, noviembre 1980. “Mi cuerpo es eso que yo descubro bajo la mirada del otro. El pudor es lo que permite ser mirado a la cara y no al sexo, es decir, muy simplemente, ser mirado” (La révolte de l’Esprit, pág. 377).

[5] Por ejemplo, la importancia de la imposición de manos. “Como las actitudes del cuerpo son innumerables, aquella en la que extendemos las manos y elevamos los ojos al cielo, debe ser preferida seguramente a todas las otras, para expresar con el cuerpo la imagen de las disposiciones del alma durante la oración” (Orígenes, La Oración, 31).

[6] “En las esculturas de la India, los cuerpos están unidos, pero las caras separadas, absortas en una meditación solitaria” (Olivier Clement).

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