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Daniel Iglesias Grèzes

Introducción

La Iglesia Católica reconoce la legítima autonomía de la ciencia y reclama para sí misma un ámbito de competencia referido a los asuntos relacionados con la fe y la moral. Al escribir sobre teología católica, se debe aplicar ese mismo criterio básico. En este artículo lo aplicaré al tema del vegetarianismo.

Las personas que practican una dieta vegetariana procuran justificar esa práctica con base en distintos tipos de argumentos: de orden médico, de orden económico, de orden moral, etc. Aquí analizaré solamente los argumentos de orden moral, sin pronunciarme sobre las demás clases de argumentos. Es decir, no trataré la cuestión de si una dieta vegetariana es o no más saludable o más económica que una dieta que incluye carne animal (cuestión que debe dilucidar la ciencia, médica o económica), sino la cuestión de si comer carne animal es o no es moralmente ilícito por violar un supuesto derecho a la vida de los animales (tesis principal del vegetarianismo motivado moralmente).

La cuestión planteada puede ser considerada desde dos puntos de vista: el de la filosofía moral (basada únicamente en la razón) y el de la teología moral (basada en la razón y en la fe en la Divina Revelación). Consideraré en primer término la vía filosófica, porque es pertinente para dialogar con cualquier interlocutor vegetariano, sea cual sea su postura frente a la religión.

La filosofía moral está basada en la antropología filosófica. Es decir, antes de discutir si determinados actos humanos son moralmente buenos o malos, deberíamos ponernos de acuerdo (en sustancia, al menos) acerca de qué es el ser humano. Dado que no es fácil demostrar cuál es la antropología correcta por medio de un artículo breve como éste, adoptaré otro enfoque: presentar los problemas antropológicos fundamentales y las principales respuestas que los hombres les han dado y analizar si la fundamentación moral del vegetarianismo tiene sentido en el contexto de esas respuestas.

Los problemas fundamentales de la antropología filosófica se pueden plantear de la siguiente manera:

  1. ¿Existe una diferencia esencial entre el hombre y los demás animales?
  2. ¿Cuál es la relación entre el cuerpo humano y aquello que hace al hombre diferente de los demás animales?
  3. ¿Cuál es el sentido último de la vida humana?

Estos problemas antropológicos fundamentales admiten muchas respuestas posibles. Sin embargo, considerando la historia de la filosofía y la situación actual de la cultura, podemos decir que las principales respuestas se ordenan en torno a tres grandes sistemas filosóficos: el materialismo, el idealismo y el realismo.

La vía filosófica en el sistema materialista

El materialismo es una forma de monismo: sostiene que la única sustancia es la materia y niega la existencia del espíritu. El materialismo implica necesariamente el ateísmo, ya que Dios no es un ser material.

El materialista da las siguientes respuestas a las tres grandes cuestiones antropológicas antes expuestas:

  1. Entre el hombre y los demás animales no existe ninguna diferencia esencial, sino sólo una diferencia de grado. El hombre es sólo un animal más, algo más evolucionado o inteligente que los demás animales.
  2. El hombre no tiene un alma espiritual. El ser humano, en definitiva, se identifica con el cuerpo humano, el cual, en última instancia, no es más que un conjunto de átomos o de partículas subatómicas.[1]
  3. Ni la vida humana ni el universo en su conjunto tienen un sentido último objetivo. En el principio de todo cuanto existe no está el Logos,[2] sino lo irracional: el caos, el azar, etc.

La moral es la ciencia que considera a los actos humanos conscientes y libres desde el punto de vista de su moralidad, o sea de su conformidad o no conformidad con el fin último del hombre. Es claro que la moral, así entendida, no puede existir para el materialista. Esto es así por las siguientes razones principales:

  1. Si el ser humano no es, en última instancia, más que un manojo de átomos, cuyo movimiento está determinado por las leyes naturales, entonces no puede haber actos humanos realmente libres; y si no hay libertad, tampoco hay responsabilidad moral. Las cosas no tienen deberes.
  2. Si no existen deberes, tampoco existen derechos (ni humanos ni animales), en un sentido absoluto. Las cosas no tienen derechos. Al no existir un fin último del hombre, no existe tampoco un sentido último de los actos humanos; al no existir un Ser Absoluto, no existen el bien y el mal en un sentido absoluto, y la moral se reduce a un conjunto de convencionalismos basado en ideas, deseos o intereses subjetivos o utilitarios, totalmente relativos y modificables (algo así como los códigos de etiqueta o las leyes del tránsito).

En una visión superficial, podría parecer que el materialismo es una filosofía favorable al vegetarianismo motivado por razones éticas. Si el hombre es, en definitiva, un mero animal, un sentimiento de fraternidad o solidaridad con todos los animales podría impulsarlo a respetar la vida de esos parientes suyos, próximos o lejanos. No obstante, este razonamiento es bastante fallido. Si el hombre no es más que un animal, no se ve por qué no habría de comportarse como cualquier otro animal; y ningún animal carnívoro tiene problemas de conciencia mientras caza, mata y devora a sus presas, ni se ve dominado por un sentimiento de fraternidad que abarque a todas las especies animales.[3]

Además, tampoco los animales serían más que manojos de átomos, y los átomos no tienen derechos. Por lo tanto, la fundamentación moral del vegetarianismo no puede prosperar realmente en el ámbito del materialismo. El materialista no cree que existan actos intrínsecamente malos. Por lo tanto, para él matar animales para comerlos no puede ser intrínsecamente malo. Además, el materialista suele ser también evolucionista: por lo tanto, tiende a pensar que la evolución biológica nos ha hecho carnívoros y que sería absurdo renunciar por razones morales a uno de nuestros alimentos principales. En todo caso, según el darwinismo social, la disputa entre vegetarianos y no vegetarianos no se resolverá en función de la verdad o falsedad de sus respectivos argumentos, sino en función de la mayor o menor utilidad de sus respectivas dietas y conductas con respecto a la supervivencia de la especie humana.

La vía filosófica en el sistema idealista

Consideremos ahora el sistema filosófico idealista. El idealismo es otra forma de monismo, la que niega la existencia de la materia y sostiene que sólo existe el espíritu. Normalmente el idealismo conduce al panteísmo, o sea a la simple identificación entre Dios y el mundo. Según el idealista, en definitiva sólo existe Dios. El mundo, emanación de Dios, con toda su enorme multiplicidad de seres individuales, no es más que una apariencia o ilusión, una especie de pesadilla o alucinación de un Dios alienado, que debe ser superada mediante un regreso a la perfecta unidad (o, mejor dicho, conciencia de unidad), en la cual toda individualidad se disuelve en el Uno.

La antropología idealista, aunque nos pueda parecer muy extraña, es coherente con lo dicho hasta aquí. A las cuestiones antropológicas fundamentales planteadas más arriba, el idealismo panteísta da las siguientes respuestas:

a.Tanto los seres humanos como los animales, en cuanto individuos separados, son meras apariencias, sin existencia real. El alma no diferencia al hombre de los animales, ya que en definitiva no existen las cosas, sino sólo las ideas (que son, además, engañosas).

  1. El hombre es sólo su alma espiritual, que está cautiva en un cuerpo material que es sólo una ilusión. Incluso la individualidad del alma humana, con sus sucesivas reencarnaciones, es también una ilusión, de la que debemos liberarnos.
  2. La existencia misma del hombre es un mal y un absurdo y su sentido (si se puede decir así) es dejar de ser, para volver al Uno. La salvación se alcanza mediante una iluminación: el conocimiento (gnosis) de que uno mismo es Dios (el Uno y el Todo) y Dios es uno mismo.

Esta clase de idealismo ha florecido sobre todo en religiones originadas en la India (el hinduismo y el budismo). En ese ámbito cultural tiene cierta difusión el vegetarianismo. Dado que todo (también los animales) es Dios y que el alma humana puede reencarnarse no sólo en otros cuerpos humanos, sino también en cuerpos de animales, algunos fieles de esas religiones procuran respetar toda forma de vida y abstenerse de comer carne animal. Sin embargo, esta práctica no puede encontrar un fundamento válido de tipo moral en la cosmovisión panteísta, por las siguientes razones principales:

  1. Para el idealista, en definitiva, ni el ser humano ni sus actos tienen realidad o consistencia propia, por lo cual el objeto de la moral no existe. Las ideas no tienen deberes.
  2. Los individuos separados no existen, por lo cual no pueden existir los derechos individuales (ni humanos ni animales). Las ideas no tienen derechos.
  3. La obligación moral supone la existencia de otro u Otro ante el cual uno está o se siente obligado a actuar de determinada manera. Si sólo existe Dios, no puede existir la obligación moral. Dios no puede ofenderse a Sí mismo.

En el idealismo panteísta, la moral tiende a transformarse en un utilitarismo radical: es bueno lo que me ayuda a alcanzar la “iluminación” (o conciencia de mi divinidad); es malo lo que me aleja de ella. Muchos hinduistas y budistas buscan la salvación a través de técnicas de meditación como el yoga, el zen o la meditación trascendental, que actúan sobre el sistema nervioso produciendo estados alterados de conciencia, los que son interpretados como etapas más o menos avanzadas en el camino a la conciencia cósmica o divina. Así el problema moral se transforma en un problema técnico. Quizás la dieta vegetariana pueda contribuir a producir (al menos en algunas personas) esos estados alterados de conciencia, pero esto no constituye de por sí una cuestión moral. Compete a la ciencia, biológica y psicológica, dirimir esta cuestión.

La vía filosófica en el sistema realista

Consideremos ahora la filosofía realista. El realismo filosófico acepta la existencia de una realidad objetiva, independiente del observador humano. El ser humano puede conocer la verdad de lo real (aunque no exhaustivamente), a través de su inteligencia, ya que el ser mismo es inteligible. El realismo conduce al monoteísmo.[4] Todos los seres finitos y contingentes han sido creados por Dios, el Ser infinito y necesario.

Las respuestas del realismo a los tres problemas antropológicos fundamentales son las siguientes:

  1. El ser humano es esencialmente diferente de todos los demás animales y superior a ellos: es un animal racional (espiritual, personal), mientras que todos los otros animales son irracionales.
  2. El hombre es una unidad sustancial de cuerpo material y alma espiritual. No es sólo materia (como sostiene el materialismo) ni sólo espíritu (como sostiene el idealismo). Por su cuerpo material, el hombre se asemeja a los demás animales; por su alma espiritual, inteligente y libre, el hombre se asemeja a Dios.
  3. El hombre ha sido creado por un acto libérrimo de Dios, quien quiere compartir su gloria y felicidad con otros seres espirituales. El fin último de la vida humana es la unión con Dios y con el prójimo en el amor, unión que comienza en esta vida y alcanza su plenitud en la vida eterna, más allá de la muerte.

En la perspectiva realista, la ley moral es natural, es decir, es la ley inscrita en la misma naturaleza humana (en su conciencia moral bien formada), que no impone al hombre restricciones extrínsecas, sino que lo orienta en el sentido de su auténtico desarrollo integral en cuanto persona humana.

El precepto moral básico del vegetarianismo tampoco tiene un fundamento válido en la perspectiva realista, porque, dentro del universo material, sólo el ser humano es persona, y por ende sólo él tiene verdaderos derechos y obligaciones. En efecto, derecho y deber son las dos caras de una misma moneda. Mi derecho es el deber que las demás personas tienen respecto de mí. Tenemos derechos porque tenemos deberes. Los animales no pueden tener verdaderos derechos, porque no pueden tener deberes morales, al carecer de conciencia moral. Los deberes morales del ser humano referidos a los animales (por ejemplo, el deber de evitar dañarlos de un modo cruel e innecesario), no se basan en inexistentes derechos de los animales, sino en la misma dignidad humana, que sufre y se degrada cuando el hombre se muestra innecesariamente cruel con los animales.

En resumen, el argumento moral a favor del vegetarianismo no funciona dentro de ninguno de los grandes sistemas filosóficos conocidos.

La vía teológica

Por último, consideremos la vía teológica, que es pertinente para dialogar con vegetarianos cristianos. El cristiano acepta que la Biblia es Palabra de Dios, un libro inspirado por Dios que transmite por escrito y sin error las verdades de orden religioso y moral que Dios quiso revelar a nosotros los hombres para nuestra salvación.

Es indudable que la Biblia (tanto en el Antiguo Testamento, como en el Nuevo Testamento) es incompatible con un vegetarianismo motivado moralmente:[5]

  1. “Y dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra.” Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó. Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: “Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra.”

Según la revelación bíblica, el ser humano (y sólo él) es el rey o la cumbre del mundo visible. El hombre no ejerce su poder sobre los demás seres de este mundo de un modo independiente respecto de Dios. Como buen lugarteniente o servidor de Dios, el dominio del hombre sobre el resto de las cosas visibles no es un dominio despótico, arbitrario o egoísta, sino un cuidado laborioso y amoroso.[6]

  1. “Dios bendijo a Noé y a sus hijos, y les dijo: “Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra. Infundiréis temor y miedo a todos los animales de la tierra, y a todas las aves del cielo, y a todo lo que repta por el suelo, y a todos los peces del mar; quedan a vuestra disposición. Todo lo que se mueve y tiene vida os servirá de alimento: todo os lo doy, lo mismo que os di la hierba verde. Sólo dejaréis de comer la carne con su alma, es decir, con su sangre, y yo os prometo reclamar vuestra propia sangre: la reclamaré a todo animal y al hombre: a todos y a cada uno reclamaré el alma humana. Quien vertiere sangre de hombre, por otro hombre será su sangre vertida, porque a imagen de Dios hizo El al hombre. Vosotros, pues, sed fecundos y multiplicaos; pululad en la tierra y dominad en ella.”[7]

Salvando del diluvio a Noé y a su familia, Dios da a la humanidad una segunda oportunidad. En este punto Dios permite a los seres humanos comer a los animales, ensanchando los límites de la dieta permitida a Adán y Eva en el Paraíso terrenal, dieta que era vegetariana. Conviene tener en cuenta que el estado de integridad de nuestros primeros padres puede haber durado muy poco tiempo, sin dejar rastros para un estudio científico de la prehistoria. De hecho sabemos que antes de la invención de la agricultura (hace quizás unos 10.000 años), todos los hombres prehistóricos vivieron principalmente de la caza y de la pesca,[8] por lo cual el detalle de la dieta vegetariana de Génesis 1 podría ser un elemento simbólico para representar la armonía que reinaba en el Edén.

  1. El Antiguo Testamento condenó los sacrificios humanos,[9] pero permitió los sacrificios de animales, que los israelitas practicaban regularmente en el Templo de Jerusalén.[10] Las críticas de los profetas del Antiguo Testamento (continuadas por Jesús) referidas a esos sacrificios no se basaron en absoluto en la falsa idea de que ellos violaran un supuesto derecho a la vida de los animales, sino que eran fuertes reproches a la hipocresía religiosa y a un culto meramente exterior, legalista y ritualista.[11]
  2. Jesús enseñó a sus discípulos que el ser humano es superior a los animales[12] y sacrificó una gran piara de cerdos para salvar a un solo hombre endemoniado.[13] Muchos de los doce Apóstoles que Él eligió eran pescadores y Él solía acompañarlos cuando iban de pesca. Dos de los mayores milagros de Jesús implican la obvia aceptación de una dieta no vegetariana: la multiplicación de los panes y los peces y la pesca milagrosa.
  3. Por último, es evidente que el mismo Jesús, el Hijo de Dios hecho carne, perfecto Dios y perfecto hombre, comía carne animal: por ejemplo, comió con sus discípulos el cordero de Pascua;[14] incluso después de su resurrección comió un pez asado delante de los Once;[15] y el mismo Jesucristo resucitado preparó para sus discípulos pez asado sobre unas brasas y les mandó comerlo.[16]

Para el cristiano, es inconcebible que Jesucristo haya cometido ningún pecado, ni grave ni leve. La vida moral es vivir en Cristo, seguir a Cristo, imitar a Cristo. Si Cristo no tuvo problemas de conciencia para comer carne animal, ningún cristiano debe tener esa clase de falsos escrúpulos morales. Eso no quita que se pueda practicar el vegetarianismo por otras razones (por ejemplo, médicas o económicas).


[1] Por lo cual en última instancia tampoco hay diferencia esencial entre los seres humanos y los vegetales o los seres inanimados. En definitiva, sólo somos cosas.

[2] Cf. Juan 1,1.

[3] Aunque la fundamentación ética del vegetarianismo es incorrecta, la existencia misma de un vegetarianismo motivado moralmente es un ejemplo muy llamativo del fenómeno de la conciencia moral del ser humano, que plantea una formidable objeción contra la antropología materialista.

[4] Y, recíprocamente, el monoteísmo implica el realismo filosófico. En particular, la Revelación cristiana exige determinadas posturas filosóficas, entre las cuales se destaca el realismo aquí expuesto. Ella supone, entre otras verdades fundamentales, que los seres humanos no son cosas ni ideas, sino personas.

[5] Además, no sería difícil demostrar que la noción de una obligación moral absoluta de no comer carne animal es completamente ajena a toda la Tradición de la Iglesia. El cuarto precepto de la Iglesia, que manda abstenerse de comer carne (Exodo cluyendo la carne de pescado) en determinados días, tiene una motivación totalmente distinta: se trata de un acto de sacrificio del cristiano por amor a Dios, no de un acto de amor a las vacas, cerdos, gallinas, etc.

[6] Génesis 1,26-28. || Cf. Génesis 2,15.

[7] Génesis 9,1-7.

[8] Sería muy extraño que fuera moralmente obligatorio algo (como abstenerse de comer carne animal) que resultó imposible para miles de generaciones de nuestros antepasados.

[9] Aunque la intención principal del relato de Génesis 22 sobre el sacrificio de Isaac es otra, también se puede deducir de este episodio el rechazo absoluto de Dios a los sacrificios humanos. Por otra parte, el profundo aborrecimiento de los antiguos israelitas a la cultura de los cananeos y fenicios se debía en gran parte a que las religiones de esos pueblos vecinos exigían la práctica de sacrificios humanos al dios Moloc.

[10] Incluso San José y la Santísima Virgen María ofrecieron en sacrificio un par de tórtolas o pichones, conforme a la Torah, durante la presentación del niño Jesús en el Templo (cf. Lucas 2,22-24).

[11] Cf. 1 Samuel 15,22; Isaías 1,10-17; Oseas 6,6; Amós 5,21-25; Mateo 9,13; 12,7.

[12] Cf. Lucas 12,24.

[13] Cf. Mateo 8,28-34.

[14] Cf. Marcos 14,12-16.

[15] Cf. Lucas 24,42-43.

[16] Cf. Juan 21,9-13.

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