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S. S. Pablo VI

[…] Se ha hablado mucho en estos últimos años de los mencionados “trofeos”: es indudable que por trofeos se entiende las tumbas de los dos Apóstoles mártires [San Pedro y San Pablo], los cuales ya antes del testimonio de Gayo, y por tanto ya en el siglo II, eran objeto de veneración. Últimamente la atención de los estudiosos se ha fijado en el trofeo erigido sobre la tumba de San Pedro, llamado el trofeo de Gayo. Debemos este apasionado interés a las excavaciones que el Papa Pío XII, nuestro venerado predecesor, ordenó que se realizasen bajo este altar central, llamado “de la Confesión”, de la Basílica de San Pedro, para identificar mejor la tumba del Apóstol, sobre la cual, y en su honor, se construyó esta Basílica. Las excavaciones, dificilísimas y delicadísimas, fueron llevadas a cabo entre los años 40 y 50, con los resultados arqueológicos de suma importancia que todos conocen, por mérito de los insignes estudiosos y trabajadores que dedicaron a la ardua tarea esfuerzos dignos de aplauso y de reconocimiento. Así se expresaba el Papa Pío XII en su Radiomensaje navideño del 23 de diciembre de 1950: “La cuestión esencial es la siguiente: ¿Se ha encontrado verdaderamente la tumba de San Pedro? A tal pregunta la conclusión final de los trabajos y de los estudios responde con un clarísimo “sí”. La tumba del Príncipe de los Apóstoles ha sido encontrada. Una segunda cuestión, subordinada a la primera, se refiere a las reliquias del Santo. ¿Han sido recobradas?”[1] La respuesta dada entonces por el venerado Pontífice era suspensiva y dubitativa.

Nuevas indagaciones llenas de paciencia y agudeza fueron llevadas a cabo a continuación con el resultado que Nos, confortados por el juicio de personas competentes, valiosas y prudentes, creemos positivo: también las reliquias de san Pedro han sido identificadas de un modo que podemos considerar convincente, y alabamos por ello a quienes han realizado este atentísimo estudio y este largo y gran esfuerzo. No se han agotado con esto las investigaciones, las verificaciones, las discusiones y las polémicas. Pero por nuestra parte nos parece justo, en el estado presente de las conclusiones arqueológicas y científicas, dar a vosotros y a la Iglesia este feliz anuncio, obligados como estamos a honrar las sagradas reliquias, sustentadas por una seria prueba de su autenticidad, las cuales fueron en un tiempo miembros vivos de Cristo, templo del Espíritu Santo, destinadas a la gloriosa resurrección;[2] y, en el caso presente, tanto más solícitos y exultantes debemos ser Nos, cuando tenemos razones para considerar que han sido reencontrados los pocos pero sacrosantos restos mortales del Príncipe de los Apóstoles, de Simón, hijo de Jonás, del Pescador llamado Pedro por Cristo, de aquel que fue elegido por el Señor como fundamento de su Iglesia, y a quien el Señor confió las supremas llaves de su reino, con la misión de apacentar y de reunir a su grey, la humanidad redimida, hasta su retorno final y glorioso. […][3]


[1] Discorsi e Radiomessagi, XII, 380.

[2] Cf. Denzinger Schönmetzer, 1822.

[3] S. S. Pablo VI, Audiencia General, Miércoles 26 de junio de 1968. Traducción por Daniel Iglesias Grèzes.