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S. S. Pablo VI

Es imposible hoy, vigilia de la fiesta de San Pedro, no dirigir nuestro devoto y apasionado pensamiento al Apóstol: a su memoria y a su gloria está dedicada la monumental basílica en cuya sombra nos encontramos.

La grandiosidad de un monumento tal, la convergencia hacia la tumba de San Pedro de los edificios vaticanos, de la residencia ya habitual del Papa y de las oficinas centrales de la Santa Sede; las riquezas del arte y de los recuerdos que hacen célebres y sagrados estos edificios; y las reliquias del mismo San Pedro ya reconocidas y reivindicadas para la historia envuelven este lugar con una atmósfera de interés, de religiosidad y de sacralidad que obligan a la atención apresurada y superficial del visitante curioso, y tanto más del peregrino consciente y devoto, a detenerse al menos un instante a contemplar lo mejor posible el misterioso secreto de este punto que irradia no sólo sobre la topografía de la Ciudad Eterna, sino sobre el mundo histórico y civil, y especialmente sobre el mundo marcado por el carisma cristiano, una fascinación incomparable.

Tratemos de señalar algunos motivos de este atractivo.

El primero es el histórico, a cuya acción nadie podrá ya sustraerse si finalmente, cual huésped inteligente, se rinde a las pruebas de los estudios más escrupulosos y más recientes, y a las conclusiones del examen de los hallazgos arqueológicos relativos a la tumba del Apóstol Pedro. Sí, la prueba histórica no sólo de la tumba, sino además de los veneradísimos restos mortales, ha sido lograda. Pedro está aquí, donde el análisis documental y arqueológico, así como los indicios y la lógica, nos lo han indicado.

Tenemos así el consuelo de tener un contacto directo con la fuente de la tradición apostólica romana más autorizada, la que nos confirma la presencia física de la Cabeza del Colegio de los primeros discípulos de Jesucristo en Roma, y del trasplante de la Iglesia naciente de Jerusalén y de Antioquía a la ciudad principal del Imperio Romano, casi como para heredar de ella y sustituir la idea de la unidad civil y política con la idea propia de la religión cristiana, universal y perenne, capital espiritual del mundo.[1]

Aquí el contacto, podríamos decir, se hace físico y compromete nuestra atención en un interés del todo particular, el que se reserva a los lugares y a las cosas determinantes de sucesos de general y suma importancia.

La historia se hace actual y fácilmente se enlaza con la red de hechos y de lugares relacionados con este foco central que refleja su importancia en ellos.

Estamos no sólo sobre una tumba de excepcional importancia, sino, como decían los antiguos, un trofeo, un monumento que recuerda el pasado y que reta al porvenir, y que desde el ciclo de la experiencia sensible estimula al espíritu a la esfera del mundo sobrenatural.

Hijos y hermanos, dejemos que nuestra religiosa piedad tenga, si Dios lo concede, alguna experiencia espiritual de ese reino de los cielos del que Cristo dio las místicas llaves al Apóstol, cuyas reliquias humanas tenemos la fortuna de venerar en el bendito mausoleo que la fe de los siglos ha erigido para su gloria y para nuestra religiosa devoción.

Y con humildad orante y exaltante, aquí, sobre su tumba, sobre sus reliquias supervivientes, pidamos al Padre Celeste permanecer sólidamente fundados en la fe de Pedro, que es la piedra de nuestra fe.

Con nuestra bendición apostólica.

[…]

Saludo en español

Amadísimos hijos e hijas: en esta vigilia de la fiesta de San Pedro, nuestro pensamiento va al Príncipe de los Apóstoles, cuya memoria recuerda la basílica que tenemos cerca. La fiesta, la basílica, la residencia del Papa, la riqueza artística, convergen hacia el punto central: la tumba de Pedro. Ello imprime a ese lugar sagrado un aire misterioso que se irradia por doquier y que conmueve al peregrino y al visitante. La razón más fuerte de tal atractivo es tener la prueba histórica de que allí se halla la tumba de Pedro. Sí, los estudios más escrupulosos, llevados a cabo con rigor científico, han dado la seguridad no sólo respecto de la tumba, sino también de la presencia de los venerados restos mortales del Apóstol Pedro. La antigua tradición viene así a confirmarse, revelando la presencia física de la Cabeza del Colegio Apostólico en Roma, donde la Iglesia fue trasplantada desde Jerusalén y Antioquía. Estamos ante una tumba de excepcional importancia; que nos llama hacia una meta sobrenatural. Pidamos, por ello, al Apóstol que nos confirme en su fe, que es la nuestra. Con nuestra bendición apostólica.[2]


[1] Cf. Dante, Inferno 2, 22-24

[2] Papa Pablo VI, Audiencia General, Miércoles 28 de junio de 1978.