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Néstor Martínez Valls

Hemos leído con interés el libro de Carl G. Hempel, Filosofía de la Ciencia Natural,[1] muy recomendable, por su exposición clara, rigurosa e informada, para quien quiera tener una comprensión básica de la naturaleza de las modernas ciencias naturales, al menos, tal como se las entiende desde una filosofía neopositivista. Sin embargo, como siempre, los presupuestos o prejuicios filosóficos hacen de las suyas, lo que lleva a Hempel a desautorizar absolutamente toda explicación “vitalista” de los fenómenos vitales, y a oponerle, hacia el final del libro, la explicación “mecanicista” en una versión remozada, en la que se postula el reduccionismo mecanicista de la biología. En el fondo subyace la tesis que dice que la explicación propia de las ciencias experimentales es la única explicación posible de los seres reales, quedando la “filosofía” reducida a un mero análisis de proposiciones.

Dicho reduccionismo lo expone en dos etapas:

  1. Reducción de los conceptos biológicos a los conceptos físicoquímicos.
  2. No se trata de obtener conceptos sinónimos, es decir, que tengan la misma comprensión o “intensión”, sino de obtener conceptos físicoquímicos que tengan la misma extensión que los conceptos biológicos, es decir, que se realicen en los mismos casos, y solamente en ellos, en los que se realizan los conceptos biológicos. Lo cual exige que se puedan verificar empíricamente leyes de la forma “Se da A si y sólo si se da B”, donde A es un concepto físicoquímico y B un concepto biológico, o inversamente.
  3. Por eso mismo, la cuestión de si es posible o no obtener estos conceptos no puede resolverse “a priori”, sino que depende de la investigación empírica que logre formular o no esas leyes.
  4. Obviamente, nada de eso, queremos decir, de la reducción de todos o la mayoría o los más significativos de los conceptos biológicos a conceptos empíricos ha sido posible hasta ahora.
  5. Reducción de las leyes biológicas a las leyes físicoquímicas.
  6. Supone la existencia de leyes formuladas con conceptos tanto físicoquímicos como biológicos, que sirvan de “puente” entre las leyes puramente físicoquímicas y las leyes puramente biológicas; de este modo, las segundas podrían deducirse de las primeras y así reducirse a ellas.
  7. Por la misma razón que en el caso anterior, la cuestión de si tales leyes pueden obtenerse no puede resolverse “a priori”, sino por la investigación empírica.
  8. Obviamente, nada de eso, es decir, de la deducción de todas o la mayoría o las más importantes de las “leyes biológicas” a partir de leyes físicoquímicas ha sido posible hasta ahora.

La conclusión de Hempel es que “el mecanicismo queda quizás mejor interpretado no como una tesis o teoría específica acerca del carácter de los procesos biológicos, sino como una máxima heurística, como un principio guía de la investigación. Así entendido, el mecanicismo recomienda al científico que persista en la búsqueda de teorías básicas físicoquímicas de los fenómenos biológicos, y que no se resigne a pensar que los conceptos y principios de la física y de la química son incapaces de dar cuenta adecuadamente de los fenómenos de la vida. La adhesión a esta máxima se ha mostrado ciertamente muy útil en la investigación biofísica y bioquímica, una credencial que la visión vitalista de la vida no puede exhibir.”[2]

Agrega Hempel que si bien hasta ahora ambas empresas están lejos de haber comenzado a tener éxito, sí se han logrado algunos avances, de modo que “se podría, por tanto, interpretar el mecanicismo como la concepción según la cual la biología, en el curso del desarrollo de la investigación científica, vendrá a quedar reducida a la física y a la química.”[3]

Todo esto nos plantea varias reflexiones. En primer lugar, es de notar la modestia que progresivamente ha ido adquiriendo la tesis mecanicista en los tiempos modernos, desde sus comienzos triunfalistas en el siglo XVIII. Ya no se afirma categóricamente la reducción de los fenómenos vitales a fenómenos físicoquímicos; y es evidente que el tiempo ha permitido calibrar con más precisión las dificultades inherentes a esa empresa. La estrategia de Hempel, en ese sentido, es presentar la posibilidad de reducir conceptos y leyes biológicas a conceptos y leyes fisicoquímicas como una cuestión empírica, sobre la cual, por tanto, no es posible pronunciarse por sólo análisis filosófico de los conceptos en juego, sino que hay que esperar a los resultados de la investigación, lo que deja abierta al menos su posibilidad, en principio. Sin embargo, la modestia en cuestión se podría decir que es superficial, porque en el fondo se sigue apostando (la palabra es exacta en este tema) a una reducción última de toda la realidad a explicaciones físicoquímicas. Es decir, se sigue apostando, en definitiva, al materialismo filosófico.

En segundo lugar, supuesto que sea posible practicar la reducción “extensional” de términos biológicos a términos físicoquímicos, ¿alcanza con eso para decir que la biología es reductible a la físicoquímica? Supongamos que tenemos empíricamente corroborada la proposición que dice que “Juan se quema el dedo con un fósforo si y sólo si al mismo tiempo se lo oye proferir tal palabrota determinada”. ¿Podemos decir a partir de aquí que hemos operado la reducción de la quemadura en el dedo con un fósforo a la proferencia de la palabrota en cuestión, o viceversa? No parece. Y no parece, por tanto, que quepa hablar de “reducción”, en el sentido fuerte, que es el único filosóficamente interesante, del término, si no hay una reducción a conceptos físicoquímicos que tengan la misma “intensión” o comprensión, y no solamente la misma extensión, que los conceptos biológicos. Ahora bien, es claro que esta empresa sí puede ser declarada “a priori” imposible.

Hempel podría tal vez replicar que hay una relación de causalidad entre la quemadura y la proferencia de la palabrota, y que por lo tanto, al menos se puede asegurar en este caso que la proferencia no es algo de naturaleza esencialmente diferente de la quemadura, con lo cual algo de “reducción” ya se habría logrado. Dejando de lado el ejemplo concreto, la cuestión de fondo es que tampoco la verificación empírica de proposiciones de la forma “A si y sólo si B” nos permite decir que A es causa de B o que B es causa de A en el sentido de “causa” que es necesario para poder plantear una reducción, es decir, en el sentido de procedencia u origen de B a partir de A o inversamente.

En tercer lugar: ¿es una “reducción de las leyes biológicas a leyes físicoquímicas” lo que Hempel nos presenta? ¿Qué sería tal “reducción”? Obviamente, la deducción de las leyes biológicas a partir de leyes físicoquímicas. Pero para que eso sea una reducción verdadera, se exige, en principio, que los términos biológicos no figuren en las premisas. Porque en caso contrario, las premisas ya no serían puramente físicoquímicas, y entonces, no habría tal “reducción”. No se habría deducido la biología de la físicoquímica, sino de la físicoquímica más la biología, lo cual no es algo particularmente novedoso.

Ciertamente, Hempel recurre aquí a la noción de “leyes conectivas” que relacionan términos biológicos con términos físicoquímicos. Eso, si tiene algún sentido como defensa del carácter “reductivo” del proceso, quiere decir que dichas leyes operarían ya la reducción de esos términos biológicos a términos físicoquímicos. De lo contrario permanece la dificultad anterior. Pero eso sólo podrían hacerlo esas leyes del modo arriba expuesto por Hempel y ya criticado por nosotros, a saber, por la “reducción” solamente “extensional” de los términos biológicos a los términos físicoquímicos, que, como ya vimos, no implica de ninguna manera una reducción de la biología a la físicoquímica.

En cuarto lugar, ¿es científica la formulación de hipótesis “futuristas” acerca de lo que sucederá con el mecanicismo, la biología y la físicoquímica? No olvidemos, por otra parte, lo que dijimos recién: aunque se lograra la reducción “extensional” de que habla Hempel, no se habría logrado por ello la reducción pura y simple.

En quinto lugar, ¿cuál es la razón por la cual se debe aconsejar al científico que no desista en la búsqueda de una explicación físicoquímica completa de los fenómenos vitales? La que da Hempel en el pasaje citado es que la búsqueda de factores físicoquímicos de los fenómenos vitales ha dado resultados empíricamente verificables, lo cual no sucede con las teorías filosóficas que sostienen que la vida es inexplicable en puros términos físicoquímicos y que es necesario acudir para dicha explicación a factores de orden metafísico, como la “entelequia” o “forma” aristotélica. Eso merece varias observaciones:

En primer término, nadie podría oponerse sensatamente a que se investiguen los factores físicoquímicos de los fenómenos vitales, supuesto que dichos factores se corroborasen, obviamente, por la experiencia. Es posible que la biofísica y la bioquímica se conformen con los factores físicoquímicos de los fenómenos vitales. El detalle está en que, por todo lo que hemos dicho arriba, aún no ha logrado probar Hempel que la bioquímica y la biofísica sean lo mismo que la biología. De modo que el consejo del mecanicismo al científico queda reducido a “no dejes de tratar física y químicamente a la biofísica y a la bioquímica”, lo cual lo hace parecer algo superfluo.

En segundo término, es cierto que la explicación filosófica que dice que hay un “principio vital” en el ser vivo que no es reductible a la físicoquímica no permite sacar consecuencias que se puedan verificar experimentalmente. El problema está en que Hempel cree que ése es el único tipo posible de “explicación” y, por tanto, de explicación científica.

Grosso modo, la ciencia experimental se puede caracterizar como la búsqueda de condiciones suficientes de los fenómenos. “Condición suficiente” es aquella que basta, por así decir, para que se produzca el fenómeno en cuestión, es decir, aquella de la cual el fenómeno en cuestión se deriva necesariamente. Es distinta de la “condición necesaria”, que es aquella sin la cual no puede darse el fenómeno en cuestión. Una condición puede ser suficiente y no necesaria, o necesaria y no suficiente, o necesaria y suficiente a la vez. Por ejemplo, el disparo en la cabeza es condición suficiente de la muerte, pero no necesaria, ya que la muerte puede producirse de muchas otras maneras; el oxígeno respirable es condición necesaria de la vida, pero no suficiente, porque muchas personas mueren en ambientes llenos de ese gas; en cambio, el ser “el doble de 2” es condición a la vez necesaria y suficiente para ser “4”.

En una proposición condicional como “Si se da A, entonces se da B”, A, que es el “antecedente”, es la condición suficiente; B, que es el “consecuente”, la condición necesaria. En efecto, ahí se dice que basta con que se dé A, para que se dé B, y de ahí se deduce que si no se da B, no se da A.

Decimos que la ciencia experimental, en su mayor parte al menos, es búsqueda de condiciones suficientes, porque eso son las hipótesis científicas: son enunciados condicionales en los cuales, de un antecedente que es la hipótesis explicativa, se deriva un consecuente que es el fenómeno que se quiere explicar.

Por ejemplo: “Si la Tierra y los otros planetas del sistema solar giran alrededor del Sol, mientras que las llamadas “estrellas fijas” no lo hacen, entonces los movimientos aparentes de los astros serán los que efectivamente enseña la astronomía”. El sistema heliocéntrico es la hipótesis de la que se deriva necesariamente el sistema de movimientos aparentes conocidos hacía siglos por la humanidad, y de ese modo, dichos movimientos aparentes quedan “explicados” por la hipótesis heliocéntrica, la cual a su vez es “verificada” empíricamente por esos movimientos aparentes. Dicha hipótesis es una condición suficiente, porque con ella basta para que tengan lugar esos movimientos aparentes, es decir, éstos se derivan necesariamente de aquella. No es una condición necesaria, porque de hecho el sistema geocéntrico antes vigente, el de Ptolomeo, explicaba igualmente más o menos los mismos movimientos aparentes de los astros, bien que con mayor dificultad y complejidad.

En efecto, la condición suficiente no es necesariamente la condición necesaria: del hecho de que si se da A se da B, no se puede concluir que si no se da A, no se da B. Eso constituiría lo que en lógica se llama “falacia de negación del antecedente”. Si llueve, me mojo; pero si no llueve, también me puedo mojar por otras razones, por ejemplo, bombardeo de la ciudad con globos llenos de agua.

El sistema de explicación por condiciones suficientes o hipótesis va naturalmente vinculado con la posibilidad de derivar consecuencias empíricamente verificables, pues justamente se trata de postular hipótesis a partir de las cuales se deducen ciertas cosas.

Ahora bien, resulta que en filosofía lo que predomina no es la búsqueda de condiciones suficientes, sino de condiciones necesarias. La explicación que busca la filosofía no es una explicación en la que lo que hay que explicar se deduce necesariamente de otra cosa. La filosofía no se pregunta cómo es necesario un fenómeno determinado, sino cómo es posible. Antes de ser necesario o contingente, hay que ser posible, es decir, no contradictorio. Lo que ante todo busca la filosofía, es mostrar cómo no son contradictorios los hechos elementales de nuestra experiencia: el cambio, la multiplicidad y diversidad de entes, el conocimiento, la existencia misma de entes contingentes, que pueden existir y también no existir, y también la vida.

En ese sentido, es correcto el planteo kantiano de la filosofía como búsqueda de las “condiciones de posibilidad” de los fenómenos. Porque esas condiciones de posibilidad son justamente las condiciones necesarias de los fenómenos, es decir, aquellas condiciones sin las cuales esos fenómenos simplemente no se darían, porque no podrían darse, serían contradictorios y por tanto imposibles.

Ahora bien, eso quiere decir que el esquema deductivo, por así decir, de la filosofía, es diferente del de las ciencias experimentales. Mientras que en las ciencias experimentales el fenómeno a explicar ocupa el consecuente del condicional que es la ley científica, es decir B en “Si se da A, entonces se da B”, en la explicación filosófica, el fenómeno a explicar se ubica en el antecedente, o sea, en A. Porque, como dijimos, en un condicional, el antecedente significa la condición suficiente, el consecuente, la condición necesaria, y mientras que las explicaciones de la ciencia experimental son condiciones suficientes, las de la filosofía son condiciones necesarias.

En las ciencias experimentales, el fenómeno a explicar se deduce de las hipótesis explicativas; en filosofía, del fenómeno a explicar se deducen las teorías que lo explican, con la ayuda, obviamente, de determinados principios primeros y evidentes como el de no contradicción, razón de ser, causalidad, etc.

Lo que dice, entonces, el “vitalismo” tan criticado por Hempel, más allá de las concepciones de detalle de las diversas escuelas “vitalistas”, es que los fenómenos específicos de los seres vivos como tales no son posibles sin un principio vital intrínseco que sea esencialmente distinto de los elementos y procesos físicoquímicos que ocurren en esos seres y que no pueda ser reducido a ellos.

Dicho en forma de un condicional: “Si se dan los fenómenos vitales, se da el principio vital, con esas características referidas”.

Es claro que el consecuente de este condicional no significa nada que sea empíricamente verificable. Pero es que ese tipo de explicación tampoco busca una verificación empírica; porque se trata de averiguar la posibilidad (en el sentido de no contradicción) de algo, no su realidad actual. Y para esa posibilidad, basta que pueda concebirse sin contradicción la existencia de ese algo, de ese fenómeno a explicar, a lo cual deben servir justamente las condiciones necesarias significadas en el consecuente del condicional.

Por ejemplo, el caso del ser vivo. Mientras que los elementos fisicoquímicos que integran un ser vivo son múltiples y diversos, el ser vivo presenta un asombroso tipo de unidad, la unidad orgánica, que consiste en que cada parte actúa en función del todo, y por tanto, está intrínsecamente unida con todas las otras partes, y no unida de cualquier manera, sino por referencia a un plan estructural que es el plan del funcionamiento total del organismo, dentro del cual cada parte cumple innegablemente una función específica y coordinada con todas las otras.

No solamente nada de eso se encuentra en el mundo inanimado, sino que además sería directamente contradictorio que esa unidad asombrosa brotara simplemente de la multiplicidad y diversidad de los elementos físicoquímicos. Explicar la unidad por la multiplicidad es reducir la primera a la segunda, y por tanto, identificarlas en definitiva, lo cual es contradictorio. Por eso mismo la unidad del organismo viviente no puede derivarse siquiera de la multiplicidad y diversidad de los órganos, sino que es necesario un principio unitario que unifique, justamente y valga la redundancia, todas esas multiplicidades, tanto en el plano del ser como en el del obrar, y eso es el famoso “principio vital”.

Y es claro que ese principio no puede ser un elemento físicoquímico entre todos los otros, pues sólo sería uno más en la serie, y no el principio organizador del todo, ni un conjunto de esos elementos, que nuevamente nos plantearía el problema de cómo explicar aquella unidad a partir de esa multiplicidad.

Sirve de confirmación a esta argumentación el hecho de que el ser vivo es un ser, no un conjunto de seres. Un perro no es un ejército de células ni una muchedumbre de moléculas, porque no es ejército ni muchedumbre alguna, sino un ente individual. Esa unidad sustancial requiere un principio unitario también de orden sustancial, y no meramente accidental como serían las relaciones entre partes. Porque también los soldados en el ejército y las personas en una muchedumbre están relacionados entre sí.

Más aún, para escándalo de Hempel y sus seguidores, hay que decir que ni siquiera la unidad de los entes inanimados queda, por la misma razón, suficientemente explicada por la pluralidad de átomos y otras partículas elementales, de modo que allí también y, por tanto, en toda la Naturaleza, como ya sostenía Aristóteles, es necesaria la “entelequia” o “forma”. Sólo que en este caso no la llamaremos “principio vital”, porque, obviamente, no es origen de fenómenos vitales.

La irreductibilidad del “principio de unidad” de las cosas, entonces, a los elementos físicoquímicos comienza ya en la naturaleza inanimada. Lo específico del “principio vital” es ser principio, obviamente, de fenómenos vitales, los cuales no pueden ser explicados, por eso mismo, por las “entelequias” o “formas” de los entes inanimados, en los cuales por definición dichos fenómenos vitales están ausentes. “A fortiori” no pueden ser explicados esos fenómenos vitales por los solos elementos y procesos físicoquímicos sin “entelequia” o “forma” alguna, como pretende el mecanicismo.

El problema de Hempel con Aristóteles no se reduce a la cuestión de los seres vivos, sino que abarca el ser en su conjunto.

Eso no quiere decir que rechacemos la existencia y la función de los elementos físicoquímicos en los seres vivos, ni por tanto tampoco la utilidad de la bioquímica y la biofísica, sino que solamente plantea el problema de cómo coordinarlas especulativamente con la existencia y función del principio vital. La solución tomista a nuestros ojos es la mejor: los “elementos” en el “mixto”, es decir, en la sustancia compuesta de elementos, existen solamente en estado potencial o virtual. La “entelequia” o forma sustancial asume, mientras dura la vida del ente en cuestión, la producción de los efectos propios de esos elementos (átomos, moléculas, etc.), según el principio que dice que “la forma superior puede realizar las funciones de las formas inferiores”. Nos parece que así se respeta mejor la unidad sustancial del viviente.

Para entender esto hay que recordar que para Aristóteles todo ente físico es compuesto de materia y forma, donde la materia es el elemento potencial y determinable, y la forma el elemento actual y determinante. De modo que, en el caso de las sustancias físicoquímicas, su materia pasaría a ser “informada”, es decir, determinada, por la forma que es el principio vital del ser vivo, mientras integran ese organismo viviente. Ésa sería la existencia “virtual” o “potencial” de los elementos en el “mixto”.

Con lo cual el escándalo de Hempel y los que piensan como él debería ganar intensidad: ahora resulta que los mismos átomos y moléculas no son lo que son sino en virtud de una “entelequia” o forma. El principio es siempre el mismo: la unidad no procede de la multiplicidad, sino de la unidad. En definitiva, la “materia primera”, como dice Aristóteles, es de suyo pura potencialidad, no es nada en acto, sino por la forma, principio de ser y de unidad.

El pasaje de la posibilidad a la existencia actual, en filosofía, entonces, se da por otro silogismo, que toma como premisa mayor el condicional antes citado: “Si se dan los fenómenos vitales, se da el principio vital”, que de suyo expresa solamente la posibilidad de los seres vivos, y como premisa menor la constatación empírica que dice “Se dan de hecho, en tales y tales entes, los fenómenos vitales”, para concluir, por un “modus ponens”: “Se da de hecho, entonces, el principio vital en tales y tales entes.”

El mismo esquema lógico es el de la prueba filosófica de la existencia de Dios: “Si se da el ente contingente, se da el Ser Necesario”. El ente contingente, es decir, cualquier ente de nuestra experiencia, es el hecho o fenómeno a explicar. La condición necesaria, deducida al cabo de un razonamiento que pone en juego la definición de “ente contingente” y los principios de razón de ser y causalidad, y que aquí no desarrollamos porque ya lo hemos hecho en otros lugares, es el Ser Necesario. El condicional dice que para que sea posible la existencia de un ente contingente cualquiera, tiene que darse la existencia del Ser Necesario. El “pasaje de la posibilidad a la existencia actual” se hace igualmente por un modus ponens: “Se da de hecho en la existencia actual el ente contingente. Luego, se da en la existencia actual el Ser Necesario”, es decir, Dios existe.

En definitiva, entonces, parece bastante claro que la empresa de Hempel tiene una “agenda oculta”, que es la fundamentación filosófica, al menos aparente, del materialismo y, en lo posible, del ateísmo. En ese sentido, el título del libro es exacto: “Filosofía de la ciencia natural”. Ésa es la razón de la recomendación que se hace al científico de que trate de reducir siempre los fenómenos biológicos a explicaciones físicoquímicas. De hecho, el mismo intento se repite a continuación con los fenómenos psicológicos específicamente humanos: reducirlos a explicaciones biológicas, y en definitiva, a explicaciones físicoquímicas. Lo que hace al menos aparentemente posible la empresa es la reducción de toda explicación y de toda inteligibilidad a la que se logra por medio de condiciones suficientes, y por tanto, a la vez es susceptible de verificación empírica y la necesita.

Por el contrario, sostenemos nosotros que el esfuerzo por comprender lo real exige la búsqueda de las dos clases de condiciones de los fenómenos, las suficientes y las necesarias, y por tanto, hay lugar en esa empresa tanto para la ciencia experimental como para la filosofía.


[1] Alianza Editorial, Madrid, 1978, 4ª. ed, 1966 1ª. ed., Prentice Hall, Inc.

[2] Op. cit. p. 155.

[3] Op. cit. p. 154.