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Joseph Ratzinger

Ensayo del Cardenal Joseph Ratzinger en el que recoge el derecho de la Iglesia a mantener una doctrina sobre los asuntos económicos, porque son asuntos de hombres y para hombres

Refugiarse en una concepción cientifista de la economía, regida por leyes que se cumplen inexorablemente, es quitarle al hombre su libertad, aunque se haga en nombre del liberalismo o del marxismo.

La desigualdad entre el norte y el sur representa cada vez más una amenaza para la cohesión de la familia humana; de ella podría resultar, con el paso del tiempo, un peligro no menor que los arsenales de armas. Por tanto, nuevos esfuerzos han de promoverse para vencer esas desigualdades, puesto que los métodos empleados hasta hoy han sido insuficientes para lograrlo; por el contrario, en estos últimos treinta años, la miseria en el mundo ha aumentado en una medida verdaderamente alarmante.

Para buscar soluciones efectivas, serán necesarias nuevas ideas económicas, pero éstas no parecen pensables, más aún, no parecen realizables, sin nuevos impulsos morales. En este contexto se sitúa la posibilidad y la necesidad de un diálogo entre Iglesia y Economía.

A primera vista—y especialmente desde la perspectiva de una teoría económica clásica— no es evidente la relación entre la Iglesia y la economía, dejando aparte que la Iglesia es también poseedora de entidades económicas y, en cuanto tal, un factor más del mercado. Pero aquí la Iglesia no ha de ser tratada como un elemento económico más, sino en sí misma, como Iglesia.

Se nos puede presentar la objeción—especialmente frecuente después del Concilio Vaticano II— de los que dicen que debe respetarse la autonomía de los asuntos técnicos; es decir, que la economía ha de actuar según sus propias reglas del juego, y no según consideraciones morales que le lleguen a ella desde fuera.

De este modo, y según la teoría inaugurada por Adam Smith, se considera que mercado y ética son términos irreconciliables, porque las acciones “morales” son contrarias a las leyes del mercado, y que, en consecuencia, debería rechazarse del mercado al empresario moralizante. Así, durante mucho tiempo, la ética económica fue considerada como “hierro de madera”: la economía se ocuparía de la efectividad y no de moralidad.

La lógica interna del mercado—sus leyes— nos liberan expresamente de la necesidad de basar la propia actuación económica sobre la mayor o menor moralidad de los diferentes factores que intervienen en la vida económica: el juego correcto de las reglas del mercado garantizaría por sí solo mejor el progreso e incluso la justicia distributiva. Los éxitos obtenidos por esta teoría durante mucho tiempo, podrían impedir que viésemos sus limitaciones.

Pero en una situación histórica distinta, sus presupuestos filosóficos tácitos—y, con ellos, su problemática— aparecen más claramente. Aunque esta concepción se basa en la libertad de los diferentes elementos económicos y, por eso, puede llamarse liberal, en su verdadero núcleo es determninista.

Presupone que los individuos y la sociedad están hechos de tal manera que el libre juego de las fuerzas del mercado puede actuar sólo en una dirección: la de la autorregulación de la oferta y la demanda, en el sentido de eficiencia y de progreso económico. El hombre, aparentemente libre, actúa realmente en todo momento bajo las leyes necesarias del mercado. Este determinismo contiene, además, otro presupuesto aún más asombroso: que las leyes naturales del mercado (si puedo expresarme así) son naturalmente buenas y llevan necesariamente al bien, independientemente de la moralidad de los diversos hombres. Ambos presupuestos no son totalmente erróneos, como demuestran los éxitos de la economía de mercado; pero tampoco son ilimitadamente extensibles, ni ilimitadamente justos, como demuestran los problemas de la economía mundial de hoy.

Sin desarrollar esos problemas con detalle, que no es mi tarea, quiero subrayar una frase de Peter Koslowski que pone de relieve el punto crucial: “la economía no sólo es gobernada por leyes económicas sino que es determinada por hombres…”. Aunque la economía se basa en que el individuo ordena su actuación dentro de un determinado sistema de reglas, esa economía no puede hacer superfluo al hombre, no puede excluir la libertad ética del acontecer económico. Hoy día está cada vez más claro que el desarrollo económico mundial depende también del desarrollo de la comunidad mundial, de la familia humana universal, y que, para el desarrollo de esta comunidad universal, el desarrollo de las fuerzas espirituales de la humanidad desempeña un papel esencial.

Las fuerzas espirituales son también un factor económico: las leyes del mercado sólo funcionan si hay un consenso moral básico que las soporta. Hasta ahora sólo he señalado la tensión entre un modelo económico puramente liberal y una cuestión ética; y así, he tratado de describir una primera cuestión que probablemente tendrá su importancia en este congreso; ahora, en cambio, señalaré también la tensión opuesta.

En nuestra época, la cuestión acerca del mercado y la moralidad ha dejado hace ya mucho tiempo de ser un problema meramente teórico. Dado que la desigualdad interna de las diversas regiones económicas pone en peligro el juego del mercado, desde los años cincuenta se ha tratado de restablecer el equilibrio económico mediante proyectos de desarrollo.

Hoy, sin embargo, no puede ocultarse que este experimento, del modo empleado hasta ahora, ha fracasado, e incluso ha incrementado la desigualdad. La consecuencia es que muchos de los que antes habían puesto grandes esperanzas en la ayuda económica, ven ahora la causa de su miseria en la economía de mercado, considerada como sistema de explotación, como pecado hecho estructura y como injusticia. En esta perspectiva, la economía planificada se presenta como una alternativa moral, que es abrazada con fervor casi religioso, que casi se concibe como religión.

Porque mientras la economía de mercado se basa en los efectos económicamente favorables del egoísmo y de su limitación por los egoísmos concurrentes, aquí parece dominar la concepción de una guía justa que tiene como fin el igual derecho para todos y la participación igualitaria de los bienes por todos.

Ciertamente, aunque los ejemplos hasta ahora no resulten muy estimulantes, no es refutable la esperanza de que la concepción moral podría alcanzar el éxito.

Todo este experimento, puesto sobre un fundamento moral más fuerte, podría conciliar moral y efectividad en una sociedad, poniendo el énfasis no en la maximización de ganancia, sino en la autolimitación y en el servicio común. Así, la controversia entre economía y ética en este asunto se convierte cada vez más en controversia contra la economía de mercado, centrándose entonces la cuestión en poner los fundamentos espirituales de una economía dirigida, a la que se considera dotada de un fundamento moral adecuado.

Toda la amplitud de este campo de consideraciones se hace aún más patente si se incluye también la tercera corriente de pensamiento económico y teórico que caracteriza la situación actual: el mundo marxista. Desde el punto de vista de su estructura económica teórica y práctica, el sistema marxista de administración económica centralizada es el contrario absoluto de la economía de mercado.

Se espera la salvación del hecho de que no hay poder de disposición privada sobre los medios de producción; que oferta y demanda no sintonizan por la concurrencia de mercado; y que, por tanto, no hay sitio para el afán privado de ganancia, sino que todas las regulaciones del sistema provienen de la administración económica centralizada.

Pero, a pesar de esta contraposición radical de mecanismos económicos concretos, también hay cosas comunes en los presupuestos filosóficos básicos. La primera consiste en el hecho de que también el marxismo es un determinismo, y que, sin embargo, también él promete la liberación total.

Por eso es básicamente erróneo pensar que el sistema de administración económica centralizada es un sistema moral, en contraposición al sistema mecanicista de la economía de mercado. Esto se ve claramente, por muestra, en el hecho de que Lenin estaba de acuerdo con la tesis de Sombart, según la cual en el marxismo no hay siquiera un gramo de ética, sino sólo leyes económicas.

Ciertamente, el determinismo es aquí mucho más radical y más fundamental que en el liberalismo; allí, por lo menos, se acepta un ámbito subjetivo de autonomía, considerado como campo de la ética; aquí, por el contrario, devenir e historia quedan totalmente reducidos a economía, y la reserva de un campo propio de actuación subjetiva es considerada como resistencia contra las únicas leyes válidas: las leyes de la historia. Tal resistencia aparece como reaccionaria, antiprogresista e intolerable.

La ética, entonces, se reduce a la filosofía de la historia, y la filosofía de la historia degenera en estrategia de partido. Pero volvamos al asunto de los aspectos comunes en las bases filosóficas del marxismo y del liberalismo tomado en sentido estricto.

Como ya se anunció, el segundo aspecto común consiste en que el determinismo incluye el rechazo de la ética como elemento independiente y económicamente relevante. Esto se demuestra dramáticamente en el marxismo, donde la religión se reduce a la economía, a reflejo de un determinado sistema económico—el capitalista—y en consecuencia, a obstáculo del progreso al que dirigen las leyes naturales de la historia. Se presupone también que la historia, que avanza dialécticamente entre lo negativo y lo positivo, acabará en la positividad total, según una naturaleza intrínseca nunca explicada.

Queda claro que, desde esta perspectiva, la Iglesia no podía ofrecer nada positivo a la economía mundial: su papel para la economía consistia únicamente en el hecho de que debe ser superada. Que de vez en cuando puede ser utilizada como medio para su autodestrucción y, por tanto, como instrumento de “las fuerzas positivas de la historia”, es un descubrimiento reciente que no cambia en nada la tesis básica, como es patente.

Por lo demás, todo el sistema vive prácticamente de la sublimación de la administración centralizada, en la que el mismo espíritu del mundo (Weltgeist) debería actuar si la tesis fuera correcta. Que esto es un mito, en el peor sentido de la palabra, es simplemente un dato empírico que sigue verificándose continuamente. Así, el mismo rechazo radical de un diálogo concreto entre Iglesia y economía, basado en este pensamiento, acaba probando su necesidad.

En el mismo intento de describir el marco de un diálogo entre Iglesia y economía, he encontrado un cuarto aspecto, que se hace patente en una conocida sentencia, pronunciada por Theodore Roosevelt en 1912: “Pienso que la asimilación de los países latinoamericanos a los Estados Unidos será larga y difícil mientras esos países sigan siendo católicos”.

En esta misma línea, en un discurso dado en Roma en 1969, Rockefeller propuso sustituir allí a los católicos por cristianos de otras confesiones: intento que está en plena marcha, como es notorio. En ambas declaraciones, la religión o, en este caso, una confesión cristiana, son concebidas como factores político-sociales y, por tanto, también político-económicos, de importancia crucial para el modo de desarrollo de las estructuras políticas y de las posibilidades económicas.

Eso hace pensar en la tesis de Max Weber sobre el nexo intrínseco existente entre capitalismo y calvinismo, entre la construcción del orden económico y la idea religiosa dominante. La concepción de Marx parece, en este caso, casi vuelta al revés: no es la economía la que produce conceptos religiosos, sino que es la orientación básica religiosa la que decide qué sistema económico puede producir una economía libre. [La idea de] que el catolicismo no incluye una educación adecuada para la libertad y la autodisciplina que ella [la economía libre] requiere, sino que favorece más los sistemas autoritarios, está sin duda muy difundida, y muchos acontecimientos recientes parecen avalarla.

Por otra parte, el sistema liberal capitalista, con todas las correcciones que con el paso del tiempo ha sufrido, no puede tampoco tomarse hoy como la solución de todos los problemas del mundo, con aquella despreocupación y optimismo de los años sesenta: las reservas tercermundistas contra este sistema pueden ser unilaterales, pero seguramente no carecen de todo fundamento.

Para las confesiones cristianas, seria oportuna aquí, antes de nada, una autocrítica referida a su ética política y económica; pero no podrá reducirse a un diálogo entre iglesias, sino que sólo será fructuosa si se lleva a cabo con aquellos que son cristianos y dirigen la economía. Una larga tradición ha hecho que muchos de ellos vean el cristianismo como algo subjetivo, personal; y por esto, en su actuación como economistas, siguen únicamente las leyes de la economía. Ambos campos parecen excluirse mutuamente, dada la separación entre mundo subjetivo y mundo objetivo típica de la Edad Moderna.

Pero sería importante que ambos campos se relacionasen, sin mezclarse y sin separarse. Que la formación de sistemas económicos y su orientación al bien común depende de un determinado orden que, a su vez, sólo puede ser producido y conservado por fuerzas religiosas, es un hecho histórico-económico cada vez más patente. Pero también está claro que la decadencia de aquella disciplina hace decaer las leyes de mercado.

Una política económica, que no sólo sirva al bien de un grupo, que no sólo pretenda el bien de un Estado particular, sino el bien común de la familia humana universal, requiere un máximo de disciplina ética y, al mismo tiempo, un máximo de fuerza religiosa. Una formación de voluntad política, que utilice las leyes económicas intrínsecas para ese fin, parece hoy casi imposible, a pesar de todas las grandes declaraciones humanitarias; sólo parece realizable empleando fuerzas éticas totalmente nuevas.

Una moral que, en este asunto, pensase saltar por encima de la pericia de las leyes económicas, no es moral sino moralismo, es decir, lo contrario de la moral.

Una objetividad que pretenda saltarse el ethos ignora la realidad del hombre y, por tanto, es más bien inobjetividad. Lo que necesitamos hoy es un máximo de pericia económica, pero también un máximo de ethos para hacer que la pericia económica se ponga al servicio de los fines justos, y para lograr que el conocimiento del fin sea políticamente realizable y socialmente aceptable.[1]


[1] Este texto del Cardenal Ratzinger es una versión en castellano de Fernando Monge de la introducción al simposio sobre “Iglesia y economía, y su responsabilidad para el futuro de la economía mundial”, que tuvo lugar en Roma, organizado por el Instituto Alemán de Economía y la Fundación Konrad Adenauer.