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Equipo de Dirección

La crisis de la vida religiosa

Después del Concilio Vaticano II, pero no a causa de dicho Concilio, se produjo en la Iglesia Católica una seria crisis de la vida religiosa, que se manifestó –entre otras cosas– por medio de una importante caída del número de religiosos en la mayoría de los países del mundo. Por ejemplo, en Uruguay de 1966 a 2004 la cantidad total de religiosas se redujo en un 46% (de 2.031 a 1.089), la de religiosos no sacerdotes en un 38% (de 618 a 382) y la de religiosos sacerdotes en un 39% (de 417 a 256).

Con tres artículos aportados por uno de nuestros colaboradores hemos editado este número extraordinario de la Revista Fe y Razón, casi totalmente dedicado al tema de la citada crisis de la vida religiosa. Los tres artículos abordan el mismo tema desde puntos de vista distintos, pero convergentes. Aunque los tres contienen referencias a la particular situación vivida en los Estados Unidos de América y uno de ellos–el de Elizabeth Mc Donough, OP–se refiere exclusivamente a la vida religiosa femenina, creemos que expresan muchas verdades aplicables también a otras latitudes y a otras situaciones similares.

La devoción a San José

En 1962, durante la primera sesión del Concilio Vaticano II, el Beato Papa Juan XXIII dispuso la inserción del nombre de San José en el Canon Romano de la Misa, lo cual desató inesperadamente un vendaval de críticas de parte del sector “progresista” de la Iglesia, que empezaba a tomar fuerza por ese entonces. Algunas de esas críticas apuntaban a una cuestión de forma: se entendía que, en pleno Concilio Ecuménico, no era conveniente que el Papa tomara una decisión de ese tipo por motu proprio, sin consultar al Concilio. No es muy aventurado ver en este episodio un fruto del espíritu “conciliarista” que estaba germinando en algunos sectores eclesiales, espíritu que tendía a dar una importancia exagerada al colegio de los obispos en detrimento del primado del Papa. Gestos desconsiderados hacia la autoridad papal como el que estamos comentando causaron más de un disgusto al “Papa bueno”.

Otras críticas emitidas con ocasión de la mencionada resolución de Juan XXIII se referían a su mismo contenido: la devoción a San José. [1] En el capítulo titulado “A propósito de la devoción a San José”, Congar, uno de los teólogos más influyentes de esa época, alertó contra el peligro de deformación de la devoción a San José, en el sentido de un posible apartamiento del cristo-centrismo debido en la piedad cristiana. Allí Congar escribió entre otras cosas lo siguiente:

“Nosotros mismos hemos sido educados en esta devoción [a San José]. No hemos renegado de nada. Sin embargo, para ella como para tantas cosas, “quando factus sum vir, evacuavi quae erant parvuli”, convertido en hombre, he eliminado lo que era pueril.[2] Este pasaje de lo infantil al carácter adulto ha representado sobre todo para nosotros un pasaje del sentimiento puro, bastante humano, a un sentido de la economía salvífica alimentado de la Sagrada Escritura.”[3]

Pensamos que Congar, desde una pretendida “fe adulta”, insinúa aquí una actitud de desdén por la religiosidad popular. Lamentablemente, esa actitud se difundió mucho entre los intelectuales católicos “progresistas” en los años sesenta y setenta del siglo pasado, y generó una especie de brecha (o fosa) entre la religiosidad de la mayor parte del pueblo católico y la de buena parte de sus pastores. Causa perplejidad que a menudo los mismos católicos que eran reacios a denunciar explícita y enérgicamente los peligros del marxismo (por ejemplo), denunciaran con tanta preocupación los peligros existentes en torno a nada menos que… ¡la devoción a San José! ¡Tanto irenismo en la “apertura al mundo” y tanta beligerancia al interior de la Iglesia! No parece que la devoción a San José pueda dar mucho pie a desviaciones graves. Más bien los pastores de la Iglesia deberían preocuparse hoy por la falta de toda devoción en gran parte del pueblo católico. Alguien ha escrito que, desde el punto de vista de la evangelización, la gran tarea de nuestra época se asemeja mucho más a irrigar desiertos que a podar selvas. El influjo secularizante de tantos católicos “progresistas” ha contribuido bastante a esta situación.


Día Internacional del Niño por Nacer

Fe y Razón se adhiere a la celebración del “Día Internacional del Niño por Nacer” organizada por la Mesa Coordinadora Nacional por la Vida, que tendrá lugar el próximo jueves 25 de marzo a las 19 hs. en la Plaza de la Bandera de Montevideo.

Invitamos a nuestros lectores residentes en Uruguay a participar de este acto. El período de gobierno 2010-2015 será muy difícil desde el punto de vista de la lucha por la defensa de la vida humana. Por eso debemos actuar desde ya. La celebración del 25 de marzo es una buena oportunidad para tomar conciencia de lo que nos jugamos.

Por intercesión de San José, Custodio del Redentor, rogamos a Dios por todos los religiosos y religiosas, por los niños por nacer o no nacidos y por todos nosotros, para que recuperemos un mayor sentido de lo sagrado y una piedad más afectiva.


[1] Véase, por ejemplo: Yves M.-J. Congar op, Vatican II. Le Concile au jour le jour, Éditions du Cerf, Paris 1963, pp. 122-125.

[2] 1 Cor 12,11.

[3] NOTA DE FE Y RAZON: Traducción del Autor.

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