martirio-de-cristianos

Josep Miró i Ardèvol

El editorial de hoy de Forum Libertas se ocupa de la expulsión de 26 cristianos ordenada por el Gobierno de Marruecos, acusados de proselitismo, es decir, de exponer el Evangelio. Es un signo más, éste muy cercano, del recrudecimiento de la persecución de los cristianos en el mundo, especialmente en el ámbito de los países islámicos, aunque no sólo en ellos.

En Corea del Norte la situación es de una persecución extrema: los cristianos son encarcelados o internados en campos por el simple hecho de serlo. También en China existe una represión importante para los que no están alineados en la domesticada “Iglesia Nacional”, aunque en esto hay que hacer una advertencia: parte de esta iglesia tiene, a pesar de los pesares, un sentido de unidad con el conjunto de la Iglesia católica. Esta represión no afecta sólo a los católicos, sino al conjunto de los cristianos, miembros de iglesias protestantes o a los que pertenecen a confesiones cristianas forjadas en los primeros siglos. Es el caso de las distintas iglesias que se encuentran en Egipto, Irán, Irak, aunque en este último caso la persecución es a cargo de grupos sectarios y no del Gobierno. Incluso en la India, idealizada bajo la mítica idea de Gandhi y de un hinduismo vegetariano, los católicos tienen limitaciones muy rígidas, las expulsiones no son infrecuentes y los ataques a aldeas de confesión cristiana no constituyen un hecho desconocido.

Myanmar, la antigua Birmania, es otro país de la lista donde el trato es mortal y cruel. La dictadura militar ve en el cristianismo un enemigo a abatir. Mauritania, otro país relativamente cercano y que no tiene mala prensa en los medios de comunicación europeos, mantiene un régimen de opresión como el que existe en la muy desarrollada Arabia Saudí, en el Irán teocrático, en Afganistán y en Uzbekistán.

La lista es larga y como digo incorpora, sobre todo, países musulmanes, donde es más breve establecer la excepción que no sumar los lugares donde se persigue, oprime o limita un derecho fundamental. De hecho desde Indonesia, en un extremo, hasta Mauritania, en el otro, desde Argelia a las Islas Comoras, más de cien millones de cristianos viven en una situación límite.

La paradoja es que esta persecución sistemática y masiva tiene un escaso eco en los medios de comunicación y en las cancillerías de Europa y EE.UU. Obama la ignora por completo; lo mismo que hace el Gobierno laborista de Brown, o el de centro derecha de Sarkozy. Y cito estos dos porque tienen una influencia decisiva en algunos de los países donde se produce esta situación. El Gobierno alemán, que parece ahora tan ocupado en su exigencia por casos de pederastia que se cometieron hace 20, 30 y más años, ignora también el problema. La UE, que teóricamente tiene en los derechos de la persona una de sus banderas fundamentales, no ha tratado nunca a fondo en el Parlamento esta cuestión. Eso sí, de vez en cuando intenta aprobar algún tipo de condena contra la Iglesia católica, sea porque el Vaticano no puede ser gobernado por una mujer, sea por las declaraciones del Papa sobre el SIDA y el preservativo en África.

Comentario aparte merece la Alianza de Civilizaciones. Es literalmente escandaloso por sectario pretender un diálogo entre civilizaciones que ignora que toda una cultura, la surgida de la fe cristiana, es asesinada, encarcelada, reprimida, en el conjunto de los países –los islámicos– con los que se considera necesario dialogar. ¿Que leñe de diálogo es éste que sirve para que escuchemos las consideraciones musulmanas, algunas bien fundamentadas, otras perfectamente arbitrarias, y nadie, empezando por el creador de la criatura, Rodríguez Zapatero, ponga el tema de las persecuciones sobre la mesa? ¿Acaso no es un objetivo de la Alianza conseguir mejores condiciones para estos más de cien millones de personas? ¿Acaso no debería ocupar la atención de las dos cabezas visibles de este asunto, el primer ministro Ergodan y Zapatero?

La propia comunidad cristiana, la Iglesia, tiene una cuota, aunque modesta, de responsa-bilidad. No existen ni una conciencia generalizada del problema ni la respuesta solidaria que guarde relación con las condiciones de vida que viven nuestros hermanos en la fe en aquellos lugares. Nuestras vidas como católicos aquí podrán ser incómodas en una cierta medida, pero evidentemente no tienen nada que ver con el riesgo físico, la tortura, el encarcelamiento, el linchamiento o la pérdida del trabajo que de manera sistemática se practica en muchos de los países cristianófobos. Debemos exigirnos a nosotros mismos una mayor sensibilidad y sobre todo una mayor capacidad de actuación. Hemos de ser solidarios aportando ayuda, pero también presionando a nuestros gobiernos y a las instancias internacionales para que de una vez por todas actúen.

Y existe aún una última responsabilidad, y atañe a las comunidades musulmanas que viven en nuestros países y gozan en condiciones legales de derechos equivalentes a los nuestros. Sufren algunas limitaciones o incomodidades, por ejemplo, relacionadas con sus centros de oración, pero nada que ver con ningún tipo de represión, persecución o falta de derechos, al contrario. Estas personas no pueden permanecer impávidas ante lo que les pasa a los cristianos en los países de donde ellos son originarios, y han de ser elementos activos exigiendo un igualdad de trato aquí y allí, de libertad religiosa para todos porque, de no ser así, de asumir las tropelías que se están cometiendo, se convierten en cómplices próximos de un atentado muy grave a la libertad y a la dignidad del hombre.

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