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Daniel Iglesias Grèzes

Las agendas suelen contener citas breves de pensamientos que son considerados particularmente agudos o iluminadores. Pues bien, en mi agenda del año 2010, editada por una organización católica caritativa, encontré la siguiente cita:

“En la concepción de los habitantes originales de las Américas –o sea los indios– y de muchos pueblos llamados primitivos, en el mundo no hay separación, no hay divorcio. Nosotros formamos parte de la naturaleza igual que los bichos y las plantas… somos parte de lo mismo, no se puede hablar de las relaciones entre las personas y la naturaleza… Porque nosotros, personas, somos parte de ella… y ésa es la certeza de identidad entre la naturaleza y la gente… la que el mundo perdió a fines del siglo XV y ahora está desesperadamente tratando de recuperar porque se da cuenta de que está embarcado en la loca carrera hacia su propia destrucción.[1]

Eduardo Galeano

Uno no sabe de qué admirarse más: si de la habilidad de este gran escritor uruguayo para transmitir tantos errores gruesos en tan pocas líneas o de la tremenda falta de sentido crítico de unos católicos bienintencionados que no advierten que esta cita ataca frontalmente varios principios esenciales de la fe cristiana.

En primer lugar, Galeano expresa aquí un inmanentismo radical. Él no se limita a decir que los seres humanos formamos parte del mundo (lo cual es cierto y muy obvio); en cambio, él sostiene que lo hacemos de un modo igual que los animales y las plantas, seres carentes de alma espiritual y, por lo mismo, totalmente inmersos en el universo material. No se trata, según el autor, de que el hombre, ser corpóreo, habita el universo material y tiene con él unos vínculos innatos, profundos y hasta cierto punto ineludibles, sino de que entre la persona humana y el universo material existe una identidad tal que vuelve absurdo hablar de relaciones entre las personas y la naturaleza. La identidad radical entre el hombre y el mundo sólo es concebible desde una perspectiva monista (materialista o idealista). Ninguna de esas dos alternativas es compatible con la fe cristiana. El materialismo es necesariamente ateo, mientras que el idealismo conduce normalmente al panteísmo. Conociendo a Eduardo Galeano, es razonable sospechar que en su caso la fuente inspiradora de esta tesis es la filosofía materialista.

Es evidentísimo que el cristiano piensa de un modo muy diferente al del autor citado: “pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas. Porque sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos.”[2]

En la tesis de Galeano está implícito que el ser humano, en definitiva, es sólo un animal más. Si el hombre, “igual que los bichos y las plantas”, es incapaz de trascender el universo material, es porque también él, como animales y plantas, es en última instancia un mero conjunto de partículas materiales. Según esta concepción, es imposible sostener la ontología jerárquica típica del pensamiento cristiano: el hombre no sería superior a los animales ni tampoco el centro (moral) del mundo visible.

Es clarísimo que también sobre este punto el cristiano tiene convicciones muy diferentes: Jesús dijo a sus discípulos: “vosotros valéis más que muchos pajarillos;”[3] y la Escritura enseña que, dentro de la tierra, sólo los seres humanos han sido llamados a ser “partícipes de la naturaleza divina.”[4]

En tercer lugar, se podría plantear una cuestión de facto: ¿Es verdad que todos los indígenas americanos y los pueblos primitivos del mundo entero tuvieron creencias similares a las expuestas por Galeano? Dilucidar esta compleja cuestión exige unos conocimientos especializados de la prehistoria y del estudio comparado de las religiones de los que carezco, pero dejo aquí constancia de que la afirmación de Galeano me parece una gran simplificación. Lo menos que se puede decir es que hasta el siglo XX, cuando se establecieron los primeros regímenes políticos ateos, todos los pueblos del mundo tuvieron creencias y prácticas religiosas: creyeron en Dios o en dioses, Le o les rindieron culto, creyeron en la vida de ultratumba, etc. No parece nada claro que todos esos pueblos profesaran un inmanentismo radical; y, por supuesto, si lo profesaron, no fue con base en creencias materialistas, sino panteístas.

En cuarto lugar, Galeano presenta aquí de un modo elocuente el mito rousseauniano del “buen salvaje”. Él insinúa con fuerza que los pueblos nativos de América vivían en perfecta armonía con la naturaleza hasta que llegaron los europeos, movidos por su afán de dominio, y acabaron con esa armonía. A esta visión se opone, no sólo el dogma cristiano del pecado original, que incluye como corolario la universalidad de la culpa, sino también muchos hechos constatados por la historia: antes del descubrimiento de América no escaseaban entre los indígenas las guerras, la antropofagia, los sacrificios humanos y otras perversiones. No es muy serio representarse su vida colectiva como una paz idílica, al estilo de la película Pocahontas de Disney.[5]

En quinto lugar, Galeano sugiere veladamente que la supuesta armonía entre el hombre y su ambiente natural fue trastornada por culpa del cristianismo. Lo que ocurrió “a fines del siglo XV” (como dice Galeano) fue el descubrimiento de América y el comienzo de su conquista y evangelización por parte de españoles, portugueses y (posteriormente) otros pueblos europeos. La susodicha acusación es ya un lugar común entre ciertos ecologistas: los cristianos, por causa de su fe, que da al hombre el lugar de “rey de la creación”, han tiranizado la naturaleza y han terminado por dañar gravemente al mismo planeta Tierra o a su biosfera.

Esta acusación ignora demasiados hechos relevantes:

Ante todo, esta crítica ignora que la Biblia no dice sólo que Dios ordenó a Adán y Eva llenar la tierra y someterla y dominar a los animales,[6] sino que también dice que Dios “tomó… al hombre y le dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase.”[7] De esto se deduce que, según la fe cristiana, el ser humano, administrador (y no dueño) del mundo visible creado por Dios, tiene el doble deber de trabajar y de cuidar el mundo, mediante su mismo trabajo.

Además, esta crítica ignora que, según se desprende de toda la Revelación cristiana, el dominio sobre el universo material otorgado por Dios al hombre no puede interpretarse legítimamente como un dominio despótico y arbitrario, sino que debe ser interpretado como un servicio amoroso y providente. El hombre debe imitar el modo de ser del mismo Dios, quien no domina aplastando y oprimiendo, sino amando y sirviendo.

Por otra parte, esta crítica ignora que el pecado original y sus consecuencias afectaron a toda la humanidad,[8] no sólo a los cristianos; y también ignora que los cristianos, cuando pecan, no lo hacen en virtud de su fe cristiana, sino contrariando la esencia del cristianismo.

Por último, esta crítica ignora que la actual tendencia a una explotación inmoderada de los recursos naturales no proviene principalmente de la civilización cristiana, sino de las antropologías individualistas y colectivistas (anticristianas) que florecieron en Occidente sobre todo desde el siglo XVIII. La autonomía moral absoluta que el liberalismo pretende encontrar en el ser humano condujo fácilmente a afanes desordenados de riqueza, placer y poder, que son la perfecta antítesis de los consejos evangélicos: pobreza, castidad y obediencia. A partir de la Ilustración racionalista, la mentalidad liberal se impuso en nuestra cultura y produjo graves trastornos en la “ecología humana”. La ciencia sin conciencia da cada vez más poder técnico a un hombre que, sin embargo, parece moralmente subdesarrollado. Esto no es culpa de la Iglesia, la gran enemiga de este giro que ha tomado la historia de Occidente (primero) y del mundo (después).[9]

En sexto y último lugar, cabría plantear otra cuestión de facto: si o hasta qué punto los actuales problemas ecológicos constituyen una situación gravísima y casi desesperante y conducen a la humanidad a una pronta auto-destrucción. No analizaré aquí esta cuestión, pero dejo constancia de que estimo que, a raíz de diversos intereses (ideológicos, políticos o económicos) los ecologistas radicales tienden a exagerar mucho la gravedad de los problemas ecológicos (muchos de ellos reales) que sufre o causa nuestra generación.

Me he detenido a comentar el pequeño incidente de esta cita encontrada en mi agenda porque me parece muy ilustrativo de una forma errónea de concebir la “apertura al mundo” en la Iglesia post-conciliar, que causó (y, en menor medida, sigue causando) un gran daño a la Iglesia. Abatidos los bastiones de la apologética y de la crítica de las religiones y filosofías no cristianas, el católico post-conciliar se ha embarcado demasiado a menudo en el diálogo (ecuménico, inter-religioso o con los no creyentes) sin estar suficientemente pertrechado de los antídotos necesarios para evitar su intoxicación con diversos errores fatales para la fe católica. Los resultados de esta ingenua actitud fueron desastrosos y están a la vista.

Es preciso que, dejando de lado todo falso irenismo, los católicos volvamos a acostumbrarnos a practicar un diálogo apologético y evangelizador con los no católicos, marcado no sólo por la caridad, sino también por la íntegra fidelidad a la verdad de la religión católica. En este contexto, conviene recordar este mandato de Jesucristo: “Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas;”[10] y también el consejo paulino: “examinadlo todo y quedaos con lo bueno.”[11]


[1] Tomado de: “Conversando con Eduardo Galeano”, en: Castalia, “La celebración del encuentro posible. 1ª parte”, La Prensa del Oeste, pp. 2-3, Año 1, nro. 3, marzo de 1995; Montevideo, Uruguay.

[2] 2 Corintios 4,18-5,1.

[3] Mateo 10,31.

[4] 2 Pedro 1,4.

[5] La magnífica película Apocalypto de Mel Gibson se aproxima mucho más que Pocahontas a la realidad de la época precolombina.

[6] Cf. Génesis 1,28.

[7] Génesis 2,15.

[8] Exceptuando, claro está, los casos especialísimos de Nuestro Señor Jesucristo y la Virgen María.

[9] Conviene notar que los problemas ecológicos más graves se dieron en la antigua Unión Soviética y en otros países sometidos a regímenes comunistas.

[10] Mateo 10,16.

[11] 1 Tesalonicenses 5,21.