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Equipo de Dirección

En el número anterior de nuestra revista tratamos el tema de las actuales persecuciones contra los cristianos e incluimos una nota del Arzobispo de Nueva York sobre el anticatolicismo. Pensábamos cambiar de tema, pero las circunstancias nos obligan a seguir profundizando en el mismo asunto. El tema central de este número es algo que ha sido muy destacado en las últimas semanas por la mayoría de los medios de comunicación social del mundo entero: los abusos sexuales de menores por parte de algunos sacerdotes católicos y las reacciones de la jerarquía eclesiástica ante dichos abusos. A la vez analizamos lo que el Padre J. E. Mújica ha llamado apropiadamente “el abuso de los abusos”, es decir la explotación con fines anticatólicos del fenómeno de los abusos sexuales cometidos por algunos sacerdotes.

Es importante destacar que nuestra condena absoluta de todo abuso sexual no queda de ningún modo relativizada ni atenuada por nuestro firme rechazo de la utilización de ese escándalo con miras a destruir la autoridad moral de la Iglesia Católica. En honor a la verdad, una cosa no quita la otra. Es más, ambos males—los abusos sexuales por parte de miembros del clero y el abuso de este escándalo por parte de la prensa anticatólica—provienen en última instancia de la misma raíz: el rechazo a la ley de Dios. No hay que buscar la causa de los citados abusos en la moral sexual católica—que, al contrario, exige a todos los hombres una vida casta—ni en el celibato sacerdotal (don de Dios a su Iglesia), sino ante todo en el alejamiento teórico o práctico de algunos sacerdotes con respecto al contenido de la fe católica, incluyendo la doctrina moral. Si bien es cierto, como dice el sabio refrán popular, que “en todas partes se cuecen habas”, también es claro que, ceteris paribus,[1] es más probable que caiga en la tentación del abuso sexual de menores un sacerdote que no cree en la realidad del infierno ni en la existencia de normas morales absolutas que un sacerdote que se adhiere firmemente a toda la doctrina católica. De modo que lo principal que podemos hacer nosotros, simples fieles cristianos, en esta materia, es orar por los sacerdotes y dar un testimonio personal creíble del Evangelio de Jesucristo, con palabras y obras.

En cuanto al “abuso de los abusos”, en la mayoría de los casos nos toca más directamente, en la medida en que todos, en estos días, hemos escuchado o leído acusaciones delirantes contra la Iglesia Católica y hemos visto cómo personas de buena voluntad comienzan a sentir, quizás con angustia, cierta desconfianza, no respecto a este o aquel sacerdote u obispo, sino respecto a la Iglesia entera o toda su jerarquía. Ante esta situación, nuestro deber es tratar de disipar las falsedades o mentiras que la propaganda anticatólica está diseminando con tanta eficacia.

Por ejemplo, en Uruguay, en el correr de pocas semanas, fueron publicados en importantes medios de prensa, entre otros muchos artículos con sabor anticatólico, los siguientes tres:

  1. un artículo de Daniel Vidart en Brecha que pretende demostrar que la fe católica es irracional y que los verdaderos creyentes son fanáticos peligrosos;
  2. un artículo de Tomás Linn en Búsqueda que sostiene que la Iglesia Católica defiende el derecho a la vida para que haya más niños de los que sus sacerdotes puedan abusar y que la misma Iglesia ha perdido toda autoridad para predicar su doctrina moral;
  3. y un artículo de Gerardo Sotelo en El País que achaca a toda la Iglesia Católica la culpa de la tolerancia de esos abusos y que se adhiere a la “solución” propuesta por Leonardo Boff: la abolición del celibato sacerdotal.

En este número incluimos nuestras respuestas a esos tres artículos. Dado que la tarea de defender la religión católica contra los ataques en la prensa supera las posibilidades de una o dos personas, aunque se dedicaran a ello a tiempo completo (lo cual no podemos ni deseamos hacer), alentamos a todos nuestros lectores a responder por escrito, con respeto y firmeza, esa clase de ataques y a hacer llegar sus respuestas a los medios de prensa. Es importante hacer ver que se está ofendiendo gratuitamente las convicciones más hondas de muchos católicos, no sólo de unos pocos.

También publicamos: un artículo largo pero muy bueno del Padre Mújica, que muestra en detalle la trama de las recientes calumnias contra el Santo Padre Benedicto XVI; y una breve reflexión teológica sobre el problema del pecado en la Iglesia, que quizás pueda ayudar a superar las dificultades de fe que este escándalo ha provocado en algunos cristianos.

Además, publicamos la primera de una serie de notas del Dr. Eduardo Casanova sobre el Santo Sudario, ese venerable objeto que, con toda probabilidad, es una reliquia sagrada que da testimonio del hecho central de la historia: la resurrección de Cristo.

Aunque ya lo anunciamos en un mensaje reciente, en este número incluimos dos gratas noticias “de la casa”: la fundación del Centro Cultural Católico Fe y Razón y la publicación del primer libro del Néstor Martínez Valls, Presidente de dicho Centro: Baúl apologético.

Por otra parte, Fe y Razón se adhiere a la Misión en Montevideo—enmarcada en la gran Misión Continental auspiciada por la Conferencia de Aparecida—cuyo lanzamiento tendrá lugar el lunes 3 de mayo en la Catedral de esta ciudad.

Dios mediante, en mayo publicaremos un número extraordinario con aportes de Mons. Barriola y el Dr. Ordoqui.

Para concluir, ofrecemos para vuestra meditación un texto de la Sagrada Escritura que nos exhorta a resistir el mal con fe perseverante:

“Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos que están en el mundo soportan los mismos sufrimientos. El Dios de toda gracia, el que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo, después de breves sufrimientos, os restablecerá, afianzará, robustecerá y os consolidará. A Él el poder por los siglos de los siglos. Amén.”[2]

Que el Señor bendiga y guarde a cada uno de ustedes.


[1] O sea, si todo lo demás permanece constante.

[2] 1 Pedro 5,8-11.