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Daniel Iglesias Grèzes con Néstor Martínez Valls

Carta a Brecha en respuesta a un artículo de Daniel Vidart

Estimado Sr. Director:

El número 1271 de Brecha incluye un artículo de Daniel Vidart titulado “Fe, creencia, credulidad”, cuyo objetivo principal es demostrar el carácter irracional de la fe católica. Vidart dice que lo inspiró un artículo de crítica literaria de El País donde se hacía una distinción entre “fanáticos ciegos” y “creyentes cultos y razonables”. Su propio artículo pretende probar que esa disyuntiva no existe, porque la fe cristiana es necesariamente ciega e irracional. Según Vidart, el “creyente razonable”, en la misma medida en que es razonable, deja de creer.

En realidad, la distinción indicada es imperfecta, porque lo contrario a una fe razonable es una fe irracional, no el fanatismo religioso, que es algo muy distinto: el celo desmedido en la defensa de la propia fe, llegando incluso (a veces) al intento de imponer a otros la propia fe por medios violentos. Se puede sostener una fe en sí razonable fanáticamente o sin ningún fanatismo; y también se puede sostener una fe irracional con o sin fanatismo.

El núcleo del artículo de Vidart está dedicado a un análisis del acto de fe y del contenido de la fe católica. En su análisis del acto de fe, Vidart comete un error inesperado en un intelectual de su categoría. Dado que él se proponía demostrar la irracionalidad de la fe católica, debería haber criticado la noción católica de la fe. No le habría costado mucho consultar, por ejemplo, el Catecismo de la Iglesia Católica. Según la doctrina católica, la fe es un acto de la inteligencia, no de la voluntad (como sostiene Vidart), aunque ésta también interviene en el acto de fe, que es un acto libre. La inteligencia del creyente, por motivos racionales, se adhiere libremente a la verdad revelada por Dios, el Ser perfectísimo, que no puede ni engañarse ni engañarnos.

Vidart ignora olímpicamente la doctrina católica sobre la fe y se esfuerza por definir la fe recurriendo a varios diccionarios donde la concepción católica de la fe está mal representada. Por ejemplo, Vidart cita un diccionario soviético que define la fe como la “aceptación gratuita de la veracidad de tal o cual fenómeno” y añade que “la fe ciega en lo sobrenatural… constituye una parte componente de toda religión… La fe religiosa se halla contrapuesta al saber”. No es ése el tono de una enciclopedia que aspire a cierta objetividad. El solo hecho de acudir en este tema a un diccionario partidista como el de Iudin y Rosental, un catecismo marxista ordenado alfabéticamente, resulta sorprendente.

Vidart no analiza la noción de “fe en general”, de la cual la fe cristiana es un caso particular. La fe en general no consiste en aceptar algo porque alguien lo manda ni (peor aún) porque sí, sin motivo alguno, sino en dar por verdadero algo porque se tiene buenas razones para pensar que quien lo atestigua es digno de fe. La fe así entendida origina más del 90% de los conocimientos de cualquier persona culta. La fe cristiana corresponde al caso en que quien testifica es Dios mismo, haciéndose presente en la historia humana y manifestando su presencia por medio de signos sobrenaturales, que sólo pueden venir de Él. Las cuestiones que vale la pena discutir aquí son básicamente dos: si Dios existe y si de hecho hubo o no una Revelación de Dios en la historia.

Pues bien, esas cuestiones fundamentales son despachadas por Vidart sin ofrecer nada parecido a una prueba: por una parte, él descalifica globalmente las pruebas filosóficas clásicas de la existencia de Dios diciendo que no lo convencen y decretando que son “escolásticas demostraciones de un hábil equilibrista”; por otra parte, él ni siquiera se molesta en argumentar contra la posibilidad o el hecho de la Divina Revelación, contentándose con repetir una y otra vez su tesis sobre la irracionalidad de los dogmas, los credos y las creencias religiosas. En conjunto, el artículo de Vidart reposa sobre una gran petición de principio: da por cierto lo que se proponía probar, y no parece ofrecer mucho más que una profesión de fe en el antiguo credo materialista.

Vidart esgrime contra la fe cristiana el conocidísimo “problema del mal”, pero sin demostrar que, si el mal existe, Dios no puede existir. Además, él no considera ni por un instante las respuestas cristianas a ese problema. Haciendo gala de un talante dogmático, pretende quitar la esperanza a los que sufren—lo cual es la peor de las injusticias—llamando a los creyentes “ilusas criaturas, que… vanamente esperan clemencia en este mundo y salvación en el otro”.

Luego Vidart procede a una caprichosa descripción de un posible candidato al rótulo de “cristiano razonable”. Éste –según Vidart– “laiciza los rituales o concurre muy de tarde en tarde a misa”; y su fe debería ser “una fe a medias, una fe soft, posmoderna, complaciente, distanciada de la devoción…, no del todo convencida de la omnisciencia y omnipresencia de un dios…, desdeñosa de… lo milagroso, ajena a los inefables misterios del cristianismo”. Es decir, no sería fe cristiana en absoluto.

Vidart enfrenta a su hipotético “cristiano razonable”—que, en verdad, ni siquiera es cristiano—con el Credo de los Apóstoles, conservado al menos desde el siglo II por la Iglesia de Roma. Vidart afirma “que existen flagrantes manipulaciones infligidas al Symboli Apostolici”, pero indica sólo un ejemplo muy poco convincente: la traducción de pantókrator por omnipotens, una buena traducción. Vidart reproduce íntegramente el Credo de los Apóstoles y luego conmina a su “culto creyente” a que “responda lealmente sí o no a lo escrito en este Credo”. Se podría haber ahorrado este trabajo. ¿No sabe Vidart que la Iglesia Católica ya ha hecho esta misma pregunta a cada uno de sus fieles? El Credo de los Apóstoles es un símbolo bautismal, y cada cristiano ha asentido a ese Credo en el día de su bautismo y ha reiterado ese “sí” al menos anualmente, en cada vigilia pascual. Vidart rechaza el Credo Apostólico simplemente diciendo que “excede largamente todo lo dicho en las más fantásticas mitologías”.

Vidart prosigue su argumento así: “Si el interrogado contesta que no,… no es cristiano… Si dice que sí, que asuma en consecuencia, y a fondo, lo establecido e impuesto por la santa madre” [Iglesia]. Vidart ya ha dicho antes que, si el cristiano cree de verdad en su fe, no es razonable. Aquí agrega que si no cree, no es cristiano. Por lo tanto, habría que elegir entre cristianismo y racionalidad.

Vidart redondea su sofisma citando a Sam Harris: “Los hombres que cometieron las atrocidades del 11 de septiembre no eran “cobardes”…, ni… lunáticos… Eran hombres de fe –y de una fe perfecta”. O sea que el verdadero creyente no sólo no es una persona razonable, sino que es un fanático, alguien muy peligroso para la sociedad. De aquí a la persecución de los creyentes no hay mucha distancia.

Hacia el final de su artículo, Vidart calumnia a la Iglesia Católica, al escribir que “los curas pedófilos [han sido] solícitamente puestos hasta hoy por la santa madre al margen de todo castigo divino o humano”. La verdad es que la Iglesia Católica (comenzando por el Papa) ha hecho y sigue haciendo grandes esfuerzos para combatir la lacra de la pequeña minoría pedófila dentro del clero católico, llegando muchas veces a expulsar del estado clerical a los culpables.

Por lo demás, el artículo de Vidart está lleno de contradicciones, confusiones, anacronismos, postulados arbitrarios y gruesos errores:

  • Primero trata de identificar a Cristo con los mitos solares de Oriente y a la Santísima Trinidad con tríos de deidades de la India y de Egipto; después admite que la fe cristiana es incomparable con cualquier mitología.
  • Primero se queja de que la Iglesia Católica haya descartado los evangelios apócrifos y después se burla de la fe católica por algo que encuentra en un evangelio apócrifo.
  • Primero dice que toda verdad (científica o no) requiere una demostración y a renglón seguido se adhiere al falibilismo de Popper, que niega que la ciencia pueda demostrar la verdad de proposición alguna.
  • Confunde el dogma trinitario con la herejía triteísta, el culto católico de los santos con el politeísmo, la fe cristiana en la creación con un anti-evolucionismo fundamentalista, etc.
  • Replantea viejos problemas (la “cuestión sinóptica” y la “cuestión joánica”, enmarcadas en la más amplia “cuestión bíblica”) discutidos por los exegetas durante siglos y resueltos definitivamente en el ámbito católico hace ya más de 60 años; y, una vez más, lo hace sin considerar las respuestas católicas a esas cuestiones.
  • Atribuye a San Pablo la anónima Carta a los Hebreos, lo que hoy no admite casi ningún exegeta.
  • Afirma sin prueba alguna que San Pablo fue “el inventor de Cristo”.
  • Sugiere, también sin prueba, que los evangelistas tuvieron como base solamente “relatos de segunda o tercera mano”.
  • Atribuye fantasiosamente al primer Concilio de Nicea un amplio conjunto de supuestas decisiones que no tienen ninguna verosimilitud histórica.

En suma, lamentablemente este artículo se caracteriza por su escaso valor intelectual y por un talante que hace pensar precisamente en ese fanatismo que desvela tanto al autor. La gran agresividad desplegada por el autor contra el catolicismo nos recuerda la tesis del académico no católico Philip Jenkins, quien sostiene con abundantes pruebas que el anticatolicismo es “el último prejuicio aceptable” en nuestra cultura occidental moderna.[1]

Montevideo, 17 de abril de 2010.

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[1] La fe reafirmada, Daniel Iglesias Grèzes con Néstor Martínez Valls, versión completa.