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Néstor Martínez Valls

Carta a Búsqueda en respuesta a un artículo de Tomás Linn

Estimado Sr. Director de Búsqueda:

En la edición del jueves 15 de abril de “Búsqueda” se publicó una nota de Tomás Linn acerca del escándalo de los casos de pedofilia en sacerdotes católicos. Como miembro de la comunidad católica me interesa hacer unas puntualizaciones sobre este tema tan doloroso.

Sin duda el abuso sexual de un niño por parte de un sacerdote es algo horrendo y aberrante. Si el fenómeno, como parece ser, se extiende a muchos casos (no sabemos si “cientos” como dice Linn, pero sí una cantidad suficiente como para que no sea un caso aislado de dos o tres sacerdotes), señala claramente la existencia de un problema dentro de la Iglesia y de una falla, como dice también Linn, en el sistema de selección, formación y control de los sacerdotes. Lo más grave es cuando a esto se agrega la falta de diligencia de algunas autoridades eclesiásticas, más que nada locales, en poner remedio a estas situaciones o incluso el posible encubrimiento por parte de algunas de ellas.

Pero es necesario aclarar algunos puntos que en el escrito de Linn no parecen bien resaltados. La Iglesia condena moralmente la pedofilia. También la heterosexual, por si alguien no entiende bien el comentario que hace Linn sobre el caso del ex-Obispo Lugo.

Más allá de lo que Lugo pueda pensar al respecto y de la aplicación que tenga en su caso el término “pedofilia”, para la Iglesia la pedofilia heterosexual no es “una amena travesura machista”, como dice Linn, sino un pecado abominable. Por otra parte, Lugo pertenece justamente a esa corriente dentro de la Iglesia que aboga por una actitud más “liberal”, “amplia”, “comprensiva” de la Iglesia en materia sexual y que, como veremos, es también parte del problema.

Además, la Iglesia castiga jurídicamente la pedofilia sacerdotal, pudiendo llegar hasta la expulsión del estado clerical.

Los fallos de los integrantes de las instituciones, aún de autoridades de esas instituciones, no desacreditan necesariamente a las instituciones mismas. ¿Dónde está la institución, formada por seres humanos y no por ángeles, en la cual no ocurran cosas análogas? ¿Y por eso estas instituciones pierden su autoridad moral, su doctrina o sus principios dejan de tener vigencia, etc.? Si así fuese, nos quedaríamos sin instituciones en el mundo. Sin familias, sin partidos políticos, sin sindicatos, sin ejércitos, sin parlamentos, sin prensa, sin universidades, sin instituciones de salud, sin empresas, sin comercio, sin bancos, sin instituciones deportivas, etc., etc.

Menos aún desacreditan o refutan tales fallos a las doctrinas y los principios de esas instituciones. Sobre todo cuando esas doctrinas y principios son precisamente los que condenan como inmorales a esas conductas. Al condenar la pedofilia estamos coincidiendo con la condena que la Iglesia hace de la misma.

Si la doctrina moral de la Iglesia en materia de sexualidad ha quedado “descalificada” por este escándalo ¿entonces de ahora en adelante es ético el adulterio, el incesto, la prostitución, la misma pedofilia?

No es cierto que la Iglesia no haya tomado y siga tomando medidas concretas para afrontar los casos de pedofilia en los sacerdotes y para ayudar en lo posible a las víctimas. El mismo Benedicto XVI ha tenido reuniones con víctimas de abusos y ha apoyado y promovido las iniciativas en diversos lugares en orden a atender a esas personas.

Tampoco es verdad que la pedofilia sea más frecuente entre los sacerdotes católicos. Al contrario, los estudios al respecto muestran una gran cantidad de casos de pedofilia por parte de hombres y mujeres casados. También apuntan a mayor cantidad de casos en otros cuerpos religiosos, que carecen de celibato sacerdotal. Lo cual derriba el mito de que el celibato sacerdotal es causa de la pedofilia. Es un ínfimo porcentaje del sacerdocio católico mundial el que se ha visto implicado en estos casos.

Por otra parte, la actitud de sociedades como la norteamericana ante la pedofilia no es clara. Hace décadas que existe en EE.UU. una organización llamada NAMBLA que es la “ONG” de los pedófilos. Actúa en forma totalmente legal, tiene conferencias y manifestaciones, publica revistas, sale en la prensa, etc. A diferencia de la Iglesia, que condena la pedofilia y lamenta la conducta de aquellos hijos suyos que caen en esa horrenda falta, y hasta pide perdón por ello, NAMBLA reivindica la pedofilia como un derecho y promueve la eliminación del límite de la edad legal del consentimiento para las relaciones sexuales.

Sin embargo, no hemos visto ninguna campaña mediática contra NAMBLA, no ha habido que sepamos vestiduras que se hayan rasgado por ese motivo; en realidad, seguramente el 99 % de los eventuales lectores de esta carta no sabían de su existencia. Tampoco somos informados, o casi, de otros casos de pedofilia que no sean los de los sacerdotes católicos.

Por ejemplo, un periodista norteamericano ha comentado que durante la primera mitad de 2002, los 61 periódicos más importantes de California publicaron 2.000 historias de abuso sexual en instituciones católicas, mayormente relacionados con acusaciones pasadas. Durante el mismo periodo, esos periódicos publicaron 4 historias acerca del descubrimiento del gobierno federal de un escándalo de abuso sexual mucho más largo -y continuo- en escuelas públicas.

En efecto, por Internet sabemos de informes según los cuales en las escuelas públicas de EE.UU. un 5% de los profesores es responsable de abusar sexualmente de un 15% de los alumnos. Recordemos que el celibato no es requisito para ser profesor de la enseñanza pública en EE.UU…

¿Es de extrañar entonces que se afirme la existencia de un brote de odio anticatólico que lleva a atacar selectivamente a la Iglesia olvidando, silenciando y capaz que hasta aprobando otros casos igualmente condenables? ¿No es razonable pensar que lo que se busca es acallar a la Iglesia en una coyuntura particular de la historia en la que su prédica se opone frontalmente a un cierto proyecto de reorganización de la sociedad mundial que desconoce brutalmente la dignidad y los derechos de la persona humana, empezando por el más elemental de todos, el derecho a la vida desde la concepción?

De hecho, en el mismo artículo de Linn la conclusión es que la enseñanza moral de la Iglesia ha quedado desacreditada y no merece ser oída, incluso en lo referente al aborto. Pero sobre esto volveremos más adelante.

Linn hace una defensa de la homosexualidad y se escandaliza de lo que él llama “estigmatización” de la homosexualidad por parte de la Iglesia. La Iglesia enseña que los actos homosexuales son intrínsecamente malos y no son lícitos moralmente. Si por “homosexualidad” se entiende la tendencia homosexual, la Iglesia enseña que, siendo sí un desorden de la personalidad, no es un pecado mientras no reciba el consentimiento de la voluntad y mientras no se realicen los actos a que esas tendencias impulsan.

Pero además, hay estudios que afirman un claro vínculo entre homosexualidad y pedofilia. De hecho, y como lo reconoce el mismo Linn, la mayoría de los casos denunciados son casos de homosexualidad, pues son casos de sacerdotes que tienen relaciones con menores de sexo masculino.

Sin embargo ¿qué clamores no se levantaron cuando el Papa emitió un documento en el que se negaba la posibilidad de acceder al sacerdocio a las personas de tendencia homosexual que no manifestaban claramente la renuncia a las conductas homosexuales?

No deja de ser contradictoria la actitud de los que desde los años sesenta vienen pidiendo a la Iglesia que predique una moral sexual más liberal y tolerante, y ahora se escandalizan por la más mínima falta de rigor o severidad con los casos de pedofilia sacerdotal. De hecho, importantes estudiosos católicos norteamericanos han señalado la relación que hay entre el relajamiento doctrinal y disciplinar que aqueja a una parte de la Iglesia en EE.UU., y especialmente a algunos seminarios, desde el post-Concilio y el fenómeno de la pedofilia de algunos sacerdotes.

Sin duda, entonces, que, como dice Linn, ha habido fallos graves en la selección y formación de los candidatos al sacerdocio y en el ejercicio de la autoridad episcopal en casos concretos. Pero han estado muy probablemente inspirados en el mismo conjunto de ideas y actitudes que Linn promueve al valorar positivamente la homosexualidad, al criticar el celibato sacerdotal y al tratar de amordazar la enseñanza moral de la Iglesia en materia sexual.

Hasta aquí hemos rebatido afirmaciones y argumentos. Lo que viene ahora es más grave. Linn plantea la duda de si no será que la Iglesia defiende el derecho a la vida desde la concepción y se opone a la legalización del aborto para que en el futuro haya suficientes niños pequeños de los que puedan abusar sexualmente sus sacerdotes. Sí, leyó bien. Dice textualmente:

“La Iglesia incluso perdió autoridad para sentenciar a quienes defienden el aborto. Hoy cualquiera podría aducir que la firme defensa de la vida antes de nacer, tan cara a su prédica, era para que ella fuera dañada por los propios curas en la infancia. El razonamiento parecerá maligno, pero los hechos no ayudan a refutarlo.”

Es mejor no comentar esto, pero es una muestra significativa del clima intelectual y espiritual del que procede este tipo de críticas. Después de esto, los hechos no ayudan, ciertamente, a creer que no existe una campaña de odio anticatólico que busca silenciar, entre otras cosas, la firme defensa que la Iglesia hace del matrimonio, de la familia y del derecho de todo ser humano a la vida.

No hay en ello novedad alguna, por supuesto. Hace dos mil años que la prédica del Evangelio suscita reacciones parecidas, así como hace brotar también la conversión, la fe y la santidad. Linn teme que los creyentes nos veamos “decepcionados”. Por lo que nos toca, y sabiendo que hablamos en nombre de muchos, nuestro problema principal es cómo ser menos indignos de ser miembros de la Iglesia de Cristo. Sabemos que nunca lo vamos a resolver del todo, porque siempre va a ser un don espléndido e inmerecido, una deuda impagable.

Lo saludo atentamente.

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