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Néstor Martínez Valls

En el primer canto de la “Divina Comedia” de Dante Alighieri tenemos el encuentro de Dante con Virgilio, que se ofrece para conducirlo a través del Infierno y el Purgatorio (será Beatriz la que lo guíe luego a través de las esferas celestiales).

En el canto segundo, Virgilio cuenta a Dante que ésa es la misión que ha recibido precisamente de Beatriz.

El tercer canto comienza con la descripción de la puerta de entrada al Infierno, y del otro lado de la misma aparece una turba de gente que a primera vista parecen ser condenados, pero que, según la explicación de Virgilio, son los que “no se hicieron merecedores de vituperio y alabanza”.

Hay entre ellos incluso ángeles, que “no fueron fieles ni infieles a Dios, sino que sólo vivieron para sí mismos”. Estos personajes son torturados por avispas que los aguijonean sin cesar.

El tercer canto termina con el cruce del río Aqueronte, en la barca del demonio Carón.

En el cuarto canto, una vez cruzado el Aqueronte, se ha llegado al Infierno propiamente dicho, que es un pozo en forma de cono invertido, de círculos concéntricos cada vez más estrechos.

El primer círculo es lo que podríamos llamar “el Limbo de los justos paganos”, que, como veremos, es un lugar extrañamente apacible y luminoso, para formar parte del Infierno.

Para pasar de allí al segundo círculo, hay que comparecer primero ante el juez Minos, y de allí se va al lugar donde son castigados los lujuriosos, lo cual muestra que, para Dante, de los que propiamente pueden ser llamados pecados, éste era el menos grave.

Todo esto pensamos que ofrece material para algunas reflexiones.

Según Dante, dentro del Infierno hay dos clases de personas que no parecen ser propiamente pecadores: los que no hicieron ni bien ni mal, y los justos paganos.

La primera categoría es en realidad imposible, según la teología cristiana. De hecho, si estas personas son las que no se comprometieron con nada, eso ya es un pecado, y de hecho, si hay uno que “por cobardía hizo la gran renuncia”, como dice Dante, es claro que eso es un pecado.

Pero además aparece allí una categoría de ángeles “que no fueron ni fieles ni infieles a Dios, sino que sólo vivieron para sí”. Eso es de nuevo imposible, el “sólo vivir para sí” ya es una infidelidad.

Sería interesante averiguar si existía en tiempos de Dante o anteriormente una opinión de este tipo sobre los ángeles.

Los justos paganos parecen ser de dos categorías:

  • Los que viviendo en tiempos de la fe cristiana, no la abrazaron. Éstos “no pecaron”, dice Virgilio.
  • Los que, viviendo antes de Cristo, no adoraron a Dios como debían.

Se puede interpretar de dos maneras: o ninguno de éstos pecó, o solamente los de la primera categoría estuvieron exentos de pecado.

El primer caso es menos coherente, porque los de la segunda categoría pecaron precisamente por “no adorar a Dios como debían”, y, de hecho, Virgilio llama a eso una “falta”.

Pero el segundo caso también tiene una incongruencia. Porque es cierto que hubo una interpretación teológica según la cual sólo los que tienen fe explícita en Jesucristo se salvan. Pero incluso esa interpretación teológica sostiene, lógicamente, que si los otros se condenan, es porque pecan y no llegan a arrepentirse de su pecado, es decir, porque a falta de la fe y la gracia que ésta conlleva, no se puede a la larga evitar el pecado.

En realidad, la doctrina oficial de la Iglesia hoy es que no es absolutamente necesaria la fe explícita en Jesucristo para alcanzar, de hecho, la salvación. Si la persona, sin culpa de su parte, desconoce la misión salvadora de Cristo y de la Iglesia, y por otra parte, se esfuerza por cumplir la voluntad de Dios, conocida por la voz de la conciencia, recibe de Cristo, y misteriosamente por medio de la Iglesia, la gracia necesaria para la salvación.

La lógica de su planteo lleva a Dante a consecuencias paradójicas. Es claro que si hay algunos que no pecaron, deben ir antes que los que pecaron del modo que sea. Pero entonces resulta que personajes como el que “por cobardía hizo la gran renuncia”, vienen a estar menos hundidos, por así decir, en el Infierno que algunos justos paganos cuya única razón de estar allí es no haber recibido el bautismo (Virgilio, en la interpretación que arriba dimos como más probable, no dice que éstos hayan pecado).

De hecho, para llegar del sitio en que se encuentran los que no hicieron bien ni mal, al “limbo de los justos paganos”, hay que cruzar el Aqueronte.

Por eso mismo, ni siquiera es claro en el texto que los que vivieron en tiempos de Cristo y no se bautizaron hayan pecado de modo alguno, por lo cual ni siquiera suponiendo el planteo de Dante, de que hay algunos seres humanos que ni pecaron ni hicieron méritos para la vida eterna, deberían estar allí.

Finalmente, otra incongruencia es que, supuesto todo este planteo, resulta que de todos modos todas estas categorías se encuentran al otro lado de la puerta del Infierno.

Entendemos que la raíz de todas estas dificultades está en haber admitido que en la economía presente puede haber alguna creatura racional que no esté ni en amistad ni en enemistad con Dios y, tratándose de seres humanos difuntos, que puede haber alguno al que no deba asignarse en definitiva la salvación o la condenación eterna.

Es posible que la razón de ese planteo teológico erróneo haya estado precisamente en el caso de los justos paganos y la dificultad que planteaba a la teología cristiana. No se admitía que pudiesen entrar en el Cielo sin bautismo sacramental, y parecía muy duro destinarlos a las penas infernales.

De ahí su supuesto estado “intermedio”, que en realidad conlleva varias contradicciones: de hecho, sufren la peor de las penas, que es la “pena de daño”, la pérdida de la visión de Dios, y carecen solamente de la menos grave, que es la “pena de sentido”.

Y además, no dejan de estar del otro lado de la puerta del Infierno, cuando en buena lógica, según las premisas de Dante, deberían estar fuera de él (y también fuera del Cielo).

Lo que tiene que ver con los que aparecen en primer lugar, los que “no se hicieron merecedores de alabanza ni vituperio”, parece ser una cuestión más personal del propio Dante. Sin duda que Cristo en el Apocalipsis dice que al tibio, que no es ni frío ni caliente, lo vomitará de su boca, y que ojalá fuese frío o caliente. De modo análogo, Dante dice que estos desgraciados “no vivieron nunca”. Pero lo que para el Apocalipsis es claramente un pecado, para Dante parece ser una situación que no es ni de pecado ni de gracia.

Finalmente, cabe preguntarse si no aparece en este planteo algo de lo que será el naturalismo propio de algunas de las corrientes más notables del Renacimiento. En la idea del “limbo de los justos paganos” apunta la noción de un estado del ser humano que puede mantenerse, por así decir, “aparte” de la historia de la salvación, que puede carecer de la gracia sin por ello estar propiamente en pecado, y que puede incluso disfrutar de una especie de “paraíso triste” o “lugar apacible y luminoso” dentro del mismo Infierno.

Tenemos aquí almas a las que la “pena de daño”, la pérdida de la visión de Dios, les produce solamente algunos suspiros de tristeza, en medio de su augusta y luminosa tranquilidad.

Esto tiene alguna semejanza (dentro de una gran diferencia) con la idea tomista del “limbo de los niños”, que sería el estado definitivo de las almas de los niños que mueren sin el bautismo. Allí, según Santo Tomás, las almas de estos niños gozan de una felicidad natural, basada en una contemplación intelectual natural, abstracta, de Dios, Causa Primera, sin poder gozar de la visión beatificante de la Esencia Divina, que es el Cielo propiamente dicho, por no haber recibido el bautismo sacramental y no habérseles borrado, por tanto, el pecado original. De todos modos, carecen de pecados personales, y ésa es la razón por la que no se encuentran en el Infierno.

La diferencia entre el planteo de Dante y la tesis tomista es que para Santo Tomás ningún adulto puede estar en este estado, porque con el uso de razón y del libre albedrío ya se entra en la disyuntiva inexorable del pecado (personal) o la gracia.

Además, para Santo Tomás este “limbo de los niños” no es parte del Infierno, como sí es para Dante lo que hemos llamado el “limbo de los justos paganos”.

De hecho, hoy día, la Iglesia, en el Catecismo, enseña que hay que confiar en que la misericordia de Dios encuentra una vía de salvación para las almas de los niños que mueren sin el bautismo sacramental, lo cual implica necesariamente, entendemos nosotros, que de algún modo la gracia propia del bautismo borra en ellos el pecado original, sin lo cual nadie puede entrar en la vida eterna.