genero
Néstor Martínez Valls

La ideología de la “perspectiva de género”, tan en boga hoy día y adoptada oficialmente por varios Estados que por otra parte se definen como “laicos”, incluido el uruguayo, sostiene que el sexo es natural y el género es cultural. El ser varón o mujer pertenece al género, no al sexo. Por tanto, el ser varón o mujer no es algo natural, sino cultural.

Por eso mismo, la heterosexualidad, al no ser natural, no es la única opción posible. Hay seis “opciones sexuales” igualmente válidas: heterosexual masculino, heterosexual femenino, homosexual masculino, homosexual femenino, bisexual masculino, bisexual femenino.

Eso enseñan estos Estados en la educación pública a los hijos de los ciudadanos, sin importarles qué piensan al respecto los padres, que tienen por naturaleza el derecho a ser los primeros y principales educadores de sus hijos.

En el fondo parece estar la idea de “libertad”: ella es la que se interpone entre la realidad biológica de la persona y su “identidad de género”. El argumento es que la identidad de género es “cultural”. La naturaleza humana es vista como un límite a la libertad del hombre; por eso se la disuelve en la cultura.

Es errada la idea de “libertad absoluta” que está en el fondo de este planteo. La libertad nunca puede ser absoluta, pues al menos no puede, por razones lógicas, elegir entre existir o no existir, entre ser libertad o no serlo, entre ser capaz de elegir o no serlo.

Sin duda el ser humano puede terminar su vida, pero no puede decidir el comienzo de la misma, y por eso mismo, tampoco puede decidir si ha de ser miembro de la especie humana o de alguna otra, ni tampoco, por tanto, si ha de estar dotado o no de la capacidad de elegir.

Sería erróneo pensar que en la fe cristiana se le reconoce a Dios mismo una libertad absoluta. No es así. La Omnipotencia divina, según Santo Tomás de Aquino, es la capacidad de hacer todo aquello que no implica contradicción. Lo contradictorio cae fuera del ser, es el no ser, y no sería perfección alguna de la voluntad el querer el no ser, ni del poder, el poder realizarlo. Es la misma Perfección divina, por tanto, la que hace que la Omnipotencia divina no se extienda a lo contradictorio.

Por eso mismo, la libertad divina no se extiende a lo contradictorio. Podemos pensar muchas cosas que caen fuera de la Omnipotencia divina, a las cuales no se extiende la libertad divina: que Dios no exista, que no sea Dios, que no sea libre, que sea finito, que no sea bueno, que sea material, que el mundo exista sin haber sido creado por Dios, etc. El no ser queda fuera de “todo”, por eso Dios es Todopoderoso.

Es falsa también la oposición que plantea la perspectiva de género entre libertad y naturaleza. Esto lo hereda, entre otros, del existencialismo de Sartre: recordemos que la compañera de Sartre, Simone de Beauvoir, es una de las precursoras de la perspectiva de género con su libro “El segundo sexo”; donde hace la famosa afirmación de que “una no nace mujer, sino que llega a serlo”, dando así una versión feminista, por así decir, del existencialismo, para el cual el hombre no viene al mundo dotado de una naturaleza humana.

Por el contrario, el ser humano es libre por naturaleza, posee por naturaleza el libre albedrío, porque posee por naturaleza la inteligencia y la voluntad que lo capacitan para elegir sus propias acciones. Y que esa libertad sea limitada no es, como ya dijimos, un defecto o imperfección de la libertad humana, sino su condición de posibilidad, ya que sólo donde hay una naturaleza racional puede haber libertad, y por tanto, esa naturaleza racional es el presupuesto de esa libertad y no cae por tanto dentro de su capacidad de opción.

Hay una naturaleza de la que no puede escapar la libertad incluso en la perspectiva más radical, que es la naturaleza de la libertad misma. La libertad no puede no ser libertad. Y esa libertad, como ya dijimos, sólo puede tenerse por naturaleza, porque es contradictoria la idea de elegir entre poder elegir o no poder hacerlo.

Y por eso mismo, es totalmente errada la exclusión del cuerpo que practica la perspectiva de género, marginándolo al exterior de lo propiamente humano, en la más pura y paradójica tradición del dualismo antropológico, que tiene sus antecesores señeros en Platón y Descartes.

Porque el cuerpo es ineludiblemente parte de la naturaleza humana. Así como no hay libertad sin naturaleza, no hay libertad humana sin cuerpo. El cuerpo, parte de mi naturaleza humana, por eso es junto con ella presupuesto de mi libertad y por eso mismo no es objeto de libre opción por mi parte, como tampoco lo es mi naturaleza misma.

Y precisamente porque el cuerpo es integrante esencial de la naturaleza de la persona humana, la sexualidad es algo de la persona, no solamente del cuerpo. Es la persona, cuerpo y alma, la que es sexuada. Es la persona, cuerpo y alma, la que es varón o mujer.

La sexualidad no es algo “meramente biológico”, es algo humano, porque el cuerpo mismo del hombre es esencialmente humano y no es, como supone la perspectiva de género, algo exterior a lo propiamente humano, lo cual sería solamente esa “libertad” que gira en el vacío de toda referencia ontológica y antropológica.

Los límites nos constituyen. Somos gracias a ellos. Sin ellos, la misma libertad de elección sería imposible. Si no hay límites, si todo es igual a todo, entonces no se puede elegir. La idea que la perspectiva de género tiene de la libertad es como la de aquel que para “liberar” a una figura dibujada en el papel le borrase todos los contornos. Eso no es liberación, sino destrucción. La perspectiva de género quiere borrarnos como personas humanas. Quiere destruirnos.

La homosexualidad, por tanto, no es una opción, en el sentido de que no es una opción coherente con la naturaleza de la persona humana. Obviamente, el ser humano puede de hecho optar por ser homosexual, pero no puede hacer que esa opción sea coherente con su naturaleza ni puede hacer que contribuya, por tanto, a la plena realización de su humanidad. Por el contrario, siempre que el hombre atenta contra la naturaleza humana, atenta obviamente contra sí mismo, y termina por destruirse.

Por otra parte, se nota cierta contradicción hoy día entre los propulsores de la ideología homosexualista, en cuanto por un lado se habla de la homosexualidad como una opción sexual, y por otro lado, se la presenta como un dato genético que escapa a la voluntad de la persona. Lo que escapa a la voluntad del individuo no puede ser objeto de una opción por parte suya.

Es muy curioso, además, que mientras se afirma que la heterosexualidad, que sí está enraizada en la biología, no es algo que se imponga a la libertad, se dice también que la homosexualidad, a la que se pretende enraizar falsamente en la biología, es decir, en los genes, sí se impone a la libertad de modo tal que el homosexual no podría dejar de serlo aunque quisiese.

Sabemos que según muchos médicos, hay casos de homosexualidad que son superables por la persona, y otros, tal vez, que muy difícilmente lo son, o no lo son en modo alguno. Pero tampoco en este último caso sería la naturaleza humana la que impondría la homosexualidad, sino que ella constituiría justamente una falla de esa naturaleza en ese caso particular. Una falla genética. si existe algo así en estos casos, no forma parte del código genético con el mismo título con que lo integran sus componentes naturales, y la falibilidad es una de las características esenciales de toda naturaleza finita.

La supuesta “libertad absoluta” de la perspectiva de género, apenas liberada de la naturaleza humana y del cuerpo, viene a colapsar ante la condición homosexual, que es precisamente la que no se nos impone por naturaleza.

Al final se viene a reconocer, en medio de las brumas, que la libertad humana debe seguir a la naturaleza humana. Y después de haber proclamado la independencia respecto de la biología real, termina esta libertad sin cuerpo por someterse a una biología inventada. La perspectiva de género es un producto cultural.

Perecer en medio de una maraña de contradicciones es el triste destino de todas las ideologías que comienzan por rebelarse ante la realidad y la verdad, y que pretenden sustituir el ser de las cosas con la voluntad de poder y sus proyecciones utópicas, que terminan siendo más bien “distópicas”. La inteligencia moderna está enferma de “antirrealismo” y necesita una cura urgente de metafísica y sana filosofía del ser.