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S. S. Benedicto XVI

En la última catequesis meditamos en la figura del apóstol San Juan Primero, tratamos de ver lo que se puede saber de su vida Después, en una segunda catequesis, meditamos en el contenido central de su evangelio, de sus cartas: la caridad, el amor Y hoy volvemos a ocuparnos de la figura de San Juan, esta vez considerándolo el vidente del Apocalipsis.

Ante todo, conviene hacer una observación: mientras que no aparece nunca su nombre ni en el cuarto evangelio ni en las cartas atribuidas a este apóstol, el Apocalipsis hace referencia al nombre de San Juan en cuatro ocasiones.[1] Es evidente que el autor, por una parte, no tenía ningún motivo para ocultar su nombre y, por otra, sabía que sus primeros lectores podían identificarlo con precisión Por lo demás, sabemos que, ya en el siglo III, los estudiosos discutían sobre la verdadera identidad del Juan del Apocalipsis En cualquier caso, podríamos llamarlo también el vidente de Patmos”, pues su figura está unida al nombre de esta isla del mar Egeo, donde, según su mismo testimonio autobiográfico, se encontraba deportado por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús.”[2]

Precisamente, en Patmos, arrebatado en éxtasis el día del Señor,”[3] San Juan tuvo visiones grandiosas y escuchó mensajes extraordinarios, que influirán en gran medida en la historia de la Iglesia y en toda la cultura cristiana Por ejemplo, del título de su libro, Apocalipsis”, Revelación”, proceden en nuestro lenguaje las palabras apocalipsis” y apocalíptico”, que evocan, aunque de manera impropia, la idea de una catástrofe inminente.

El libro debe comprenderse en el contexto de la dramática experiencia de las siete Iglesias de Asia (Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea) que, a finales del siglo I, tuvieron que afrontar grandes dificultades —persecuciones y tensiones incluso internas— en su testimonio de Cristo San Juan se dirige a ellas mostrando una profunda sensibilidad pastoral con respecto a los cristianos perseguidos, a quienes exhorta a permanecer firmes en la fe y a no identificarse con el mundo pagano, tan fuerte Su objetivo consiste, en definitiva, en desvelar, a partir de la muerte y resurrección de Cristo, el sentido de la historia humana.

En efecto, la primera y fundamental visión de San Juan atañe a la figura del Cordero que, a pesar de estar degollado, permanece en pie[4] en medio del trono en el que se sienta el mismo Dios De este modo, San Juan quiere transmitirnos ante todo dos mensajes: el primero es que Jesús, aunque fue asesinado con un acto de violencia, en vez de quedar inerte en el suelo, paradójicamente se mantiene firme sobre sus pies, porque con la resurrección ha vencido definitivamente a la muerte; el segundo es que el mismo Jesús, precisamente por haber muerto y resucitado, ya participa plenamente del poder real y salvífico del Padre.

Ésta es la visión fundamental Jesús, el Hijo de Dios, en esta tierra es un Cordero indefenso, herido, muerto Y, sin embargo, está en pie, firme, ante el trono de Dios y participa del poder divino Tiene en sus manos la historia del mundo De este modo, el vidente nos quiere decir: Tened confianza en Jesús; no tengáis miedo de los poderes que se le oponen, de la persecución El Cordero herido y muerto vence Seguid al Cordero Jesús, confiad en Jesús; seguid su camino Aunque en este mundo sólo parezca un Cordero débil, Él es el vencedor”.

Una de las principales visiones del Apocalipsis tiene por objeto este Cordero en el momento en el que abre un libro, que antes estaba sellado con siete sellos, que nadie era capaz de soltar San Juan se presenta incluso llorando, porque nadie era digno de abrir el libro y de leerlo.[5] La historia es indescifrable, incomprensible Nadie puede leerla Quizá este llanto de San Juan ante el misterio tan oscuro de la historia expresa el desconcierto de las Iglesias asiáticas por el silencio de Dios ante las persecuciones a las que estaban sometidas en ese momento Es un desconcierto en el que puede reflejarse muy bien nuestra sorpresa ante las graves dificultades, incomprensiones y hostilidades que también hoy sufre la Iglesia en varias partes del mundo Son sufrimientos que ciertamente la Iglesia no se merece, como tampoco Jesús se mereció el suplicio Ahora bien, revelan la maldad del hombre, cuando se deja llevar por las sugestiones del mal, y la dirección superior de los acontecimientos por parte de Dios.

Pues bien, sólo el Cordero inmolado es capaz de abrir el libro sellado y de revelar su contenido, de dar sentido a esta historia, que con tanta frecuencia parece absurda Sólo Él puede sacar lecciones y enseñanzas para la vida de los cristianos, a quienes su victoria sobre la muerte anuncia y garantiza la victoria que ellos también alcanzarán, sin duda Todo el lenguaje que utiliza San Juan, con intensas imágenes, está orientado a brindar este consuelo.

Entre las visiones que presenta el Apocalipsis se encuentran dos muy significativas: la de la Mujer que da a luz un Hijo varón, y la complementaria del Dragón, arrojado de los cielos pero todavía muy poderoso Esta Mujer representa a María, la Madre del Redentor, pero a la vez representa a toda la Iglesia, el pueblo de Dios de todos los tiempos, la Iglesia que en todos los tiempos, con gran dolor, da a luz a Cristo siempre de nuevo Y siempre está amenazada por el poder del Dragón Parece indefensa, débil Pero, mientras está amenazada y perseguida por el Dragón, también está protegida por el consuelo de Dios Y esta Mujer al final vence No vence el Dragón Ésta es la gran profecía de este libro, que nos infunde confianza La Mujer que sufre en la historia, la Iglesia que es perseguida, al final se presenta como la Esposa espléndida, imagen de la nueva Jerusalén, en la que ya no hay lágrimas ni llanto, imagen del mundo transformado, del nuevo mundo cuya luz es el mismo Dios, cuya lámpara es el Cordero.

Por este motivo, el Apocalipsis de San Juan, aunque continuamente haga referencia a sufrimientos, tribulaciones y llanto –la cara oscura de la historiaal mismo tiempo contiene frecuentes cantos de alabanza, que representan por así decir la cara luminosa de la historia Por ejemplo, habla de una muchedumbre inmensa que canta casi a gritos: ¡Aleluya! Porque ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios todopoderoso Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado.”[6] Nos encontramos aquí ante la típica paradoja cristiana, según la cual el sufrimiento nunca se percibe como la última palabra, sino que se ve como un momento de paso hacia la felicidad; más aún, el sufrimiento ya está impregnado misteriosamente de la alegría que brota de la esperanza.

Precisamente por esto, San Juan, el vidente de Patmos, puede concluir su libro con un último deseo, impregnado de ardiente esperanza Invoca la definitiva venida del Señor: ¡Ven, Señor Jesús!”[7] Es una de las plegarias centrales de la Iglesia naciente, que también San Pablo utiliza en su forma aramea: Marana tha” Esta plegaria, ¡Ven, Señor nuestro!”[8] tiene varias dimensiones Desde luego, implica ante todo la espera de la victoria definitiva del Señor, de la nueva Jerusalén, del Señor que viene y transforma el mundo Pero, al mismo tiempo, es también una oración eucarística: ¡Ven, Jesús, ahora!” Y Jesús viene, anticipa su llegada definitiva De este modo, con alegría, decimos al mismo tiempo: ¡Ven ahora y ven de manera definitiva!” Esta oración tiene también un tercer significado: Ya has venido, Señor Estamos seguros de tu presencia entre nosotros Para nosotros es una experiencia gozosa Pero, ¡ven de manera definitiva!” Así, con San Pablo, con el vidente de Patmos, con la cristiandad naciente, oremos también nosotros: ¡Ven, Jesús! ¡Ven y transforma el mundo! ¡Ven ya, hoy, y que triunfe la paz!” Amén.

Dado en la Santa Sede en la Audiencia General del Miércoles 23 de agosto de 2006.


[1] Cf. Apocalipsis 1, 1.4.9; 22, 8.

[2] Apocalipsis 1, 9.

[3] Apocalipsis 1, 10.

[4] Cf. Apocalipsis 5, 6.

[5] Cf, Apocalipsis 5, 4.

[6] Apocalipsis 19, 6-7.

[7] Apocalipsis 22, 20.

[8] 1 Corintios 16, 22.