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Equipo de Dirección

El Mundial de fútbol ha terminado y no cabe duda de que Uruguay ha sido la gran sorpresa, ubicándose entre los cuatro mejores seleccionados del mundo. Para todos los uruguayos ha sido tremenda la impresión que ha producido este equipo, además de las notables virtudes técnicas, por el coraje, por la garra, por el espíritu y el alma que han puesto en la cancha. Luchando hasta el último momento, peleando cada pelota, dejándolo todo por la ilusión de un pueblo deportivo que hace cuarenta años que venía soportando la humillación de no llegar muchas veces ni a clasificar para los mundiales.

Durante años se dijo que lo de la garra charrúa era un mito, y ciertamente, la mayoría de los uruguayos descendemos de españoles e italianos. Sin embargo, lo que se quiere designar con ese nombre – hay que creer o reventar – existe. Basta comparar la actuación de nuestro seleccionado con la de otros equipos tal vez superiores técnicamente. A más de uno le habría alcanzado con una parte nada más del coraje que pusieron los uruguayos, para llegar a la final.

Gran fiesta, entonces, para el pueblo uruguayo. Por unos días, el seleccionado de fútbol nos trasmitió otra imagen de nuestro país. Una imagen ganadora, esperanzada, no resignada, audaz. Una imagen que no es la del tradicional “no se puede”, la clásica apuesta por la mediocridad tranquila, por el cálculo más arriba que los valores, por la sonrisa escéptica ante el heroísmo.

La madera uruguaya da para más. Ya lo sabíamos, pero lo teníamos medio olvidado. Tan olvidado, que hace ya un tiempo que nos quieren convencer de apostar a lo que ni siquiera es el mal menor, y de hacer de la resignación la virtud suprema. Incluso puede haber quien proyecte salir a festejar el día nefasto en que, Dios no lo permita, nuestro sistema legal baje los brazos y declare públicamente que ya no defiende el derecho de todo ser humano a la vida desde que existe, o sea desde la concepción, como dijo el ex presidente Vázquez, apoyándose en los datos de la ciencia.

Ése no es el espíritu que nos mostraron los jugadores del seleccionado de fútbol. La misma garra que hizo proezas para lograr un triunfo deportivo tiene que poder hacer cien veces más para detener el avance de la cultura de la muerte. Mucho más grande que ser campeones de fútbol es ser campeones de la vida. Mucho más que pelear por la ilusión de toda una muchachada joven que nunca vio ganar a Uruguay, es pelear por el derecho a vivir de los que en el vientre de sus madres están esperando a ver si son o no son sentenciados a muerte.

Después que empatamos con Francia, que ganamos a Sudáfrica, México, Corea y Ghana, en un partido que en cierto modo trascendió lo meramente deportivo, después que estuvimos a punto de mandar a su casa a los holandeses y de quitarles el tercer puesto a los alemanes, no nos vengan a decir que no hay nada que hacer. No vengan a venderle a este pueblo de nuevo ilusionado con la vida, la “buena noticia” del evangelio de la muerte. No vengan a decirle a nuestros pobres que hacen mal en traer hijos al mundo y que, después de haberlos marginado de tantas maneras, ni ese derecho se les quiere reconocer. No vengan a vender pastillas asesinas a un pueblo que quiere vivir.

¡¡¡Arriba la Celeste!!!