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Miguel Antonio Barriola

No tenemos vocación de seminaristas. El tiempo de formación es una etapa, no una meta definitiva. Por lo cual es conveniente, ya desde ahora, ir pensando en los años futuros del sacerdocio de cada uno, porque, por lo general, se tiene la impresión de que no se ha cuidado mucho el tránsito de los años preparatorios a la vida ministerial, tal cual se suele presentar.

En el medio de la vida o después de haber confrontado los ideales o período previo con los sinsabores posteriores, podemos enderezarnos hacia varios rumbos, dos de ellos extremistas, pareciendo ser un tercero el camino real.

Ha costado mucho esfuerzo lograr, durante el Seminario y como joven adulto, un puesto en la vida, siendo evidente que el ejercicio del sacerdocio, en nuestro mundo actual, exige la lucha de una persona fuerte.

Ahora bien, la afirmación de uno mismo, la encarnación de los ideales se fue haciendo a costa de la represión en el inconsciente de muchas posibilidades: quedaron atrás la posibilidad de una familia, una carrera brillante, éxitos profesionales.

Es lo que suele pasar también con los padres de familia, pero sobre todo en las madres. Emplearon casi treinta años de la vida en su papel de educadores y, cuando los pichones vuelan del nido, aflora todo lo que no pudieron cultivar de sí mismos.

Igualmente y más todavía, el sacerdote es, por definición, “el hombre para los demás”. Los otros y él han elaborado y afilado unos rasgos y dejado a la sombra otras posibilidades, como ya se adelantó: los gozos de una familia propia, la posible realización personal en la política, una profesión beneficiosa…

Recuerdo el lamento de un compañero, sacerdote, que se quejaba, diciendo: “Descubro que no sé hacer otra cosa que ser cura”. Tal realidad, que debería ser un título de gozo sobrenatural, era para él una soberana limitación. Así fue cómo empezó a estudiar psicología y experimentar en otras áreas, hasta que abandonó el ejercicio de su sacerdocio.

¿Qué hacer?

Puede asomar la bifurcación de los caminos: a la mitad de la vida (como inicia Dante su inmortal La Divina Commedia) brota con más fuerza el subconsciente y a raíz de ello se entra en la inseguridad. Se quiebra la instalación consciente, quedándose uno desorientado, pudiendo perder el equilibrio: la familia que pude haber formado, los hijos que me alegrarían la existencia, otras posibilidades desaprovechadas…

Con todo, puede ser también una oportunidad muy útil, que exige mirar de nuevo a la brújula en pos de una nueva y más afianzada orientación, que pondrá a raya también al inconsciente.

Por cierto que el hundimiento de la propia imagen, y de la seguridad que de allí provenía, puede llevar a la catástrofe. Así es cómo una reacción frecuente, para defenderse de la inseguridad, consiste en aferrarse crispadamente al propio personaje, a la identidad sin humor. El caso de tantos tipos, que se toman a sí mismos demasiado en serio.

Un personaje de L. Castellani, un curial, cuando saludaba, preguntaba: “¿Qué tal? ¿Cómo me encuentra?”

En cambio una pizca de humor dulcifica hasta a la misma muerte.

Así, el famoso humorista español, Pedro Muñoz Seca, durante la última y tan atroz guerra civil en dicho país, estando por ser ejecutado por los milicianos rojos, para mayor escarnio, encontrándose ya en el paredón, oyó que le decían: “Te hemos quitado todo, tu casa, tu mujer, tus hijos”.

Él replicó: “Sí, pero hay algo que no me podrán quitar”. Los del pelotón de fusilamiento, intrigados, le preguntaron: “¿Qué?”, Respondiendo él: “El miedo que tengo encima y mi amor a Jesucristo.”[1]

Al contrario, la rigidez que se acuartela detrás del propio “yo” se vuelca en la profesión, las ocupaciones, el “título.”[2] Esa identificación tan infatuada, que olvida que uno es sólo una “vasija de barro”[3] y que el tesoro que en ella lleva superará siempre nuestra pobreza, asume a veces rasgos tragicómicos. Por eso tantos hombres no son, en el fondo, nada más que la dignidad que les ha concedido la sociedad. Sería inútil buscarles una personalidad detrás de la cáscara. Bajo grandes apariencias representativas no son otra cosa que hombrecillos dignos de lástima. De ahí que la profesión sea tan seductora, porque representa una compensación barata a una personalidad deficiente.

Hace unos años el solo ser sacerdote daba prestigio. Hoy hemos dado tantos escándalos, que no vale mucho escudarse sólo en el título.

Debemos aprender a no caer en las meras fachadas, comunes en la época postconstantiniana. Anteriormente a ella se necesitaba heroísmo para declararse cristiano. Quien se bautizaba era consciente de que su fin podría desembocar en las fauces de un león. Pero, después del edicto de Milán (313), que concedía la total libertad al cristianismo, así como privilegios a obispos y clero, ser cristiano “vestía bien”, y más de uno se bautizaba, porque entonces era lo “politically correct.” Así aparecieron muchos obispos cortesanos, adulones del emperador. Pero, los hubo también que, no sólo no se vistieron con galas ajenas, sino que por su propio valer, fruto de su colaboración con la gracia, hicieron fructificar su ministerio, dando lustre al episcopado (San Atanasio, San Hilario, Osio de Córdoba…)

De este modo, en la mitad de la vida, a la hora de la verdad (no sólo de la figuración social), en lugar de estar (como hasta entonces) a la escucha de las expectativas del mundo, se deberá prestar oído a la voz interior y poner manos a la obra, para solidificar a fondo la propia personalidad, basada en valores genuinos y no meramente “para la exportación”.

Dos caminos

Aquí asoman los extremos viciosos, arriba anunciados: rigidez esclerótica o juvenilismo de viejo verde.

Ante todo, frente a tales exageraciones, se trata de aceptar la sombra, el claroscuro: no podemos creernos campeones olímpicos, ni tenernos por piltrafas a descartar. Porque la vida humana es un conjunto de contrastes o polaridades, que se ha de saber conjugar: Inteligencia y afectividad; autoestima y propios límites; permanencias y novedades; libertad y obediencia; amor a Dios y al prójimo; actividad y contemplación. Y se podría abundar más todavía.

Tal polaridad nos es esencial y no llegamos a la plenitud, a desarrollarnos a nosotros mismos, si no conseguimos integrar los contrarios, en lugar de eliminar alguno a favor del otro o dar preeminencia a uno en desmedro del opuesto.

¿Un pasado inútil?

Ahora bien, la primera mitad de la existencia acentúa unilateralmente lo conscientemente cultivado, para la afirmación del yo. Como Jesús le dijo a Pedro: “Cuando eras joven… ibas a donde querías” (Juan 21,18). La inteligencia se creó ideales, a los que secundó una tesonera voluntad. Pero tales metas tienen su contrapartida en los opuestos, no logrados, pero depositados en el inconsciente:

  • El célibe ama a Cristo, luchando para que no se desboque su afectividad.
  • El científico suele descuidar lo artístico.
  • El poeta cultiva la imaginación y no tanto la lógica.
  • El padre, luchando fuera de casa, no siempre afina su ternura.
  • La madre, reina del hogar, no pudo ser universitaria. Etc.

Cuantos más esfuerzos se hacen por excluir lo reprimido, tanto más sale este último por sus fueros, apareciendo en los sueños. El medio del camino exige volverse ahora también a los aspectos que quedaron más silvestres; que aceptemos la sombra no vivida, confrontándonos con ella.

Entonces pueden levantar cabeza los comportamientos defectuosos: la rigidez, el encastillamiento en los antiguos valores, sin apreciar a las generaciones ascendentes, los nuevos aportes.[4] En último término lo que produce el endurecimiento es el miedo de perder la comodidad espiritual. Se luchó tanto por adquirir el bagaje de toda una vida, que se lo siente amenazado, o bien cuando son criticados defectos pasados, o sino al aparecer en la vida perspectivas antes insospechadas.

Juvenilismo

La reacción opuesta por el diámetro se perfila cuando se empieza a tirar por la borda los valores vigentes hasta el momento de la crisis, a favor de perspectivas novedosas, que andan de moda. Aparecen como erróneas las convicciones almacenadas en la propia experiencia, se odia lo que se amaba, se intenta una batalla contra el Yo anterior.

Recuerdo con pena a sacerdotes venerables por su edad, encandilados con la tan equívoca “Teología de la Liberación”, declarando que todo lo que habían estudiado no valía para nada.

Han sido (y siguen siéndolo, por desgracia) épocas de cambio de profesión, divorcios, mariposeo con sectas o prácticas orientales (Yoga, New Age), apostasías de todo tipo. Tales son algunos de los síntomas de este movimiento pendular hacia los antípodas de lo que era valioso hasta el presente. Se figuran que por fin se puede vivir lo reprimido. Pero, en lugar de integrarlo,[5] o sea: conjugándolo con lo válido del ideal perseguido hasta entonces, se cae víctima de lo no vivido y añorado, reprimiendo y hasta deplorando lo que se persiguió anteriormente. Así la represión (que en la figura anterior funcionaba frente a lo “nuevo”) se ejerce ahora respecto a los ideales previos, cambiando sólo el objeto, sofocando todo lo anterior y sin lograr el equilibrio.

Sólo que ningún principio, verdad u objetivo de nuestra vida se puede negar sin más, entronizando pura y simplemente al contrario. Más bien son correlativos. Todo lo humano es limitado y perfectible con el otro polo. Esta inclinación a negar las antiguas motivaciones a favor de sus adversarias, nuevas y más llamativas, es tan exagerada como la anterior postura rígida, cuando ante los ideales puros no se tenía en cuenta la fantasía inconsciente, que planteaba una mayor flexibilidad, invitando a apreciar asimismo brotes insospechados de vida.

En la segunda pendiente de la existencia, entonces, no se trata de ceder a una conversión total a lo opuesto, sino de mantener los tesoros antiguos, a la vez que de reconocer lo que parece contradecirlos, pero es integrable. En fin, hemos de procurar mantener el justo medio entre los “nova et vetera”, con que finaliza el capítulo de las parábolas en el Evangelio Según San Mateo.[6]

En consecuencia se ha de estar alerta frente a cierto “juvenilismo”. En las “modas ideológicas”, por ejemplo. Cuando no hay una personalidad con convicciones sólidas, en torno a los 45 años, se puede todavía coquetear con la última onda de pensamiento o de conducta.[7] No faltan quienes hasta se preocupan del modo de vestir. ¡Cuántos creen que se ha de seguir siendo atrayentes, fingiendo para eso la propia edad, ignorando que el encanto físico ya pasó! Probablemente se tiene miedo a no tener otra cosa que ofrecer a los demás fuera de ese juego de imágenes agradables, que es el vestir, salir, alternar, viajar… Seducir es una de las tentaciones más sutiles de los hombres o mujeres maduros, que se creen eternamente “interesantes.”[8] De ahí que se atienda exageradamente a la salud y al cuerpo. Se pergeñan ingenierías capilares para disimular la calvicie, tinturas, etc. A la verdad que tales poses resultan cómicas. A veces llega uno a preguntarse cómo es posible que ese hombre, hecho y derecho, esté tan pendiente de su figura.

Puede que tales poses tengan su lado favorable: el ansia de renacer, de “volverse como niños”. Con todo, la infancia espiritual es algo muy distinto al empecinamiento con que se ignora que las fuerzas decaen y no se las puede suplir con piezas postizas. Es trágico ese juvenilismo, cuando representa la angustia del tiempo que se va, el miedo a la muerte.

Camino regio

En cambio, para todo cristiano y más para el sacerdote, todas las etapas de su vida han de estar sostenidas por el desafío paulino: “¿Dónde está muerte tu victoria?”[9] La recta senda hacia la mitad de la vida es, en última instancia, la actitud ante la muerte. Sólo cuando el hombre cree en la supervivencia después de la muerte, ella misma se vuelve un objetivo razonable, y en los grandes místicos, pese a su horror natural, se transforma hasta en deseable: “Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia… Deseo morir, para estar con Cristo, que es mucho mejor” (Filipenses 1,23). O las hermosas estrofas de Santa Teresa de Jesús: “Vivo sin vivir en mí y de tal manera espero, que muero porque no muero.”

Todos, pero más el sacerdote y el que se encuentra con un buen tramo de su vida recorrido, han de familiarizarse con la propia muerte.[10] Pero, se ha de arrostrar la vida tal como es, con su crudo realismo, que nos amonesta constantemente que “no tenemos en este mundo morada permanente.”[11] Como bellamente lo decía Jorge Manrique: “Vivir se debe la vida de tal suerte, que viva quede en la muerte”.

Esto no quiere decir que los creyentes han de ser estoicos o faquires, impertérritos ante el dolor y la muerte. No fue así el propio Cristo, quien pidió que “pasara de Él aquel cáliz”[12] y, según Hebreos 5,7, lo hizo “con fuertes gritos y lágrimas”.

Tampoco Teresa del Niño Jesús, por débil que sintiera su carne, cayó en la desesperación. Más bien, tanto Cristo como tantos cristianos auténticos supieron superarse pidiendo: “No mi voluntad sino la tuya.”[13] “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”[14] Y la Santa de Lisieux: “No puedo más, no puedo más. Sin embargo es necesario que siga sufriendo… Estoy vencida… No, nunca hubiera creído que se pudiese sufrir tanto. Nunca, nunca… ¡Mañana será todavía peor! ¡En fin, tanto mejor!” (Mirando al Crucifijo): “¡Oh, le amo!… ¡Dios mío… os amo!”[15] ¡Qué distinto, a pesar del innegable tormento, de quienes se agarran crispadamente a la vida, perdiendo la relación con su curva vital, biológica, psicológica y, sobre todo, teológica!

Hasta los paganos percibieron tal absurdo. Como cuenta Cicerón acerca de Milón de Crotona.[16] Ya envejecido, viendo los ejercicios de jóvenes deportistas, contemplando sus brazos, ya decaídos, exclamó, llorando: “At hi quidem mortui iam sunt!” (trad. pero éstos, por cierto, ya están muertos). A lo cual responde Cicerón, por boca de Catón: “Non vero tam isti, quam tu ipse, nugator!” (trad. no tanto éstos, cuanto más bien tú mismo, majadero.)[17]

El desasosiego ante la muerte es, finalmente, un no querer vivir, porque desearlo es permanecer vivo y sólo puede realizarlo quien acepta la vida como es, no como le gustaría a él que fuera. Ahora bien, “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”, como también escribió Jorge Manrique. En lugar de mirar hacia adelante a la meta de la muerte,[18] muchos dirigen la vista hacia atrás, lo pasado. Y así como es deplorable que un hombre de treinta años mire nostálgicamente a su infancia, permaneciendo pueril, resultan igualmente lamentables esos aires juveniles que adoptan ciertos viejos, verdaderos descalabros psicológicos de la naturaleza.

Hay escuelas para jóvenes, no para cuarentones. Pero desde antiguo tales escuelas eran las religiones, que preparaban a los hombres para el misterio de la segunda mitad de la vida. Porque el ser humano puede desarrollarse sólo cuando experimenta en sí lo divino: “No vivo yo, sino que Cristo vive en mí.”[19]

Jung (contradiciendo el predominio unilateral de lo sexual en Freud) testimoniaba lo siguiente: “De entre todos mis pacientes que habían pasado la mitad de la vida, es decir de más de 35 años, no había ninguno en que el problema decisivo no fuera su actitud religiosa”.

Con todo, hay que cuidarse de ver en la religión sólo un sedante, como la proponía Dale Carnegie en su obra Cómo evitar las preocupaciones. Entre otros recursos, aconsejaba: “Ayuda el creer en Dios”. No hay que olvidar que también Buda (y tantos otros) ofreció esos calmantes. [20]

La mística cristiana sigue siendo profundamente desconcertante. No se queda en psicología, porque la creatura se encuentra a sí misma sólo más allá de ella misma.

Siempre se podrá psicologizar la experiencia trascendental, por cuanto se da en el hombre concreto. Pero en su esencia es “metafísica”. El objetivo no es la “pérdida del yo”, sino la unión de amor personal con Aquel que nos creó de la nada y nos llamó a ser sus hijos, en su Hijo, muerto y resucitado. Lo cual reaviva la esperanza; pero “teologalmente”. No espero porque cuento con “mi sagacidad”, “capacidad de empresa”, etc., sino porque ahora, bajando la otra cuesta de la vida, más que nunca, puedo basarme única y exclusivamente en Dios. Como Abraham, que “creyó contra toda esperanza… pues era ya centenario y estaba amortiguada la matriz de Sara… No vaciló… sino que, fortalecido por la fe, dio gloria a Dios y no sólo por él está esto escrito… sino también por nosotros, a los que creemos en el que resucitó de entre los muertos a Nuestro Señor Jesús, entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación.”[21]

En fin, cada noche, si lo hacemos con conciencia y no rutinariamente, anticipamos este misterio, rezando Completas. El sueño tiene muchas analogías con la muerte, tanto que en la Biblia se habla de los difuntos, como de quienes duermen.[22] La Iglesia, en ese declinar del día, pone en nuestros labios el cántico del “Nunc dimittis” del anciano Simeón, que no contempla su próxima muerte ni su vejez como una tragedia, sino con la alegría, que despertaba en él aquel chiquilín que tenía en sus manos y sería “luz para iluminar a las naciones.”[23]


[1] Recordemos asimismo el comentario de Santo Tomás Moro, cuando Enrique VIII le conmutó la horca (que era pena para plebeyos) por la espada, pues había sido canciller del reino: “Dios libre a mis hijos de la clemencia del rey”.

[2] Tengamos presente asimismo la lúcida plegaria del recién citado Santo Tomás Moro: “No permitas que sufra excesivamente por ese ser tan dominante que se llama yo”.

[3] 2Corintios 4,7.

[4] Horacio calificaba al anciano como: “Laudator temporis acti” (trad. que alaba al tiempo pasado: Ars poetica, 173). Lo que se refleja también en el dicho castellano: “Todo tiempo pasado fue mejor”. Lo censurable de tales actitudes no está en que nada podamos rescatar del pasado, dado que, se ha de admitir una “philosophia perennis”, hemos de apreciar al “Antiguo Testamento” y, “además afirma la Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre” (Gaudium et Spes, 10). Lo malo es aferrarse únicamente a lo conocido, sin valorar los adelantos actuales, las fuerzas nuevas que asoman en la historia.

[5] O sea: conjugándolo con lo válido del ideal perseguido desde siempre. Cosa que no significa unir lo que es imposible de armonizar. Porque, por ejemplo, nadie puede ser soltero y casado a la vez, así como no es posible ejercer la medicina, arquitectura, abogacía, o de futbolista, pianista, químico, etc. en una sola vida, como es la nuestra. Siempre, ante el infinito abanico de posibilidades, es necesario “decidir” (de-cidere trad. cortar), porque, como decía Macrobio: “Non omnia possumus omnes” (trad. no todos lo podemos todo: Saturnalia, VI, 1, 35).

[6] Mateo 13,52.

[7] Ya alertaba San Pablo al respecto: “Así dejaremos de ser niños, sacudidos por las olas y arrastrados por el viento de cualquier doctrina, a merced de la malicia de los hombres y de su astucia para enseñar el error” (Efesios 4,14). Y el autor de Hebreos: “No se dejen seducir por cualquier clase de doctrina” (Hebreos 13,9).

[8] En este sentido es patética la “Señora de los almuerzos”, empleando la vida en maquillajes y operaciones en su rostro, pero que, no bien se enfocan sus manos en la TV, se descubre su edad avanzada. Y… no sólo en ella.

[9] 1Corintios 15,55.

[10] Hoy en día, en cambio, se trata de ocultar la menor alusión a la muerte. Para ello se construyen “cementerios-parque”, sin cruces ni simbolismos del más allá. Pareciera como que se quisiera hacer entender que todo vuelve a esas plácidas praderas, sin “recuerdos agresivos”, que nos mantengan advertidos de la presencia constante del fin de nuestras vidas en este mundo.

[11] Hebreos 13,14.

[12] Mateo 26,39.

[13] Mateo, ibid.

[14] Lucas 23,46.

[15]Últimos dichos” en: Teresa de Lisieux, Obras Completas, Burgos (1975) 1554. Repasemos los sentimientos de Muñoz Seca ante sus verdugos: miedo inocultable pero, no menos, amor a Cristo.

[16] Musculoso atleta, que llegó a entrar en el estadio llevando un toro sobre sus hombros.

[17] De Senectute, XI, 27.

[18] Transfigurada, evidentemente, para la fe cristiana en Pascua, pasaje a donde ya no se pasa más.

[19] Gálatas 2,20.

[20] Y ahí está el límite de Jung, que busca lo “religioso universal”, llegando casi a una disolución del “yo” en el “todo.”

[21] Romanos 4,18-25.

[22] Juan 11,11; 1Corintios 15,20.

[23] Lucas 2,32.

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