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Néstor Martínez Valls

Tuvo gran resonancia hace algunos años la polémica entre el entonces Card. Ratzinger, hoy Benedicto XVI, y el Card. Kasper, acerca de la prioridad de la Iglesia Universal (sostenida por el primero) o de la Iglesia local (sostenida por el segundo).

Nos parece que la resolución de la discusión depende esencialmente de la recta comprensión del tipo de unidad que posee la Iglesia.

La unidad puede ser per se o per accidens. Es unidad per se cuando hay un solo acto de ser. Es unidad per accidens cuando hay varios actos de ser. En el primer caso, tenemos un solo ente sustancial, una sola sustancia; en el segundo, varias sustancias relacionadas entre sí. En el caso de la Iglesia, por tanto, parece claro que la unidad es per accidens, al estar formada por Dios y los hombres; y, tratándose de los hombres, por muchas personas que tienen cada una su propio acto de ser.

La unidad accidental, por tanto, es unidad de relaciones, y, como las relaciones son accidentes, es lógicamente posterior a las sustancias relacionadas. Por tanto, lo que en la Iglesia tiene prioridad metafísica, absolutamente hablando, son las personas concretas.

Las Personas divinas tienen entre sí un único Acto de Ser, mientras que cada persona creada, humana o angélica, tiene su propio acto de ser. En el caso de la Segunda Persona de la Trinidad, su relación con lo creado, en lo más peculiar suyo, no se debe a algo accidental, sino a algo que pertenece al orden hipostático: la asunción de la naturaleza humana de Nuestro Señor Jesucristo.

En el caso de las personas creadas humanas, se relacionan en la Iglesia con Dios y entre sí por medio de un accidente sobrenatural que es el carácter bautismal, que en su floración normal va acompañado de otro accidente sobrenatural que es la gracia santificante.

Esos accidentes no son relaciones, sino cualidades, pero son fundamento de las relaciones que constituyen formalmente el ser de la Iglesia como un todo accidental de orden.

Dentro de ese orden universal se integran los órdenes particulares que son las Iglesias locales. Al argumento que dice:

“Aquello que surge a partir de la comunión de muchos elementos, es posterior a esos elementos. Pero la Iglesia Universal surge de la comunión de muchas Iglesias locales. Luego, es posterior a ellas, que tienen así la primacía”; hay que responder que el hecho de que un orden esté integrado por muchos órdenes particulares no quiere decir que éstos sean la causa de aquél. La causa del orden es la inteligencia ordenadora, en este caso, la Inteligencia divina. En efecto, la comunión de la Iglesia universal no procede en definitiva de los esfuerzos inteligentes de los miembros de las Iglesias locales, sino de la Inteligencia divina que así ha establecido a la Iglesia universal.

Por eso es acertado el argumento del entonces Card. Ratzinger, hoy Benedicto XVI, al decir que la prioridad de la Iglesia universal procede de la prioridad que ésta tiene en la mente divina, y no es suficiente la respuesta del Card. Kasper que dice que en la mente divina también han estado, desde la eternidad, las Iglesias locales.

Porque si en el plan de una inteligencia ordenadora hay órdenes particulares que integran un orden global, es necesario que aquellos hayan sido pensados en función de éste, y que éste, entonces, sea lo primeramente pensado y querido, teniendo así la primacía.

En efecto, si en una inteligencia los órdenes particulares se engloban en un orden último, esto no puede ser por casualidad, pues eso sería lo contrario de lo que ocurre en una inteligencia en tanto que inteligencia. Debe haber por tanto una razón, y eso quiere decir que es la intención de esa inteligencia ordenadora que los órdenes particulares estén en función del orden global y último. Pero esto sólo puede ocurrir si primero y ante todo esa inteligencia ha pensado y querido este orden último, porque siempre el fin es pensado y querido con anterioridad a los medios que se ordenan al fin.

Es claro que en la Inteligencia divina no hay anterioridad ni posterioridad temporales, sino sólo lógicas. Igualmente, es cierto que, como dice Santo Tomás, Dios “no quiere esto a causa de aquello, sino que quiere que esto sea a causa de aquello”. Es decir, nada determina a la Voluntad divina, como un fin determina a nuestra voluntad a buscar el medio adecuado, sino que la Voluntad divina establece que algunas cosas sean fines y que otras sean medios para esos fines. Sigue en pie que en la Inteligencia divina hay fines y hay medios que se ordenan a esos fines, y que éstos se ordenan a aquéllos, que tienen por tanto la primacía.