tecnica-tecnologia

Daniel Iglesias Grèzes

El propósito de esta ponencia es presentar una reflexión sobre los actuales desafíos éticos y sociales de la técnica, a la luz de las enseñanzas del Sumo Pontífice Benedicto XVI en su “Carta Encíclica Caritas in Veritate sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad”, y sobre todo en su Capítulo VI, titulado “El desarrollo de los pueblos y la técnica”.

Mi ponencia constará de una premisa y ocho tesis.

La premisa básica de esta ponencia es el hecho evidente de que nuestra cultura contemporánea está caracterizada en gran medida por un desarrollo científico y tecnológico cada vez más veloz.

La Revolución Científica iniciada en el siglo XVII trajo como consecuencia la Revolución Industrial, que comenzó en el siglo XVIII y alcanzó grandes progresos en los siglos siguientes. Por ejemplo: a mediados del siglo XX la humanidad logró dominar las fuerzas encerradas en el átomo; y hacia fines del mismo siglo produjo la “revolución electrónica o digital”, que está generando lo que comúnmente llamamos la “sociedad de la información y el conocimiento”. Más aún, en los años más recientes ha comenzado a delinearse una “revolución biotecnológica”, que podría llegar a tener impactos sociales mayores incluso que los de la “revolución electrónica”. Por eso el Papa Benedicto XVI dice que “El problema del desarrollo en la actualidad está estrechamente unido al progreso tecnológico y a sus aplicaciones deslumbrantes en el campo biológico.”[1]

Mi primera tesis es que la técnica, aunque a priori es moralmente ambivalente, es en términos generales algo muy bueno, porque responde a la vocación humana al trabajo y el desarrollo.

Veamos primero el punto de la ambivalencia moral. Lo que Benedicto XVI, citando a Juan Pablo II, dice de la globalización, podemos decirlo también de la técnica: Ella “no es, a priori, ni buena ni mala. Será lo que la gente haga de ella”. Debemos ser sus protagonistas, no sus víctimas, procediendo razonablemente, guiados por la caridad y la verdad.”[2]

Pasemos al segundo punto. A pesar de ser una espada de doble filo, la técnica es, hablando simplemente, algo bueno. El trabajo no es en sí mismo una maldición ni un castigo, sino una vocación fundamental del hombre y un medio muy importante para su santificación. Pues bien, la técnica es un instrumento principalísimo del que el hombre se vale para trabajar y cumplir así el mandato que Dios dio a nuestros primeros padres: “Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla[3] La técnica es una de las cualidades que distingue al hombre de los animales. Ella “consiste esencialmente en que el hombre se sirve de ciertos instrumentos producidos por él mismo. También algunos animales hacen algo parecido. Un mono, por ejemplo, tendrá gusto en usar un bastón. Pero la producción, con miras a un fin, de instrumentos complicados con largo y paciente trabajo es típicamente humana.”[4]

El Papa Benedicto XVI presenta los aspectos positivos de la técnica y del progreso tecnológico de la siguiente manera:

“La técnica… es un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre. En la técnica se manifiesta y confirma el dominio del espíritu sobre la materia. “Siendo… [el espíritu] “menos esclavo de las cosas, puede más fácilmente elevarse a la adoración y a la contemplación del Creador […] La técnica permite dominar la materia, reducir los riesgos, ahorrar esfuerzos, mejorar las condiciones de vida. Responde a la misma vocación del trabajo humano: en la técnica, vista como una obra del propio talento, el hombre se reconoce a sí mismo y realiza su propia humanidad. La técnica es el aspecto objetivo del actuar humano, cuyo origen y razón de ser está en el elemento subjetivo: el hombre que trabaja. Por eso, la técnica nunca es sólo técnica. Manifiesta quién es el hombre y cuáles son sus aspiraciones de desarrollo, expresa la tensión del ánimo humano hacia la superación gradual de ciertos condicionamientos materiales. La técnica, por lo tanto, se inserta en el mandato de cultivar y custodiar la tierra,[5] que Dios ha confiado al hombre, y se orienta a reforzar esa alianza entre ser humano y medio ambiente que debe reflejar el amor creador de Dios.”[6]

Mi segunda tesis es que la técnica, para contribuir auténticamente al desarrollo humano, debe respetar la verdad del hombre.

En primer lugar, quisiera destacar un hecho que me parece muy sintomático. La proposición que afirma que “el auténtico desarrollo debe respetar la naturaleza” concita hoy un amplísimo consenso, porque sintoniza con la actual sensibilidad ecológica. Sin embargo, si aplicamos esa misma proposición al ser humano y, por ende, afirmamos que “el auténtico desarrollo humano debe respetar la naturaleza humana”, ese consenso se esfuma y se convierte en controversia, a menudo agria. Las lúcidas y oportunas enseñanzas de Juan Pablo II y de Benedicto XVI sobre la necesidad de una “ecología humana”[7] son hoy “contra-culturales”, “políticamente incorrectas”.

Al principio del Capítulo VI de nuestra encíclica, Benedicto XVI subraya que el desarrollo humano debe respetar la verdad del hombre, es decir la naturaleza humana:

“La persona humana tiende por naturaleza a su propio desarrollo. Éste no está garantizado por una serie de mecanismos naturales, sino que cada uno de nosotros es consciente de su capacidad de decidir libre y responsablemente. Tampoco se trata de un desarrollo a merced de nuestro capricho, ya que todos sabemos que somos un don y no el resultado de una autogeneración. Nuestra libertad está originariamente caracterizada por nuestro ser, con sus propias limitaciones. Ninguno da forma a la propia conciencia de manera arbitraria, sino que todos construyen su propio “yo” sobre la base de un “sí mismo” que nos ha sido dado. No sólo las demás personas se nos presentan como no disponibles, sino también nosotros para nosotros mismos.”[8]

Para tratar de comprender esto, haré tres consideraciones, que corresponden respectivamente a la ontología, a la teología y a la moral fundamental.

La ontología tomista afirma la existencia de varias propiedades trascendentales del ser (unidad, verdad, bondad y belleza) que en cierto modo se identifican o son intercambiables entre sí. Ser y verdad se identifican, porque ser es ser conocido por Dios. Ser y bien se identifican, porque ser es ser querido por Dios. Como escribió Hans Urs von Balthasar, parafraseando polémicamente a Descartes: “amor, ergo sum” (“soy amado, luego existo”).

Sin embargo, hay una prioridad lógica de la verdad sobre el bien. No se puede amar lo que no se conoce en absoluto, porque amar es querer y buscar el bien de la persona amada y para ello es necesario conocer ese bien de algún modo. Esto no quita que exista una realimentación positiva entre el conocimiento y el amor, porque también es cierto que no se puede conocer plenamente lo que no se ama.

Esto nos lleva a una consideración teológica. El teólogo suizo Romano Amerio, en Iota Unum, un libro muy interesante cuyas tesis comparto sólo parcialmente, afirma que en la base de la actual crisis eclesial se encuentra un ataque (en la línea del escepticismo) a la potencia cognoscitiva del hombre, ataque que supone una desviación metafísica. Se ha difundido mucho dentro de la Iglesia Católica una tendencia a la desvalorización radical del conocimiento y a la desvinculación del bien con respecto a la verdad.[9] Amerio dice que, en última instancia, en el fondo ese error proviene de una falsa teología trinitaria, en la cual el Espíritu Santo, la Persona-Amor,[10] procede sólo e inmediatamente del Padre, no del Padre y del Hijo, del Padre por el Hijo, como afirma el dogma católico4. Recordemos que, según el prólogo del Evangelio de Juan,[11] el Hijo de Dios es el Logos (es decir, la Palabra o Razón, la Palabra Razonable); y recordemos también que, según San Pablo, el mismo Cristo es la Sabiduría de Dios (1 Corintios 1,24). Por lo tanto, las mismas relaciones entre las tres Personas divinas nos indican que dentro de la Trinidad existe un orden que señala una prioridad lógica de la verdad con respecto al amor.[12]

Esto no quita nada de lo que el mismo San Pablo enseña sobre la caridad como virtud cristiana suprema6: “la ciencia hincha, el amor en cambio edifica” (1 Corintios 8,1); y también: “Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy.” (1 Corintios 13,2). Como enseñó el mismo Jesús, el conocimiento de la verdad nos libera para el bien (cf. Juan 8,32); es decir que el conocimiento es para el amor.

Escribe Amerio: “Así como en la divina Trinidad el amor procede del Verbo, en el alma humana lo vivido procede de lo pensado. Si se niega la precedencia de lo pensado respecto a lo vivido o de la verdad respecto a la voluntad, se intenta una dislocación de la Trinidad. Si se niega la capacidad de captar el ser, la expansión del espíritu en la primacía del amor queda desconectada de la verdad, perdiendo toda norma y degradándose a pura existencia.”[13]

En tercer lugar, plantearé una consideración de moral fundamental. La moral cristiana está basada en una antropología metafísica y teleológica, es decir en una ciencia del ser humano caracterizada por las nociones de naturaleza humana y de fin último del hombre. Dios, que es Verdad y Amor, creó al hombre a su imagen y semejanza, haciéndolo capaz de conocimiento y de amor, y lo creó con una finalidad: para que el hombre alcance su felicidad plena conociendo y amando a Dios por toda la eternidad. La moralidad o inmoralidad de los actos humanos depende de su conformidad o no-conformidad con ese fin último del hombre. Es bueno todo acto humano que conduce al hombre a su comunión con Dios; es malo todo acto humano que separa al hombre de su fin, que es Dios.

En síntesis, para comprender la moral cristiana necesitamos tener en cuenta por lo menos tres elementos básicos: primero, el hombre tal como es de hecho–la naturaleza humana, don de Dios que incluye la libertad humana– segundo, el hombre tal como puede y debe llegar a ser–la vocación o fin último del hombre, que incluye la gracia como oferta e impulso de salvación–y tercero, el camino que el hombre debe recorrer para llegar a ser lo que está llamado a ser, a partir de lo que es –camino que está pautado por la ley moral natural y que implica el ejercicio responsable y razonable de la libertad humana.

Mi tercera tesis es que, si no respeta la naturaleza humana, la técnica se convierte en una grave amenaza contra el mismo ser humano, en sus dimensiones individual y social.

Si las nociones de “naturaleza humana” y de “fin último trascendente del hombre” faltan o se oscurecen, como ocurre en las corrientes de pensamiento dominantes de la cultura contemporánea, el significado de la moral cristiana se vuelve incomprensible. Si Dios no existe y el hombre es sólo un producto del azar, su existencia no tiene ninguna finalidad objetiva, por lo cual tampoco puede existir ningún orden moral objetivo, ninguna ley moral natural. Por lo tanto, en última instancia todo está permitido. Al que no va a ningún lugar, cualquier camino le sirve. En la perspectiva atea, la moral se reduce a un conjunto de convenciones sociales con un valor puramente relativo y utilitario, más o menos como las normas de etiqueta o las leyes del tránsito. De allí se llega fácilmente a la noción liberal de una autonomía moral absoluta del individuo. La libertad de elección, que en la visión cristiana es sólo un medio para el desarrollo humano integral, pasa a ser considerada en el liberalismo como el valor supremo. Cuando predominan estas ideologías relativistas y liberales, se pierde el sistema de referencia adecuado para medir la moralidad de las distintas aplicaciones de la técnica y surge el peligro de una ciencia sin conciencia y de una cultura tecnocrática, que muy a menudo confunde lo técnicamente posible con lo moralmente lícito.

El Papa Benedicto XVI alerta contra estas tendencias con las siguientes palabras:

“El desarrollo de la persona se degrada cuando ésta pretende ser la única creadora de sí misma. De modo análogo, también el desarrollo de los pueblos se degrada cuando la humanidad piensa que puede recrearse utilizando los “prodigios” de la tecnología. Lo mismo ocurre con el desarrollo económico, que se manifiesta ficticio y dañino cuando se apoya en los “prodigios” de las finanzas para sostener un crecimiento antinatural y consumista. Ante esta pretensión prometeica, hemos de fortalecer el aprecio por una libertad no arbitraria, sino verdaderamente humanizada por el reconocimiento del bien que la precede. Para alcanzar este objetivo, es necesario que el hombre entre en sí mismo para descubrir las normas fundamentales de la ley moral natural que Dios ha inscrito en su corazón.”[14]

En esta perspectiva, el error principal hoy en boga consiste en la concepción que reduce el desarrollo humano y social al mero desarrollo económico. El ser humano es una unidad sustancial de cuerpo material y alma espiritual. La sociedad que, por medios técnicos, busca únicamente el desarrollo material e ignora completamente la dimensión espiritual y religiosa de la persona humana, sólo puede lograr un desarrollo que no respeta la verdad integral sobre el hombre y que, a la corta o a la larga, se vuelve contra el mismo hombre. Como respondió Jesucristo nada menos que a Satanás, “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.”[15]

Al respecto, el Papa Benedicto XVI nos enseña lo siguiente:

“El desarrollo tecnológico puede alentar la idea de la autosuficiencia de la técnica, cuando el hombre se pregunta sólo por el cómo, en vez de considerar los porqués que lo impulsan a actuar. Por eso, la técnica tiene un rostro ambiguo. Nacida de la creatividad humana como instrumento de la libertad de la persona, puede entenderse como elemento de una libertad absoluta, que desea prescindir de los límites inherentes a las cosas. El proceso de globalización podría sustituir las ideologías por la técnica, transformándose ella misma en un poder ideológico, que expondría a la humanidad al riesgo de encontrarse encerrada dentro de un a priori del cual no podría salir para encontrar el ser y la verdad. En ese caso, cada uno de nosotros conocería, evaluaría y decidiría los aspectos de su vida desde un horizonte cultural tecnocrático, al que perteneceríamos estructuralmente, sin poder encontrar jamás un sentido que no sea producido por nosotros mismos. Esta visión refuerza mucho hoy la mentalidad tecnicista, que hace coincidir la verdad con lo factible. Pero cuando el único criterio de verdad es la eficiencia y la utilidad, se niega automáticamente el desarrollo. En efecto, el verdadero desarrollo no consiste principalmente en hacer. La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado plenamente humano del quehacer del hombre, según el horizonte de sentido de la persona considerada en la globalidad de su ser. Incluso cuando el hombre opera a través de un satélite o de un impulso electrónico a distancia, su actuar permanece siempre humano, expresión de una libertad responsable. La técnica atrae fuertemente al hombre, porque lo rescata de las limitaciones físicas y le amplía el horizonte. Pero la libertad humana es ella misma sólo cuando responde a esta atracción de la técnica con decisiones que son fruto de la responsabilidad moral. De ahí la necesidad apremiante de una formación para un uso ético y responsable de la técnica. Conscientes de esta atracción de la técnica sobre el ser humano, se debe recuperar el verdadero sentido de la libertad, que no consiste en la seducción de una autonomía total, sino en la respuesta a la llamada del ser, comenzando por nuestro propio ser.”[16]

Prosigue el Papa: “El desarrollo debe abarcar, además de un progreso material, uno espiritual, porque el hombre es “uno en cuerpo y alma”, nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir eternamente. El ser humano se desarrolla cuando crece espiritualmente, cuando su alma se conoce a sí misma y la verdad que Dios ha impreso germinalmente en ella, cuando dialoga consigo mismo y con su Creador. Lejos de Dios, el hombre está inquieto y se hace frágil. La alienación social y psicológica, y las numerosas neurosis que caracterizan las sociedades opulentas, remiten también a este tipo de causas espirituales. Una sociedad del bienestar, materialmente desarrollada, pero que oprime el alma, no está en sí misma bien orientada hacia un auténtico desarrollo. Las nuevas formas de esclavitud, como la droga, y la desesperación en la que caen tantas personas, tienen una explicación no sólo sociológica o psicológica, sino esencialmente espiritual. El vacío en que el alma se siente abandonada, contando incluso con numerosas terapias para el cuerpo y para la psique, hace sufrir. No hay desarrollo pleno ni un bien común universal sin el bien espiritual y moral de las personas, consideradas en su totalidad de alma y cuerpo.”[17]

Mi cuarta tesis es que la grave amenaza de un progreso técnico amoral no es una mera posibilidad teórica sino una triste realidad que hiere seriamente a nuestra actual civilización.

En el siglo XIX, muchos racionalistas, positivistas, liberales y masones esperaban que la razón humana llegara a conocerlo todo, resolviendo todos los misterios; y que, rompiendo con todas las tradiciones irracionales del pasado (sobre todo religiosas), produjera por sí misma una nueva era de progreso indefinido. Sin embargo, todo el siglo XX, con sus dos guerras mundiales, sus sistemas totalitarios, sus genocidios y su bomba atómica, fue un tremendo desmentido de este proyecto de la Ilustración y una prueba de su fracaso catastrófico.

A pesar de estas evidencias, no se ha corregido sustancialmente el rumbo. En las últimas décadas, nuestra cultura ha pasado del racionalismo de la modernidad al irracionalismo de la post-modernidad, pero eso no ha hecho mella en el auge de la mentalidad cientificista y tecnocrática. Muchos hombres de nuestro tiempo han perdido la fe en las religiones, las filosofías y las ideologías políticas, pero sin embargo conservan la fe en el progreso. Generalmente ellos ponen su confianza absoluta sólo en la ciencia y en la técnica, a las que convierten así en ídolos.

El filósofo escocés Alasdair MacIntyre, en After Virtue (Tras la Virtud),[18] uno de los libros de filosofía política más influyentes de nuestra época, narró de forma elocuente y penetrante la historia del surgimiento y el auge del relativismo o subjetivismo moral en nuestra civilización occidental, destacando especialmente la influencia del pensamiento de Kant y de Nietzche en ese proceso. MacIntyre sostiene que el subjetivismo moral (al que él llama “emotivismo”) ha llegado a predominar en tal grado en el ámbito público que ha vuelto imposible dilucidar en ese ámbito los debates morales más importantes de nuestra época, debido a la falta de principios intelectuales comunes entre los diversos interlocutores o contendientes. El mismo autor afirma que los tres personajes más característicos de nuestra época son el manager (o gerente), el terapeuta y el vividor rico (the rich aesthete). El rasgo común más saliente de esos tres personajes es su amoralidad. El manager y el terapeuta típicos tratan los objetivos como algo dado, más allá de su competencia, y se preocupan solamente de aplicar de forma eficaz y eficiente las técnicas empresariales o terapéuticas requeridas para que su empresa o su paciente “funcionen”, alcanzando los fines que se han propuesto. El vividor rico elige sus propios fines en términos igualmente amorales, buscando maximizar su placer, riqueza o poder individual. Los tres personajes manipulan hábilmente a sus semejantes.

Benedicto XVI, además de hacer un análisis general de la crisis causada por el desequilibrio entre el gran desarrollo técnico y el escaso desarrollo moral y espiritual en las sociedades contemporáneas, analiza también dos ámbitos particulares donde ese desequilibrio es especialmente grave. Consideraré ahora el primero de esos ámbitos (los medios de comunicación social), dejando para la tesis siguiente el otro ámbito (el de la biotecnología y la bioética).

Acerca de los medios, Benedicto XVI dice –entre otras cosas– lo siguiente:

“El desarrollo tecnológico está relacionado con la influencia cada vez mayor de los medios de comunicación social. Es casi imposible imaginar ya la existencia de la familia humana sin su presencia. Para bien o para mal, se han introducido de tal manera en la vida del mundo, que parece realmente absurda la postura de quienes defienden su neutralidad y, consiguientemente, reivindican su autonomía con respecto a la moral de las personas. Muchas veces, tendencias de este tipo, que enfatizan la naturaleza estrictamente técnica de estos medios, favorecen de hecho su subordinación a los intereses económicos, al dominio de los mercados, sin olvidar el deseo de imponer parámetros culturales en función de proyectos de carácter ideológico y político.” (Caritas in Veritate §73).

El afán desenfrenado de lucro que prevalece hoy en tantas empresas tiene consecuencias particularmente graves en las empresas que gestionan grandes medios de comunicación social, que detentan una enorme influencia social, que con demasiada frecuencia es utilizada como vehículo para difundir una mentalidad consumista, hedonista e individualista, que es la antítesis casi perfecta de los tres consejos evangélicos: pobreza, castidad y obediencia. Se produce así una especie de invasión del mal o contaminación moral en nuestras familias y sociedades.

Subrayo aquí que la democratización de la información posibilitada por Internet ofrece hoy a la Iglesia una gran oportunidad para la evangelización de la cultura, contrariamente a lo que sucede con la televisión y la prensa escrita, controladas por un número relativamente pequeño de grupos muy poderosos.

Mi quinta tesis es que la causa primera del actual divorcio entre la tecnología y la moral es el pecado original.

En un texto que ya he citado,[19] el Papa aludió al mito de Prometeo, que tiene algunas semejanzas con el relato bíblico del pecado original. Según la mitología griega, Prometeo, uno de los titanes, robó fuego del cielo y lo transmitió a los hombres, iniciando así la primera civilización humana. Prometeo no recibió el desarrollo como un don de lo alto, sino que lo arrebató por la fuerza, por lo que fue castigado por Zeus. Análogamente, Adán y Eva, en la dramática instancia de la caída, se dejaron seducir por el deseo de llegar a ser como dioses, pero obrando en contra de la voluntad de Dios. El pecado original no residió en que Adán y Eva quisieran ser como dioses, pues Dios mismo los había creado a su imagen y semejanza y los había llamado a ser sus hijos, sino en que comieron del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, el único que Dios les había prohibido comer. Su pecado tampoco consistió en querer conocer el bien y el mal (puesto que esto es lo que corresponde a una conciencia recta), sino en querer determinar por sí mismos, arbitrariamente, qué era el bien y qué era el mal para ellos. Adán y Eva desoyeron la ley moral inscrita en su propia conciencia y obraron en contra de su misma naturaleza. Quisieron ser felices al margen de Dios o en contra de Dios, cosa absurda e imposible.

Un agudo pensador ha observado que el dogma del pecado original es el único dogma cristiano que es casi susceptible de una comprobación empírica. En efecto, es fácil constatar que, en el ámbito de nuestra experiencia, rige lo que podríamos “la ley de la culpabilidad universal”. Todos nosotros, con nuestras culpas leves o graves, contribuimos a embrollar las cosas en todos los niveles.

La Biblia vincula el origen de la técnica con la descendencia de Caín[20] y asocia una portentosa obra técnica[21] con un momento importante en la historia del pecado. Esto nos indica que, en el hombre caído por el pecado, el poderío técnico puede convertirse en una herramienta muy eficaz de alienación y de desunión social.

Mi sexta tesis es que, si extrapolamos simplemente la actual tendencia a un desarrollo técnico mayormente desvinculado de la ley moral natural, nos enfrentamos a la oscura perspectiva de una sociedad cada vez más deshumanizada.

El Papa Benedicto XVI se detiene a analizar un ámbito (el de la bioética) donde esa tendencia se muestra hoy con máxima claridad. Dice lo siguiente:

“En la actualidad, la bioética es un campo prioritario y crucial en la lucha cultural entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral, y en el que está en juego la posibilidad de un desarrollo humano e integral. Éste es un ámbito muy delicado y decisivo, donde se plantea con toda su fuerza dramática la cuestión fundamental: si el hombre es un producto de sí mismo o si depende de Dios. Los descubrimientos científicos en este campo y las posibilidades de una intervención técnica han crecido tanto que parecen imponer la elección entre estos dos tipos de razón: una razón abierta a la trascendencia o una razón encerrada en la inmanencia. Estamos ante un aut-aut decisivo. Pero la racionalidad del quehacer técnico centrada sólo en sí misma se revela como irracional, porque comporta un rechazo firme del sentido y del valor. Por ello, la cerrazón a la trascendencia tropieza con la dificultad de pensar cómo es posible que de la nada haya surgido el ser y de la casualidad la inteligencia. Ante estos problemas tan dramáticos, razón y fe se ayudan mutuamente. Sólo juntas salvarán al hombre. Atraída por el puro quehacer técnico, la razón sin la fe se ve abocada a perderse en la ilusión de su propia omnipotencia. La fe sin la razón corre el riesgo de alejarse de la vida concreta de las personas.” (Caritas in Veritate §74).

La biotecnología divorciada de la ética está generando hoy problemas cada vez más graves y parece estar empeñada en una tarea de deshumanización que C. S. Lewis, en el título de uno de sus libros,[22] denominó “la abolición del hombre”, o sea de la naturaleza humana y, por consiguiente, de la humanidad.

Continúa Benedicto XVI:

“Pablo VI había percibido y señalado ya el alcance mundial de la cuestión social. Siguiendo esta línea, hoy es preciso afirmar que la cuestión social se ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica, en el sentido de que implica no sólo el modo mismo de concebir, sino también de manipular la vida, cada día más expuesta por la biotecnología a la intervención del hombre. La fecundación in vitro, la investigación con embriones, la posibilidad de la clonación y de la hibridación humana nacen y se promueven en la cultura actual del desencanto total, que cree haber desvelado cualquier misterio, puesto que se ha llegado ya a la raíz de la vida. Es aquí donde el absolutismo de la técnica encuentra su máxima expresión. En este tipo de cultura, la conciencia está llamada únicamente a tomar nota de una mera posibilidad técnica. Pero no han de minimizarse los escenarios inquietantes para el futuro del hombre, ni los nuevos y potentes instrumentos que la “cultura de la muerte” tiene a su disposición. A la plaga difusa, trágica, del aborto, podría añadirse en el futuro, aunque ya subrepticiamente in nuce, una sistemática planificación eugenésica de los nacimientos. Por otro lado, se va abriendo paso una mens eutanasica, manifestación no menos abusiva del dominio sobre la vida, que en ciertas condiciones ya no se considera digna de ser vivida. Detrás de estos escenarios hay planteamientos culturales que niegan la dignidad humana. A su vez, estas prácticas fomentan una concepción materialista y mecanicista de la vida humana. ¿Quién puede calcular los efectos negativos sobre el desarrollo de esta mentalidad? ¿Cómo podemos extrañarnos de la indiferencia ante tantas situaciones humanas degradantes, si la indiferencia caracteriza nuestra actitud ante lo que es humano y lo que no lo es?”[23]

La extrapolación de estas tendencias ya presentes en la actual “cultura de la muerte” nos enfrenta a un futuro posible particularmente inquietante, anticipado en la novela (yo diría profética) de Aldous Huxley, Un mundo feliz,[24] que hace casi 80 años previó el advenimiento de una sociedad hedonista, masificada y clasista, marcada por la manipulación del origen de la vida humana, por medio de la clonación. De proseguir el curso actual, el ser humano se convertirá en un producto técnico más, comprable y vendible por catálogo.

Mi séptima tesis es que Nuestro Señor Jesucristo, único Redentor del hombre y Salvador del mundo, es también el Salvador de la ciencia y de la técnica.

Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, asumió la naturaleza humana y, al asumirla, la redimió, uniéndola a su divinidad. Nada de lo verdaderamente humano le es ajeno. Dado que la ciencia y la técnica son realidades humanas, Cristo también ha redimido la ciencia y la técnica.

El físico, historiador y teólogo húngaro Stanley Jaki, en varias de sus numerosas obras, ha insistido en que Cristo es el Salvador de la Ciencia, mostrando que sólo el cristianismo ha proporcionado las condiciones espirituales y culturales adecuadas para hacer posible el florecimiento de la ciencia.[25] Por eso, no es ninguna casualidad que la ciencia moderna haya nacido en la civilización cristiana, y no en otras.

Jesucristo fue carpintero[26] e hijo adoptivo de un carpintero.[27] En el original griego, en ambos casos se utiliza el término “tekton”, que significa “carpintero”, pero tiene también un sentido más amplio de artesano, albañil o constructor. De ese término deriva la palabra “arquitecto”, que etimológicamente significa “constructor principal”. Los años de la vida oculta de Jesús en Nazaret nos muestran que Jesús ha santificado el trabajo, en su caso concretamente un trabajo técnico. Por lo tanto, también para nosotros la técnica puede ser un medio de santificación.

En la parábola de la casa sobre roca,[28] Jesús, el tekton, enseña el camino de salvación para nuestra civilización técnica. Debemos reconstruirla sobre la roca firme de la Palabra de Dios revelada por Cristo. Él mismo es la piedra que los constructores desecharon y que se ha convertido en piedra angular del edificio espiritual del que todos debemos formar parte como piedras vivas (cf. 1 Pedro 2,4-8). “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los albañiles” (Salmos 126,1).

Mi octava y última tesis es que, para superar la actual crisis moral de nuestra civilización técnica, necesitamos ante todo personas y comunidades santas.

Benedicto XVI escribió que “El desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común.”[29]

Durante su largo pontificado, el gran Papa Juan Pablo II insistió mucho en que el primer deber de los cristianos de hoy es ser santos.[30] De ahí que un elemento fundamental de su “estrategia evangelizadora” (por así decir) fueron las canonizaciones y beatificaciones, que llevó a cabo en gran número, para re-proponer con fuerza al mundo el testimonio de los santos.

Para ser santos, es decir, para alcanzar la plena realización de nuestra vocación sobrenatural, no alcanza la práctica de las virtudes técnicas. Todos sabemos, por experiencia, que es posible ser un buen ingeniero, un buen mecánico o un buen pianista y ser a la vez una mala persona. Para llegar a ser hombres cabales, necesitamos adquirir y practicar otra clase de virtudes, las virtudes morales, que no nos perfeccionan en uno u otro aspecto particular, limitado o relativo, sino en cuanto personas. A las virtudes morales, el santo añade las virtudes teologales, practicadas en grado heroico.

Al final de su ya citado libro Tras la Virtud, Alasdair MacIntyre subraya que nuestra civilización, en su presente estado de crisis moral, tiene una urgente necesidad de comunidades abocadas a la conservación y el cultivo de la práctica de las virtudes morales. Haciendo un paralelismo entre la situación actual y la del final del Imperio Romano de Occidente, MacIntyre dice que, en nuestro caso, los bárbaros ya llevan bastante tiempo gobernándonos y termina afirmando que esperamos a un nuevo San Benito, indudablemente muy distinto del primero.[31]

G. K. Chesterton escribió una vez que la actual crisis moral es ante todo una crisis mental. Creo que hay mucho de verdad en ello. Por eso, sin negar nada de lo anterior, agregaré que hoy también necesitamos con urgencia doctores o maestros que cultiven eficazmente el apostolado intelectual, la evangelización de la cultura.

Nos puede animar una idea que expone Christopher Dawson en uno de sus libros. Dice Dawson que el enemigo contra el que luchamos (podríamos llamarlo el secularismo tecnocrático) puede parecer un Leviatán inexpugnable, pero tiene un punto débil: es un monstruo grande con un cerebro pequeño.

Creyendo firmemente que somos humildes portadores del único mensaje de salvación que nuestro mundo necesita y en alguna medida también espera, no nos desanimemos y redoblemos nuestros esfuerzos por cooperar, en la verdad y la caridad, con la obra redentora de Jesucristo, el Técnico que nos liberó –entre otras cosas– también de nuestra tendencia a convertir la técnica en instrumento de esclavitud. Confiemos en Él, quien nos alienta diciéndonos: “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo.”[32]

Dado en Montevideo, 14 de octubre de 2010, en la Segunda Jornada Académica de Fe y Razón.


[1] Caritas in Veritate, 69.

[2] Caritas in Veritate, 42.

[3] Génesis 1,28.

[4] J. M. Bochenski, Introducción al pensamiento filosófico, Editorial Herder, Barcelona, 1986, p. 78.

[5] Cf. Génesis 2,15.

[6] Caritas in Veritate, §69.

[7] Cf. Caritas in Veritate, §51.

[8] Caritas in Veritate, §68.

[9] Esta tendencia se nota en muchos de los errores de la teología católica “progresista” (sobre todo post-conciliar), por ejemplo en materia de diálogo ecuménico, interreligioso y con los no creyentes.

[10] Como lo llama Juan Pablo II en su carta encíclica Dominum et Vivificantem, n. 10.

[11] Juan 1,1-18.

[12] Cf. Eugenio IV, Bula Laetentur coeli; 6 de agosto de 1439, DS 1300-1302, FIC 503-504; Eugenio IV, Bula Cantate Domino; 4 de febrero de 1442, DS 1330-1331, FIC 505-508; Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios; 30 de junio de 1968, nn. 8-13, FIC 509-514.

[13] Alasdair MacIntyre, After Virtue. A Study in Moral Theory, University of Notre Dame Press, Notre Dame, Indiana, 1984, Second edition.

[14] Caritas in Veritate §68.

[15] Mateo 4,4.

[16] Caritas in Veritate §70.

[17] Caritas in Veritate §76

[18] Alasdair MacIntyre, After Virtue. A Study in Moral Theory, University of Notre Dame Press, Notre Dame, Indiana, 1984, Second edition.

[19] Caritas in Veritate §68.

[20] Cf. Génesis 4,22.

[21] La construcción de la torre de Babel: Génesis 11,1-9.

[22] C. S. Lewis, La abolición del hombre, Ediciones Encuentro, Madrid, 1990.

[23] Caritas in Veritate §75.

[24] Aldous Huxley, Un mundo feliz, Plaza & Janes Editores S.A., Barcelona, 1994, 9ª edición. Esta obra, cuyo título original es A Brave New World, fue publicada por primera vez en 1932.

[25] Cf. Stanley L. Jaki, The Savior of Science, Real View Books; Stanley L. Jaki, Christ and Science, Real View Books.

[26] Cf. Marcos 6,3.

[27] Cf. Mateo 13,55.

[28] Cf. Mateo 7,24-27

[29] Caritas in Veritate §71.

[30] Por ejemplo, cf. Juan Pablo II, carta apostólica Novo Millennio Ineunte, nn. 30-31.

[31] Cf. Alasdair MacIntyre, op.cit., p. 263.

[32] Juan 16,33.