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Eduardo Casanova

Desde el Sepulcro Vacío a Turín uno de los aportes tecnológicos fundamentales para documentar la autenticidad de la Sábana Santa provino, como ya se mencionó, de la palinología, una rama de la botánica que estudia las esporas o pólenes, de milésimas de milímetro, mediante microscopía electrónica.

El Dr. Max Frei Sulzer fue uno de los primeros y más eminentes palinólogos, y fue también quien utilizó su especialidad analizando la Síndone. Gracias a sus estudios pudo establecerse el itinerario geográfico-histórico de la Sábana Santa a través de los siglos, pues en cada lugar geográfico existen plantas con esporas o pólenes propios. Las flores los emiten y sólo alcanzan radios geográficos limitados. Dado que esos micro-gránulos se encuentran revestidos por una doble membrana sumamente resistente, se mantienen a través del tiempo sin ser afectados por los agravios del medio ambiente, alcanzando una duración prácticamente indefinida. Una de sus características es la de adherirse a los distintos tejidos de prendas de vestir, y por dicho motivo son usados por la policía a fin de formar evidencia acerca de la permanencia de una persona en determinado lugar. Además, la cantidad de pólenes es acumulativa, por lo que su mayor o menor cantidad traduce el tiempo de permanencia del tejido en cada lugar.

El Dr. Max Frei, que aplicaba esta tecnología al servicio de Interpol, accedió a analizar la Sábana Santa y luego expresó a La Gazzeta del Popolo: “Yo no soy católico, pero la Síndone me interesaba como hecho científico” Al aplicar tiritas de cinta scotch sobre distintas zonas del lino obtuvo cantidades de polvo que luego analizó. Su conclusión fue la siguiente: “puedo afirmar con toda seguridad que la Síndone, hace dos mil años, fue abierta en Galilea, y que sucesivamente fue llevada a Turquía y después a Francia”.

Max Frei falleció en 1983; sin embargo recientemente dos botánicos israelíes hicieron nuevos análisis e hicieron públicos resultados similares. Los hallazgos de Frei fueron de 49 especies de pólenes de plantas, correspondientes a las siguientes regiones fito-geográficas: 16 del centro-norte de Europa; 13 con alto componente salino, casi exclusivas del Negheb o del Mar Muerto (Palestina); y 20 que resultaron típicas de las estepas de Anatolia, correspondientes a las ciudades de Urfa (antigua Edesa) y Constantinopla.

El valor histórico-arqueológico de esos hallazgos es enorme, fundamentalmente porque se encuentran en absoluta concordancia con distintos documentos históricos, como son por ejemplo los que se registran en Archivos Vaticanos, con la llegada de la Sábana Santa a Constantinopla, en el año 944. Más allá de los relatos de los cuatro Evangelios sinópticos, la concordancia también existe con relatos procedentes de los Evangelios apócrifos, y con elementos transmitidos por la Tradición, que ha llevado a que en el rito oriental aún se celebre el 16 de agosto del año 944, como llegada de la Síndone a Constantinopla.

La primera etapa: en Edesa

Los discípulos más íntimos de Jesús, luego de la Pasión, Muerte y Resurrección, permanecían todavía bajo la normativa de la Antigua Ley, por la que no podían tocar las mortajas, consideradas “objetos impuros”. Ello les detuvo para recoger la Sábana y el Sudario encontrados en el Sepulcro Vacío.

Según cuentan los Evangelios apócrifos, la Sábana Santa fue recogida por Josar, un discípulo de Jesús no judío, procedente de Edesa (actual Urfa, Turquía), donde oficiaba como escriba del rey Abgaro V (Abgaro “el negro”, que padecía de lepra). A instancias de su esposa, y de su escriba y amigo, Abgaro había hecho llegar a Jesús una misiva, entregada por Josar, en la que pedía su presencia en Edesa para curarle de su lepra. En conocimiento de los enemigos con que contaba en Jerusalén, le ofrecía no sólo hospitalidad, sino compartir con Él su reino.

Luego de la Resurrección Josar volvió a Eddesa con la Sábana Santa, convencido que curaría a su rey. Los edessianos se llenaron de admiración y alegría al comprobar la asombrosa curación, luego de que Abgaro tomase contacto con el lienzo. Eddesa fue la primera ciudad que albergó y veneró la Síndone. Muchos de sus habitantes se convirtieron al cristianismo, y Edesa fue el primer reino cristiano de la historia.

A la muerte de Abgaro, su hijo Maanú –que odiaba a sus padres y les condenaba por su conversión al cristianismo– lideró a quienes como él se habían mantenido adheridos a los antiguos ídolos: la Luna y el dios Sin, que les permitía todo tipo de transgresiones, perversiones y violencias. Maanú encarceló a su madre, destruyó los templos cristianos y transformó a muchos edessianos en los primeros mártires de la primitiva Cristiandad. Pese a que el propósito de Maanú era incendiar la Sábana Santa en la plaza pública, Abgaro había previsto antes de su muerte esta posibilidad, y la había puesto a resguardo, a través de Marcio, amigo personal y arquitecto del reino, que entonces estaba abocado a la construcción de las murallas de la ciudad. En este lugar seguro y secreto la Síndone permaneció durante siglos, en la muralla occidental de Edesa. Los cristianos sobrevivientes a la matanza mantuvieron su fe de un modo similar.

El intento de destrucción de la Síndone también había sido el primero, y fue el primer signo, luego repetido durante toda la historia, en el que la violencia se repite, pero no consigue su fin destructor.

Luego de cinco siglos, hasta el año 944

En el año 544 Edesa estaba siendo sitiada por las tropas persas de Cosroes I, y estaba a punto de caer ante sus enemigos. Todavía resistía la última de sus murallas, la muralla occidental, cuando se descubrió en su interior la Sábana Santa. Dicho hallazgo produjo en los defensores un nuevo aliento en su lucha: comenzaron a ser más certeros en sus disparos, y las flechas incendiarias pronto dispersaron al ejército persa, que debió retirarse con sus carros y equipo bélico. Cuando los sitiadores optaron por retirarse, nunca más volvieron. Los vencedores llevaron a la Síndone en procesión por la ciudad, como signo de su victoria, y allí permaneció venerada por los cristianos, y luego también por los musulmanes, cuando éstos conquistaron la ciudad en el año 639. Fue trasladada a Constantinopla en el año 944.

La segunda etapa: en Constantinopla

El emperador de Bizancio, Romano Lecapeno, había considerado que quienes debían custodiar la Sábana Santa eran más los cristianos que los musulmanes, ya que eran quienes adoraban a Jesús como Dios hecho Hombre. Los musulmanes sólo lo consideraban un profeta. Con este motivo envió a su mejor general, Juan Curcuas, con la finalidad de llegar a Edesa y hacerse de la Sábana Santa. Esta expedición militar fue reconocida luego como “una de las más curiosas expediciones guerreras de la historia.”[1] El ejército procedente de Bizancio no reclamó otro bien que la Síndone. Si la entregaban se les garantizaba inmunidad de la ciudad ante cualquier otro ataque. Se ofrecía también la libertad de 200 prisioneros musulmanes de alta alcurnia y 10.000 escudos de plata. Estas ofertas determinaron que el Emir aceptase rápidamente la oferta, aunque los cristianos residentes intentaron sin éxito ofrecer una copia falsificada.

El 16 de agosto de 944 el archidiácono Gregorio de Santa Sofía, en su homilía, daba la bienvenida de la Sábana Santa a Constantinopla.[2] Alli permaneció por más de dos siglos, hasta una fecha imprecisa, probablemente hasta que la capital de Bizancio fuese saqueada en el año 1204.

La tercera etapa: en Europa

Se estima que el pasaje de Constantinopla a Europa tuvo lugar al inicio del siglo XIII luego del saqueo de Constantinopla. Lo cierto es que aparece en Lirey, Francia, 150 km al sureste de París, recién en el año 1357, un siglo y medio después. Resulta poco claro cuál fue su destino durante ese siglo y medio, hasta que surge en dicha ciudad francesa, como propiedad de Godofredo de Charny.

Existen sobre todo especulaciones acerca del tiempo transcurrido entre las Cruzadas y la aparición de la Sábana Santa en Lirey. Algunos historiadores, como Ian Wilson (agnóstico convertido al cristianismo a propósito de sus estudios sobre la Síndone), suponen que estuvo oculta y custodiada por los caballeros del Temple, que habían participado en las Cruzadas, 150 años antes.

Los templarios, hasta 1291, habían sido custodios de grandes tesoros en la fortaleza de San Juan de Acre (que es actualmente la más conocida de las ruinas que quedan de las fortalezas templarias). Estos monjes militares habían sido en su tiempo los pioneros de la actual actividad bancaria: se les confiaba bienes de todo tipo, que custodiaban en sus fortalezas, extendiendo certificados para pagos que se acreditaban con esos bienes. Dicha actividad y el poder económico y político derivado de ella, hizo que se crease una creciente enemistad entre el rey de Francia, Felipe IV el Hermoso, y los integrantes de la Orden del Temple. Luego de un prolongado enfrentamiento, se alcanzó un punto culminante el 19 de marzo de 1314, cuando el rey condenó a la tortura, y a la muerte en el cadalso, al gran maestre de los templarios franceses, Jaques La Molay. Su compañero de suplicio era el maestre templario de Normandía, Godofredo de Charnay.

Los investigadores históricos se fundan en documentos que, durante su persecución política, acusaban a los templarios de ser adoradores de un ídolo, una figura masculina barbada, que presenta un gran parecido con la figura de la Síndone. Ello se establece luego de que se descubriese en 1951 esta imagen, en Templecombe (Somerset, Inglaterra), en un refectorio templario de la época.

La teoría de Ian Wilson plantea que la persecución de que fueron objeto los templarios contribuyó a que mantuviesen en secreto la posesión de la Síndone. De todos los tesoros guardados y custodiados, éste sería el más precioso de todos. Durante la persecución, cuando era ya inminente el riesgo que se cernía sobre la Orden, la Síndone habría sido confiada a la familia de Godofredo de Charnay.

Según la mencionada teoría se explicaría la reaparición de la Sábana Santa medio siglo después de la muerte de las autoridades francesas del Temple. El nombre de Godofredo I de Charny, probablemente debe relacionarse con el nombre de la misma familia Charnay, con una leve modificación en la grafía del apellido, ocurrida ya sea por error o intencionalmente, para evitar la persecución.

Al año siguiente de la muerte de Godofredo de Charny ante los ingleses, en la batalla de Poitiers, su viuda, apremiada por necesidades económicas, decidió exponer la Síndone a los peregrinos; y obtuvo un éxito inesperado en sus propósitos. Según lo expresa Carreño: “En 1389, el obispo de Troyes, alarmado por la creciente multitud de fieles que acudían a venerar la Síndone en la Iglesia de Nuestra Señora de Lirey (su diócesis)… dio órdenes al deán de Lirey de suspender el culto…”[3] Posteriormente el Mandylion (nombre griego de la Síndone que se refiere al lienzo plegado en el que sólo aparece la cara), pasa a ser propiedad de la familia de Saboya, quien la adquiere y alberga en una caja de plata, depositándola para su culto en una capilla que hacen construir para ello en la iglesia de Chambery. Es allí donde sufre graves daños en la noche del 3 al 4 de diciembre de 1532, durante un incendio que había ya comenzado a fundir la caja de plata en que se hallaba alojada. Luego, monjas clarisas cosen una tela al lienzo original a efectos de conservarlo mejor; pero, pese a ello, aún hoy se mantienen los estigmas de aquel incendio.

La cuarta etapa: en Turín

En 1578 la familia de Saboya dispone su traslado a la catedral de Turín, actual sede, para facilitar de este modo la peregrinación de San Carlos Borromeo desde Milán, en acción de gracias luego de superada una grave epidemia que asolaba su ciudad. Ya en Turín, la Sábana Santa sufre varios intentos de robo y nuevos incendios, cuyas secuelas todavía pueden advertirse en la estructura de la catedral de Turín, que visitamos a comienzos de este tercer milenio.

Dado el 19 de marzo de 2010.


[1] Stevenson K. y Habermas G. K., Dictamen sobre la Sábana de Cristo, Planeta, Barcelona.

[2] Hallazgo de Gino Zaninotto, en 1993, en Archivos Vaticanos.

[3] Carreño, J. L., La Señal, Ediciones Don Bosco, 1983, p. 351.

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