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Néstor Martínez Valls

La fe cristiana y católica se apoya sobre tres “es” fundamentales:

  1. Jesús es Dios.
  2. La Eucaristía es el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
  3. La Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica.

Esos tres “es” están siendo atacados contemporáneamente por propuestas teológicas que buscan –dicen– hacer “comprensible” la fe católica al hombre actual.

Se dice que Dios “está en” Jesucristo, se niega o se deja de lado la transustanciación eucarística, única que permite decir que el pan y el vino consagrados son el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo, y se dice que la Iglesia de Cristo “subsiste” en la Iglesia Católica de tal modo, que “no es” la Iglesia Católica.

En todo esto hay que tener presente que, en materia de fe, dar 29 pasos cuando había que dar 30 es como no haberse movido.

En efecto, respecto del primer “es”, en la verdad de fe fundamental “Jesús es Dios”, se puede errar al menos de dos maneras distintas: por relación al predicado, o por relación a la unión del predicado con el sujeto.

Por relación al predicado erraban los arrianos, cuando decían que Jesús (ellos lo decían propiamente hablando del Hijo, pero el resultado es el mismo) es la máxima creatura de Dios, pero no es Dios. Todo lo que se engrandezca a Jesús, al tiempo que se niega su estricta identidad de naturaleza con el Padre, es estrictamente nada en términos de fe cristiana. Porque la diferencia entre un salvador que no es Dios y un Salvador que es Dios es infinita, como lo es la diferencia entre Dios y sus creaturas.

Por relación a cómo el predicado “Dios” se relaciona con el sujeto “Jesús” erraron por ejemplo los nestorianos, diciendo que el Verbo y Jesús son dos personas distintas, de tal modo que el Verbo “habita en” Jesús como en un templo, y de modo tal que la unión de ambos es sin duda estrechísima. Todo lo estrecha que se haga la unión entre Jesús y el Verbo, después de haber negado la identidad personal entre ambos, es estrictamente nada, en términos de fe cristiana.

Decir que la unión entre el Verbo y Jesús es la más estrecha que puede haber, no nos saca todavía de la ambigüedad. No excluye la interpretación según la cual el Verbo y Jesús son dos personas distintas, unidas, obviamente, del modo más estrecho en que dos personas distintas pueden estar unidas.

Y si el Verbo solamente “está en” Jesús, si son dos personas distintas, entonces, lógicamente, Jesús no es Dios. Por el camino del nestorianismo volveríamos al arrianismo, o más bien ambos llevan por el mismo camino a negar lo fundamental de la fe cristiana: la Encarnación del Verbo de Dios.

Yo habito en mi casa, yo estoy en mi casa, yo estoy en mis pantalones, pero yo no soy ni mi casa ni mis pantalones. Dios “habita en” sus santos, en la Virgen, en San Juan, en el Bautista, en Santa Teresa. Pero en ese sentido, que es el obvio, de “estar en” o “habitar en”, Dios no habita en Jesús, Dios no está en Jesús. Jesús es Dios.

Mientras el cristiano no confiesa que Jesús es Dios, su fe no es escándalo para el mundo, o sea, no es cristiana. El mundo puede tolerar todas las inhabitaciones de Dios en Jesús que nosotros queramos imaginar. Lo único que le va a dejar un intolerable gusto a sal en la boca es la afirmación pura, simple y desnuda de que Jesús es Dios. Sólo entonces va a tener motivo serio para marginarnos y perseguirnos. Sólo entonces se van a poner a juntar piedras para lapidarnos. Y sólo entonces nos vamos a salvar de ser declarados “sin sabor” y de ser tirados y pisoteados por los hombres.

Es curioso, pero a muchos católicos hoy día les resulta espontáneamente aceptable la afirmación de que en Jesús no hay dos personas, sino solamente una; incluso aceptan que la única persona que hay en Jesús es la Persona divina del Verbo, pero luego reaccionan extrañados cuando se les dice que en Jesús no hay una persona humana y que por tanto Jesús no es una persona humana.

Y sin embargo, ello es lógicamente una consecuencia inevitable de lo anterior, como ya lo vio claro la Iglesia en el Concilio de Éfeso. Si en Jesús hay una persona humana, si Jesús es una persona humana, entonces es una persona distinta de la Persona divina del Verbo, Hijo de Dios. Y entonces en Jesús hay dos personas, la Divina y la humana, lo que es precisamente la herejía condenada en el nestorianismo.

Por eso los nestorianos decían que María es Madre de Cristo, pero no Madre de Dios. Porque era, según ellos, madre de la persona humana, no de la Persona divina. Y por eso el Concilio de Éfeso definió que María es Madre de Dios. Porque es Madre de la Persona divina, no en cuanto divina, sino en cuanto esa Persona divina ha asumido una naturaleza humana, la de Jesucristo.

Con esa definición el Concilio no pretendía solamente ni en primer lugar reconocer la grandeza de la Virgen, sino ante todo afirmar la unidad de la Persona divina de Jesucristo. La única Persona que hay en Jesús es la divina; por eso María, al ser la madre de Jesús, es Madre de esa Persona divina, o sea, Madre de Dios.

Jesús es una persona divina que ha asumido la naturaleza humana. Jesús es hombre. Jesús es verdadero hombre. Jesús es humano. Jesús es el Hombre por excelencia. Jesús es una Persona que tiene la naturaleza humana. Y Jesús no es persona humana, sino Persona divina, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Hoy día, con la intención de hacer “comprensible” la fe cristiana, con la intención de “acercarla” al hombre de hoy, como si con la Encarnación no se hubiese dado todo el acercamiento necesario y suficiente, se vuelve a usar el lenguaje nestoriano: “Dios está en Jesús”. “Dios se hace presente en Jesús”. “Dios se manifiesta en Jesús”. Un gobernante se hace presente por medio de su embajador, pero el embajador no es el gobernante. Un ejército se manifiesta mediante su bandera, pero la bandera no es el ejército.

La alergia metafísica de nuestra cultura es tomada por algunos teólogos como criterio de interpretación de la fe. Se huye al “es”. Como si estuviera en nuestro poder el fabricar otro lenguaje, para expresar la Revelación, que aquel que Dios nos ha dado al crearnos como seres racionales, dotados de una inteligencia capaz de “leer dentro” (intus legere) del ser de las cosas.

No hablamos de idiomas, que sabemos que son varios, sino de lenguaje, de la inevitable estructura metafísica del lenguaje humano. Más allá de que, como dicen algunos, algunas tribus primitivas tengan o no el verbo “ser”, el hecho es que nosotros vemos y sabemos claramente que no es lo mismo ser que estar. No es lo mismo que A sea B, que decir que B está en A. Y en todos los lenguajes suficientemente desarrollados como para soportar el peso de una civilización, el verbo que hace de cópula en los juicios es el verbo “ser”.

Lo mismo sucede con el dogma de la Eucaristía. Algunos teólogos rechazan la transustanciación, a pesar de que es dogma de fe. Se trata, dicen, de formular la fe de otra manera, dada la mentalidad antimetafísica moderna que rechaza el concepto de “sustancia”.

Jesús dijo “Esto es mi cuerpo”. No dijo “esto significa mi cuerpo” ni “mi cuerpo está en esto”, sino “Esto es mi cuerpo”. La “transustanciación”, como la entiende la fe católica, es la conversión de toda la sustancia del pan y de toda la sustancia del vino, en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo Nuestro Señor.

El punto de partida, el término “a quo”, es la sustancia del pan y del vino, es decir, su ser profundo, lo que el pan y el vino son. Esto es así, porque los accidentes del pan y el vino permanecen una vez realizada la conversión eucarística, como atestiguan los sentidos. El punto de llegada, el término “ad quem”, de esa conversión, es Jesucristo Nuestro Señor, todo Él: su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

Como no hay alternativa entre que Jesús sea el Creador o sea una creatura, y la diferencia es infinita, tampoco hay alternativa entre que la sustancia del pan y el vino permanezca o no, y la diferencia también es infinita. Porque es infinita la diferencia entre una presencia de Cristo que no significa que el pan consagrado sea Cristo, de una Presencia real de Jesucristo que implica que el pan consagrado es Nuestro Señor Jesucristo.

Si tras la consagración permanece la sustancia del pan, no es verdad, literalmente hablando, que la Eucaristía sea el Cuerpo de Cristo. A lo sumo el “es” tendrá allí un significado metafórico. Lo que es pan no puede ser Cuerpo de Cristo, y lo que es vino no puede ser Sangre de Cristo.

Por tanto, o se acepta la transustanciación, es decir, que después de la consagración ya no existe ni la sustancia del pan ni la sustancia del vino, sino que se han convertido, por el poder de Dios, en el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, o hay que negar que el pan consagrado sea el Cuerpo de Cristo y que el vino consagrado sea la Sangre de Cristo, contra lo que enseña la fe católica.

Porque nada puede ser a la vez pan y Cuerpo de Cristo, o a la vez vino y Sangre de Cristo. Eso sí que implica contradicción, ya que implica a la vez ser pan y no ser pan (por ser Cuerpo); ser vino y no ser vino (por ser Sangre).

Y no tiene sentido, análogamente a como no lo tiene hablando de la Persona y las naturalezas de Jesús, decir aquí que el Cuerpo de Cristo “está presente” en el pan, o que la Sangre de Cristo “está presente” en el vino, si previamente se ha negado que el pan consagrado SEA el Cuerpo de Cristo, y que el vino consagrado sea la Sangre de Cristo. Tras la comunión el Cuerpo y la Sangre de Cristo están presentes en el que los recibe, pero no es eso lo que queremos decir cuando hablamos de la “Presencia real” de Jesucristo en la Eucaristía.

Atiéndase a que aquí no estamos ante una cuestión de teologías diferentes. Ésta no es una cuestión de teología, sino una cuestión de fe. Son dos fes distintas la que dice que Dios solamente “está” en Jesús, y que Jesús solamente “está” en la Eucaristía, y la que dice que Jesús es Dios y que la Eucaristía es el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo Nuestro Señor.

Y lo mismo sucede hoy día en muchos teólogos, lamentablemente, en lo tocante a la relación entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica. El Concilio Vaticano II ha enseñado que la Iglesia de Cristo “subsiste en” la Iglesia Católica. No ha querido decir “es la Iglesia Católica” para no dar la impresión de que se negaba todo elemento de santidad y verdad cristianas fuera de los límites visibles de la Iglesia Católica. Es decir, no ha querido que se entendiera el “es” en el sentido de una identificación exhaustiva.

Pero de ahí toman pie algunos teólogos actuales para decir que el “subsistit in” ha “sustituido” al “es”. Ahora bien, en virtud del principio de tercero excluido (“Toda cosa es, o no es, algo”) la única forma de “sustituir” al “es” es afirmar el “no es”.

Por tanto, para ser lógicos, habría que decir que la Iglesia de Cristo “no es” la Iglesia Católica. Y entonces, tenemos dos posibilidades: o es alguna de las otras confesiones cristianas históricas y visibles, o no es ninguna de ellas tampoco.

Lo primero sería bien extraño que lo dijera un Concilio Ecuménico: que la Iglesia de Cristo no “es” la Católica pero sí “es” la Oriental separada, por ejemplo. Lo segundo nos lleva de nuevo a dos posibilidades: o bien la Iglesia de Cristo no existe hoy día entre nosotros, o bien existe sólo como realidad espiritual e invisible. Lo primero es claro que es absurdo para ser dicho por un Concilio; lo segundo también, porque es la visión protestante, no la católica, de la Iglesia.

Por supuesto, en ninguna parte dice el Concilio Vaticano II que la Iglesia de Cristo no es la Iglesia Católica, ni que haya que “sustituir” al “es” con el “subsiste en”. La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica porque es la Iglesia Católica, y en definitiva, subsiste porque existe, y existe histórica y visiblemente, también hoy día.

¿Negamos con eso que existan elementos de la Iglesia fuera de los confines visibles de la Iglesia Católica? Para nada. Se puede participar de algo sin serlo plenamente. Por la gracia somos “partícipes de la naturaleza divina”, pero no somos Dios. Análogamente, fuera de los límites visibles de la Iglesia Católica existen, como dice el Concilio, muchos elementos de santidad y verdad, que de suyo pertenecen a la Iglesia de Cristo, y que impulsan hacia la unidad católica.

Veamos entonces adónde nos ha llevado la manía “traduccionista” de muchos teólogos contemporáneos: un Jesús que no es Dios, una Eucaristía que no es el Cuerpo de Cristo, una Iglesia Católica que no es la Iglesia de Cristo. ¿Hace falta algo más?

Se trata, en efecto, no de otra teología, sino de otra fe. Lo malo es que es una fe que pretende ser la católica y pretende desarrollarse y crecer dentro de la Iglesia Católica.

El chocolate no es lo mismo que el dulce de leche. Por algún misterioso triunfo de la sección “pensamiento” de la oficina infernal, tan bien descrita por C. S. Lewis en “Cartas del diablo a su sobrino”, muchos de nuestros católicos contemporáneos se regocijan con la sola idea de explicar lo que es el chocolate a un niño que no lo conoce diciéndole que es como el dulce de leche.

Enseguida muchos sacarán a relucir ante esto la excusa de la “pastoral”. Pero no puede haber un “credo pastoral” distinto del Credo eclesial. La Pastoral en la Iglesia nunca consistió en fomentar la existencia de dos fés distintas, una para el pueblo y otra para los entendidos. Está bien dar leche a los infantes en Cristo, pero está muy mal darles veneno.

Y anunciar la verdadera fe católica no es tan difícil como lo quieren presentar algunos. Por el contrario, la fe verdadera tiene cierta connaturalidad con el alma de los sencillos. El pueblo nunca será espontáneamente nestoriano; por el contrario, tiende más bien al monofisismo, como los niños de catequesis a los que les es más fácil decir que “Dios caminó sobre las aguas” que decir que “Jesús caminó sobre las aguas”.

Y todavía hay un cuarto “es” que molesta tremendamente al mundo actual, y que también se integra, a su modo, a lo específico católico, sin dejar de ser por ello una verdad natural accesible a cualquiera que haga uso rectamente de la razón. El embrión humano es persona humana desde el instante de la fecundación.

El odio al ser, el odio a la metafísica, nacido de la impureza nominalista del siglo XIV, tenía que llegar hasta aquí, hasta el holocausto de mucho más de 50 millones de seres humanos abortados en el planeta cada año.

Las impalpables evidencias y certezas metafísicas tenían que mostrar su verdad y su validez en términos del tamaño ingente de la montaña de cadáveres humanos apilada como consecuencia de su negación o de su desprecio.

La Revelación cristiana es la revelación del Ser. “Yo soy el que Soy. Esto dirás a los israelitas: El que es me envía a ustedes.” En Dios tenemos una Esencia y tres Personas; en Cristo, una Persona y dos naturalezas; en la Eucaristía tenemos la transformación de la sustancia del pan y el vino en el ser íntegro de Jesucristo; por la gracia somos hechos partícipes de la Naturaleza divina; la Iglesia ES, misteriosamente, el Cuerpo de Cristo; y la Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica.

Y el ser humano es una sustancia, dotada de una esencia o naturaleza, un alma espiritual que informa una materia corporal. No es un cerebro ni un sistema nervioso, no es un corazón ni tampoco un conjunto de cromosomas, aún separados o ya combinados; es lo que sustenta todo eso, lo que existe en sí y no en otro, lo que no se capta por los sentidos aparte de los accidentes sensibles mismos que lo manifiestan, lo que subyace a todos los cambios que ocurren después de la fecundación, lo que por participar a su modo del ser participa a su modo del Absoluto de Dios mismo.

En efecto, se trata del comienzo de una existencia, y no, por tanto, del desarrollo de algo que ya existe. Ningún desarrollo anatómico o funcional puede dar lugar a una nueva sustancia, ni, por tanto, a una nueva persona. El cigoto no es un conjunto de cromosomas, ni de átomos, sino una nueva existencia, un ser, algo que es.

La persona no es algo de orden accidental, que le adviene a un sujeto ya existente. La persona es ese sujeto mismo, y comienza a existir cuando comienza a existir ese sujeto, es decir, cuando se hace presente en la realidad ese ente uno, que hasta ese instante no existía simplemente hablando, y que luego es sujeto de todos los cambios y desarrollos.

Hasta aquí tenía que llegar el odio satánico del ser, que es odio de Dios y de su Amor. Nunca hubo, en lo esencial, dos formas de ser cristiano, y menos las hay hoy día. Ante el holocausto mundial, sólo es cristiano el que da testimonio de la Revelación del Ser. Es ridículo hablar de “diálogo” con el Moloch que avanza devorando y triturando la carne humana. Un catolicismo burgués, hecho de concesiones y silenciamientos, no es, simplemente, catolicismo.

¡Y hay un quinto “es”! Que también es crucial en nuestro tiempo y que también es negado sin fundamento alguno. El ser humano es varón o mujer por naturaleza. Cuando las ideólogas de la “perspectiva de género” hablan de “identidad de género”, dan a esa palabra un contenido puramente psicológico: es cómo se siente la persona, cómo percibe ella su identidad sexual. Así, un travesti masculino puede tener una “identidad de género” femenina, y se exigirá que se lo llame “ella” y no “él”, de acuerdo con la “identidad” de género que “ella” percibe, y no con la identidad sexual que él de hecho tiene.

La identidad sexual no es una cuestión psicológica y subjetiva, sino biológica y objetiva. Es claro que la “perspectiva de género” ha comenzado por decir que el “género”, es decir, el ser varón o mujer, es de origen “cultural”, o sea, no es natural. Ha comenzado por negar, precisamente, la naturaleza humana, poniendo en su lugar constructos culturales, para luego poder reducir la “identidad” a una cuestión psicológica.

Urge volver a una sana filosofía basada en el auténtico realismo de la filosofía del ser. A lo que estamos asistiendo es al suicidio intelectual y moral de Occidente, y la primer estrategia a adoptar ante algo así es no suicidarnos también nosotros.

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