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Daniel Iglesias Grèzes

Quisiera aportar algunas reflexiones sobre un tema arduo y complejo de teología práctica. Se trata del tema del “equilibrio” o la combinación correcta de dos dimensiones de la vida de los fieles cristianos, sobre todo laicos: por un lado sus relaciones con otros cristianos; y por otro lado sus relaciones con los no cristianos.

En la discusión de este tema hay una amplia gama de posturas diferentes. En un extremo estaría la posición de quienes abogan por una especie de nueva y masiva “fuga del mundo”, creando ambientes católicos (por ejemplo, barrios o ciudades enteras) en donde transcurriría casi toda la vida de muchos fieles. En el otro extremo estaría la opinión de quienes parecen pensar que, para impregnar el mundo con los valores del Evangelio, bastan los cristianos individuales debidamente formados y alimentados con los sacramentos y la oración. Ellos solos, sin apoyarse en ninguna clase de asociaciones católicas especializadas, y mezclándose con los no católicos “como levadura en la masa”, deberían ser capaces de llevar el Evangelio a sus respectivos ambientes y de hacerlo prosperar allí.

Para comenzar a abrirnos camino en un tema tan complejo, es bueno dividirlo en partes. Consideremos en primer lugar la forma más primaria de asociación: el matrimonio; y la familia (basada en el matrimonio), célula básica de la sociedad. Con respecto a este aspecto de nuestra amplia cuestión, la postura de la Iglesia Católica es muy clara: el derecho canónico prohíbe los matrimonios con disparidad de cultos[1] y los matrimonios mixtos.[2] Es cierto que estas prohibiciones pueden ser dispensadas y que tales dispensas, lamentablemente, se han convertido en una especie de mera rutina burocrática, pero el principio mismo permanece en pie. Lo menos que se puede decir es que a priori la Iglesia desaconseja esos matrimonios, aunque a posteriori, obviamente, ellos deban ser debidamente valorados y respetados. No obstante, no se debe ignorar que los matrimonios mixtos y (más aún) los matrimonios con disparidad de cultos conllevan peligros que en principio parece recomendable evitar, por lo menos como criterio general.

La Iglesia Católica no sólo manda a sus fieles laicos con vocación matrimonial formar matrimonios católicos, sino también familias católicas. Esto implica, muy especialmente, la obligación de dar a sus hijos una educación católica.[3] Todo esto es bien conocido.

Pasemos pues a otro aspecto de nuestra cuestión: las escuelas. También en este sentido la doctrina y la legislación de la Iglesia son muy claras:

“La Iglesia tiene derecho a establecer y dirigir escuelas de cualquier materia, género y grado. Fomenten los fieles las escuelas católicas, ayudando en la medida de sus fuerzas a crearlas y sostenerlas.”[4]

“Los padres han de confiar sus hijos a aquellas escuelas en las que se imparta una educación católica; pero, si esto no es posible, tienen la obligación de procurar que, fuera de las escuelas, se organice la debida educación católica.”[5]

No quiero profundizar aquí en el gran tema de la educación católica, por lo cual no trataré directamente el tema de las universidades católicas. Pienso que lo dicho es suficiente para desmentir la tesis de los católicos que desestiman la escuela católica porque piensan que allí sus hijos padecerían un nocivo aislamiento del “mundo real” (que, supuestamente, sería sólo la parte del mundo que desconoce o rechaza a Dios, a Cristo o a su Iglesia). La educación católica de los hijos es un deber de los padres católicos y esa educación no puede impartirse adecuadamente sino en ambientes católicos.

Además de la familia y la escuela, otro ambiente de gran importancia para la vida cristiana es la parroquia, organizada generalmente según el principio territorial. Trataré brevemente sólo dos problemas referidos a la parroquia territorial.

El primer problema es el referido a la participación de los fieles laicos en pequeñas comunidades parroquiales. Pienso que también aquí es necesario guardar un equilibrio. Por una parte, está muy bien alabar y fomentar las pequeñas comunidades, pero sin llegar al punto de tratar de volverlas en cierto modo “obligatorias” y de despreciar a los simples “fieles de Misa”, que no participan de esas comunidades, considerándolos como cristianos “de segunda categoría”.

El segundo problema es muy actual: se trata del gran problema pastoral de la relación entre las parroquias territoriales y los movimientos o comunidades eclesiales organizados según otros principios, dones o carismas. Pienso que en este sentido debe prevalecer la voluntad de mutua colaboración y mutuo enriquecimiento. Sin negar la gran importancia de la parroquia territorial en la estructura de la Iglesia, es preciso aceptar serenamente que hoy en día la vida espiritual de muchos fieles cristianos depende más bien de esa otra clase de comunidades cristianas.

Pasemos ahora a la cuestión de las asociaciones de fieles.

“Existen en la Iglesia asociaciones distintas de los institutos de vida consagrada y de las sociedades de vida apostólica, en las que los fieles clérigos o laicos, o clérigos junto con laicos, trabajando unidos, buscan fomentar una vida más perfecta, promover el culto público, o la doctrina cristiana, o realizar otras actividades de apostolado, a saber, iniciativas para la evangelización, el ejercicio de piedad o de caridad y la animación con espíritu cristiano del orden temporal.”[6]

En este punto subrayo dos cosas:

En primer lugar, que también aquí rige el principio de la libertad de los hijos de Dios. Los fieles cristianos (clérigos o laicos) tienen derecho a fundar o integrar asociaciones de fieles (públicas o privadas), pero no están obligados a ello. Pertenecer o no a una asociación de este tipo es una decisión prudencial, que depende de una infinidad de circunstancias personales concretas, que cada uno debe valorar y discernir en conciencia.

En segundo lugar, que los posibles objetivos de estas asociaciones de fieles abarcan todas las dimensiones de la vida cristiana, incluyendo las obras de caridad “y la animación con espíritu cristiano del orden temporal” (Íbidem). Por lo tanto, también hoy, como ayer, es lícito crear y fomentar asociaciones católicas de orden cultural, social, deportivo, empresarial, gremial, político, etc.

Aquí entramos de lleno en el quid de la cuestión disputada. ¿Esas asociaciones católicas, que –según el Código de Derecho Canónico– son en principio legítimas, son también convenientes hoy? Al fomentarlas, en lugar de cumplir el mandato misionero de Jesucristo resucitado, ¿no estaríamos creando algo así como ghettos, donde los católicos, lejos de muchas de las tentaciones mundanas, proseguirían su camino más o menos indiferentes a la suerte de sus conciudadanos no católicos o no cristianos?

Hay quienes piensan que tales asociaciones confesionales son un residuo de la Iglesia pre-conciliar y que no tendrían lugar en nuestros tiempos, en los que se impondría una noción de laicidad tolerante y pluralista, abierta a la más amplia cooperación de los cristianos con los no cristianos en todos los asuntos temporales.

Opino que, cuando algunos fieles católicos se asocian para trabajar juntos en la animación con espíritu cristiano del orden temporal, en cualquier ámbito o sector determinado, lo más lógico es que también su asociación (y no sólo sus socios individuales) sea católica, más allá de que esa confesionalidad asuma o no la forma canónica precisa de una “asociación de fieles”.

Las personas forman asociaciones para alcanzar más fácilmente determinados fines deseables. Como dicen sabios refranes populares: “la unión hace la fuerza”, “cuatro ojos ven más que dos”, etc. Ahora bien, si la iniciativa emprendida por los socios fundadores está inspirada en el Evangelio de Cristo y tiene realmente como objetivo animar el orden temporal con espíritu cristiano, sería bastante extraño que precisamente esa fuente primera de inspiración y ese objetivo último constituyeran sólo un compromiso individual, pero no colectivo, como si en esa dimensión trascendente ya no valiera la eficacia de la tendencia asociativa, o como si la unión requerida en ese sentido fuera únicamente la genérica comunión eclesial.

Para no perdernos dentro de la gran variedad de casos posibles, consideremos un caso particular: el caso de un grupo de católicos que se asocian para trabajar en la defensa y promoción del derecho humano a la vida (mutatis mutandis, lo dicho aquí para las asociaciones pro-vida vale también para los demás tipos de asociaciones). En principio caben dos posibilidades: que la nueva asociación sea (explícita o implícitamente) católica o bien que sea aconfesional, un ámbito secular que agrupa tanto a católicos como a no católicos en procura de objetivos meramente seculares.

Es importante notar que la primera alternativa (la de la confesionalidad) no excluye la posibilidad de cooperar con no católicos en el amplio campo del movimiento pro-vida, puesto que no impide participar de un segundo ámbito donde distintas personas o asociaciones (entre ellas nuestra asociación católica) cooperarían en distintas iniciativas comunes, sin perder sus identidades propias ni su legítima autonomía.

Este esquema de “círculos concéntricos” tiene varias ventajas:

  • ayuda a mantener vivo y operativo el espíritu cristiano que inspiró a los socios fundadores de la asociación en cuestión;
  • evita reducir los objetivos sociales al “máximo común denominador” de los principios, creencias o valores compartidos por socios católicos y no católicos;
  • muestra que el diálogo y la cooperación de católicos y no católicos no debe ni necesita hacerse a expensas de la identidad católica de los católicos.

En el caso concreto de un grupo pro-vida o pro-familia, podemos agregar la siguiente consideración: si bien en principio la ley moral natural (sustento del derecho a la vida y de todos los derechos fundamentales del hombre y de la familia) es una base común racionalmente accesible para católicos y no católicos, de hecho son muy raros los casos de no católicos que se adhieran a esa ley moral en toda su integridad. La Iglesia Católica es la única organización religiosa que se atiene firmemente a toda la ley moral natural, incluso en lo relativo al divorcio, la anticoncepción, la reproducción humana artificial, etc. Por lo tanto, renunciar como colectivo a la confesionalidad católica implicará, tarde o temprano, terminar discutiendo dentro del grupo cosas que los socios fundadores daban por supuestas, con el consiguiente desgaste interno.

La confesionalidad del grupo implica, ante todo, la fijación de un objetivo trascendente, no meramente intramundano. Por ejemplo, el objetivo último de un grupo pro-vida católico no puede reducirse a salvar el mayor número posible de vidas humanas, aunque naturalmente esto sea un bien muy deseable. En cambio, el objetivo último de ese grupo, comoquiera que sea formulado, será contribuir (en el ámbito específico del movimiento pro-vida) a “hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra.”[7]

Si el objetivo último del grupo es sobrenatural, entonces sus medios no podrán ser sólo naturales. En el caso concreto del movimiento pro-vida, esto significa, entre otras cosas, que no hay razones válidas para renunciar al lenguaje teológico a favor de un lenguaje exclusivamente filosófico o científico. Esa renuncia equivaldría a caer en la trampa del secularismo, que quiere hacernos creer que la fe sólo tiene lugar en el ámbito privado, mientras que en el espacio público sólo tienen derecho de circulación los argumentos no religiosos. Tenemos el derecho y el deber de predicar el Evangelio de la Vida en privado y en público, y para ello será preciso usar, de forma conveniente y oportuna, argumentos teológicos, filosóficos y científicos, en función de los destinatarios del mensaje y de otras circunstancias.

La renuncia al lenguaje teológico explícito no sólo impediría el logro del objetivo último religioso de la asociación católica, sino que incluso comprometería gravemente el logro de sus objetivos intramundanos; porque, como bien escribió Santo Tomás de Aquino, Dios reveló verdades de suyo accesibles a la sola razón natural (como las verdades que integran la ley moral natural) para que en el estado presente de la humanidad todos los hombres pudieran conocerlas fácilmente, con certeza y sin mezcla de error.


[1] Cf. Código de Derecho Canónico, canon 1086.

[2] Cf. Código de Derecho Canónico, c. 1124.

[3] Cf. Código de Derecho Canónico c. 226.

[4] CDC, c. 800.

[5] Código de Derecho Canónico, c. 798.

[6] Código de Derecho Canónico, c. 298, 1.

[7] Efesios 1,10.