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Daniel Iglesias Grèzes

El 6 de agosto de 2000, la Congregación para la Doctrina de la Fe, con la aprobación del Papa Juan Pablo II, emitió la Declaración Dominus Iesus sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia. Éste fue uno de los documentos doctrinales más importantes del largo pontificado de Juan Pablo II.

La forma solemne en que se expresa dicha aprobación subraya la importancia de este documento del Magisterio: “El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la Audiencia del día 16 de junio de 2000, concedida al infrascrito Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con ciencia cierta y con su autoridad apostólica, ha ratificado y confirmado esta Declaración decidida en la Sesión Plenaria, y ha ordenado su publicación.” Cabe subrayar que el Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe era Joseph Ratzinger, el actual Papa Benedicto XVI.

La declaración Dominus Iesus consta de una introducción, seis capítulos o secciones y una conclusión.

La introducción expone de forma clara y concisa el objetivo de la declaración. En el contexto del diálogo interreligioso impulsado por el Concilio Vaticano II han surgido o prosperado algunas teorías teológicas relativistas, que ponen en peligro el perenne anuncio misionero de la Iglesia. La Dominus Iesus pretende volver a exponer la doctrina de la fe católica sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Cristo y de la Iglesia y refutar los errores que se le oponen.[1]

A mi juicio, el núcleo esencial de la Dominus Iesus se encuentra en siete proposiciones que repiten una misma expresión solemne: “Debe ser firmemente creída” [tal o cual afirmación de la fe católica]. En todos los casos, el texto original enfatiza las palabras “firmemente creída”.

En el Capítulo I, “Plenitud y definitividad de la revelación de Jesucristo”, encontramos la siguiente proposición: “Debe ser, en efecto, firmemente creída la afirmación de que en el misterio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, el cual es “el camino, la verdad y la vida,”[2] se da la revelación de la plenitud de la verdad divina.”[3]

Es decir que Jesucristo mismo es la plenitud de la divina revelación.

Además, en el mismo capítulo aparece la siguiente proposición: “Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones.”[4]

Es decir que se debe distinguir entre la fe cristiana, respuesta adecuada del hombre a la revelación de Dios en Cristo, y la creencia en las otras religiones, resultados más o menos acertados de la búsqueda de la verdad religiosa por parte del hombre.

Dado que la Congregación para la Doctrina de la Fe no temió repetir siete veces en un mismo documento la expresión “firmemente creída”, supongo que en este caso el uso de la expresión “firmemente retenida” no busca evitar la monotonía literaria, sino aludir a una calificación teológica diferente: no se trataría de una verdad de fe divina y católica, sino de una verdad propuesta de modo definitivo por el Magisterio de la Iglesia.

En el Capítulo II, “El Logos encarnado y el Espíritu Santo en la obra de la salvación”, encontramos las siguientes dos proposiciones.

“Debe ser, en efecto, firmemente creída la doctrina de fe que proclama que Jesús de Nazaret, hijo de María, y solamente Él, es el Hijo y Verbo del Padre.”[5]

“Igualmente, debe ser firmemente creída la doctrina de fe sobre la unicidad de la economía salvífica querida por Dios Uno y Trino, cuya fuente y centro es el misterio de la encarnación del Verbo, mediador de la gracia divina en el plan de la creación y de la redención,[6] recapitulador de todas las cosas,[7] “al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención.”[8]

Es decir que la misión visible del Hijo y la misión invisible del Espíritu Santo constituyen el único plan de salvación establecido por Dios.

En el Capítulo III, “Unicidad y universalidad del misterio salvífico de Jesucristo”, encontramos las siguientes dos proposiciones.

“En efecto, debe ser firmemente creída, como dato perenne de la fe de la Iglesia, la proclamación de Jesucristo, Hijo de Dios, Señor y único salvador, que en su evento de encarnación, muerte y resurrección ha llevado a cumplimiento la historia de la salvación, que tiene en él su plenitud y su centro.”[9]

“Debe ser, por lo tanto, firmemente creída como verdad de fe católica que la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios.”[10]

Es decir que Jesucristo, el único Salvador del mundo, es la cumbre de la historia de salvación.

En el Capítulo IV. “Unicidad y unidad de la Iglesia”, encontramos la siguiente proposición: “Por eso, en conexión con la unicidad y la universalidad de la mediación salvífica de Jesucristo, debe ser firmemente creída como verdad de fe católica la unicidad de la Iglesia por Él fundada.”[11]

Además, en el mismo capítulo figura la siguiente proposición: “Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica –radicada en la sucesión apostólica– entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia católica.”[12]

Es decir que la Iglesia católica es la única Iglesia de Cristo.

La expresión “obligados a profesar” parece indicar, para esta doctrina, una calificación teológica similar a la de las siete verdades de fe señaladas con la expresión “firmemente creída”.

En el Capítulo V, “Iglesia, Reino de Dios y Reino de Cristo”, no aparece ninguna vez la expresión “firmemente creída”. Opino que el núcleo doctrinal de este capítulo está contenido en las siguientes afirmaciones:

“El Reino de Dios que conocemos por la Revelación no puede ser separado ni de Cristo ni de la Iglesia.”[13]

“El Reino es tan inseparable de Cristo que, en cierta forma, se identifica con Él.”[14] Es decir que el Reino de Dios, inseparable de Cristo y de la Iglesia, en cierto modo se identifica con el mismo Cristo.

En el Capítulo VI, “La Iglesia y las religiones en relación con la salvación”, encontramos la siguiente proposición: “Ante todo, debe ser firmemente creído que la ‘Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia, y Él, inculcando con palabras concretas la necesidad del bautismo,[15] confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta’”[16] Es decir que la Iglesia terrestre o militante es necesaria para la salvación. Además, destaco una nota que afirma la necesidad de adherirse a una determinada interpretación—que podríamos llamar ‘incluyente’, en contraste con la interpretación ‘excluyente’, sostenida hoy por algunos tradicionalistas—de este dogma de fe: “La conocida fórmula extra Ecclesiam nullus omnino salvatur debe ser interpretada en el sentido aquí explicado.”[17]

La Dominus Iesus explica dicho dogma de la siguiente manera: “Esta doctrina no se contrapone a la voluntad salvífica universal de Dios;[18] por lo tanto, “es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación”. La Iglesia es “sacramento universal de salvación” porque, siempre unida de modo misterioso y subordinada a Jesucristo el Salvador, su Cabeza, en el designio de Dios, tiene una relación indispensable con la salvación de cada hombre. Para aquellos que no son formal y visiblemente miembros de la Iglesia, “la salvación de Cristo es accesible en virtud de la gracia, que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su situación interior y ambiental. Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de su sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo”. Ella está relacionada con la Iglesia, la cual “procede de la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo”, según el designio de Dios Padre.”[19]

Recientemente una alta autoridad eclesiástica planteó la necesidad de un nuevo Syllabus para contrarrestar la confusión doctrinal que padece la Iglesia contemporánea. Pienso que la Declaración Dominus Iesus marca un camino más fructuoso, en buena parte ya recorrido durante las últimas décadas. El actual Magisterio de la Iglesia no gusta de redactar meros catálogos de errores o herejías, sino que prefiere la vía expositiva: ante todo repropone la auténtica fe católica y luego extrae de ella las debidas consecuencias, incluyendo el rechazo de los principales errores doctrinales relativos al tema en cuestión. Se sigue así un procedimiento dialogal que es fundamental para la nueva evangelización. La Iglesia Católica debe evitar incluso la apariencia de que su doctrina no es más que un conjunto de negaciones y subrayar que cada uno de sus “no” proviene de un “sí” más grande.


[1] cf. Dominus Iesus, nn. 1-4.

[2] cf. Juan 14,6.

[3] Dominus Iesus, n. 5.

[4] Dominus Iesus, n. 7.

[5] Dominus Iesus, n. 10.

[6] cf. Colosenses 1,15-20.

[7] cf. Efesios 1,10.

[8] 1 Corintios 1,30. || Dominus Iesus, n. 11.

[9] Dominus Iesus, n. 13.

[10] Dominus Iesus, n. 14.

[11] Dominus Iesus, n. 16.

[12] Dominus Iesus, n. 16.

[13] Dominus Iesus, n. 18.

[14] Dominus Iesus, nota 73.

[15] cf. Mateo 16,16; Juan 3,5.

[16] Dominus Iesus, n. 20.

[17] Dominus Iesus, nota 73.

[18] cf. 1 Timoteo 2,4.

[19] Dominus Iesus, n. 20.