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Albino Luciani

Dulcísimo San Francisco de Sales: ¡Si te oyeran los políticos! Éstos miden las acciones por su éxito. “¿Tiene éxito? Entonces, vale”. Tú, en cambio, dices: “La acción, incluso si no tiene éxito, vale con tal que esté hecha por amor de Dios. El mérito de llevar la cruz no está en el peso de ésta, sino en el modo de llevarla. Puede haber más mérito en llevar una pequeña cruz de paja que una grande de hierro. El comer, el beber, el pasear, si se hacen por amor de Dios, pueden valer más que el ayuno y los golpes de disciplina”.

Pero tú fuiste aún más allá al decir que, en cierto sentido, el amor de Dios puede incluso cambiar las cosas, haciendo buenas las acciones de por sí indiferentes o peligrosas. Tal es el caso del juego de azar y del baile (el de tus tiempos, naturalmente), si se hace “por distracción y no por afición, por poco tiempo y no hasta cansarse y aturdirse, y ocasionalmente, de modo que no se vuelva ocupación lo que debe ser diversión”.

Así pues, hay que fijarse en la calidad de las acciones, no en su grandeza y número. ¿Has leído lo que escribió Rabelais, casi contemporáneo tuyo, sobre las devociones que le habían enseñado al joven Gargantúa? “Veintiséis o treinta misas oídas al día, una serie de Kyrie eleison que habría sido suficiente para dieciséis ermitaños”. Si lo leíste, diste también tu respuesta, enseñando a tus monjas: “Está bien avanzar, pero no multiplicando las prácticas de piedad, sino perfeccionándolas. El año pasado ayunasteis tres veces a la semana; este año queréis ayunar el doble, y aún os quedan días en la semana. Pero ¿qué vais a hacer el año que viene? ¿Vais a ayunar nueve días a la semana o dos veces al día? Tened cuidado. Es una locura desear morir mártir en las Indias y, mientras tanto, descuidar los deberes cotidianos”.

En otras palabras: menos devociones y más devoción. El alma no es tanto un pozo que hay que llenar cuanto una fuente que hay que hacer brotar.

Y no sólo el alma de las monjas. Con estos principios, la santidad deja de ser un privilegio de los conventos y se hace poder y deber de todos. No se torna empresa fácil (¡es la vía de la cruz!), pero sí ordinaria: unos pocos la llevan a cabo con acciones y deseos heroicos, al modo de las águilas, que planean en los altos cielos; la mayoría la realiza con el cumplimiento de los deberes comunes de cada día, pero no de una manera común, al modo de las palomas que vuelan de tejado en tejado.

¿Por qué desear el vuelo del águila, los desiertos, los claustros severos, si no estás llamado a ello? No hagamos como las enfermas neuróticas, que quieren cerezas en otoño y uvas en primavera. Apliquémonos a lo que Dios nos pide según el estado en que estemos. “Señora –escribiste–, hay que acortar un poco las oraciones, para no comprometer los quehaceres de la casa. Estáis casada; pues sed esposa totalmente, sin excesiva verecundia. No aburráis a los vuestros quedándoos demasiado tiempo en la iglesia. Tened una devoción tal que incluso vuestro marido pueda llegar a amarla, pero esto sólo sucederá si siente que sois suya”.

Y, para concluir, he aquí el ideal del amor de Dios vivido en medio del mundo: que estos hombres y mujeres tengan alas para volar hacia Dios con la oración amorosa; que tengan también pies para caminar amablemente con los demás hombres; y que no tengan un “ceño fruncido”, sino caras sonrientes, conscientes de que se dirigen a la alegre casa del Señor.[1]


[1] Tomado de Albino Luciani, Ilustrísimos Señores. Cartas del patriarca de Venecia, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1978, 6ª edición, pp. 129-131.