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Vittorio Messori

Veinte siglos de cristianismo no han transcurrido sin más como agua que resbala en la roca. Han impregnado a fondo la tierra sometida ahora a sus nuevos maestros, mientras aquella fuente ha sido desviada y declarada no potable. Lo que ha quedado agrava aún más la angustia.

Dice Oliver Clément, un escritor que se sitúa en la tradición de la ortodoxia eslava:

“El cristianismo ha enseñado al hombre que es un ser único y que tiene que resucitar. Del mensaje cristiano, las culturas seculares sólo han conservado la convicción de que el hombre es un ser único, olvidando o rechazando la resurrección. Por eso la muerte nunca se ha presentado tan desnuda y terrible como ahora. Si el hombre es único, percibe con inaudita fuerza la angustia del morir. Tras la caída de las ideologías de la especie y el progreso, queda tan sólo la persona, el cada uno, inerme ante su fin”.

A impulsos del estímulo cristiano, el mundo moderno ha exaltado una de las características del hombre: el no poder vivir si no se proyecta hacia el futuro. “No vivimos, sino que esperamos vivir”, dice Pascal. Si nos escrutáramos bien, nos daríamos cuenta de que no nos detenemos en el instante presente, que por cierto es el único real, el único que nos pertenece, sino que nos proyectamos siempre hacia el futuro, del que curiosamente carecemos de certeza.

¿No has visto nunca pasar un pullman de turistas? Con harta frecuencia, tras los cristales no observan las calles, los edificios, los monumentos, que ven por primera o, a lo mejor, última vez. En lugar de a los ojos, se confían a los objetivos de sus máquinas fotográficas o de sus tomavistas. En vez de gozar del momento presente, un oscuro instinto les empuja a afanarse por el que ha de venir. Y así fotografían y filman, esperando poder gozar después, y de vuelta a casa, contemplando las imágenes que fueron capturadas.

Por mucho que provenga de la banalidad cotidiana, éste es también un signo de nuestra condición objetiva.

Pues bien, esta proyección espontánea que hay en nosotros hacia el futuro ha sido potenciada al extremo, a lo largo de dos mil años, por un mensaje como el cristiano, que ve la historia del hombre y de la sociedad como una flecha disparada hacia una meta.

La consumación de mi historia y la del mundo la tenemos delante: “Hermanos –escribe San Pablo a los Filipenses– tengo la esperanza de encontrarme con la resurrección de los muertos. No que yo haya ya obtenido el premio o que sea yo perfecto; mas sigo adelante, por si logro apresarlo, ya que yo a mi vez fui apresado por Cristo Jesús. Hermanos, yo no me hago cuenta todavía de haberlo yo mismo apresado; una cosa hago, empero: olvidando lo que dejo atrás y lanzándome a lo que me queda por delante, puestos los ojos en la meta, sigo corriendo hacia el premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús.”[1]

Del mensaje bíblico, las culturas modernas no han conservado más que este “estar proyectados sobre el futuro”, a la vez que declaran inexistente, más aún, dañosa, la meta hacia la que correr, el “premio” tal como lo entiende Pablo.

A esa meta y a ese premio se le han atribuido otros contenidos, todos ellos inmanentes a la historia. “Las frases de los intelectuales y políticos de hoy se reconocen a primera vista –ha dicho alguien– pues siempre llevan los verbos en futuro”.

Pues bien, ese anhelo espontáneo del hombre por el futuro ha sido desviado totalmente hacia el futuro colectivo: el Reich-de-los-Mil-Años, el Reino-del-Comunismo-Realizado, la Sociedad-de-Consumo-y-Bienestar-Ilimitados. Por el contrario, las preguntas sobre el futuro personal han sido removidas, anatematizadas, acusadas de “alienación” y de “individualismo”.

Pero, precisamente en estos mismos años, ha ocurrido el ajuste de cuentas.

Las propuestas modernas sobre el futuro colectivo se ha mostrado bien a quiénes iban dirigidas: utopías ingenuas y engañosas, mitos y fábulas para niños que encima se creían mayores y se permitían juzgar infantilmente a los demás.

De este modo, sólo ha quedado el impulso que nos lleva hacia delante. Adelante, sí, pero ¿a dónde? ¿Hacia qué clase de futuro, una vez que el [futuro] colectivo trazado por esos profetas ha demostrado ser no más que un paisaje pintado en la pared? ¿Hacia qué futuro, una vez que el futuro individual lo ha clausurado la muerte, una pared sobre la que ninguno de esos pintores sabe pintar nada?[2]


[1] cf. Filipenses 3,11-14.

[2] Vittorio Messori, Apostar por la muerte. La propuesta cristiana, ¿ilusión o esperanza?, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1995, pp. 66-68.