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Miguel Antonio Barriola

Todo miembro del pueblo de Dios que alcanza la santidad, y para más declarada solemnemente por el magisterio de la Iglesia, significa una alegría grande para todos los que seguimos peregrinando y luchando en esta turbia historia. Ellos suscitan la esperanza de la propia superación. Fueron humanos como nosotros, con lo bueno y defectuoso que todos cargamos a lo largo de la vida, pero, respondiendo generosamente al llamado del Señor, hicieron fructificar maravillosamente la gracia, que Dios a nadie niega.

Así lo meditaba San Agustín: “¿Y tú no podrás lo que pudieron éstos y éstas? ¿Acaso éstos y éstas lo pudieron por sí mismos y no por su Dios y Señor? El Señor, su Dios, me los regaló. ¿Por qué te apoyas en ti, que no puedes sostenerte? Arrójate en Él, no tengas miedo. No retirará de ti su apoyo, para que caigas. Arrójate seguro; Él te recibirá y te sanará”.[1]

Siendo todo ello la más genuina experiencia de la Iglesia entera, siento que se lo vive de un modo muy especial si se ha tenido algún contacto o cercanía personal con algún santo en particular.

Y es el caso de mi pobre experiencia, que no aportará nada a la excelsa magnitud del Beato Juan Pablo II, pero que, por cierto, ha significado en mi vida un poderoso aliento y confirmación muy cercana en la fe.

Someto, pues, a la benevolente consideración de los amigos y posibles lectores lo que ha significado para mí cierta cercanía que me tocó vivir con Juan Pablo II.


Primera noticia

Me enteré por vez primera sobre el Cardenal Karol Wojtyla, con ocasión del concurrido e interesante Congreso Internacional, reunido en Roma y Nápoles, con el fin de celebrar el VII Centenario de la muerte de Santo Tomás de Aquino.[2]

Él tuvo una ponencia, que tituló: The Structure of Self-Determination as the Core of the Theory of the Person.[3]

Cuando todos los congresistas nos trasladamos de Roma a Nápoles, fue él quien, a mitad del camino, presidió la concelebración en Fossa Nova, abadía cisterciense donde tuvo lugar la Pascua de Santo Tomás. Allí, quienes estábamos más cerca pudimos saludarlo personalmente.

Cuál sería la alegría y satisfacción, cuando cuatro años después fue elegido Papa,[4] a continuación del brevísimo pontificado de Juan Pablo I. Me encontraba en Córdoba y, ante el desconocimiento general de quienes se enteraban de la noticia, pude de mi parte ofrecer algunos datos, partiendo de mi experiencia anterior.

Puebla

Al año siguiente, al celebrarse la asamblea de todo el episcopado latinoamericano en Puebla, México, tuvo lugar el primer viaje al exterior del nuevo Papa.

Por parte de los obispos uruguayos fui nombrado asesor teológico, de manera que fue ésa la segunda oportunidad de un encuentro de mi parte con el Beato Juan Pablo II. Recuerdo que, además de encuentros con notables personalidades del pensamiento latinoamericano, como Ricardo Ferrara y Lucio Gera de Argentina, y de otras latitudes, fuimos viviendo y comentando las fases de aquella asamblea tan importante con el compatriota laico, tan avezado en tantas áreas del conocimiento (historia, política, filosofía, teología, tomismo…), Alberto Methol Ferré.

Aprovechando el viaje a México, antes de la magna reunión, estuve visitando a varios compañeros de los tiempos de estudios romanos en el Collegio Piolatinoamericano. Volviendo de Tepic, donde pasé unos días con el entonces Pbro. Carlos Aguiar Retes, actual presidente de la Conferencia Episcopal Mexicana, al volar de Guadalajara a México, donde aterrizamos en medio de la noche, y trasladarme al centro de la ciudad, pude observar cómo, a lo largo del largo trayecto se habían armado orquestas de mariachis, con lo mejor de sus instrumentos y trajes tan típicos, como el vistoso sombrero de alas tan anchas, que de antemano festejaban la alegría de todo un pueblo que esperaba con júbilo la llegada del Papa.

En el orden de estas manifestaciones de cariño popular, cuando, días después, Juan Pablo II se trasladó de la capital hasta Puebla, todo el camino se vio repleto de gente que, a los lados de la carretera, quería saludar al Papa. Recuerdo que uno de los policías que formaban la escolta, dejando su motocicleta, se acercó al auto del Papa, para besarle la mano.

También, al finalizar sus días en México, fue notable la organización de toda la ciudad, cuyos habitantes, desde innumerables sitios, munidos con infinidad de espejos, reflejaban la luz del sol hacia el avión que se llevaba al Pastor universal, que tanta adhesión había despertado en el pueblo mexicano.[5]

Pero, por otro lado, por parte de ciertos “sabios y prudentes” que no compartían la devoción sencilla y espontánea de los “pequeños”,[6] la panorámica era tremendamente explosiva. Se había bombardeado sistemáticamente a los documentos preparatorios de Puebla, de manera que se preveía como muy difícil lograr una comunión de perspectivas y resoluciones.

Junto con Methol Ferré escuchamos con profunda satisfacción el luminoso y valiente discurso de apertura del “Papa polaco”. Por cierto que señaló las pistas orientadoras y fundamentales que después, en el desarrollo de las discusiones, sirvieron a modo de brújula que señalaba certeramente la meta a lograr.

Al respecto, no puedo menos que recordar algunas anécdotas, preocupantes unas, risueñas otras.

Así, dado que muchos de los participantes en semejante acontecimiento no teníamos hospedaje en la misma Puebla, debíamos trasladarnos cada día desde Cholula. Todavía no nos conocíamos entre nosotros, de manera que, al día siguiente de la alocución papal, encaminándonos en autobús hacia Puebla, iba yo escuchando la conversación que sostenía un jesuita español (Palmés), presidente de la CLAR[7] por aquel entonces, quien informaba a su compañero de asiento algo por el estilo: “Éstos se creen que con el discurso del Papa ya está todo arreglado. Pero bien puede pasar como con el sermón que nos dio Pablo VI durante la congregación general de la Compañía de Jesús. Lo dejamos a un lado y nos dedicamos a la atención de las necesidades sociales”. Comenté para mis adentros: “Así les está yendo”.

Otro acontecimiento, más agradable, lo viví muy de cerca. Dado que en un solo día el Papa había tenido que desplazarse varias veces y se lo veía muy colorado de cara, habían pedido que, a la salida de la primera reunión, donde nos dejó sus enjundiosas líneas orientadoras, no intentaran acercársele, pues se habían formado dos filas en el largo corredor del seminario de Puebla, por donde se retiraría el Papa.

Cumpliendo estrictamente las indicaciones dadas, nadie se atrevió a saludar a Juan Pablo II. Pero, a un momento dado, él mismo se desvió del camino y, acercándose a una mujercita indígena, que llevaba a su bebé en brazos, lo acarició muy dulcemente. La pobre mujer no salía de su sorpresa y alegría, mientras decía: “¿Quién me va a creer esto?” Estando a su lado, le dije: “Si quiere, le salgo de testigo”.

Volviendo a la temática, más que espinosa, que se trataría en Puebla, durante las primeras semanas me dio la sensación de que era aquello un campo de fieras batallas. Tal era la desinteligencia que se notaba en las intervenciones. Una de las causas principales era, sin duda alguna, la Teología de la Liberación, cuyos principales mentores[8] habían organizado un “Para-Puebla”, desde donde hacían llegar críticas o propuestas a las diferentes comisiones que deliberaban las temáticas a estudio.

Pese a tales nutridos litigios, de manera casi milagrosa, se fueron componiendo los aportes al documento final de modo armónico y coherente. No me cabe la menor duda de que las líneas trazadas por el discurso inaugural de Juan Pablo II, así como otras de sus intervenciones en tierra mexicana por aquellos días, fueron la pauta conductora y unificante de todas aquellas contribuciones.

Muy certeramente lo vio Alfonso López Trujillo, secretario por entonces del CELAM, posterior presidente del mismo y Cardenal de la Iglesia: “El Papa fue a México seguro de su misión de confirmar a sus hermanos, animado de una luminosa piedad mariana y convencido de la responsabilidad histórica que incumbe a la Iglesia de América Latina, a la que ama y respeta. Su magisterio, el contacto con el Pueblo de Dios, el impacto de las celebraciones, la claridad en el tratamiento de las cuestiones, hicieron de Juan Pablo II un protagonista excepcional”.[9]

Fieles al Papa desde América Latina

Pero, pese a la calidad del Documento logrado en México, como orientación rica y fecunda para el continente latinoamericano, los adalides de la teología liberacionista no quedaron satisfechos. Al punto que desde la Congregación para la Doctrina de la Fe vino un serio llamado de atención acerca de las desviaciones, ya delatadas por muchos previamente: la instrucción Libertatis nuntius, que fue publicada en los primeros días de setiembre de 1984.

Desde nuestro pequeño Uruguay partió la oposición más deletérea a dicha instrucción vaticana, debida a la acerada pluma de Juan Luis Segundo,[10] jesuita uruguayo comprometido de alma y cuerpo con los planteos de su antiguo compañero de estudios lovanienses, Gustavo Gutiérrez.

Pareciéndome una réplica aparentemente bien tramada, pero minada de sofismas y que podría seducir y engañar a muchos, me propuse aportar a la discusión lo que me parecía era menester responder y aclarar ante semejante ataque cerrado contra el magisterio supremo de la Iglesia Católica. Así fue como publiqué: Fieles al Papa desde América Latina – Otra respuesta al Cardenal Ratzinger, en Montevideo, en 1987. Salía a la luz justo un año antes de una importante visita de Juan Pablo II al Uruguay; de ahí que, entre otras consideraciones, expresé lo siguiente:

“Dentro de muy poco nuestro pequeño Uruguay recibirá la gracia y el altísimo honor de la primera visita del sucesor de S. Pedro.

Nos parece un deber de justicia y piedad filial, arraigado para más en lo mejor de la tradición católica, hacer saber, con los pobres medios a nuestra disposición, que en este rincón del orbe católico existen cristianos que no se ruborizan de proclamar y vivir la fe hasta sus últimas consecuencias.

La persona del Papa no recibirá mayores grados de prestigio por esta insignificante meditación. Tampoco buscamos con ella la gratificación psicológica de la tranquilidad, al apoyarnos en una instancia superior, que nos dispense del riesgo del propio pensamiento. Con los tiempos que corren, se necesita mucho coraje para, en campo teológico—aun católico ¡qué paradoja!—ponerse de parte del Papa, vilipendiado y arrinconado por una élite intelectual ruidosa y poderosísimamente pertrechada de mass media, que no acierta, con todo, a embaucar al robusto y tenaz sensus fidelium”.[11]

De la nunciatura enviaron esta obra al Vaticano, desde cuya Secretaría de Estado me llegaron las siguientes líneas:

“El Santo Padre me ha encargado de hacerle llegar expresiones de profundo agradecimiento por el atento rasgo que Usted ha tenido de ofrecerle, por medio de la Nunciatura Apostólica, un ejemplar de su reciente publicación Fieles al Papa desde América Latina. Asimismo me complace asegurarle que Su Santidad le tiene particularmente presente en la plegaria para que Usted siga viviendo con constante ilusión su servicio a Dios y a la Iglesia en el campo de la enseñanza teológica. Con esta ferviente esperanza, el Sumo Pontífice, en prueba de aprecio, le imparte la Bendición Apostólica. Affmo., E. Martínez, Sust.”

Dos concelebraciones en Roma

Al año siguiente, el P. Ángel Antón, insigne eclesiólogo, encargado de las relaciones de nuestro Instituto Teológico del Uruguay con la Pontificia Universidad Gregoriana, me invitó a dar un curso en dicha casa de estudios romana.

Aprovechando aquella estadía en la Urbe, pude, en dos ocasiones, concelebrar con Juan Pablo II; la primera con un bastante numeroso grupo de presbíteros.

Luego de la Misa, nos recibió el Papa en su Biblioteca. Allí, cuando lo saludé, le entregué una carta, que me habían encomendado hacerle llegar las carmelitas descalzas de Montevideo. Andaban bastante necesitadas de lo más básico para subsistir y en la misiva le pedían al Papa alguna ayuda. Ésta llegó, pero fue ocasión para mí de un tirón de orejas de Mons. Andrea Cordero Lanza di Montezemolo, nuncio papal en Uruguay,[12] porque, según me informó, tales trámites tenían que hacerse nunciatura mediante. A la verdad, ¿qué iba a sospechar yo que un acto de caridad debía pasar por vías diplomáticas?

La segunda oportunidad en que pude ese año concelebrar en la capilla privada papal, me tocó hacerlo a su misma derecha. Me impresionó la concentración y piedad profunda de Juan Pablo II. Discurría para mis adentros: “Pensar que sobre los hombros de este hombre pesan los complicados problemas del mundo y de la Iglesia y, sin embargo, aquí está celebrando los Sagrados Misterios, como si fuese lo único que tiene que hacer en la vida”. Realmente impresionantes su concentración y devoción eucarísticas.

En la posterior charla con los asistentes a su Eucaristía, le dije: “Lo estamos esperando en Uruguay”.

En la Pontificia Comisión Bíblica

Andando el tiempo, a Juan Pablo II le debo el nombramiento como miembro de la Pontificia Comisión Bíblica, desde el 2002. En cada reunión teníamos una audiencia con él. Recuerdo que en el primero de estos encuentros, el Cardenal Joseph Ratzinger, que presidía nuestras sesiones, iba presentando ante el Papa a cada uno de nosotros. Al llegar mi turno, dijo: “Él es paraguayo, pero trabaja en Argentina”. Me atreví a corregir al Prefecto para la Doctrina de la Fe, haciendo notar que yo era uruguayo.

La muerte de Juan Pablo II

Me tocó estar en Roma en los últimos días de la vida de Juan Pablo II, porque habíamos sido convocados para la asamblea anual de la Pontificia Comisión Bíblica. Pero, dado el fallecimiento del Papa, todos los cargos vaticanos cesaban, de modo que también las tareas encomendadas al Cardenal Ratzinger.

Tenía yo que tomar dos buses para llegar al centro de Roma y recuerdo cómo me impresionó la marea de gente, “de toda raza, lengua y nación”, que se volcó en la Ciudad Eterna por aquellos días. En cualquier lugar donde hubiera algo de césped se instalaban carpas, colchones o rudimentarios refugios, ya que muchos no querían perderse aquella coyuntura tan excepcional y, no teniendo alojamiento en hoteles o residencias, escogían hasta lo más rudimentario, con tal de no perderse el participar en aquellos días llenos de historia.

También se me viene a la mente cómo estuve estoicamente haciendo cola, desde las 09.00 de la mañana hasta las 21.00, con la intención de pasar a venerar los restos mortales de personaje tan extraordinario. Lamentablemente tuve que abandonar la espera, porque las religiosas que me hospedaban no me habían dado las llaves de su Casa Generalicia y… la cerraban a eso de las 22.30.

Con todo, no me arrepiento de aquel tan prolongado plantón. Porque había que ver y oír la paz, piedad, oraciones y reflexiones, que provenían por parte de jóvenes y no tan jóvenes, en todos los idiomas posibles.

Pude participar en la misa exequial, que tuvo lugar en la Piazza di San Pietro, donde se dio el episodio tan original de los cartelones que se levantaron desde varias latitudes con la inscripción: “Santo sùbito” (Santo enseguida). El Cardenal Ratzinger, que estaba desarrollando su homilía funeraria, se detuvo un momento, visiblemente impresionado.

Conclusión

Concluyendo pues, de veras que será un gozo para la Iglesia toda la beatificación de un Papa cargado de méritos en tantas otras áreas de la filosofía, teología, sociología, política—su relación con el comunismo y con Lech Walesa—piedad mariana, viajes portentosos por casi todo el orbe y la riqueza casi inabarcable de sus encíclicas y escritos. Pero, en la ínfima porción que me toca, los contactos que con él pude tener han dejado en mí una huella imborrable de estímulo para seguir a Cristo, pese a tantos inconvenientes y cruces—de salud, persecución, atentados—que se presentaron a este santo varón en su vida y gobierno pastoral.

Con el favor de Dios podré participar presencialmente en la beatificación de este siervo de los siervos de Dios, dado que la próxima sesión de la Pontificia Comisión Bíblica se llevará a cabo justo al día siguiente de este magno acontecimiento. Impresiona saber que una persona a la que uno pudo saludar de cerca, se encuentre ahora tan próximo a Dios.

Que en los oscuros tiempos que nos toca vivir, sea él una fuente de valor, para seguir creyendo y esperando que Jesucristo estará con nosotros hasta el fin de la historia.[13]


[1] Confessionum, liber VIII, 27. Siglos más tarde otro gran santo, se plantearía idénticas cuestiones: “¿Qué sería, si yo hiciese esto que hizo San Francisco y esto que hizo Santo Domingo?” (San Ignacio de Loyola, Autobiografía, i, 7).

[2] 17 al 20 de abril de 1974.

[3] Ver en: Tommaso d’ Aquino nel suo settimo centenario – Atti del Congresso Internazionale, Vol. 7, Napoli (1978) 37-44. Es un fino análisis sobre el acto de autodeterminación, que no sólo ha de ser visto en su dinámica “intencional” de orientación hacia el objeto de la volición, sino también en relación al propio sujeto, que va puliendo y configurando su personalidad por medio de tales actos libres. Finaliza su ponencia con la advertencia que será después amplificada en “Fides et Ratio”: “Semejante confrontación, sin duda que abriría más ampliamente el acceso a las fuentes de conocimiento, de las cuales el Doctor Angélico desarrolló sus doctrinas metafísicas. También revelaría la enorme riqueza contenida en estas fuentes y mostraría nuevos caminos para explotarlas. Otra posible ventaja sería la oportunidad de ver nuevamente los probables puntos de acuerdo con el pensamiento moderno, así como también (percibir) cuándo éstos se separan de él (pensamiento moderno), como algo incompatible a causa de la verdad sobre la realidad” (ibid., 44).

[4] El 22 de octubre de 1978.

[5] También recoge este detalle George Weigel en su completísima biografía de Juan Pablo II: “Al despegar de la Ciudad de México, el Papa había visto refulgir la urbe entera con chispazos de luz, debidos a que millones de mexicanos ponían espejos al sol para reflejar sus rayos en la dirección del avión” (Biografía de Juan Pablo II, Testigo de esperanza, Barcelona 1999, 391)

[6] Mateo 11,25.

[7] Consejo Latino-Americano de Religiosos.

[8] Ninguno de los cuales había sido oficialmente invitado como perito asesor del episcopado latinoamericano.

[9] De Medellín a Puebla, Madrid; 1980; p. 293.

[10] Teología de la Liberación – Respuesta al Cardenal Ratzinger, Madrid;1985.

[11] Fieles al Papa desde América Latina, 8-9.

[12] Actual arcipreste cardenalicio de la Basílica de San Pablo Extramuros.

[13] Mateo 28,18-20.