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Néstor Martínez Valls

La estadística dice que cada año se cometen en el planeta 50 millones de abortos por vía quirúrgica, la mitad más o menos de los cuales son legales. Si a esto agregamos que el aborto químico está más extendido que el quirúrgico, podemos aventurar una cifra algo conservadora de 100 millones de abortos por año.

Usando la calculadora, vemos que eso equivale a aproximadamente 274.000 abortos por día en el planeta. Eso arroja unos 11.400 abortos por hora. Por minuto, son abortados 190 seres humanos. Cada segundo que pasa, son abortadas 3 personas.

Sin duda alguna, esto constituye por lejos el genocidio más grande de todos los tiempos.

Ésa es la premisa que hoy se debe colocar ante todo, en primer lugar, para cualquier consideración sobre el estado moral de la civilización humana, de los derechos humanos, de la sociedad, de la paz, de la justicia, de la solidaridad, de la libertad, de la fraternidad, de la cultura, del estado de derecho, etc.

Es imposible hoy día leer los “signos de los tiempos” sin poner a la cabeza de todo el holocausto continuo de los no nacidos.

El holocausto abortista es al mismo tiempo causa y efecto de la secularización de nuestra cultura. Es efecto, porque a la negación de Dios sigue lógicamente la negación del hombre. Es causa, porque los corazones atrapados en la autoría o complicidad del homicidio del no nacido aborrecen naturalmente la luz de la verdad, que pone al descubierto su crimen y, por eso, si no optan por el camino redentor del arrepentimiento, terminan rechazando instintivamente la idea misma de Dios.

La esquizofrenia de nuestra cultura se debe en buena medida al drama del aborto. La realidad se vuelve muy difícil de mirar y de aceptar y por eso proliferan los discursos “optimistas” que increíblemente dejan de mencionar este hecho capital de nuestro tiempo.

Las argumentaciones insólitas con las que se quiere tranquilizar la conciencia de nuestra época pretendiendo que el fruto de la concepción no es todavía un ser humano son un síntoma claro de ese malestar generalizado.

Por eso se ve que la extensión de la cultura abortista en el mundo dificulta la predicación de la doctrina cristiana y católica incluso dentro de la Iglesia misma.

La predicación eclesial no puede no denunciar el genocidio más grande de todos los tiempos. Esa denuncia no puede quedarse al nivel de la pura moral individual, sino que debe alcanzar las “estructuras de pecado” que son hoy día los sistemas legales que no penalizan y permiten, de diversas maneras, el aborto.

El católico no puede caer en la fácil escapatoria de “yo estoy en contra del aborto pero no estoy en contra de su despenalización o legalización”. El intimismo individualista nunca fue un rasgo de la moral cristiana. El compromiso social y político es parte integrante de la vida de fe.

No alcanza que no nos obliguen a abortar personalmente, también es necesario que no nos obliguen a vivir en una sociedad que legaliza el crimen. Nuestra fe no consiste solamente en el cultivo de la intimidad religiosa, sino también en la lucha por la justicia en la arena pública, donde sea que los verdaderos derechos del hombre son atropellados a la luz del día por los poderosos de turno y con la complicidad de los acomodados de siempre.

En este año que ahora comienza, legisladores del partido de gobierno han anunciado que piensan tratar en el Parlamento el proyecto de ley de despenalización y legalización del aborto. No vemos más que una alternativa, no solamente para los creyentes, sino para los hombres y mujeres de buena voluntad: alistarse en la militancia pro-vida.