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Néstor Martínez Valls

En la recensión a un libro del P. Descoqs, el autor sostiene que la demostración de la existencia de Dios por la contingencia de los seres de este mundo descansa en un “apriorismo”. [1]

La prueba en cuestión dice: “Si hay un ente contingente, hay un Ente Necesario que existe por sí mismo. Pero hay un ente contingente. Luego, hay un Ente Necesario que existe por sí mismo”.

Dondeyne concede la Mayor pero cuestiona la Menor. Distingue entre “contingencia física”, que define como el hecho de que los entes surgen y desaparecen, se engendran y se corrompen, y “contingencia metafísica”, a la cual define como la propiedad del ente que “por esencia puede ser y puede no ser”. Dice que no se puede pasar sin más de la primera, indudable en nuestra experiencia, a la segunda.

Para hacerlo, dice, el argumento debe recurrir a un apriorismo: debe suponer que el Ente Necesario es inmutable, de modo que el ente físicamente contingente, al ser cambiante, no es el Ente Necesario y, por tanto, es contingente por su misma esencia.

La suposición que dice que el Ente Necesario es absolutamente inmutable, dice Dondeyne, es un apriorismo, porque no sabemos aún si nuestro concepto de Ente Necesario es objetivo o no, no sólo por relación a la existencia del Ente Necesario, sino también por relación a su Esencia.

Por tanto, este argumento en el fondo recurre al argumento ontológico para sostenerse, y no se ha respondido a la objeción de Le Roy y otros modernistas.

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Entendemos que el problema de fondo está en la noción de “contingencia física”. En una crítica similar a un libro de Maritain, dice ahí mismo el P. Dondeyne:

“… afirmar la contingencia metafísica en el sentido de la filosofía tradicional, es idénticamente afirmar el Ser Necesario de esta misma filosofía y la causalidad trascendental tal como esta filosofía la comprende. En una palabra, es afirmar de un golpe todo el sistema creacionista. ¿Pero puede ser eso llamado un principio de causalidad? Un principio verdadero es una verdad general que hace progresar al pensamiento, que, por ejemplo, ayudaría a pasar de la contingencia experimentalmente constatable a la contingencia metafísica.”[2]

Esa “contingencia experimentalmente constatable”, ¿es “experimental” en referencia a la mera experiencia común a todo ser humano, o tiene relación con las “ciencias experimentales” y su modo específico de “experimentar”? Que las ciencias experimentales prescindan del ser, pase; pero, ¿ocurre lo mismo con la intuición inmediata del sentido común que capta el ser de las cosas en la experiencia misma que tenemos normalmente de ellas?

Éste es un punto capital, y entendemos que la respuesta a la segunda pregunta sólo puede ser decididamente negativa en una filosofía realista como es el tomismo.

En definitiva, en la “contingencia física”, ¿está en juego el ser de esos entes físicamente contingentes, o no lo está? ¿Es eso una descripción “fenomenológica” que deja fuera la existencia misma de esos entes, ejercida fuera de nuestra captación, o es por el contrario una captación natural y espontánea del sentido común que llega al ser mismo de las cosas que, por lo mismo, comienzan a ser y dejan de ser, y por lo tanto, pueden ser y pueden no ser, ahora, en el plano metafísico?

Parafraseando a Santo Tomás, que decía que nada hay tan contingente que no tenga algo de necesario, tenemos que decir que nada hay tan físico que no tenga algo de metafísico. Un gato puede comenzar a existir, y dejar de existir. Si a eso le llamamos “contingencia física”, entonces reconozcamos que pone en juego algo metafísico, que es el acto de ser. Ahora bien, ese acto de ser, el gato lo tiene en virtud de su esencia, o no. No hay otra posibilidad. En el primer caso, es el ente absolutamente necesario. En el segundo caso, es un ente contingente por esencia, y no solamente de modo físico.

Aquí no estamos recurriendo a la noción de “ente necesario” para pasar de la “contingencia física” a la “contingencia metafísica”. En realidad, la segunda ya está implícita en la primera; de otro modo, en efecto, el pasaje sería imposible. Y está implícita porque lo físico no se distingue de lo metafísico de tal modo que lo excluya enteramente. Excluir el ser es imposible, porque equivaldría a incluirse en la nada.

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¿Sería necesariamente ilegítimo, por otra parte, recurrir de algún modo a la noción de “ente necesario” para efectuar ese pasaje?

Un ente cualquiera, o en virtud de su esencia no puede no ser, y es metafísicamente necesario, o en virtud de su esencia puede no ser, y es metafísicamente contingente. El principio de tercero excluido no nos deja otra posibilidad. O la esencia de un ente determina su existencia, y es metafísicamente necesario, o no la determina, y entonces, si es un ente posible, es metafísicamente contingente.

El ente metafísicamente necesario, por su parte, no puede dejar de existir, ni comenzar a existir. Esto se deriva de la mera definición de “ente metafísicamente necesario”. Sería contradictorio que lo que por esencia no puede no existir, no existiera, y por tanto, que comenzara a existir, o dejara de existir.

Esto no es ningún “apriorismo”; en todo caso, no es ningún apriorismo ilegítimo. No estamos demostrando ni afirmando con esto, aún, la existencia “in actu exercitu” del Ente Necesario. Sólo decimos que la existencia “in actu signatu” pertenece necesariamente a la noción, al concepto, de un “Ente metafísicamente Necesario”, de modo tal que si un Ente así existe, no puede ni haber comenzado a existir, ni puede jamás dejar de existir.

De donde se sigue evidentemente que todo ente que comienza a existir o deja de existir, es metafísicamente contingente.

El P. Dondeyne dice que “demostrar la existencia de un Dios Creador es algo totalmente distinto de analizar una definición previamente establecida”.

Pero la definición de “Ente Necesario” no es que esté “previamente establecida”, al menos, en el sentido de que se deriva lógicamente de la comprensión misma del concepto de “Ente metafísicamente Necesario”.

El P. Dondeyne dice que a esta altura del razonamiento no sabemos si el concepto de “Ente metafísicamente Necesario” es objetivo o no. No tenemos una intuición ni de la existencia ni de la esencia del Ente Necesario.

Hay que reconocer que el autor recensionado por Dondeyne, el P. Descoqs, es el primero en afirmar que “no sabemos aún si es objetiva o no” la noción de “ser necesario” en el momento en que la empleamos en la prueba de la contingencia del modo que aquí se discute.[3]

Pero nada de eso hace falta para que podamos estar ciertos de que un ente metafísicamente necesario no puede absolutamente no existir, porque eso deriva, no de una intuición inmediata de la Esencia divina, sino del mero análisis lógico del concepto de “ente metafísicamente necesario”. Justamente, ello deriva de la mera definición de un tal concepto.

De lo contrario tendríamos que abdicar de nuestra razón y de la lógica de cara a la realidad. Si en la realidad de las cosas un ente metafísicamente necesario puede no existir, en el sentido de tener una existencia físicamente contingente, entonces el concepto de “ente metafísicamente necesario” no significa nada, o significa cosas contradictorias, y en ambos casos, los conceptos en general pierden cualquier valor posible.

Esto tendría sentido en una filosofía nominalista, pero no en un realismo moderado como es el de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino.

Por eso, si aceptamos que la “contingencia física” es ya “contingencia en el ser mismo”, como debemos, a no ser que estemos de entrada encerrados en una “epojé” fenomenológica que no permita afirmar el ser y el no ser en ese aparecer y desaparecer, engendrarse y corromperse de las cosas, entonces tenemos que aceptar que el ente físicamente contingente no es metafísicamente necesario, es decir, es metafísicamente contingente.

En ambos casos, entonces, es decir, haciendo intervenir o no la noción de “ente metafísicamente necesario” del modo en que hemos dicho, entendemos que la prueba por la contingencia es perfectamente concluyente.

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Y todavía hay que ir más a fondo. En realidad, si reducimos el argumento por la contingencia a su última esencia, nos queda lo siguiente:

“O no existe nada, o existe algo. Pero si existe algo, o bien existe por sí mismo, y es el Ser Necesario, que no puede no ser, o bien, puede no ser, y es contingente, existiendo por otro. Pero lo que es contingente y existe por otro, en última instancia debe existir en virtud de aquello que es Necesario y que existe por sí mismo. Luego, o no existe nada, o existe el Ser Necesario. Pero algo existe. Luego, existe el Ser Necesario”.

En forma extremadamente resumida:

“Si existe algo, existe el Ser Necesario. Pero algo existe. Luego, existe el Ser Necesario”.

Nos eximimos de demostrar aquí el nexo entre el ente metafísicamente contingente y el Ente Necesario porque el P. Dondeyne lo admite sin discusión alguna y reconoce que es un nexo necesario. Su única crítica consiste en que no ve claro el pasaje de la “contingencia física” a la “contingencia metafísica”.

Pero de nada sirve objetar a este argumento la distinción entre “contingencia física” y “contingencia metafísica”. Este argumento parte directamente de la contingencia metafísica, y establece que hay solamente dos “escenarios” posibles: la nada o el Ser Necesario, acompañado o no del ente contingente. Pero excluye totalmente la posibilidad del ente contingente solo, sin el Ser Necesario, y en esto el P. Dondeyne está de acuerdo, como ya dijimos. Dada la existencia entonces de cualquier cosa, existencia que puede ser todo lo “física” que se quiera, mientras sea una existencia real y actual, hay que afirmar necesariamente la existencia del Ser Necesario.

Y en este argumento no hay ningún “argumento ontológico” escondido porque, si bien se comienza por un análisis de conceptos, que establece la disyuntiva absoluta (la nada o el Ser Necesario), para concluir en la existencia actual del Ser necesario se necesita otra premisa que diga “algo existe”, la cual, ahora sí, es empírica. Es a esta premisa empírica y absolutamente evidente (basta señalar una lapicera o una mosca), que la conclusión debe su alcance existencial y no meramente conceptual.

Luego habrá que distinguir al Ser Necesario de los entes físicamente contingentes dados en la experiencia, y para eso puede servir el pasaje de la “contingencia física” a la “contingencia metafísica” que hemos esbozado más arriba.

Preocupado por dialogar con la fenomenología y el existencialismo, ambos centrados en lo concreto y empíricamente dado, el P. Dondeyne minimiza excesivamente el alcance del concepto abstracto y de las exigencias conceptuales, arriesgando coincidir con el nominalismo, que es la base de las corrientes filosóficas mencionadas.


[1] Dondeyne, A.: “Quelques livres récents de métaphysique”, en: Revue Néoscolastique de Philosophie, XXXVII, (1934), 44, pp. 367-369. Traducción del autor.

[2] Ibid., p. 373.

[3] p. 368.